XIV.
Demóstenes, capitán de los atenienses, parte de Léucade con su armada para combatir a los etolios y es vencido. — Varios hechos de guerra de los atenienses en Sicilia.
En este mismo verano, al tiempo que los atenienses estaban en Melos, treinta de sus naves que recorrían la costa del Peloponeso arribaron junto a Eiómeno, en la región de Léucade, y allí en una emboscada mataron y prendieron algunos de los hombres de guerra que estaban de guarnición. Después con toda la armada fueron sobre Léucade, llevando en su compañía a todos los acarnanios, excepto los eníadas, y a los zacintos y cefalenios. Con su armada iban también quince naves de los corcirenses, y con tan gran poder, robaban y talaban todas las tierras de Léucade, así las que están dentro del estrecho como fuera, y hasta el templo de Apolo, que estaba junto a la ciudad. Mas los ciudadanos de Léucade, a pesar de los daños que sufría su tierra, no osaron salir fuera de su ciudad. Viendo esto los acarnanios pidieron con grande instancia a Demóstenes, capitán de los atenienses, que los sitiara esperando ganar la ciudad fácilmente y verse así libres y seguros en adelante de estos leucadios, que eran sus antiguos enemigos. Mas Demóstenes, que a la sazón daba más crédito a los mesenios, fue persuadido por estos de que dejase la empresa de Léucade, y la emprendiera contra los etolios, teniendo para ello tan buena armada y tan gran poder, así porque estos etolios eran enemigos capitales de los de Naupacto, como porque decían que, siendo vencidos, fácilmente someterían después todo lo restante de Epiro al señorío y obediencia de los atenienses. Y aunque los etolios fuesen muchos y buenos guerreros, parecía a los mesenios que podrían ser vencidos y conquistados pronto porque sus ciudades y villas, no cercadas de murallas, estaban muy distantes entre sí, no pudiendo socorrerse fácilmente, y porque los moradores se encontraban mal armados y a la ligera.
Eran de parecer que primeramente fuesen atacados los apodotos, y tras ellos los ofioneos y los euritanes, que son la mayor parte de los etolios, y eran campesinos, salvajes, fieros y bárbaros en sus costumbres y lenguaje, llamándoseles omófagos, que quiere decir comedores de carne cruda. Vencidos estos, creían que fácilmente sujetarían a todos los demás. Este consejo pareció muy bien a Demóstenes, así por el crédito que daba a los mesenios, como porque creía que, teniendo consigo los epirotas y los etolios, podía muy bien, sin otra armada de los atenienses, ir por tierra a hacer la guerra a los beocios, tomando el camino de los locros ozolas y citiones, y por la parte de Doria, que está a la mano siniestra del monte Parnaso, descendiendo de allí a la tierra de los focenses que confinan con Beocia. Esperaba inducir a estos focenses a que le diesen paso por su tierra y ayuda, por la antigua amistad que tenían con los atenienses, y si no, obligarles a hacerlo por fuerza.
Decidido a ejecutar esta empresa, mandó retirar toda su armada que estaba sobre Léucade, y se fue por mar hasta Solio contra la voluntad de los acarnanios, a quienes había comunicado su designio; y viendo que no lo aprobaban, antes les pesaba y se enojaban con él porque no había perseverado en el cerco de Léucade, partió sin ellos con lo restante de la armada, donde iban solamente los cefalenios y los mesenios, y con trescientos marinos atenienses que tenía en sus naves, pues los quince navíos de los corcirenses se habían apartado ya de la armada. Partió del puerto de Eneón en la Lócride. Estos locros estaban confederados con los ozolas y obligados, por tanto, a servir y ayudar a los atenienses con todas sus fuerzas cuando hiciesen la guerra a las tierras mediterráneas. El socorro les venía muy a propósito para dicha empresa, porque los ozolas eran vecinos de los etolios, se armaban como ellos y sabían la tierra y la forma que tenían de pelear.
Partido Demóstenes con su armada, arribó al puerto y templo de Júpiter en Nemea, donde se dice que fue muerto el poeta Hesíodo por los naturales, de quienes nada temía, porque le profetizó el oráculo que moriría en Nemea, y él entendió la ciudad de Nemea, siendo aquel lugar el templo de Júpiter que tenía por sobrenombre Nemea. Demóstenes partió de este lugar al alba con toda su armada para entrar en Etolia, y el primer día tomó la ciudad de Potidania por fuerza; el segundo, la de Crocilio, y el tercero la de Tiquio, donde descansó algunos días, y de allí envió los efectos que había tomado a la ciudad de Eupalio en Lócride. Proponíase, después de sojuzgar todo lo restante de esta provincia a su vuelta de Naupacto, ir a conquistar los ofioneos si no se entregaban. Mas los etolios, avisados de su venida, determinaron salir al encuentro, y al entrar por sus tierras se reunieron los vecinos y comarcanos, y principalmente los ofioneos que habitan al cabo junto al golfo llamado Melíaco, y los bomieos y los calieos.
Mientras estos pueblos se juntaban, los mesenios, perseverando en el parecer que habían dado a Demóstenes de que los etolios serían fácilmente vencidos, le aconsejaron que partiese de allí lo más pronto posible, y podría ganar las ciudades y villas de toda aquella tierra antes que los enemigos acabaran de reunirse. Demóstenes siguió este consejo confiado en su buena fortuna, porque hasta entonces ninguna cosa le había salido mal. Sin esperar el socorro de los locros, que le era bien necesario por ser ballesteros experimentados en tirar, y, armados a la ligera, fue sobre Egitio y la tomó sin resistencia, porque los habitantes la abandonaron, retirándose a los montes alrededor de la ciudad, situada en un cerro a ochenta estadios distante de la mar[79]. Ya todos los etolios habían llegado, alojándose en diversos lugares de las montañas, y todos a una vinieron a dar sobre los atenienses y sus aliados por todas partes con muchos tiros de dardo y de piedra. Cuando estos revolvían sobre ellos se guarecían en las breñas, y cuando se retiraban los seguían. Duró gran rato esta escaramuza, en la cual los atenienses llevaban la peor parte, así cuando acometían a los contrarios como cuando se defendían de ellos, aunque mientras los suyos tuvieron abundancia de dardos se defendieron muy bien. Los etolios, armados a la ligera, cuando veían ir hacia ellos los flecheros contrarios, se retiraban; pero muerto el capitán de los flecheros, los que quedaban, muy cansados y apremiados por los enemigos, volvieron las espaldas y se pusieron en huida, y lo mismo hicieron los atenienses que allí quedaban con sus aliados y compañeros. Huyendo todos sin orden, metíanse entre las peñas, rocas y sitios sin salida, no teniendo quien los guiase, porque el mesenio Cromón, que era su caudillo y guía, había muerto en la batalla. Por esta causa hubo muchos muertos en la retirada, pues los etolios, todos armados a la ligera, los seguían al alcance y los herían y mataban sin peligro, teniéndolos atajados y tomados los pasos, de modo que no sabían por donde huir. Algunos que se habían guarecido en las selvas y bosques, sin caminos y senderos, pensaron salvarse, mas los etolios incendiaron los bosques y fueron todos quemados. No había especie de muerte y de huida que no se viese entonces en el ejército de los atenienses, y con gran dificultad escaparon muy pocos vivos de la batalla, salvándose en Eneón, que está en Lócride, de donde habían partido. Murieron de los aliados gran número, y de los atenienses ciento veinte hombres de los mejores guerreros de todo el ejército, entre ellos Procles, uno de los capitanes.
Pasada esta derrota, los atenienses vencidos reconocieron la victoria a los contrarios, y recibieron sus muertos para darles sepultura, volviendo a Naupacto y desde allí a Atenas.
Demóstenes, su caudillo y capitán, se quedó en los lugares cercanos a Naupacto por temor a los atenienses a causa de esta derrota.
En este mismo tiempo, los atenienses que andaban por la costa de Sicilia navegando, aportaron en Lócride, saltaron a tierra y tuvieron un encuentro con los locros, siendo estos vencidos en un paso que guardaban, tomándoles la villa de Peripoleon, situada junto al río Álece.