X.
Llamado Alcibíades a Atenas para responder a la acusación contra él dirigida, huye al Peloponeso. Incidentalmente se trata de por qué fue muerto en Atenas Hiparco, hermano del tirano Hipias.
Después que los atenienses estuvieron reunidos en Catana, aportó allí el trirreme de Atenas llamado Salaminia, que los de la ciudad habían enviado para que Alcibíades regresara a fin de responder a la acusación que le habían hecho públicamente, y con él citaban a otros muchos que había en el ejército, considerándoles culpados por muchos indicios de complicidad en el crimen de violar y profanar los misterios y sacrificios, y del de romper y desrostrar las estatuas e imágenes de Hermes arriba dichas.
Después de partir la armada, los atenienses no dejaron de hacer su pesquisa y proseguir sus investigaciones, no parando solamente en pruebas y conjeturas aparentes, sino que, pasando más adelante, daban fe y crédito a cualquier sospecha por liviana que fuese. Fundando su convencimiento en los dichos y deposiciones de hombres viles e infames, prendieron a muchas personas principales de la ciudad, pareciéndoles que era mejor escudriñar y averiguar el hecho por toda clase de pesquisas y conjeturas que dejar libre un solo hombre aunque fuese de buena fama y opinión, por no decir que los indicios que había contra él eran insuficientes para convencerle de que debía estar a derecho y justicia.
Hacían esto porque sabían de oídas que la tiranía y mando de Pisístrato, que en tiempos pasados había dominado en Atenas, fue muy dura y cruel, no siendo destruida por el pueblo ni por Harmodio, sino por los lacedemonios. Este recuerdo les infundía gran temor y recelo, y cualquier sospecha la atribuían a la peor parte. Aunque a la verdad la osadía de Aristogitón y de Harmodio en matar al tirano fue por amores, según declararé en adelante, y mostraré que los atenienses y los otros griegos hablan a su capricho y voluntad de sus tiranos y de los hechos que ejecutaron, sin saber nada de la verdad, pues la cosa pasó así.
Muerto Pisístrato en edad avanzada le sucedió en el señorío de Atenas Hipias, que era su hijo mayor, y no Hiparco, como algunos dijeron.
Había en la ciudad de Atenas un mancebo llamado Harmodio, muy gracioso y apacible, a quien Aristogitón, que era un hombre de mediano estado en la ciudad, tenía mucho cariño. Este Harmodio fue acusado por Hiparco, hijo de Pisístrato, de infame y malo, de lo cual el mancebo se quejó a Aristogitón, que por temor de que ocurriese mal a quien él tenía tan buena voluntad por la acusación de Hiparco, que era hombre de mando y autoridad en la ciudad, se propuso favorecerle so color de que Hiparco quería usurpar la tiranía de la ciudad.
Entretanto Hiparco procuraba atraer a sí el mancebo y ganar su amistad con halagos; mas viendo que no conseguía nada por esta vía, pensó afrentarle por justicia, sin usar de otra fuerza ni violencia, que no era lícita entonces, porque los tiranos en aquel tiempo no tenían más mando y autoridad sobre sus súbditos que la que les daba el derecho y la justicia, y por esto, y porque los que a la sazón eran tiranos se ejercitaban en ciencia y virtud, sus mandos no eran tan envidiados ni tan odiosos al pueblo como lo fueron después, porque no cobraban otros tributos a los súbditos y ciudadanos sino la veintena parte de su renta, y con esta hacían muchos edificios y reparos en la ciudad, y adornaban los templos con sacrificios, y mantenían grandes guerras con sus vecinos y comarcanos.
En lo demás dejaban el mando y gobierno enteramente a la ciudad para que se gobernase según sus leyes y costumbres antiguas, excepto que, por su autoridad, uno de ellos era siempre elegido por el pueblo para los cargos más principales de la república, que le duraban un año.
El hijo de Hipias, llamado Pisístrato como su abuelo, teniendo mando y señorío en Atenas después de la muerte de su padre, hizo en medio del mercado un templo dedicado a los doce dioses, y entre ellos un ara en honor del dios Apolo Pitio, con un letrero que después fue por el pueblo cancelado, pero todavía se puede leer aunque con dificultad por estar las letras medio borradas, el cual letrero dice así: «Pisístrato, hijo de Hipias, puso esta memoria de su imperio y señorío en el templo de Apolo Pitio.»
Lo que arriba he dicho de que Hipias, hijo de Pisístrato, tuvo el mando y señorío en Atenas porque era el hijo mayor, no solamente lo puedo afirmar por haberlo averiguado con certeza, sino que también lo podrá saber cualquiera por la fama que hay de ello. No se hallará que ninguno de los hijos legítimos de Pisístrato tuviese hijos sino él, según se puede ver por los letreros antiguos que están en las columnas del templo y en la fortaleza de Atenas, en que se hace memoria de las arbitrariedades de los tiranos, y donde nada absolutamente se dice de los hijos de Hiparco y de Tésalo, sino solamente de cinco hijos que hubo Hipias en Mirrina, su mujer, hija de Calias, hijo a su vez de Hiperóquides. Como es verosímil que el mayor de estos hijos se casó primero, y también en el mismo epitafio se le nombra el primero, de creer es que sucedió en la tiranía y señorío a su padre, pues iba por este a embajadas y a otros cargos. Esto es lo que tiene alguna apariencia de verdad, porque si Hiparco fuera muerto cuando tenía el señorío, no lo hubiera podido tener Hipias inmediatamente. Se le ve, sin embargo, ejercitar el mando y señorío el mismo día que murió el otro, como quien mucho tiempo antes usa de su autoridad con los súbditos y no teme ocupar el mando y señorío por ningún suceso que le ocurra a su hermano, como lo temiera este si le acaeciese a Hipias, que ya estaba acostumbrado y ejercitado en el cargo.
Mas lo que principalmente dio esta fama a Hiparco, y hace creer a todos los que vinieron después, que fue el mismo que tuvo el mando y señorío de Atenas, es el desastre que le ocurrió con motivo de lo arriba dicho, porque viendo que no podía atraer a Harmodio a su voluntad, le urdió esta trama.
Tenía este Harmodio una hermana doncella, la cual yendo en compañía de otras doncellas de su edad a ciertas fiestas y solemnidades que se hacían en la ciudad, y llevando en las manos un canastillo o cestilla como las otras vírgenes, Hiparco la mandó echar fuera de la compañía por los ministros, diciendo que no había sido llamada a la fiesta, pues no era digna ni merecedora de hallarse en ella. Quería dar a entender por estas palabras que no era virgen.
Esto ocasionó gran pesar a Harmodio, hermano de la doncella, y mucho más a Aristogitón por causa de su afecto a Harmodio, y ambos, juntamente con los cómplices de la conjuración, se dispusieron a ejecutar su venganza. Para poderla realizar mejor, esperaban que llegasen las fiestas que llaman las grandes Panateneas, porque en aquel día era lícito a cada cual llevar armas por la ciudad sin sospecha alguna, y fue acordado entre ellos que el mismo día de la fiesta Harmodio y Aristogitón acometiesen a Hiparco, y los cómplices y conjurados a sus ministros.
Aunque estos conjurados eran pocos en número para tener la cosa más secreta, fácilmente se persuadían de que cuando los otros ciudadanos que se hallasen juntos en aquellas fiestas les viesen dar sobre los tiranos, aunque anteriormente no supiesen nada del hecho, viéndose todos con armas se unirían a ellos y los favorecerían y ayudarían para recobrar también su libertad.
Llegado el día de la fiesta, Hipias estaba en un lugar fuera de la ciudad, llamado Cerámico, con sus ministros y gente de guarda ordenando las ceremonias y pompas de aquella fiesta según correspondía a su cargo, y cuando Harmodio y Aristogitón iban hacia él con sus dagas empuñadas para matarle, vieron a uno de los conjurados que estaba hablando familiarmente con Hipias, porque era muy fácil y humano en dar a todos audiencia. Cuando así le vieron hablar, temieron que aquel le hubiese descubierto la cosa y ser inmediatamente presos, por lo cual, ante todas cosas, determinaron tomar venganza del que había sido causa de la conjuración, es decir, de Hiparco. Entraron para ello en la ciudad y hallaron a Hiparco en un lugar llamado Leocorio, y por la gran ira que tenían dieron sobre él con tanto ímpetu que le mataron en el acto.
Hecho esto, Aristogitón se salvó al principio entre los ministros del tirano, pero después fue preso y muy mal herido. Harmodio quedó allí muerto.
Al saber Hipias en Cerámico lo ocurrido no quiso ir inmediatamente al lugar donde el hecho había sucedido, sino fue a donde estaban reunidos los de la ciudad armados para salir con pompa en la fiesta antes de que supiesen el caso, y disimulando y mostrando un rostro alegre, como si nada ocurriera, mandó a todos como estaban que se retirasen sin armas a un cierto lugar que les mostró, lo cual ellos hicieron pensando que les quería decir algo, y cuando llegaron envió sus ministros para que les quitasen las armas y se apoderasen de aquellos de quien tenía sospecha, principalmente de los que hallasen con dagas, porque la costumbre era en aquella fiesta y solemnidad usar lanzas y escudos solamente.
De esta manera, el amor impuro fue principio y causa del primer intento y empresa contra los tiranos de Atenas, y ejecutose temerariamente por el repentino miedo que tuvieron los conjurados de ser descubiertos, de lo cual siguieron después mayores daños, y más a los atenienses, porque en adelante los tiranos fueron más crueles que habían sido hasta entonces.
Hipias, por temor y sospechas de que atentaran contra él, mandó matar a muchos ciudadanos atenienses, y procuró la alianza y amistad de los extranjeros, para tener más seguridad en el caso de que hubiera alguna mudanza en su estado. Por esta causa casó su hija, llamada Arquédice, con Ayántides, hijo de Hipoclo, tirano y señor de Lámpsaco, y porque sabía que este Ayántides tenía gran amistad con el rey Darío de Persia, y podía mucho con él. De Arquédice se ve hoy en día el sepulcro en Lámpsaco, donde está un epitafio del tenor siguiente:
«AQUÍ YACE ARQUÉDICE,
HIJA DE HIPIAS, AMPARADOR Y DEFENSOR DE GRECIA,
LA CUAL, AUNQUE HUBO EL PADRE Y MARIDO
Y HERMANO E HIJOS REYES TIRANOS,
NO POR ESO SE ENGRIÓ NI ENSOBERBECIÓ
PARA MAL NINGUNO.»
Tres años después de pasado este hecho que arriba contamos, fue Hipias echado por los lacedemonios y los Alcmeónidas, desterrados de Atenas, de la tiranía y señorío de esta ciudad. Retirose primero por propia voluntad a Sigeo, y después a Lámpsaco, con su consuegro Ayántides. De allí se fue con el rey Darío de Persia, y veinte años después, siendo ya muy viejo, vino con los medos contra los griegos, peleando en la jornada de Maratón.
Trayendo a la memoria estas cosas antiguas, el pueblo de Atenas estaba más exasperado y receloso, y se movía más para la pesquisa de aquel hecho de las imágenes de Mercurio destrozadas y de los misterios y sacrificios violados y profanados que antes hemos referido, temiendo volver a la sujeción de los tiranos, y creyendo que todo aquello fuera hecho con intento de alguna conjuración y tiranía. Por esta causa fueron presas muchas personas principales de la ciudad, y cada día crecía más la persecución e ira del pueblo, y aumentaban las prisiones, hasta que uno de los que estaban presos, y que se presumía fuera de los más culpados, por consejo y persuasión de uno de sus compañeros de prisión, descubrió la cosa, ora fuese falsa o verdadera, porque nunca se pudo averiguar la verdad, ni antes ni después, salvo que aquel fue aconsejado de que si descubría el hecho acusándose a sí mismo y algunos otros, libraría de sospecha y peligro a todos los otros de la ciudad, y tendría seguridad, haciendo esto, de poderse escapar y salvarse.
Por esta vía aquel confesó el crimen de las estatuas, culpándose y culpando a otros muchos que decía haber participado con él en el delito. El pueblo, creyendo que decía verdad, quedó muy contento, porque antes estaba muy atribulado por no saber ni poder hallar indicio ni rastro alguno de aquel hecho entre tan gran número de gente.
Inmediatamente dieron libertad al que había confesado el crimen, y con él a los que había salvado. Todos los otros que denunció, y pudieron ser presos, sufrieron pena de muerte, y los que se escaparon fueron condenados a muerte en rebeldía, prometiendo premio a quien los matase, sin que se pudiese saber por verdad si los que habían sido sentenciados tenían culpa o no.
Aunque para en adelante la ciudad pensaba haber hecho mucho provecho, en cuanto a Alcibíades, acusado de este crimen por sus enemigos y adversarios, que le culpaban ya antes de su partida, el pueblo se enojó mucho, y teniendo por averiguada su culpa en el hecho de las estatuas, fácilmente creía que también había sido partícipe en el otro delito de los sacrificios con los cómplices y conjurados contra el pueblo.
Creció más la sospecha porque en aquella misma sazón vino alguna gente de guerra de los lacedemonios hasta el istmo del Peloponeso, so color de algunos tratos que tenían con los beocios, lo cual creían que había sido por instigación del mismo Alcibíades, y que de no haberse prevenido los atenienses deteniendo a los ciudadanos que habían preso por sospechas, y castigado a los otros, la ciudad estaría en peligro de perderse por traición.
Fue tan grande la sospecha que concibieron, que toda una noche estuvieron en vela, guardando la ciudad, armados en el templo de Teseo: y en este mismo tiempo los huéspedes y amigos de Alcibíades, que estaban en la ciudad de Argos por rehenes, fueron tenidos por sospechosos de que querían organizar algún motín en la ciudad, de lo cual, como diesen aviso a los atenienses, permitieron estos a los argivos que matasen a aquellos ciudadanos de Atenas que les fueron dados en rehenes, y enviados por ellos a ciertas islas.
De esta manera era tenido Alcibíades por sospechoso en todas partes; y los que le querían llamar a juicio para que le condenasen a muerte, procuraron hacerle citar en Sicilia, y juntamente a los otros sus cómplices, de quien antes hemos hablado. Para ello enviaron la nave llamada Salaminia, y mandaron a sus nuncios le notificasen que inmediatamente les siguiese y viniera con ellos a responder al emplazamiento, pero que no le prendiesen, así por temor a que los soldados que tenía a su cargo se amotinasen, como también por no estorbar la empresa de Sicilia, y principalmente por no indignar a los mantineos ni a los argivos, ni perder su amistad, pues estos, por intercesión del mismo Alcibíades, se habían unido a los atenienses para aquella empresa.
Viendo Alcibíades el mandato y plazo que le hacían de parte de los atenienses, se embarcó en un trirreme, y con él todos los cómplices que fueron citados, y partieron con la nave Salaminia, que había ido a citarles, fingiendo que querían ir en su compañía desde Sicilia a Atenas; mas cuando llegaron al cabo de Turios, se apartaron de la Salaminia, y viendo los de esta nave que los habían perdido de vista, y no podían hallar rastro aunque procuraban saber noticias de ellos, se dirigieron a Atenas.
Poco tiempo después, Alcibíades partió de Turios, y fue a desembarcar en tierra del Peloponeso, como desterrado de Atenas.
Al llegar la Salaminia al Pireo, fue condenado a muerte en rebeldía por los atenienses, como también los que le acompañaban.