IV.
Los atenienses sitiados en Platea y algunos ciudadanos de esta población se salvan por su arrojo e ingenio, pasando por los muros, fosos y fuertes de los sitiadores peloponesios.
En este mismo invierno[66] los de Platea continuaban cercados y puestos en mucho aprieto por los peloponesios y por los beocios, y no tenían esperanza de ser socorridos por los atenienses, ni salvarse por otra vía; al faltarles los víveres, acordaron con los atenienses que estaban de guarnición en la ciudad, salvarse todos juntos, y asaltar los muros que habían hecho los enemigos si lo podían hacer por fuerza. De este consejo fueron autores los atenienses, y principalmente Teéneto, hijo de Tólmides, que se preciaba de adivino, y Eupómpides, hijo de Daímaco. Mas porque la empresa les parecía muy difícil y de gran peligro, se apartaron del propósito más de la mitad, quedando solo unos doscientos veinte, que la pusieron por obra de esta manera.
Hicieron dos escalas de la altura del muro, midiéndola por la juntura de los ladrillos de que estaba hecho, lo cual pudieron hacer muy bien, contando muchas veces las hiladas por la parte del muro que estaba descubierta hacia ellos, y porque un hombre solo pudiera errar en esta cuenta, fueron muchos en hacerla diversas veces. Era el muro doble, uno por la parte de la ciudad para impedir la salida, y otro por la del campo, para que no entrase el socorro de los atenienses, apartados uno del otro por un espacio de diez y seis pies; y en este espacio estaban las estancias y alojamientos de los que los guardaban, separadas unas de otras, aunque tan espesas y cercanas, que los dos muros parecían ser uno solo, y ambos tenían sus almenas. De diez en diez almenas había una gran torre, que llegaba de un muro al otro, de suerte que no podían atravesar el muro sino por medio de las torres, y dentro de estas se recogían los guardas que velaban de noche cuando llovía o hacía mal tiempo, porque estaban cubiertas y no lejos de las almenas.
Sabiendo los de la ciudad la manera de guardarlas, espiáronlos una noche que llovía y hacía gran viento y no había luna, y llevando por caudillos a los mismos que fueron inventores de este hecho, pasaron primeramente el foso, que estaba de su parte, y llegaron al pie del muro sin ser sentidos por los enemigos, porque la oscuridad de la noche los guardaba de ser vistos y el ruido del viento y de la lluvia, de ser oídos; de esta manera iban marchando adelante, apartados uno de otro para que las armas no sonasen al chocar, y todos armados a la ligera y calzado solo el pie izquierdo para no resbalar en el barro. Arrimadas las escalas a las almenas, entre las torres, por la parte donde advirtieron que no había nadie, los que llevaban las escalas subieron los primeros, y después otros doce armados solamente de corazas y una daga en la mano. De los cuales doce, el primero y principal fue Ámeas, hijo de Corebo. Seis de los doce que iban tras él subieron hasta encima de las dos torres, entre las cuales estaban las almenas, frente adonde tenían puestas las escalas. Tras estos doce subieron otros armados como los de arriba, y además de estas armas, llevaban sus dardos y azagayas atados a las espaldas para que no les estorbasen subir. Algunos otros llevaban los escudos para darlos a sus compañeros cuando viniesen a las manos con los enemigos. Cuando habían subido ya muchos, las centinelas que velaban dentro de las torres los sintieron, porque uno de los plateenses a la subida derribó una teja de la almena, y por el golpe que dio los guardas despertaron y dieron voces, y los del campo se alborotaron, de manera que todos acudieron al muro sin saber lo que ocurría por causa de la noche y del mal tiempo.
Por otra parte, los que habían quedado en Platea salieron y acometieron a los enemigos que guardaban el muro por un camino desviado de aquel por donde habían salido los primeros, a fin de engañarles; de suerte que todos los peloponesios, turbados, no sabiendo lo que podía ser, no se movían, y los que guardaban las torres no osaban salir, dudosos de lo que harían. Los trescientos que tenían a su cargo socorrer las guardias, encendieron hogueras hacia la parte de Tebas para anunciar la llegada de los enemigos; pero al verlo los plateenses que habían quedado dentro, encendieron también muchas hogueras que tenían dispuestas encima de los muros, para que los enemigos no pudiesen entender por qué se hacían aquellos fuegos, y también para que por esta vía sus compañeros se pudiesen salvar antes que llegase socorro a las guardias. Entretanto, los primeros que subieron a los muros ganaron las dos torres y mataron a todos los que hallaron dentro y las guardaban, a fin de que ningún enemigo pudiese llegar allí. Después hicieron subir a los otros, y con venablos y piedras lanzaron del muro por abajo y por arriba a los que iban a socorrer las guardias. Con esto los que no habían aún subido tuvieron espacio para poner más escalas, y los que habían ganado las torres derrocaron las almenas por dentro, para que sus compañeros pudiesen mejor subir. Cuando todos estuvieron sobre el muro, tiraban piedras y otros tiros a los enemigos que acudían a socorrer a los suyos. Todos los que habían de pelear pudieron subir, aunque los postreros con más trabajo. Después descendieron por una de las torres, y llegaron al foso de fuera, donde hallaron enfrente a los trescientos hombres de los contrarios, que tenían encargo de socorrer las guardias, y que eran los que habían hecho las hogueras, los cuales podían ser bien vistos, aunque ellos no veían a los contrarios que se acercaban. Por esta causa, los que estaban dentro los rechazaron, hirieron a muchos de ellos y pasaron adelante todo el foso, aunque con dificultad grande, porque el agua estaba medio helada; de manera que había grandes pedazos de hielo, y no los podía el agua sostener a causa del viento solano del mediodía que la había deshelado, y también porque llovía, y con la lluvia había crecido el agua tanto, que les llegaba a la cintura. Pasado el foso, se cerraron todos, y juntos siguieron por el camino que va hacia Tebas, dejando a mano derecha el templo de Juno que hizo Andrócrates. Escogieron esta vía por creer que los peloponesios no pensarían que habían tomado el camino que iba hacia sus enemigos, y también porque veían que los peloponesios habían encendido grandes fuegos en el camino que iba para Atenas. Pero después que caminaron seis o siete estadios hacia Tebas, dejaron aquel camino y tomaron el que va a la montaña y a Eritras y a Hisia, y por esta montaña fueron hasta Atenas, contándose entre todos doscientos doce, porque los otros, viendo la dificultad de la hazaña que emprendían, se habían retirado dentro de la ciudad de Platea, excepto uno que fue muerto dentro del foso. Los peloponesios, pasado este ruido, se retiraron a sus alojamientos, en el campo; y los de la ciudad no sabían si sus compañeros se habían salvado o no, porque los que se volvieron habían dicho que todos eran muertos. Al ser de día enviaron sus farautes a los enemigos para que les diesen los cuerpos, mas al saber que se habían salvado, quedaron tranquilos. De esta manera, parte de los que estaban cercados en Platea pasaron todos los fuertes y defensas de los enemigos, y se salvaron.