III.
Ajustan la paz los lacedemonios con los atenienses para sí y sus aliados, y después pactan alianza, prescindiendo de estos.
Al comienzo del invierno, la gente de guerra que mandaba Ranfias llegó hasta el monte Pierio, que está en Tesalia, mas los de la tierra le prohibieron el paso, por cuya causa, y también porque supieron la muerte de Brásidas, a quien llevaba aquellas tropas, volvieron a sus casas, porque les parecía que no era tiempo de comenzar la guerra, visto que los atenienses se habían retirado, y que ellos dos, Ranfias y Autocáridas, carecían de recursos para dar fin a la empresa de Brásidas.
Por otra parte, sabían muy bien que a su partida de Esparta los lacedemonios estaban más inclinados a la paz que a la guerra, y a excepción del combate de Anfípolis y la vuelta de Ranfias de Tesalia, no hubo hecho alguno de guerra entre atenienses y lacedemonios, porque de una y otra parte se deseaba más la paz que la guerra; los atenienses, por la pérdida que habían sufrido primeramente en Delio, y poco después en Anfípolis, por razón de lo cual no estimaban sus fuerzas por tan grandes como al principio cuando les hablaron sobre concierto de paz, que ellos rehusaron entonces, confiados muchos en su prosperidad, y también temían en gran manera que sus aliados, viendo declinar su fortuna, se les rebelasen, estando muy arrepentidos de no haber aceptado la paz que les demandaban después de la victoria que alcanzaron en Pilos. Los lacedemonios, por su parte, la deseaban, porque les había resultado la guerra muy distinta de lo que pensaron al principio, pues creían que talando la tierra de los atenienses, en poco tiempo los desharían; también por la pérdida de Pilos, que fue la mayor que los de Esparta tuvieron hasta entonces, y porque los enemigos, que estaban dentro de Pilos y de Citera, no cesaban de recorrer y robar las tierras que los lacedemonios tenían allí cercanas. Además, sus hilotas y esclavos se pasaban a menudo a los atenienses, y continuamente tenían temor que los otros que quedaban hiciesen lo mismo por consejo de los que primero habían huido.
También había otra causa y razón más eficaz, y era que la tregua que los lacedemonios habían hecho por treinta años con los argivos espiraba en breve, la cual tregua los lacedemonios no querían continuar si los argivos no les devolvían la villa de Cinuria, y no se hallaban bastante poderosos para hacer la guerra contra los atenienses y los argivos a un tiempo, tanto más sospechando que algunas de las ciudades del partido de estos en tierra de Peloponeso se declarasen por ellos, como sucedió después.
Por estas razones, ambas partes deseaban la paz, mayormente los lacedemonios, para recobrar sus prisioneros en Pilos, los cuales eran todos naturales de Esparta, parientes y amigos de los principales de Lacedemonia, y por cuya libertad procuraron la paz desde que fueron presos, aunque los atenienses, engreídos con la prosperidad de su fortuna, entonces no la habían querido aceptar, esperando hacer mayores cosas antes que la guerra tuviese fin. Pero después que los atenienses fueron derrotados en Delio, pensando los lacedemonios que entonces serían más tratables y humanos, habían acordado las treguas por un año, para que durante este pudiesen tratar de la paz o de más larga tregua.
Sobrevenido al poco tiempo la derrota de Anfípolis, que les ayudaba en gran manera al logro de sus deseos, sobre todo porque Brásidas y Cleón habían muerto en ella, y estos eran los principales que estorbaban la paz de ambas partes, Brásidas por la buena fortuna que tenía en la guerra, de la cual esperaba siempre gloria y honra, y Cleón porque le parecía que sus yerros y faltas serían más notorias y manifiestas en tiempo de paz que en el de guerra, y que no se daría tanta fe y crédito a sus invenciones y ruines pareceres habiendo paz.
Faltando estos dos quedaban otras dos personas, las más principales de las dos ciudades que tenían gran deseo y codicia de la paz, esperando que por medio de ella alcanzarían el mando principal en las dos ciudades. El uno era Plistoanacte, hijo de Pausanias, rey de Lacedemonia, y el otro, Nicias, hijo de Nicérato, que por entonces era el mejor caudillo que los atenienses tenían, y que había realizado en la guerra famosos hechos. A este le parecía que era mejor hacer la paz mientras que los atenienses estaban en prosperidad y antes que perdiesen su buena fortuna por algún azar de guerra, y también porque los ciudadanos, y él mismo con ellos, tuviesen en adelante sosiego y reposo, y él pudiese dejar la buena fama después de su muerte, de no haber hecho ni aconsejado jamás cosa alguna por donde a la ciudad le sobreviniese mal, lo cual podía no sucederle si lo fiaba todo a la aventura de la guerra, cuyos males y daños se evitan por la paz.
El lacedemonio Plistoanacte también deseaba la paz, a causa de tenérsele por sospechoso desde el comienzo de la guerra, acusándole de que se había retirado con el ejército de los peloponesios de tierra de los atenienses. Además le culpaban de todos los males y daños que después de su retirada habían venido a los lacedemonios y de que él y Aristóteles, su hermano, habían sobornado a la sacerdotisa del templo de Apolo en Delfos que daba los oráculos y respuestas de Apolo, de manera que a nombre del dios, y como inspirada por él, había respondido a los nuncios que los lacedemonios enviaron diversas veces al templo para saber el consejo de Apolo tocante a la guerra el oráculo siguiente:
«Los descendientes de Júpiter tornarán su generación de tierra ajena a la suya propia, si no quieren arar la tierra con reja de plata»[2].
Hizo esto Plistoanacte, porque los lacedemonios le desterraron a Liceo por la sospecha de que se dejó corromper por dinero, para retirarse con el ejército de tierra de Atenas: en el cual lugar del Liceo vivió mucho tiempo, y por esta respuesta del oráculo le alzaron el destierro, y fue recibido en la ciudad con las honras que acostumbran para los reyes cuando entran con pompa. Para hacer olvidar estas sospechas deseaba la paz, pareciéndole que cesando los inconvenientes de la guerra, no tendrían ocasión de imputarle aquella culpa, mayormente después que los ciudadanos hubiesen recobrado sus prisioneros. Además, mientras durase la lucha duraría la murmuración, pues como sucede siempre, cuando el pueblo ve los males y daños de la guerra, murmura contra los principales actores de ella.
Duraron los tratos para la paz todo el invierno, y al fin de él los lacedemonios hicieron alarde de querer construir una grande armada: y enviaron a todas las ciudades confederadas aviso para que se aprestasen a la guerra, para la primavera, pensando que así infundirían más temor a los atenienses, y les darían motivo para querer la paz. Por tales medios, después de muchos tratos y discusiones, fue ajustada entre ellos, con condición de que cada cual de las partes devolviera lo que había tomado a la otra, excepto Nisea, que quedaría en poder de los atenienses, porque pidiendo Platea, los tebanos decían que no la habían tomado por fuerza, sino que los ciudadanos se la habían entregado voluntariamente y los atenienses dijeron lo mismo de Nisea.
Estando juntos todos los confederados para este efecto, les alegró que la paz se concluyese, y que en ella quedara establecido que la ciudad de Platea fuera de los tebanos, y la de Nisea de los atenienses. Los beocios, los corintios, los eleos y los megarenses no quisieron aceptar esta paz; no obstante, por común decreto fue acordada y jurada por los embajadores de Atenas en Esparta: y después confirmada por las ciudades confederadas de una y otra parte en la forma y manera siguiente:
«Primeramente, en cuanto a los templos públicos, que sea lícito a cada cual de las partes ir y venir a su voluntad sin ningún estorbo ni impedimento alguno, y hacer sus sacrificios, demandas, peticiones y consultas acostumbradas, y que para esto puedan enviar sus nuncios y consejeros así por mar como por tierra.
»Ítem, en cuanto al templo de Apolo en Delfos, que los que lo tienen a su cargo puedan usar y gozar de sus leyes, privilegios, costumbres, tierras, rentas y provechos, según costumbre.
»Ítem, que esta paz sea firme y segura sin dolo, fraude, ni engaño entre los atenienses y los lacedemonios, sus amigos, aliados y confederados por espacio de cincuenta años, que si en este tiempo se suscitaran entre ellos algunas cuestiones, se deba decidir y determinar por derecho y justicia, y no por armas, y que así será jurado por juramento solemne de una parte y de otra; pero con la condición de que los lacedemonios y sus confederados restituirán a los atenienses la ciudad de Anfípolis, y que los moradores de esta y de las otras ciudades, villas y lugares que fueren restituidas a los atenienses puedan y les sea lícito, si quisieren, irse y trasladar el domicilio adonde bien les pareciere con sus casas, bienes y haciendas, y que las ciudades que Arístides hizo tributarias sean libres y francas en adelante.
»Ítem, que no sea lícito a los atenienses y sus aliados ir ni enviar gente de armas para hacerles mal a estas ciudades que les serán devueltas mientras les pagaren su tributo acostumbrado. Estas ciudades son las siguientes: Argilo, Estagira, Acanto, Escolo, Olinto y Espartolo, las cuales quedarán neutrales, sin estar aliadas ni confederadas a los atenienses ni a los lacedemonios, excepto si los atenienses las pueden inducir por buenos medios y maneras, sin fuerza ni rigor, a que sean sus aliadas, pues, en tal caso, les será lícito.
»Ítem, que los habitantes de Meciberna, de Sane y de Singo puedan morar en sus ciudades, según y de la misma manera que los olintios y los acantios.
»Ítem, que los lacedemonios restituyan a los atenienses la ciudad de Panacto, y los atenienses a los lacedemonios las villas de Corifasio, Citera, Metana, Ptéleo y Atalanta, y todos los prisioneros que de ellos tienen, así en la ciudad de Atenas como en otras partes en su tierra y poder. Asimismo los que tienen sitiados en Escíone, lacedemonios u otros peloponesios, o de sus amigos y confederados de cualquier parte y lugar que sean, y generalmente todos los que Brásidas envió a dichas plazas. Además, si estuviere algún lacedemonio u otra cualquier persona de sus aliados en prisión por cualquier causa que sea en la ciudad de Atenas o en otro cualquier lugar de su señorío, sea puesto en libertad, haciendo los lacedemonios y sus confederados lo mismo en favor de los atenienses y sus aliados. En cuanto a los de las ciudades de Escíone, Torone y Sermile y los de otras ciudades que tienen los atenienses, estos determinarán lo que se hubiere de proveer y les mandarán hacer el juramento a los lacedemonios y a las otras ciudades confederadas. Que ambas partes harán el juramento acostumbrado la una a la otra, el mayor y más fuerte que se puede hacer en tal caso, en el cual se contenga, en efecto, que guardarán los tratados y capítulos de paz arriba dichos justa y debidamente, y que este juramento se deba renovar todos los años, y sea consignado por escrito y esculpido en una piedra y puesto en Olimpia, en Delfos, en el Istmo, en la ciudad de Atenas y en la de Lacedemonia en el lugar llamado Amicleo.
»Ítem, si alguna otra cosa ocurriese además de esto que sea justa y razonable a ambas partes, se pueda añadir, mudar y quitar por los atenienses y por los lacedemonios.
»Fue acordado y aceptado este tratado de paz en Esparta, siendo éforo Plístolas y presidente de la ciudad de Lacedemonia, a 26 días del mes de Artemisio, y en Atenas fue aceptado y aprobado, siendo presidente Alceo, a 15 días del mes de Elafebolión, y otorgáronle y juráronle por parte de los lacedemonios Plístolas, Damageto, Quiónide, Metágenes, Acanto, Daito, Iscágoras, Filocáridas, Zéuxidas, Antipo, Télide, Alcínadas, Empedias, Menas, Láfilo; y de parte de los atenienses, Lampón, Istmiónico, Nicias, Laques, Eutidemo, Procles, Pitodoro, Hagnón, Mirtilo, Trasicles, Teágenes, Aristócrates, Yolcio, Timócrates, León, Lámaco y Demóstenes.»
Este tratado fue hecho y jurado al fin del invierno y al comienzo de la primavera, diez años y algunos días después del principio de la guerra, que fue la primera entrada que hicieron los peloponesios y sus confederados en tierra de Atenas. La cual guerra me parece por mejor señal para mayor acierto distinguirla por los tiempos del año, a saber: el invierno y el verano, que no por los nombres de los cónsules y gobernadores de las ciudades principales, que cambian con frecuencia.
Conforme a este tratado de paz, los lacedemonios entregaron inmediatamente los prisioneros que tenían en su poder, porque les cupo por suerte ser los primeros que entregasen, y tras esto enviaron sus embajadores Iscágoras y Menas a Cleáridas, su capitán, para mandarle que entregase la ciudad de Anfípolis a los atenienses.
También los enviaron a las otras ciudades confederadas, para que confirmasen y pusiesen por ejecución el tratado arriba dicho, y muchas rehusaron hacerlo, pretendiendo que no les era favorable el contrato.
Asimismo Cleáridas rehusó entregar la ciudad de Anfípolis por agradar a los calcídeos, diciendo que no lo podía hacer sin voluntad de estos; pero partió con los dos embajadores a Lacedemonia para defenderse si le quisieran calumniar diciendo que no había obedecido el mandato de los lacedemonios, y también para probar si podría enmendar el tratado en este artículo; mas sabiendo que estaba concluido y acordado, volvió a la ciudad de Anfípolis por orden de los lacedemonios, que también le mandaron expresamente entregase la ciudad a los atenienses, o que, si los ciudadanos dificultaban esto, saliese él con todos los peloponesios que estaban dentro.
Las otras ciudades confederadas enviaron sus embajadores a los lacedemonios para mostrarles que este tratado de paz les era muy perjudicial y que no le querían guardar ni cumplir, si no lo enmendaban en algunos artículos. Después que los lacedemonios les oyeron, no quisieron enmendar nada de lo que habían hecho y concluido, mandándoles retirarse.
Poco tiempo después hicieron alianza con los atenienses, y aunque los argivos habían rehusado entrar en la alianza con ellos, nada les importó, porque les parecía que sin los atenienses no les podrían hacer mucho mal, y que la mayor parte de los peloponesios querían más la paz, por el sosiego y reposo, que la guerra. Después de algunas negociaciones sobre la alianza en la ciudad de Esparta con los embajadores de los atenienses, fue ajustada del siguiente modo:
«Los lacedemonios serán compañeros y aliados de los atenienses por cincuenta años en esta forma.
»Si algunos enemigos entraren en tierra de los lacedemonios para hacerles daño, los atenienses ayudarán a estos con todo su poder en todo y por todo lo que pudieren, y si los tales enemigos asolaran su tierra, serán tenidos por enemigos comunes de atenienses y lacedemonios, y les harán la guerra juntamente, o la dejarán pactando la paz de consuno.
»Todas las cosas arriba dichas se harán bien y debidamente sin fraude ni engaño: y lo mismo harán los lacedemonios con los atenienses, si algunos extraños entraran en su tierra.
»Si los hilotas o siervos de los lacedemonios se levantaran contra ellos, los atenienses estarán obligados a ayudarles con todo su poder.
»Esta alianza será otorgada y jurada por las mismas personas que juraron la paz de ambas partes, y se había de renovar todos los años el juramento como el de la paz escrita, y esculpir el tratado en dos piedras que se pusieran una en la ciudad de Esparta, junto al templo de Apolo en el Amicleo, y la otra en la de Atenas, junto al templo de Minerva. Además fue acordado, que si durante esta alianza pareciese bien a ambas partes añadir o quitar o mudar cosa alguna, lo pudieran hacer por común acuerdo.
»Esta alianza la juraron de parte de los lacedemonios Plistoanacte, Agis, Plístolas, Damageto, Quiónide, Metágenes, Acanto, Daito, Iscágoras, Filocáridas, Zéuxidas, Antipo, Télis, Alcínadas, Empedias, Menas, Láfilo. Y de parte de los atenienses Lampón, Istmiónico, Nicias, Laques, Eutidemo, Procles, Pitodoro, Hagnón, Mirtilo, Trasicles, Teágenes, Aristócrates, Yolcio, Timócrates, León, Lámaco y Demóstenes.»
La alianza fue hecha poco después del tratado de paz, y de entregar los atenienses los prisioneros que hicieron en la isla frente a Pilos al principio del verano, que fue el fin del décimo año, después que comenzó la guerra que escribimos.