VIII.
Estando los lacedemonios y sus aliados dispuestos a combatir con los argivos y sus confederados delante de la ciudad de Argos, los jefes de ambas partes, sin consentirlo ni saberlo sus tropas, pactan treguas por cuatro meses, treguas que rompen los argivos a instancia de los atenienses, y toman la ciudad de Orcómeno.
Al verano siguiente, los lacedemonios, viendo que los epidaurios sus aliados estaban metidos en guerras, y que muchos lugares del Peloponeso se habían apartado de su amistad, y otros estaban a punto de hacerlo, y si no proveían remedio en todo esto, sus cosas irían de mal en peor, se pusieron todos en armas, y sus hilotas y esclavos con ellos al mando de Agis, hijo de Arquidamo, su rey, para ir contra los de Argos, llamando también en su compañía a los tegeatas y a todos los otros arcadios que eran aliados suyos, y a los confederados del Peloponeso y de otras partes les mandaron que viniesen a Fliunte, como así lo hicieron. Fueron también los beocios con cinco mil infantes bien armados, y otros tantos armados a la ligera, y quinientos hombres de a caballo, los corintios con dos mil hombres bien armados, y de las otras villas enviaron también gente de guerra según la posibilidad de cada uno. También los fliasios, porque la hueste se reunía en su tierra, enviaron toda la más gente de guerra que pudieron tomar a sueldo.
Advertidos los argivos de este aparato de guerra de los lacedemonios, y que venían derechamente a Fliunte para reunirse allí con los otros aliados, les salieron delante con todo su poder, llevando en su compañía a los mantineos con sus aliados, y tres mil eleos bien armados, y les alcanzaron cerca de Metidrio, villa en tierra de Arcadia, donde unos y otros procuraron ganar un cerro para asentar allí su campo.
Los argivos se apercibían para darles la batalla, antes que los lacedemonios pudieran unirse con sus compañeros que estaban en Fliunte, mas Agis, a la media noche, partió de allí para ir derechamente a Fliunte. Al saberlo los argivos se pusieron en marcha el día siguiente por la mañana y fueron derechamente a Argos, y de allí salieron al camino que va a Nemea, por donde esperaban que los lacedemonios habían de pasar. Pero Agis, sospechando esto mismo, había tomado otro camino más áspero y difícil, llevando consigo a los lacedemonios, los arcadios y los epidaurios, y por este camino fue a descender a tierra de los argivos por el otro lado.
Los corintios, los peleneos y los fliasios por otra parte salieron a este camino. A los beocios, megarenses y sicionios se les mandó que descendiesen por el mismo camino que va a Nemea, por donde los argivos habían ido, a fin de que, si estos querían bajar y descender a lo llano para encontrarse con los lacedemonios que venían por la parte baja, cargasen sobre ellos por la espalda con su gente de a caballo.
Estando las huestes así ordenadas, Agis entró por un llano en tierra de los argivos, y tomó la villa de Saminto y otros lugares pequeños inmediatos a ella. Viendo esto los argivos, salieron de Nemea al amanecer para socorrer su tierra; y como encontrasen en el camino los corintios y los fliasios, tuvieron una pelea donde mataron algunos de ellos, aunque fueron muertos otros tantos de los suyos por los contrarios.
Por la otra parte, los beocios, megarenses y sicionios, siguieron el camino que les mandaron, y fueron directamente a Nemea, de donde los argivos habían ya partido, bajando al llano. Cuando llegaron a Nemea, y entendieron que los enemigos estaban allí cerca y que les robaban y talaban la tierra, pusieron su gente en orden de batalla para combatir con ellos, los cuales hicieron otro tanto por su parte. Pero los argivos se hallaron cercados por todos lados: por el llano estaban los lacedemonios y sus compañeros que tenían su campo situado entre ellos y la ciudad, por la parte del cerro, de los corintios, fliasios y peleneos, y por la de Nemea de los beocios, sicionios y megarenses.
No tenían los argivos gente alguna de a caballo, porque los atenienses, que debían traerla, no habían aún llegado, ni tampoco pensaron en verse en tanto aprieto, ni que hubiese tantos enemigos contra ellos, antes esperaban, que estando en su tierra y a la vista de su ciudad, alcanzarían una gloriosa victoria contra los lacedemonios.
Encontrándose los dos ejércitos a punto de combatir, salieron dos de los argivos: Trasilo, que era uno de los cinco capitanes, y Alcifrón, que tenía gran conocimiento con los lacedemonios, y se pusieron al habla con Agis, para estorbar que se diese batalla, ofreciendo de parte de los argivos, que si los lacedemonios tenían alguna pretensión contra ellos estarían a derecho y pagarían lo juzgado, con tal de que los lacedemonios hiciesen lo mismo por su parte, y que hechas estas treguas harían la paz más adelante si bien les pareciese. Estos ofrecimientos los hicieron los dos argivos de propia autoridad, sin saberlo ni consentirlo los otros. Agis les respondió, que lo otorgaba sin llamar para ello persona alguna, excepto uno de los contadores que le fue dado por compañero de aquella guerra, y así entre ellos cuatro acordaron cuatro meses de tregua, dentro de los cuales se habían de tratar las cosas arriba dichas.
Hecho esto, Agis retiró su gente de guerra y se volvió sin hablar palabra a ninguna persona de los aliados, ni tampoco de los lacedemonios, todos los cuales siguieron en pos de él, porque era caudillo de todo el ejército, y por guardar la ley y disciplina militar. Mas no obstante, blasfemaban contra él y le culpaban en gran manera, porque teniendo tan buena ocasión para la victoria, por estar sus enemigos cercados por todas partes, así de los de a pie como de los de a caballo, habían partido de allí sin hacer cosa alguna digna de tan hermoso ejército como traía, que era uno de los mejores y más lucidos que los griegos reunieron en todo el tiempo de aquella guerra.
Todos se retiraron a Nemea, donde descansaron algunos días, y estando en este lugar hacían sus cálculos los capitanes y jefes, diciendo que eran bastante poderosos, no solamente para vencer y desbaratar a los argivos y sus aliados, sino también a otros tantos si vinieran, por lo cual todos volvieron cada cual a su tierra muy airados contra Agis.
También los argivos se indignaron contra los dos de su parte que habían hecho aquellos conciertos, diciendo que nunca los lacedemonios habían tenido tan buena ocasión de retirarse tan seguros, porque les parecía que teniendo ellos tan grueso ejército, así de los suyos como de sus aliados, y estando a vista de su ciudad, muy fácilmente pudieran haber desbaratado a los lacedemonios.
Partidos de allí los argivos, se fueron todos al lugar de Caradro, donde antes que entrar en la ciudad y despojarse de las armas, celebraron consejo sobre los asuntos militares y las cuestiones de guerra. Allí fue sentenciado, entre otras cosas, que Trasilo fuese apedreado, y aunque se salvó acogiéndose al templo, su dinero y bienes fueron confiscados.
Mientras allí estaban llegaron mil hombres de a pie y quinientos de a caballo que Laques y Nicóstrato traían de Atenas para ayudar a los argivos, a los cuales mandaron volver los argivos, diciendo que no querían violar las treguas hechas con los lacedemonios, de cualquier manera que fuesen. Y aunque los capitanes atenienses les pidieron hablar con los del pueblo de Argos, los capitanes argivos se lo estorbaban, hasta que, a ruego de mantineos y eleos, lo alcanzaron.
Admitidos los capitanes atenienses en la ciudad, ante el pueblo de Argos y de los aliados que allí estaban, Alcibíades, que era caudillo de los atenienses, expuso sus razones, diciendo que ellos no habían podido hacer treguas ni otros tratados de paz con los enemigos sin su consentimiento, y pues había llegado allí con su ejército dentro del término prometido, debían empezar nuevamente la guerra; y de tal manera les persuadió con sus razones, que todos, de común acuerdo y propósito, partieron para ir contra la ciudad de Orcómeno que está en tierra de Arcadia, excepto los argivos, los cuales, aunque fueron de esta opinión, se quedaron por entonces, y a los pocos días siguieron a los otros, poniendo todos juntos cerco a Orcómeno y haciendo todo lo posible para tomarla, así con máquinas y otros ingenios de guerra como de otra manera, pues tenían gran deseo de tomar aquella ciudad por muchas causas que a ello les movieron, y la principal era porque los lacedemonios habían metido dentro de ella todos los rehenes tomados a los arcadios.
Los orcomenios, temiendo ser tomados y saqueados antes que les pudiese llegar el socorro, porque sus muros no eran fuertes y los enemigos muchos, hicieron tratos con ellos, convirtiéndose en aliados suyos, dándoles los rehenes que los lacedemonios habían dejado dentro de la ciudad, y en cambio de ellos dieron otros a los mantineos.
Después que los atenienses y sus aliados hubieron ganado a Orcómeno celebraron consejo sobre su partida y a dónde deberían ir, porque los eleos querían que fuesen a Lépreo y los mantineos a Tegea, de cuya opinión fueron los atenienses y los argivos, por lo cual los eleos se despidieron de ellos y volvieron a su tierra. Todos los otros quedaron en Mantinea y se disponían para ir a conquistar a Tegea, donde tenían inteligencias con algunos de la ciudad que les habían prometido darles entrada.
Cuando los lacedemonios volvieron de Argos a causa de las treguas hechas por cuatro meses, blasfemaban por ella contra Agis por no haber tomado la ciudad de Argos, habiendo tenido la mejor ocasión y medio para ello que jamás lograron ni podrían tener en adelante, porque les parecía que sería muy difícil poder reunir otra vez tan grande ejército de aliados y confederados como entonces tuvieron allí. Mas cuando llegó la nueva de la tomada de Orcómeno, fueron mucho más airados contra Agis, hasta el punto que determinaron derribarle la casa, lo que antes nunca se había hecho en la ciudad, y le condenaron a cien mil dracmas; tan grande era la ira y saña que tenían contra él, aunque Agis se excusaba y les hizo muchas ofertas, prometiéndoles recompensar aquella falta con algún otro señalado servicio si le querían dejar el cargo de capitán sin poner en ejecución lo que habían determinado contra él. Con esto se contentaron los lacedemonios por entonces, dejándole el cargo y no haciéndole mal ninguno, aunque desde aquel suceso hicieron una ley nueva, por la cual crearon diez consejeros naturales de Esparta que le asistiesen, sin los cuales no le era lícito sacar ejército fuera de la ciudad, ni menos hacer paz ni tregua ni otros conciertos con los enemigos.