XII.
Los peloponesios sitian Platea, defendiéndola sus moradores.
En el verano siguiente[50] los peloponesios y sus aliados y compañeros de guerra, no quisieron volver a tierra de Atenas, y fueron derechos a la ciudad de Platea, llevando por capitán a Arquidamo, hijo de Zeuxidamo, rey de Lacedemonia. Habiendo ya asentado su real delante de la ciudad, estando para querer entrar y destruir la tierra, los ciudadanos de Platea les enviaron sus embajadores, que les hablaron de esta manera:
«Rey Arquidamo, y vosotros lacedemonios, obráis sin razón y sin justicia, y contra vuestra honra y dignidad, y la de vuestros padres y antepasados al venir como enemigos a nuestra tierra y poner cerco a nuestra ciudad, porque el lacedemonio Pausanias, hijo de Cleómbroto, que libertó Grecia del señorío de los medos, con los griegos que se expusieron al peligro de la batalla en nuestra tierra, habiendo hecho sus sacrificios en medio de nuestra plaza al dios Júpiter libertador, en presencia de todos los del ejército, devolvió a los de Platea su ciudad y su tierra, para que viviesen en libertad, según sus leyes, quiso que ninguno les hiciese guerra ni injuria, por codicia de dominarlos, y conjuró a todos los confederados y aliados, que entonces allí se hallaron, a que los defendiesen con todo su poder contra todos y cualesquiera hombres que quisiesen hacerles algún daño. Esto fue el pago y galardón que vuestros padres nos dieron por la virtud y esfuerzo que mostramos en aquel peligro. Mas vosotros hacéis lo contrario, viniendo aquí con los tebanos, nuestros enemigos capitales, para sujetarnos y ponernos en servidumbre. Llamamos, pues, por testigos a los dioses que entonces intervinieron en aquellos juramentos, y a los nuestros de vuestra patria, contra vosotros, si nos hacéis algún mal en nuestra tierra, y si viniendo, contra vuestros juramentos, no nos dejaréis vivir en libertad, y conforme a nuestras leyes, según lo ordenó Pausanias.»
Con esto acabaron su razonamiento, al cual Arquidamo respondió de esta manera:
«Muy bien habláis, varones plateenses, si los hechos conforman con las palabras: pues así como Pausanias os otorgó entonces que vivieseis en libertad, y según vuestras leyes, así también debéis vosotros por vuestra parte, con todo vuestro poder, ayudar a guardar y conservar en la misma libertad a los griegos que se hallaron presentes al acto del juramento, de que vosotros ahora habláis, y fueron partícipes del peligro y trabajos de la guerra también como vosotros, los cuales han sido sujetados y puestos en servidumbre por los atenienses, por cuya causa se reúne todo este ejército que veis y hace esta guerra. Y tanto más guardaréis vuestros juramentos, cuanto más y mejor ayudéis a devolverles la libertad. Si no lo queréis hacer, a lo menos vivid como hasta aquí, labrando vuestra tierra en paz, sin parcialidad por unos ni por otros, sino recibiendo a ambas partes por amigos. Y en cuanto a la guerra no ayudéis más a los unos que a los otros.»
Oída esta respuesta, los embajadores de Platea, volvieron a su ciudad y relataron al pueblo lo que había pasado con Arquidamo. El pueblo les mandó que fueran de nuevo a Arquidamo y le dijesen era imposible para ellos hacer lo que mandaban, sin consentimiento de los atenienses, porque tenían sus hijos y sus mujeres en Atenas, y además recelaban poner la ciudad en gran peligro, porque después de salir de allí los de Arquidamo, los atenienses, mal contentos de lo hecho, vendrían sobre ellos. Y también los tebanos, que no estaban obligados por juramento, so color de que la ciudad debía recibir a unos y a otros, procurarían volver a conquistarlos. A esto les respondió Arquidamo, con mucha osadía, de esta manera:
«Entregad la ciudad y también vuestras casas, a nosotros los lacedemonios. Y asimismo mostradnos vuestros términos y dadnos por cuenta los árboles y todo aquello que se puede contar, y partid para donde quisiereis, con vuestras mujeres e hijos, durante la guerra. Cuando volváis, os devolveremos lo que así hayamos recibido, y entretanto lo tendremos en depósito, labraremos vuestras tierras, y de los frutos os daremos todo lo necesario para vuestra subsistencia.»
Con esta demanda regresaron los embajadores a la ciudad, y la consultaron con el pueblo, el cual respondió, resolviendo, que aceptarían la petición si los atenienses les autorizaban, para lo cual querían consultarles. Entretanto pidieron treguas para que no hiciesen mal ni daño alguno en la ciudad, ni en su tierra, lo cual les fue otorgado. Mas cuando los embajadores de los de Platea llegaron a Atenas y consultaron con los atenienses, volvieron a los suyos con este razonamiento:
«Los atenienses os dicen, varones de Platea, que desde el tiempo en que hicieron alianza y confederación con vosotros, nunca permitieron que se os hiciese injuria por ninguna persona, ni menos lo permitirán ahora, preparados para ayudaros con todo su poder y fuerzas. Por tanto, os requieren y amonestan, que acordándoos del juramento que hicieron vuestros padres y antepasados, no queráis innovar cosa en contrario de la paz y confederación que hay de por medio.»
Oído este mensaje de los embajadores, los de Platea determinaron no apartarse de los atenienses, sino resistir a los enemigos, aunque los viesen quemar y destruir sus tierras, y sufrir y tolerar todos los males y daños que les pudiesen hacer. No quisieron dejar salir a ninguno con mensaje a los lacedemonios, sino que desde los muros les respondieron que era imposible hacer lo que les mandaban. Sabida esta respuesta, el rey Arquidamo se acercó a la muralla, e hizo contra ellos esta protesta a los dioses y héroes abogados de aquella ciudad:
«Vosotros, dioses y héroes abogados de esta ciudad y tierra de Platea, sabed y sed testigos de como estos de Platea son los primeros que han quebrantado el juramento y comenzado las injurias, y que por su culpa, y no nuestra, venimos como enemigos a su tierra, en la cual nuestros antepasados, por los votos y sacrificios que en ella os hicieron, alcanzaron la victoria contra los medos, mediante vuestro favor y ayuda, y que en lo de hoy más hiciéremos contra ellos, no lo hacemos sin justicia, pues ni por ruegos ni amonestaciones que les hemos hecho, pudimos convencerles. Por tanto permitid que aquellos que primeramente han hecho la injuria, paguen primero la la pena, y los que quieren castigarles con razón, puedan hacerlo.»
Cuando acabó su oración mandó a los suyos que comenzasen la guerra. Primeramente hizo cercar la ciudad con un baluarte hecho de tierra, y de los árboles que cortaron en derredor, para que ninguno pudiese entrar ni salir. Después comenzaron a hacer un bastión o baluarte, esperando poderle acabar en poco tiempo, según la mucha gente que trabajaba en la obra, y que con esto podrían tomar la ciudad. La forma del bastión era esta. Primeramente, con las ramas de los árboles que cortaron en el monte Citerón, hicieron unos zarzos en forma de cestones y estacadas, y poníanlos a una parte y a otra del bastión, sujetándolos con unos maderos para que no pudiese salirse la tierra que echaban dentro. Después lanzaban piedras, leña y tierra, y todos los otros materiales que podían aprovechar para llenarlo. Así continuaron la obra setenta días, no dejando el trabajo de noche ni de día, porque cuando unos se iban a comer o dormir, venían otros a trabajar. Y para que se acabase más pronto la obra y fuese mejor, tenían a cargo de ella a los lacedemonios, que mandaban a los soldados, y a los otros diputados de las ciudades.
Cuando los de la ciudad vieron que aquel bastión subía tan alto, comenzaron por dentro de la muralla a hacer otro muro fuerte de piedras y cantos que tomaban de las casas más cercanas, que para este efecto derribaban, y para sostenerle entremetían madera y leños, y por fuera le cubrían de cueros para que no fuesen heridos de los enemigos mientras lo labraban, y para que si lanzaban fuego, no pudiese prender en la madera. De modo que así de una parte como de la otra subía en alto el edificio.
También, los de la ciudad, para estorbar la obra de los sitiadores, usaron de esta invención. Rompieron la muralla frontera al bastión de los enemigos, donde estos habían fabricado otro reparo de madera y tierra que venía a juntarse con la muralla, para llegar cubiertos hasta el pie de ella, después que su bastión fuese acabado, y por aquel horado que abrieron, sacaban por debajo la tierra que los otros echaban dentro. Mas cuando los lacedemonios comprendieron la estratagema, hicieron cestones, metiendo dentro cieno y tierra, y pusiéronlos en lugar de la tierra que habían sacado, de manera que ya en adelante no podían sacar la tierra tan fácilmente como antes.
Tampoco se descuidaron los plateenses en hacer su deber por otra vía, pues practicaron grandes minas por dentro de la muralla, que salían a dar debajo del bastión de los enemigos, y por estas mismas les sacaban la tierra del bastión, sin cesar este trabajo. Esto lo hicieron muchos días, antes que fuesen sentidos de los enemigos, los cuales se espantaban de ver que su bastión no subía más con la gran cantidad de tierra que echaban dentro por encima, y que se sumía y hundía hacia el medio. Todavía los ciudadanos, considerando que si la cosa iba a la larga no podrían sacar tanta tierra del bastión por las minas cuanta lanzarían dentro los enemigos, por ser muchos más en número, y por la actividad con que trabajaban en esto, inventaron otro remedio para defenderse, que fue este. Frente a su muralla, donde los enemigos habían hecho el reparo para entrar, hicieron otro muro por dentro, en forma de media luna a los lados, de tal manera, que las dos puntas de él se juntasen con la muralla, enfrente a las dos puntas del bastión de los enemigos, y veníanse extendiendo con este muro hacia más dentro de la ciudad, para que si los enemigos tomaban aquella parte del primer muro, hallasen otro, contra el cual les fuese necesario hacer nuevo bastión, que les sería doblado trabajo y estarían en mayor peligro, hallándose encerrados.
Por la otra parte, los peloponesios dispusieron dos aparatos[51] encima de su bastión, con los cuales tiraban a dos lugares: con el uno batían el muro que hacían los de la ciudad por dentro, de suerte que lo deshicieron en gran parte, lo cual asustó mucho a los ciudadanos, y el otro batía la cerca principal. Contra estas máquinas los ciudadanos usaron de dos remedios: el uno fue hacer grandes lazos de cuerdas, con que rebatían el golpe; el otro, disponer grandes vigas de madera[52], las cuales colgaban por los cabos con cadenas de hierro, que asían a las vigas pendientes de lo alto de la muralla, al través. Y cuando veían venir el golpe de la máquina aflojaban los cabos de las cadenas a que estaban asidas, y súbitamente las vigas venían a caer a la punta del aparato que batía, y recibían el golpe.
Como los peloponesios viesen que por estos medios, y haciendo cuanto sabían, no podían batir la muralla, que aun batiendo la una quedaba el otro muro de dentro por combatir, y que con gran trabajo podrían tomar la ciudad por esta brecha, determinaron cercarla toda. Pero antes de hacer esto intentaron quemarla, lo cual les parecía cosa fácil si favoreciese el viento, por cuanto la ciudad era muy pequeña, imaginando todas las vías por donde la pudiesen ganar sin grandes gastos y sin tener largo tiempo el cerco. Llenaron de ramaje y de haces de leña el foso que estaba entre su bastión y la muralla, y en breve espacio de tiempo, por la multitud de hombres que se ocupaban en ello, la extendieron y alargaron lo más adelante que pudieron hacia la ciudad, y por lo alto pegaron fuego, lanzando dentro pez y azufre, con lo que in continenti se levantó tan gran llama cuan nunca se vio encendida por mano de hombre, pues algunas veces el fuego se prende por sí mismo en los montes, por el gran combate de los árboles, arrastrados por la fuerza del viento, de donde también sale mucha llama. Este fuego, tan grande y tan intenso, por poco quema toda la ciudad y a todos los moradores, pues solo quedó una pequeña parte de ella donde no entrase. Y si el viento acudiera, como pensaban, no se escaparan los de dentro. Mas sucedió muy de otra manera, porque cayó copiosa lluvia con grandes truenos, que, según dicen, lo apagó de pronto. Viendo los peloponesios que tampoco en esto acertaba su intención, determinaron dejar una parte de su ejército en el cerco, y que los demás partiesen. La cercaron, pues, por todos lados con un muro, y por acabar más pronto la obra, la repartieron por cuadrillas, dando a cada cual de las ciudades su cuadrilla, y haciendo sus fosos a lo largo de la muralla así por dentro como por fuera. De la tierra que sacaron hicieron ladrillos.
Acabada la obra dejaron una parte de su gente, en número bastante para guardar la mitad de aquella muralla, y de la otra mitad encargaron la guarda a los beocios. Todos los demás partieron para sus ciudades, en la época en que se muestra la estrella llamada Arturo[53].
Volvamos a los de Platea, que, como arriba contamos, habían enviado fuera de su ciudad las mujeres, los viejos, los niños y todos aquellos que no eran de provecho para la guerra, de manera que solo quedaron dentro cuatrocientos ochenta hombres de pelea atenienses, y diez mujeres que les cocían pan, y no más de ningún estado ni condición, los cuales determinaron defender la ciudad.