IV.
Siracusanos y atenienses libran una batalla por mar en el puerto, y por tierra, pretendiendo ambos haber alcanzado la victoria. — Encuentros que tuvieron después durante el sitio.
Mientras estas cosas pasaban en Grecia, Gilipo volvió a Siracusa con gran número de gente que reunió y sacó de las ciudades de Sicilia donde había estado.
Hizo llamar a los siracusanos y les mostró que les convenía armar todos los más barcos que pudiesen para combatir en el mar contra los atenienses, diciendo que tenía esperanza, si ponían esto por obra, de hacer alguna hazaña digna de memoria.
Esto mismo les aconsejaba Hermócrates, diciendo que no debían temer a los atenienses por mar, pues de su natural no eran tan buenos hombres de mar como ellos, porque la ciudad de Atenas no está situada junto al mar como Siracusa, sino muy dentro en tierra firme, y que lo que los atenienses habían aprendido de arte naval había sido por temor a los medos, que les obligaron a meterse en la mar. Decíales también que, gente osada como eran los atenienses, les parecerían terribles los que se mostrasen animosos como ellos, y que de igual manera que los atenienses espantaban a sus contrarios antes por su atrevimiento que por sus fuerzas y poder, era muy conveniente que hallasen en sus adversarios quienes hiciesen lo mismo.
Además de estos consejos, les decía que conocía bien el deseo que tenían de ir contra la armada de los atenienses, y este hecho inesperado de los enemigos les espantaría de tal manera, que aprovecharía más el atrevimiento a los siracusanos que a los atenienses la ciencia y ejercicio de mar de que se vanagloriaban.
Con estas palabras de Gilipo y Hermócrates, y algunos otros que les aconsejaban, persuadieron a los siracusanos para que acometieran contra la armada de los atenienses, y con esta determinación, Gilipo, al anochecer, puso toda su gente de a pie en orden, fuera de la ciudad, para que al mismo tiempo atacase a los enemigos por tierra hacia la parte del muro junto a Plemirio, y los barcos por la parte de la mar.
Al amanecer, las treinta y cinco galeras de los siracusanos salieron del puerto pequeño donde se habían guarecido para ir hacia el gran puerto que tenían los enemigos, y con ellos salieron otras cuarenta y cinco naves para ir girando en torno del gran puerto con intención de entremeterse en los enemigos que estaban dentro del gran puerto, y también de acometerlos por la parte de Plemirio, a fin de que los atenienses, viéndose atacar por dos partes, fuesen más perturbados.
Viendo esto los atenienses, pusieron en orden los sesenta trirremes que tenían, de los cuales inmediatamente enviaron veinticinco contra los treinta y cinco de los siracusanos que iban hacia el gran puerto para combatirlos, y con los restantes fueron contra los que los querían rodear, con los cuales se mezclaron a la boca del puerto y combatieron gran rato, los siracusanos forcejeando por entrar en el puerto, y los otros pugnando por defenderse.
Mientras tanto, los atenienses que estaban en Plemirio descendieron a lo bajo de la roca, a orilla de la mar, para ver el éxito de la batalla que se estaba librando.
Al amanecer, Gilipo atacó el lugar de Plemirio por parte de tierra con tanto ímpetu, que tomó en seguida uno de los tres muros. Al poco rato ganó los otros dos, porque los que estaban en la guarda y defensa de ellos, viendo que el primer muro había sido tan pronto tomado, no cuidaron de defender los otros.
Los que guardaban el primer muro, cuando fue tomado, huyeron, y con gran peligro suyo, se metieron dentro de los trirremes que estaban siempre al pie de la roca, y parte de ellos en un batel que hallaron allí, y en estos buques se retiraron a su campo.
Aunque una galera de los siracusanos de las que ya estaban dentro del gran puerto, se opuso a la retirada, mientras Gilipo combatía los otros dos muros de Plemirio, aconteció que los siracusanos fueron vencidos por donde aquellos atenienses huían, y a causa de esta victoria tuvieron medio de retirarse más a su salvo.
La causa de esta victoria fue que las naves de los siracusanos, que combatían a la boca del gran puerto, yendo a caza de los enemigos que estaban de frente, entraron de tropel sin orden alguna, de tal manera, que unas tropezaban con otras. Viendo esto los atenienses, así los que combatían fuera del puerto, como los que habían sido vencidos dentro, se unieron y dieron juntos sobre las que estaban dentro del puerto, y sobre las que estaban fuera, con tanto ímpetu, que las pusieron en huida, echando once a fondo, y muriendo todos los que estaban dentro, cogieron tres y otras tres destrozaron.
Pasada esta victoria, los atenienses se apoderaron de los despojos de los naufragios de los enemigos, y levantaron trofeo en señal de triunfo en la isla pequeña que está junto a Plemirio, y después se retiraron a su campo.
De la parte de los siracusanos, a causa de los tres muros que habían tomado junto a Plemirio, levantaron tres trofeos en señal de victoria.
De estos tres muros abatieron uno, y los otros los repararon y pusieron en ellos buena guarda.
En la toma de estos muros fueron muertos muchos atenienses y otros prisioneros, y además les cogieron todo el dinero que era gran suma, porque tenían este lugar como un fuerte para reunir y guardar todo su tesoro y todas sus municiones y mercaderías, no solamente del estado de Atenas, sino también de los capitanes, mercaderes y hombres de guerra que iban por su cuenta. Entre otras cosas fueron halladas las velas de cuarenta trirremes y los demás aparejos, y tres trirremes que allí habían sacado a la orilla.
La toma de Plemirio causó gran daño a los atenienses, principalmente porque a causa de ella no podían en adelante llevar provisiones a su campo sin gran peligro, pues los trirremes que allí había de los siracusanos se lo impedían. Esto infundió gran pavor a los atenienses.
Después de la batalla, los siracusanos enviaron doce barcos al mando de su compatriota Agatarco; en uno de ellos iban algunos embajadores que enviaban al Peloponeso para hacer saber a los peloponesios lo que se había hecho, y la buena esperanza que tenían de vencer a los atenienses, y también para excitarles a que les enviasen socorro y tomasen aquella guerra con buen ánimo. Las otras once naves fueron a Italia, porque corría la noticia de que los atenienses enviaban algunos barcos cargados de madera y municiones a su campamento de Siracusa. Estos once buques de los siracusanos encontraron en la mar los de los atenienses, cogieron el mayor número de ellos con todo lo que venía dentro, y quemaron toda la madera que traían para hacer barcos a orillas de la mar junto a Caulonia.
Hecho esto, partieron para el puerto de Locros, y estando en dicho lugar aportó un barco procedente del Peloponeso, que enviaban los tespios cargado de gente de guerra en socorro de los siracusanos, cuya gente metieron en sus naves y el barco de Tespias regresó a su tierra.
A la vuelta encontraron junto a la costa de Mégara veinte galeras atenienses que estaban espiándoles el paso, y estas les cogieron una galera de las once. Las otras escaparon, llegando a Siracusa.
Pasado esto, hubo otro encuentro pequeño entre los atenienses y los siracusanos, en el mismo puerto de Siracusa, junto a un parapeto de madera que los siracusanos habían hecho delante de las atarazanas viejas para tener allí dentro sus barcos seguros. Los atenienses hicieron llegar una nave gruesa, recia y muy bien armada para que pudiese sufrir todos los golpes de tiro de piedras, y detrás de ella había muchos bateles pequeños, dentro de los cuales, y también dentro de la nave, iban gentes que con máquinas y pertrechos arrancaban los maderos y estacas de palo de aquel parapeto que estaban fijadas y plantadas dentro de la mar, a lo cual los siracusanos resistían con grandes tiros de dardos y piedras que les lanzaban desde las atarazanas, y lo mismo hacían los de la nave contra ellos. Al fin los atenienses rompieron una gran parte del parapeto, aunque con gran trabajo y dificultad, por la multitud de estacas de madera que estaban sumidas en el agua, las cuales habían plantado de intento a fin de que los barcos de los atenienses, si querían entrar allí, encallasen y corriesen peligro; pero los atenienses buscaron nadadores que buceando las cortaban debajo del agua; cuando se retiraban, los siracusanos hacían plantar otras estacas que sustituían a las arrancadas.
De esta suerte cada día hacían alguna empresa o invención nueva unos contra otros, según es de creer entre dos ejércitos acampados el uno cerca del otro. Además había muchas escaramuzas y encuentros pequeños de todas suertes, maneras y ocasiones que era posible.
Los siracusanos enviaron embajadores a los lacedemonios, a los corintios y a los ambraciotes, para hacerles saber la toma de Plemirio, y asimismo la batalla que habían librado en el mar, dándoles a entender que la victoria de los atenienses contra ellos no había sido por esfuerzo y valentía de aquellos, sino por el desorden de los mismos siracusanos, y por eso tenían fundada esperanza de que al fin quedarían victoriosos, con tal que fuesen ayudados y socorridos por ellos. Por tanto, les pedían que les enviaran de socorro barcos y gente antes que llegase la armada que los atenienses iban a mandar para rehacer la suya, porque, haciéndolo así, podrían derrotar a los que estaban en el campo antes que viniesen los otros, y dar fin a la guerra.
Este era el estado de las cosas en Sicilia.