XV.

Discurso y recomendaciones de Cnemo y de los otros capitanes peloponesios a los suyos.

«Si algunos de vosotros, varones lacedemonios, temen la batalla, que esperamos, por razón de la pasada que perdimos, no tiene justa causa de temor, porque nuestros aprestos de guerra no eran entonces tal cual convenía, no pensando combatir por mar, ni nuestra navegación era sino para pelear con nuestro ejército en tierra, de donde nos sucedieron los inconvenientes que visteis, que no fueron pequeños por mala fortuna, y puede ser que por ignorancia, pues era la primera vez que combatíais en el mar. Por tanto, sabiendo que no por nuestra culpa, ni por el esfuerzo de los enemigos, fuimos vencidos, antes hay muchas razones en contrario, no es justo que desmayemos, ni perdamos el esfuerzo, sino que debemos considerar que aunque muchas veces los buenos, por caso de fortuna, no acierten, no por eso pierden el esfuerzo de corazón y virtud de ánimo que siempre tienen, la cual no piensan haber perdido por la falta de habilidad pasada, ni por eso desmayan ni aflojan sus fuerzas. Y en lo que a vosotros toca, ciertamente, si no tenéis tanto saber y conocimiento de las cosas de mar como los enemigos, tenéis más osadía y valor.

»En cuanto al arte y saber de estos (que teméis), si vienen acompañados del esfuerzo y osadía, tendrán memoria para realizar en los peligros lo que aprendieron por arte y ejercicio; mas si este esfuerzo les falta, poco les aprovecharán el saber o la destreza. Porque el temor daña y quita la memoria, y el arte, sin esfuerzo de corazón, no es de provecho en los peligros. Por eso os conviene que, cuanta más experiencia que vosotros tengan, tanto más esfuerzo y osadía mostréis. Y para ahuyentar el temor, porque fuisteis vencidos una vez, poned delante de vuestros ojos que no estabais entonces apercibidos ni aparejados para combatir. Considerad, además, que tenéis muchas más naves que vuestros enemigos, y que vosotros combatís a la vista de vuestro ejército, que está aquí en tierra para daros ayuda, siendo razonable que los que son más en número y vienen más apercibidos, deben llevar lo mejor en la batalla. Así, pues, no vemos motivo para abrigar temor, antes las faltas pasadas nos han de hacer, por la experiencia, más instruidos.

»Cobrad, pues, ánimo, así los capitanes como la gente de guerra y marineros, y cada uno haga su deber, sin desamparar el lugar donde está puesto en ordenanza, porque nosotros, que somos vuestros caudillos y capitanes, no os daremos menor ventaja y oportunidad para combatir ahora que aquellos que os guiaron en la primera jornada, ni menos os daremos ocasión ni ejemplo para que seáis flojos o cobardes: y si alguno se mostrare tal, será castigado según su merecido. A los que, por el contrario, probaren ser buenos y esforzados, se les premiará su virtud y esfuerzo.»

Con estas y otras razones semejantes, los peloponesios animaron a los suyos.

Por otra parte, Formión, viendo su gente amedrentada por el gran número de barcos de los enemigos, les hizo asimismo juntar y les animó, porque siempre les había asegurado que no podría venir tan gran armada contra ellos, que no fuesen bastantes para resistirla, y ellos mismos, por ser atenienses, tenían presunción de que no darían ventaja a ninguna armada de los peloponesios por grande que fuese. Mas como entonces los viese atemorizados, queriéndoles animar, les hizo este razonamiento: