V.
Cercando los atenienses la ciudad de Mileto, libran batalla contra los peloponesios, en la cual cada contendiente alcanza en cierto modo la victoria. — Sabiendo los atenienses que iba socorro a la ciudad, levantan el cerco y se retiran. — Los lacedemonios toman Yaso. Dentro de ella estaba Amorges, que se había rebelado contra el rey Darío, y lo entregan al lugarteniente de este rey.
Casi al fin de este mismo verano, mil quinientos hombres bien armados, atenienses, y mil argivos, la mitad bien armados y la mitad a la ligera, y otros tantos de sus amigos y aliados, juntamente con cuarenta y ocho naves, aunque había entre ellas algunas barcas para llevar gente, siendo capitanes Frínico, Onomacles y Escirónides, partieron de Atenas y pasaron por Samos, y de allí fueron a poner su campamento junto a Mileto.
Contra ellos salieron ochocientos hombres de la ciudad, bien armados; también los que Calcideo había traído, y cierto número de soldados que Tisafernes tenía, que por acaso se halló en este negocio. Acudieron a la batalla, en la cual los argivos, situados en la extrema derecha, estaban más esparcidos y desviados de lo que era menester, como si quisieran cercar a los enemigos, no mirando que los jonios se encontraban a punto para esperar su ímpetu, y por ello fueron derrotados y puestos en huida, muriendo unos trescientos.
Los atenienses, que formaban la otra ala, habiendo rechazado al empezar la batalla a los peloponesios y bárbaros, juntamente con la otra gente del campo, no combatieron contra los milesios, los cuales, después de dispersar a los argivos, se habían retirado a la ciudad, y como hubiesen ganado la victoria, habían puesto sus tropas junto a los muros, antes de ver que la otra ala de su ejército estaba vencida. En esta batalla, pues, los jonios de entrambas alas alcanzaron la victoria contra los dorios; es a saber: los atenienses contra los peloponesios, y los milesios contra los argivos.
Después de la batalla, los atenienses levantaron trofeo de victoria y determinaron cercar de muros la ciudad por el lado de tierra, porque la mayor parte hacia la mar estaba cercada, teniendo por cierto que si tomaban aquella ciudad, las otras fácilmente vendrían a su obediencia.
Pero aquel mismo día por la tarde tuvieron noticia de que iban contra ellos cincuenta y cinco barcos, así de Sicilia como de los peloponesios, que llegaron muy pronto. Y así era la verdad; porque los siracusanos, a persuasión de Hermócrates, por quebrantar del todo las fuerzas de los atenienses, habían determinado enviar socorro a los peloponesios, y les mandaron veinte barcos de los suyos y dos de los selinuntios, los cuales se habían reunido con los de los peloponesios, que eran veintitrés. Fue encargado el lacedemonio Terímenes de llevarlos todos a Astíoco, almirante y capitán general de toda la armada, y primeramente vinieron a tomar puerto a Leros, que es una isla situada frente a Mileto.
Creyendo que los atenienses estaban sobre la ciudad de Mileto, fueron al golfo de Yaso para saber más pronto lo que se hacía en Mileto, y estando allí supieron la batalla librada junto a Mileto por Alcibíades, que se halló en ella, de parte de los milesios y de Tisafernes, el cual les dio a entender que si no querían dejar perder toda la Jonia y lo más que quedaba, era necesario que acudiesen a socorrer la ciudad de Mileto antes que fuese cercada de muros, y que sería gran daño esperar a que fortificaran el cerco.
Por estas razones determinaron partir al otro día por la mañana para ir a socorrer la ciudad. Mas sabiendo Frínico la llegada de esta armada, aunque sus amigos y compañeros querían esperar para combatir, respondió que nunca consentiría ni permitiría a otros, si pudiese, que aquello se hiciese, diciéndoles y persuadiéndoles que antes del combate era necesario saber primero qué cantidad de barcos tenían los enemigos, y cuántos eran menester para combatirlos. Además, era necesario espacio y tiempo para ponerse en orden de batalla, según convenía; añadiendo, que nunca se tuvo por vergüenza ni por cobardía no quererse aventurar ni exponer a peligro cuando no es menester, por lo cual no era vergonzoso para los atenienses retirarse con su armada por algún tiempo. Antes sería mayor vergüenza que aconteciese ser vencidos de cualquier manera que fuese, y además de la vergüenza, la ciudad de Atenas y su estado quedarían en gran peligro. Considerando las grandes pérdidas que habían sufrido en poco tiempo, dijo que no se debía aventurar todo en una batalla, aunque estuviese segura la victoria y dispuestas todas las cosas necesarias para alcanzarla. Con mayor motivo no estándolo, ni siendo la batalla necesaria. Por todo lo cual, su opinión y parecer era embarcar en sus naves toda la gente, y juntamente con ella las municiones, bagajes y bastimentos, solamente lo que habían llevado, y dejar lo que habían ganado a los enemigos, por no cargar demasiado sus barcos. Hecho esto, retirarse con la mayor diligencia que pudiesen a Samos, y allí, después de haber reunido sus buques, ir a buscar a los enemigos y acometerles con ventaja.
Este parecer fue por todos aprobado, así en esto como en otras muchas cosas que después fueron encargadas a Frínico, siendo siempre elogiado como hombre prudente y sabio.
De esta manera los atenienses, sin acabar su empresa, partieron de Mileto, a la hora de vísperas, y llegados a Samos, los argivos que con ellos estaban, de pesar porque habían sido vencidos, volvieron a sus casas.
Los peloponesios, siguiendo su determinación, partieron a la mañana siguiente, para ir a buscar los atenienses a Mileto, y cuando llegaron supieron la partida de los enemigos. Permanecieron allí un día, tomaron las naves de los Quíos que Calcideo había llevado, y deliberaron sobre volver a Tiquiusa para cargar de nuevo su bagaje, que habían dejado allí cuando partieron.
Cuando llegaron encontraron a Tisafernes y sus gentes de a pie, quien les aconsejó que fuesen a Yaso, donde estaba Amorges, hijo del bastardo Pisutnes y enemigo y rebelde del rey Darío.
Satisfizo a los peloponesios el consejo, y se dirigieron a Yaso con tan gran diligencia que Amorges no supo su llegada; antes cuando los vio venir derechos al puerto pensó que fuesen barcos de Atenas, por cuyo error tomaron el puerto.
Cuando vieron que eran peloponesios, los que en la villa estaban comenzaron a defenderse valientemente; mas no pudieron resistir al poder de los enemigos, especialmente de los siracusanos, que fueron los que mejor lo hicieron en este día.
En esta villa fue preso Amorges por los peloponesios, los cuales le entregaron a Tisafernes, para que, si quería, le enviase al rey, su señor.
El saco de la villa fue dado a los soldados, los cuales hallaron muchos bienes, y especialmente plata, porque había estado largo tiempo en paz y en prosperidad.
Los soldados que Amorges tenía allí, los recibieron los peloponesios a sueldo, y los repartieron en sus compañías, porque había muchos del Peloponeso; y las otras gentes que hallaron en la villa, como también la misma villa, las entregaron los lacedemonios a Tisafernes, pagando cada prisionero cien estateros dáricos[20].
Hecho esto, volvieron a Mileto, y desde allí enviaron a Pedárito, hijo de León, que los lacedemonios habían mandado de gobernador a Quíos, a Eritras por tierra, con los soldados que de Amorges habían adquirido.
En Mileto dejaron por capitán a Filipo, y en esto se pasó el verano.