VIII.

Llegan Demóstenes y Eurimedonte al campamento de los atenienses. — Atacan de noche los parapetos de los siracusanos junto a Epípolas y son rechazados con grandes pérdidas.

Mientras esto acontecía, Demóstenes y Eurimedonte llegaron al campamento de los atenienses con setenta y tres naves de las suyas y de las de sus aliados, y en las cuales traían cerca de cinco mil combatientes, parte de los de sus pueblos y parte de sus aliados, y con ellos venían otros muchos de los bárbaros tiradores y flecheros, así griegos como extranjeros.

Mucho alarmó esto a los siracusanos, porque no veían medio de poder rechazar tan gran ejército, considerando que si los atenienses, cercados en Decelia, poseían medios para enviar socorro tan grande como el primer ejército, no les podrían resistir en adelante. Tenían además en cuenta que el ejército ateniense, maltratado por ellos, cobraba fuerzas con la venida del nuevo socorro.

Cuando Demóstenes llegó al campamento, comenzó a dar orden para poner en ejecución su empresa y probar sus fuerzas lo más pronto que pudiese por no caer en el mismo error en que antes había caído Nicias, el cual, aunque al principio llegó con tanta estima y reputación, que puso temor y espanto a todos los de Sicilia, por no dirigirse inmediatamente contra Siracusa y gastar mucho tiempo en detenerse en Catana, perdió toda su fama, y Gilipo, a causa de esta tardanza, tuvo tiempo para llevar del Peloponeso el socorro que condujo a Siracusa antes que el otro llegase; socorro que ni aun los mismos siracusanos hubieran demandado si Nicias les sitiara inmediatamente que llegó, pues creían que eran harto bastantes y poderosos para defender su ciudad contra las fuerzas solas de este caudillo.

Considerando todo esto Demóstenes, y también que los enemigos cobrarían temor y espanto por su venida, quiso el mismo día que llegó mostrar sus bríos a los contrarios.

Viendo que el muro fuerte que los siracusanos habían hecho al través del otro de los atenienses para estorbarles que lo acabaran, era flaco y sencillo, y tal que fácilmente le podría derrocar el que ganase a Epípolas, y que en los parapetos que allí habían hecho no tenían mucha gente de defensa que pudiese resistir a sus fuerzas, se apresuró a acometerles, esperando que en breve tiempo vería el fin de aquella guerra, porque tenía propósito o de tomar a Siracusa por fuerza de armas o volver con toda aquella armada a su tierra sin más trabajo para los atenienses, así los que allí estaban en el sitio como los que habían quedado en la ciudad.

Con esta intención los atenienses entraron en las tierras de los siracusanos. Primeramente recorrieron los campos de Anapo y robaron los lugares por tierra con la infantería, y por la mar con la armada, según habían hecho al principio y porque no osaban acudir contra ellos los siracusanos por mar ni por tierra, excepto los de a caballo y algunos tiradores y flecheros que salían del Olimpieo.

Después pareció a Demóstenes buen consejo atacar los fuertes y parapetos de los enemigos con sus pertrechos y máquinas de guerra. Mas cuando estaban ya las máquinas cerca de los parapetos, los siracusanos pusieron fuego y todos los que acometían fueron rechazados, por lo cual Demóstenes mandó retirar su gente, no pareciéndole acertado perder allí más tiempo en balde, sino antes ir a acometer a Epípolas, de lo que persuadió fácilmente a Nicias y a los otros capitanes sus compañeros, mas esto no se podía hacer de día sin que fuesen vistos por los enemigos.

Para realizar esta empresa ordenó que cada soldado hiciese provisión de vituallas para cinco días, y además hizo llamar a todos los canteros y carpinteros que había en el campo y otros muchos obreros y oficiales para que tuviesen piedra y otros materiales necesarios para construir fuertes y parapetos, y con esto gran copia de dardos y demás armas arrojadizas, con intención de hacer un fuerte junto a Epípolas para combatir desde allí, y tomar este si pudiese.

Hecho así, al empezar la noche, Demóstenes, Eurimedonte y Menandro, caminaron con la mayor parte del ejército hacia Epípolas, dejando la guarda de los muros a Nicias, y cuando llegaron a la roca que está junto al lugar llamado Euríelo, antes que las centinelas de los siracusanos que estaban en el primer muro lo sintiesen, tomaron este muro a los enemigos y mataron algunos de aquellos que estaban de guardia; de los demás, la mayor parte se salvaron y avisaron la llegada de los enemigos a la tercera guardia que allí estaba, que era de los siracusanos, de los otros sicilianos y de los aliados. Principalmente los seiscientos siracusanos que guardaban aquella parte de Epípolas, se defendieron valientemente, siendo lanzados por Demóstenes y los atenienses que los siguieron hasta las otras guardias para que no tuvieran tiempo de rehacerse ni a los otros de defenderse, con tanta presteza y diligencia que tomaron los parapetos y baluartes y seguidamente comenzaron a derrocarlos desde lo alto.

Entonces los siracusanos y Gilipo, viendo la osadía de los atenienses, que habían ido a acometer su fuerte de noche, salieron de sus estancias donde estaban de guardia y cargaron sobre ellos, mas al principio fueron rechazados.

Quisieron después los atenienses marchar adelante y sin orden, como gente que ya tenía alcanzada la victoria, y también porque sospechaban que si no se apresuraban a ejecutar su empresa y a derrocar los muros y parapetos, los enemigos tendrían tiempo para volverse a juntar. Trabajaban, pues, lo más que podían en romper y derrocar los muros, mas antes de rechazar a todos los enemigos resistiéronles primeramente los tebanos que sostuvieron su ímpetu, y después los otros, de tal manera, que fueron dispersados y puestos en huida, en cuya derrota hubo gran desorden y pérdida, y muchos males y dificultades que no se podían ver por ser de noche, porque aun de las cosas que se hacen de día no se puede tener certidumbre de la verdad por los que en la pelea se hallan, que apenas puede contar cada uno lo que se ha hecho donde él está o cerca de él, por lo cual querer saber detalladamente todo lo que sucede en un encuentro de noche entre dos grandes ejércitos, es cosa imposible, y aunque había luna clara aquella noche, empero la claridad no era tan grande que se pudiese bien conocer uno a otro aunque se viesen las personas, ni juzgar cuál era amigo o enemigo, cuanto más reuniéndose gran número en poco trecho, así de una parte como de la otra.

Rechazados los atenienses por una parte y separados de los otros que seguían su primera victoria, unos subían sobre los fuertes y reparos de los siracusanos, y otros iban en socorro de los suyos sin saber dónde habían de ir, porque estando los primeros de huida y siendo el ruido grande, no podían entenderse unos a otros ni comprender lo que habían de hacer.

Los siracusanos por la parte que iban victoriosos daban grandes voces, mandando los capitanes lo que habían de hacer, porque de otro modo no se podían entender a causa de la oscuridad de la noche, y asimismo cuando lanzaban a los enemigos que encontraban, prorrumpían en muchos y grandes gritos.

De la otra parte los atenienses buscaban a los suyos, y porque iban de huida sospechaban que todos los que encontraban eran enemigos, no teniendo otro medio para reconocerse sino el apellido, de manera que preguntándose unos a otros hacían mucho ruido, produciendo gran perturbación y dándose a conocer con sus voces a los enemigos, los cuales, porque alcanzaban la victoria y no estaban turbados como los atenienses, se conocían mejor.

Además, si algunos de los siracusanos se hallaban en poco número entre muchos atenienses, nombraban los apellidos de estos y por tal medio se escapaban, lo cual no podían hacer los atenienses, porque sus enemigos no respondían al apellido, y donde quiera que se hallaban más flacos de fuerza eran muertos o perdidos.

Había también otra cosa que les turbaba en gran manera, y era el son de las bocinas y las canciones que cantaban para dar la señal, porque así los enemigos como los que estaban de parte de los atenienses, es decir, los argivos y corcirenses y todos los otros dorios, tocaban y cantaban de una misma manera, por lo cual todas cuantas veces esto se hacía, los atenienses no sabían de qué parte venía el son ni a qué propósito.

Tan grande llegó a ser el desorden, que cuando se encontraban unos a otros se herían amigos con amigos, ciudadanos con ciudadanos, antes que se pudiesen conocer, y los que iban huyendo no sabían qué camino tomar, ocurriendo que muchos se despeñaron de sitios altos, donde morían a manos de los enemigos, a causa de que el lugar de Epípolas está muy alto y tiene pocos senderos y caminos, y estos muy estrechos, de manera que era cosa muy difícil seguirlos, mayormente yendo de huida, aunque algunos de ellos se escapaban y salían a lo llano, y estos eran los que habían estado al principio del cerco, porque conocían la localidad y así se salvaban y volvían a su campo; pero los recién venidos que, en su mayor número, no sabían los caminos, salieron errantes, y viéndoles u oyéndoles por el campo, la gente de a caballo de los enemigos, fueron todos muertos.

Al día siguiente, los siracusanos levantaron dos trofeos en señal de victoria, uno a la entrada de Epípolas, y otro en el lugar donde los tebanos habían hecho la primera resistencia, y los atenienses, otorgándoles la victoria, les demandaron los muertos para enterrarlos, que fueron muchos. Pero se hallaron más número de arneses que de cuerpos muertos, porque aquellos que huían de noche por las rocas y peñas, siendo forzados a saltar de lo alto a lo bajo, en muchas partes arrojaban las armas por poder huir más fácilmente, y de esta manera se salvaron muchos.