ADVERTENCIA PRELIMINAR.
El libro que hoy damos á luz, y que ha permanecido inédito hasta ahora, hace mucho tiempo que es objeto de la atencion y curiosidad de eruditos y literatos, así nacionales como extranjeros. Todos le citan, y muy pocos han leido el preciado códice; de modo que la obra es conocida solamente por su reputacion ó nombradía entre los aficionados á este linaje de estudios. Exceptuando alguna que otra composicion publicada en el Cancionero general, impreso en 1511, en el Ensayo de una Biblioteca Española de libros raros y curiosos y en la Historia crítica de la literatura española, por el señor Amador de los Rios, bien puede asegurarse que el público sólo conoce de este apreciabilísimo Cancionero el índice completo que en sus adiciones y notas dieron á luz los traductores de Ticknor, Sres. Gayángos y Vedia. Estas breves indicaciones bastan para demostrar que el vivo interes que inspira la publicacion del Cancionero de Stúñiga está plenamente justificado bajo el doble aspecto bibliográfico y literario.
En efecto, las colecciones de poesías llamadas Cancioneros generales, en que figuran los nombres de muchos poetas y trovadores, se ostentan en nuestra historia literaria como la manifestacion importantísima del ideal que concibe la mente como una realizacion apetecible y consoladora, en oposicion á la prosáica y dolorosa realidad de la vida efectiva. Tal es el verdadero punto de vista bajo el cual deben estudiarse atentamente estas interesantísimas colecciones. Por desgracia, no se ha tenido en cuenta este criterio, y sólo así podemos explicarnos las gárrulas declamaciones y los juicios aventurados que por propios y extraños se han emitido á propósito de nuestros Cancioneros. Escritores tan ilustrados y tan concienzudos como el Sr. Marqués de Pidal entre los españoles, y como Mr. Jorge Ticknor entre los extranjeros, no han podido sustraerse del todo á la poderosa influencia de rutinarias censuras y vulgares preocupaciones, sin cesar repetidas, y acreditadas, por último, como calificadas verdades. Uno y otro afirman con lamentable seguridad que la poesía cortesana de los Cancioneros es de mal gusto, que las composiciones son cansadas é indigestamente eruditas, y que en el género amatorio aquellos poetas y trovadores sólo aciertan á expresar en conceptos metafísicos y alambicados, con pedantesco lenguaje y métrico artificio, un amor no bien sentido, afectos convencionales, y pasiones hiperbólicas siempre y afectadas. En verdad que no merecen tan severas calificaciones los dulces y quejumbrosos versos de Manrique, Macías, Rodriguez del Padron y Sanchez de Badajoz; pero aun admitiendo como generalmente exacta y justa la crítica que precede, todavía sostendremos, con muy valederas razones á nuestro parecer, que la tal crítica, meramente externa, es de muy corto alcance, y no penetra en la interioridad sustancial de aquella poesía, con tanto desden llamada cortesana, olvidando lastimosamente que si en el órden moral la intencion es la que mata ó salva, en materia de artes y literatura es la significacion íntima, contenida en las formas, la que decide al fin de la valía é importancia de las producciones.
El hecho más culminante que resalta en los Cancioneros consiste en la casi total carencia de alusiones á la vida de actualidad, como hoy se dice, con relacion á las empresas guerreras, pasos honrosos, discordias civiles, bandos y rivalidades que á la sazon agitaban la córte de Castilla. Los más esforzados paladines, como Suero de Quiñones, Estúñiga, Valera y el mismo condestable Don Álvaro de Luna, al trocar la lanza por la péñola, escribian sus trovas ó decires como almibarados galanes ó discretos donceles, alardeando á la par de ingenio y de cortesía. Jamas se les ocurre, no ya mencionar sus propias hazañas, lo cual pudiera atribuirse á noble modestia, sino recordar siquiera los nombres ilustres de los héroes de la patria, como el Cid, Bernardo del Carpio, Fernan Gonzalez y tantos otros afamados guerreros, terror de la morisma y gloria de Castilla.
Pues bien; este hecho, que tanto se ha censurado, deduciendo de aquí, algunos con extrañeza, y otros casi con indignacion, que la poesía culta era un verdadero extravío, una planta exótica, ó á lo sumo una bella flor artificial sin savia y sin aroma; este hecho, decimos, viene á confirmar de la manera más cumplida nuestra opinion y nuestro aserto. Despues de la caida del imperio romano al empuje de las diversas razas que se precipitan del Norte cual torrente irresistible, surgen nuevas nacionalidades, precisamente al mismo tiempo que aparecen nuevas lenguas. Si el territorio es la condicion necesaria para la existencia física, por decirlo así, de una nacionalidad, la lengua y la literatura son el medio indispensable para la existencia moral de una patria. Con el nuevo idioma nació tambien la nueva poesía, nodriza intelectual de las naciones en su cuna. La trasformacion, sin embargo, no podia ser súbita, porque la vida se desenvuelve sucesivamente como las infinitas gradaciones de la luz desde la alborada hasta la plenitud magnífica del dia. Por esta razon se verificaban en la sociedad dos fenómenos diametralmente opuestos: el latin, que desfallecia hasta ser lengua muerta, y el habla vulgar, que crecia vigorosa y lozana hasta llegar á ser la hermosa lengua de Cervántes.
Entre tanto, existian en la sociedad dos lenguas: una erudita, oficial, órgano de la ciencia y de la autoridad, y en la cual escribian sus producciones literarias las clases instruidas y superiores; y otra lengua vulgar, rústica, usada en el trato comun de las gentes, y en la cual los juglares narraban las hazañas de los héroes, de donde provienen esos riquísimos tesoros literarios, que entre nosotros se llaman romances. Habia tambien, por consiguiente, dos géneros de poesía muy diversos, la poesía popular, esencialmente narrativa é histórica, y la poesía culta, necesariamente lírica, filosófica é imitadora á su modo de los clásicos modelos de la antigüedad griega y latina. Hé aquí rapidísimamente indicados los orígenes de las dos fases fundamentales de nuestra literatura, porque tampoco es cierto lo que tantas veces se ha repetido, afirmándose que eran dos literaturas absolutamente distintas y extrañas la una á la otra. La diferencia consistia en dos aspectos necesarios de la misma unidad nacional. La poesía popular reflejaba en sus cantos los hechos visibles, efectivos, notorios, históricos, de la nacion, que se revelaba por sus propios actos ante las otras nacionalidades, y en este sentido aquella poesía ostentaba un carácter más determinado y un colorido más local. Era Castilla, que se veia á sí propia en sus hazañosos hechos y se escuchaba á sí misma en sus epicos cantos. A su vez, la poesía culta, como toda poesía lírica, reflejaba los sentimientos individuales del poeta, sus aspiraciones, sus penas, sus alegrías, sus amores, sus celos, sus desengaños, y sus ideas y creencias acerca del alma, del destino, de la fortuna, de la Providencia, del libre albedrío, de la vida, de la muerte y de la inmortalidad; ideas que no son patrimonio exclusivo de una raza ó nacion, sino que permanecen constantemente en el fondo de la conciencia humana. Por esto semejante poesía afectaba un carácter más cosmopolita, más universal y ubícuo, ménos local y nativo. Era el hombre que independientemente de sus calidades accidentales de español, frances ó italiano, se revelaba subjetivamente, mediante sus cantos, en sus afectos, en sus ideas morales y en sus aspiraciones áun no realizadas en su vida social y política, y ahora se comprenderá perfectamente lo que antes hemos dicho con relacion á la poesía de nuestros Cancioneros generales, que contienen la manifestacion del ideal que aquella culta sociedad buscaba fuera del momento histórico en que actualmente la nacion vivia. La realidad histórica del presente, por grandiosa que sea, se aparece siempre á nuestro espíritu como prosáica, porque es muy difícil para el combatiente, entre el polvo y el humo de la lucha, sorprender y saborear la belleza de la batalla. La poesía es siempre un hermoso misterio que oscila y flota, como un embeleso divino, en las aereas y mágicas regiones de los recuerdos y de las esperanzas.
Cada una de aquellas dos fases supremas y fecundas de nuestra poderosa y genial literatura cumplia un fin altísimo y necesario de la vida nacional. La poesía vulgar deslindaba de los otros pueblos, y, por decirlo así, caracterizaba y circunscribia á la nacion, en tanto que la poesía culta dulcificaba las costumbres, refinaba la sociedad, rechazaba la rudeza, elogiaba la cortesanía, limitaba el imperio de la fuerza bruta, divinizaba á la mujer, cantaba con entusiasmo el amor y estudiaba con perseverancia incansable los autores griegos y latinos, conservando así el inapreciable tesoro de la erudicion antigua é incorporando á la nueva civilizacion el caudal humanitario de las precedentes civilizaciones.
Se ha criticado sin piedad, y seguirá criticándose todavía, al Marqués de Santillana, á Juan de Mena y á otros insignes poetas de aquel siglo por sus pedantescos alardes de clásica erudicion, sin considerar que en la prolongada y lóbrega noche de la Edad Media tal vez se hubiera perdido hasta la noticia de los principales autores, lumbreras de la antigüedad, sin este prurito de erudicion y de citas, empeño justificado y oportunísimo entónces, por más que al presente nos parezca afectado é intempestivo, pues que cada cita hecha en aquella época podia salvar del olvido una obra importante ó un autor ilustre.
La diferencia, pues, de ambos géneros era necesaria, fundamental y orgánica, porque cada una de estas dos tendencias diferentes obedecia á una mision providencial é inevitable; y prueba de ello es que la diversidad no consistia en las dos distintas lenguas, latina y castellana, sino en la esencia misma de las cosas, supuesto que cuando á fines del reinado de San Fernando, la lengua vulgar, que habia ido creciendo y perfeccionándose, llegó á destronar completamente al latin y á usarse en los instrumentos públicos, en las leyes y en la poesía misma, no por eso desapareció la diferencia intrínseca de los dos géneros, popular y erudito, ó, por mejor decir, nacional y civilizador, porque no nos cansarémos de repetir que la poesía cortesana, de una manera más ó ménos consciente, aspiraba á la realizacion de un ideal más justo y humano en las relaciones sociales, y con este motivo se nos ocurre notar un hecho que encierra decisiva importancia para demostrar hasta la evidencia nuestras afirmaciones.
En efecto; bajo el punto de vista político y civil es imposible imaginar una condicion más abatida que la de los pecheros, villanos y conversos, á quienes los grandes señores y caballeros trataban con indecible desden y altanería; pero he aquí que un infeliz plebeyo demostraba genio y aptitud para cultivar la gaya ciencia, y al punto el trovador era recibido en los salones y palacios de magnates, príncipes y reyes, se le aplaudia, se le contestaba muy cortesmente á sus respuestas y decires, se le hacian mercedes, se le trataba como á un igual, y con mucha frecuencia como á un verdadero amigo. Como individuo de la nacion, el tal plebeyo subsistia en su mismo estado de nulidad é impotencia; pero como hombre, adquiria desde luégo cierto influjo con sus relaciones amistosas y con sus producciones literarias, porque la sociedad cambiaba súbitamente de aspecto para el trovador ingenioso. Así vemos alternar y figurar promiscuamente en salones y Cancioneros los nombres de los más ilustres señores y potentados de Castilla con el converso Juan Alfonso de Baena, Anton de Montero, el ropero de Córdoba, Maese Juan el guarnicionero, Mondragon el mozo de espuela, Martin el tañedor, y Juan Poeta ó de Valladolid, hijo de una mesonera. Este simpático y hermoso rasgo de costumbres en aquella época, entre la nobleza más orgullosa del mundo y más preciada de su condicion y linaje, mereceria por sí solo que se inventase la locucion, si ya no estuviera inventada, de república de las letras.
En medio de la rudeza de aquellos tiempos, y entre los horrores de la violencia de la anarquía y del feudalismo, aquellos terribles guerreros, como impulsados por el espíritu generoso de la cultura humana, se complacian en trasportarse á las regiones ideales de un estado social más perfecto, en donde sólo dominasen las justas y torneos del ingenio, la emulacion del honor y la virtud, las delicadas competencias del amor y del sentimiento, la igualdad y reciprocidad de inefables ternezas, y en que desapareciesen completamente las preocupaciones nobiliarias, los privilegios del poder y de la fortuna, y los feroces abusos de la fuerza material, que á la sazon por todas partes imperaba. Nunca, en ningun período histórico, han podido aplicarse con mayor fundamento y oportunidad que en aquél las célebres palabras de Ciceron: Oh præclaram emendatricem vitæ poeticam!
Bella y patriótica es sin duda la poesía popular de los Romanceros, porque allí están narrados todos los grandiosos hechos de los héroes y todos los grandes sucesos de la nacionalidad española; pero ni los individuos ni los pueblos pueden realizar ó ejecutar todo el contenido de su alma, porque hay cosas que únicamente están destinadas á ser pensadas, sentidas y expresadas de una manera digna de memoria, es decir, literariamente, y ese contenido eminentemente subjetivo, que es el poema de la inteligencia y del corazon, se encuentra en los Cancioneros generales. En este sentido Aristóteles ha dicho, con tanta profundidad como exactitud, que la poesía es más verdadera que la historia.
En la necesidad de resumir brevemente nuestras ideas sobre este punto, por más que la materia sea muy abundante, nos limitarémos á decir que la poesía popular cantaba y fortificaba el sentimiento de nacionalidad, y que la poesía culta favorecia el progreso social; que la una servia á la patria y la otra á la civilizacion, y finalmente, que si la poesía narrativa de los Romanceros revelaba la verdad de la historia, la poesía lírica de los Cancioneros revelaba la verdad del alma.
Ahora bien; durante aquella edad predominantemente poética, en que reyes, infantes, príncipes y grandes señores hacian gala de cultivar la gaya ciencia, se publicaron bajo sus auspicios muchos Cancioneros. El rey de Castilla D. Juan II, de quien se conservan algunas canciones y esparzas, fué grande amigo y favorecedor de poetas y trovadores. El Infante de Antequera, que más tarde llegó á ser D. Fernando I de Aragon, cuando fué á coronarse á Zaragoza, llevó consigo una cohorte de trovadores y poetas castellanos, entre los cuales se contaban el docto D. Enrique de Villena, el célebre Marqués de Santillana, el discreto Ferrant Manuel de Lando y el famoso Villasandino. Por último, el gran rey adorado y divinizado por los poetas de aquella época, D. Alonso V de Aragon, hijo del Infante de Antequera, fué acompañado en su famosa expedicion á Nápoles por tan numeroso séquito de poetas y trovadores, que casi ellos solos formaron con sus cántigas y decires el renombrado Cancionero de Stúñiga, que se conserva manuscrito en la Biblioteca Nacional, y que hoy tenemos la satisfaccion de dar por primera vez á la estampa.
Este precioso códice está escrito en vitela de excelente calidad, consta de 165 fólios, y lleva la signatura M. 48 de la Biblioteca Nacional. Su letra es evidentemente de la segunda mitad del siglo XV, y está encuadernado en pasta de la época, de color de púrpura, con exquisita variedad de labores en seco. En su portada lució su buen gusto un hábil miniaturista, que supo llevar el dibujo á toda la perfeccion de que entónces era capaz el arte, segun se observa en las cuatro figuras, que representan la Religion, la Justicia, la Esperanza y la Fe, modelos acabados de gracia y elegancia. Es muy de sentir que haya quedado por hacer el escudo á que las figuras servirian de tenantes, porque por él podríamos venir en conocimiento del personaje para quien este Cancionero se escribiera, que personaje de gran cuenta sería cuando todo lujo se creyó poco, llegándose á perfumar sus folios con alguna disolucion persistente, que ha hecho durar hasta ahora su fragancia. La orla de la portada, la inicial con que empieza el Cancionero y la del fólio 41 son notables por el gusto y primor de sus dibujos, por su perfecta ejecucion y por la delicadeza y tino con que se alterna el oro sentado con los colores más vivos, sin abusar nunca ni desentonar la conveniente armonía de las tintas. En los demas folios las iniciales de cada composicion son de oro sobre fondo de colores, y las de cada estrofa sencillas mayúsculas, pero alternando siempre una de oro y otra azul, habiendose buscado y obtenido en todas la variedad más completa y agradable.
En suma, este Cancionero constituye un códice de la mayor riqueza y lujo, digno de figurar en los estantes de la biblioteca de un D. Pedro Tenorio, ó de una aristocratica dama de la córte de D. Juan II de Castilla.
Diósele sin duda el nombre impropio de Cancionero de Stúñiga, sin más razon ni motivo que comenzar el códice con dos composiciones de aquel ilustre caballero. Contiene gran número de producciones de poetas castellanos, gallegos, aragoneses y catalanes. Hubo un momento crítico en nuestra historia literaria, en que todos los trovadores y poetas cristianos de la Península alternaban en cancioneros, justas poéticas, festejos y solemnidades patrióticas ó religiosas, sin que en lo más mínimo sirviesen de obstáculo para esta intimidad y comunicacion las diferencias de dialectos que ya de muy antiguo se usaban. Al contrario, era entónces muy frecuente que los trovadores catalanes y aragoneses compusieran decires y canciones en castellano, y que á su vez los poetas de Castilla hicieran composiciones en gallego ó lemosin. Diríase que en aquella hora solemne de la historia todos los vates españoles se habian dado una cita misteriosa en el ameno y delicioso campo de la gaya ciencia, para concertar fraternalmente todos los elementos y todos los medios de constituir nuestra poderosa nacionalidad literaria. Bajo los auspicios del ilustrado Alfonso V, los catalanes y aragoneses penetraron decididamente por las vias de los provechosos estudios clásicos, hácia los cuales tambien los impulsaba el prestigio creciente de la poesía castellana, que habian elevado al más alto punto de crédito y nombradía el docto Juan de Mena y el esclarecido Marqués de Santillana. A mayor abundamiento, desde la coronacion del Infante de Antequera se habian estrechado más y más los vínculos del comercio intelectual entre ambas córtes de Aragon y de Castilla, y más tarde la famosa expedicion á Nápoles fué para catalanes, aragoneses y castellanos la epopeya comun de su gloria en los combates y de sus triunfos en el Parnaso. En el Cancionero de Stúñiga palpitan á cada instante los recuerdos de aquella expedicion gloriosa, celébrase la hermosura de las damas italianas, se canta en todos los tonos esa hermosa pasion, que es á la vez el orígen de la vida y la fuerza civilizadora de los pueblos, y se llora tambien en lastimosas endechas la muerte de los valientes que sucumben en la batalla.
La composicion que empieza:
Las trompas sonaban al punto del dia,
ofrece un cuadro animado y conmovedor de los funerales de Jaumot Torres, capitan de ballesteros, que murió heroicamente en Cerinola. No carece de invencion y fantasía la composicion de Juan de Andújar, que principia:
Cómo procede fortuna.
Los Siete Gozos de Amor es una composicion original, discreta y bien sentida. El ingenio, la galantería, la gracia, el picaresco desenfado y las deliciosas penas del amor resplandecen en El Testamento, de Alfonso Enriquez, en El Juego de Naipes, de Fernando de la Torre, en Las Estrenas, de Lope de Stúñiga, en Las condiciones de las Donas, de Torrellas, y en las sentimentales estrofas de Rodriguez del Padron y del enamorado Macías, que vino á ser el romántico y bello prototipo de los amantes. Por último, debemos consignar una circunstancia muy notable de este Cancionero, cual es la de contener dos romances, género de composiciones que nunca ó rarísima vez se encuentra en las innumerables colecciones de poesías manuscritas que, anteriores al siglo XVI, se conservan en nuestros archivos y bibliotecas. Ambos romances son de Carvajal. El uno de ellos está compuesto á nombre de la Reina de Aragon, esposa de Alfonso V, la cual llora el mal de ausencia con extraordinaria vivacidad de sentimiento. El segundo romance está hecho con mucha tristeza y dolor por la partida de su amada, y justo es decir que el poeta acierta á expresar su pasion con tanta naturalidad como energía, cuando exclama:
Visitaré los lugares
Do mi sennoría estaba,
Besaré la cruda tierra
Que mi sennora pisaba,
Et diré triste de mí:
Por aquí se paseaba,
Aquí la vide tal dia,
Aquí comigo fablaba.
. . . . . . . .
¿Dónde estás tú, mi sennora?
¿Vives, como yo, penada?
¿Quien privó la vuestra vista
De mirar et ser mirada?
En resúmen, el Cancionero de Stúñiga entraña y significa dos grandes acontecimientos de suprema importancia para nuestra literatura, á saber: la famosa expedicion á Nápoles y la íntima alianza de los poetas castellanos con los trovadores catalanes y aragoneses, quienes todos juntos á su vez recibieron la saludable influencia de la Italia, que ya se habia adelantado gloriosamente por el camino de las bellas letras á todas las demas naciones de Europa. Este Cancionero abunda, ademas, en inapreciables indicaciones históricas, que la crítica y la erudicion sabrán utilizar desde luégo, y finalmente, abraza un período harto interesante de la poesía española del siglo XV, que sin la existencia de tan preciado códice nos sería completamente desconocido. Esta consideracion sube de punto, si tenemos en cuenta que de muchos poetas y trovadores de aquella época no se conservan más noticias que las contenidas en el presente Cancionero de Stúñiga.
Ahora bien, sin perjuicio de las oportunas explicaciones, ya bibliológicas, ya biográficas, que damos en las Notas al final de la obra, cúmplenos consignar aquí el método que hemos seguido en la publicacion de este códice, en cuyo texto abundan las equivocaciones, que provienen de estar escrito por un italiano, como lo prueba la composicion bilingüe del fólio 152, y áun la misma encuadernacion revela evidentemente que está hecha en Italia. Estas equivocaciones han podido influir alguna vez para que no hayamos acertado á interpretar algunos vocablos, que muy bien pudiera suceder nos sean completamente desconocidos, áun admitiendo que no haya error en la escritura. De todos modos, hemos preferido no incluirlos en el Glosario, á proponer caprichosas ó infundadas conjeturas, que en vez de ilustrar el texto, hubieran contribuido á oscurecerlo más en algunos pasajes. Diversas, y áun de todo punto contradictorias, son las opiniones que profesan los más ilustrados críticos de Europa respecto al sistema ó método que debe seguirse en la publicacion de este linaje de obras. Sostienen muchos críticos alemanes que los códices deben publicarse con una fidelidad fotográfica, reproduciendo los textos sin la más mínima alteracion, con la misma ortografía, con la puntuacion que tuvieren, y hasta con sus mismas erratas, á fin de que el público no carezca absolutamente de ninguno de los datos necesarios y auténticos para formar con acierto su juicio. Al contrario, los críticos franceses asientan que los códices deben darse á luz ámpliamente comentados é ilustrados, corregidos en su ortografía, rectificados en sus errores y despojados en lo posible de todo cuanto pueda hacer difícil y áun enojosa su lectura, á fin de convidar más gratamente al público á que venga á saborear las desconocidas bellezas literarias de otras edades.
La explicacion plausible y naturalísima de estas dos contrarias opiniones la encontramos fácilmente en las diferencias características del genio frances, que ante todo aspira á la claridad y popularizacion de las ideas; y del genio aleman, que con preferencia se propone penetrar en la esencialidad de las cosas, cuidando más de la exactitud incontrovertible de sus conocimientos, que de agradar á toda clase de lectores. Ambos sistemas nos parecen demasiado exclusivos, y en este punto acaso hayamos tenido la fortuna de elegir el término discreto entre ambas encontradas opiniones, supuesto que por una parte hemos permanecido escrupulosamente fieles al texto del códice, conservando su misma ortografía respecto á la escritura de las palabras, y por otra nos hemos permitido alguna libertad en cuanto á la puntuacion, que hemos acomodado al uso corriente, con la única mira de aclarar su sentido y facilitar su lectura, consiguiendo de este modo, á nuestro parecer, casi todas las ventajas de los dos citados sistemas.
En nuestra patria no carece de partidarios la escuela francesa, y algunos críticos distinguidos recomiendan tambien la necesidad y conveniencia de publicar los códices expurgados, anotados y corregidos; pero nosotros creemos que esta opinion, sin duda muy respetable, no puede ni debe seguirse ni aplicarse en nuestra España, donde vemos con dolor que, por incuria, ignorancia ó malicia, desaparece cada dia alguna de nuestras preciosidades literarias. Triste y aun vergonzoso para un español es decirlo, pero en esta nacion, en que se han perdido casi todas las obras de D. Enrique de Villena; en esta nacion, en que nos vemos obligados á mendigar de gobiernos extranjeros que nos permitan copiar ó que nos presten por un breve plazo para su publicacion el Cancionero de Baena y otras obras que hace poco tiempo conservábamos en nuestros archivos y bibliotecas; en la nacion en que tal sucede con mengua de nuestro decoro, lo importante es publicar sin dilacion todo lo inédito que se pueda y lo merezca, salvando así del olvido, de un incendio, de una inadvertencia ó de una infamia, tantos y tantos inapreciables manuscritos y códices como luchan todavía con el polvo y los gusanos.
Ahora bien, cuando estos monumentos literarios estén ya resucitados mediante la imprenta; cuando ya pertenezcan al dominio público, enhorabuena que entónces personas competentes los estudien, comenten é ilustren, segun la obra ó el género lo requiera ó demande. Tal ha sido la razon principalísima que nos ha impulsado á incluir en nuestra coleccion el Cancionero de Stúñiga, no ménos importante que el de Baena para la historia literaria de nuestra patria.
F. del V.
J. S. R.
A la diligencia y saber del Excmo. Señor D. Juan Eugenio Hartzenbusch, debemos la revelacion del nombre del hasta ahora encubierto autor de la Tragicomedia de Lisandro y Roselia; á continuacion verán nuestros lectores la carta que noticiándolo tuvimos la honra que dicho señor nos dirigiera.
Madrid, 14 de Octubre de 1872.
Excmo. Sr. Marqués de la Fuensanta del Valle.—Sr. D. José Sancho Rayon.
Muy señores mios y mis buenos amigos: Han querido ustedes que vea la luz pública la carta que tuve el gusto de dirigirles con fecha de 2 de Junio último; bien que añadiéndole algo: ahí va, pues, de nuevo mi epístola, con ensanche y cogidos, para hacerla ménos indigna de la publicidad.
Razon tenian ustedes: Maximiliano Calvi no es el autor de la tragicomedia Lisandro y Roselia; aunque, á mi parecer, la tuvo muy presente cuando escribió su Tractado de la hermosura y el amor[1]: trozos hay en él con los mismos pensamientos, con el propio lenguaje casi, que otros de la tragicomedia. Debí reparar en que tras el apellido Calvi, que se lee en la página penúltima del libro, por ustedes reimpreso (la tragicomedia citada), tomando la sílaba Cal de las iniciales de los versos 11, 12 y 13 de dicha página, y la sílaba vi de la primera del verso 14; debí notar, digo, que el verso 15 principia con el adverbio no: de modo que realmente me decian las coplas Calvi, no; «no es Calvi el autor de Lisandro y Roselia»: como si hubiese corrido por los años de 1542 engañosa voz, que importaba rectificar, de que un Fulano Calvi habia escrito aquel drama. Conjeturas puramente de imaginacion; vamos á lo positivo.
[1] En Milan, por Paulo Gotardo Poncio, el año 1576.
El libro de la Tragicomedia de Lisandro y Roselia, libro llamado Elicia por segundo nombre, concluye con la copla siguiente:
Si el nombre glorioso quisierdes saber
Del que esto compuso, tomad el trabajo,
Cual suele tomar el escarabajo,
Cuando su casa quiere proveer.
Del quinto renglon debeis proceder,
Donde notamos los hechos ufanos
De aquel que por nombre entre los humanos
Vengador de la tierra pudo tener.
Quiere esto decir en prosa que, para saber quién es el autor del drama, se ha de partir del quinto renglon (de una copla), donde se alude á los hechos gloriosos del que mereció se le apellidase Vengador de la tierra.
¿Quién fué este señor?
Ovidio, en el libro IX de sus Transformaciones, verso 241, escribe, refiriéndose á Hércules: «Timuere Dei pro vindice terræ.»
Séneca, en su tragedia Hercules Œtæus, versos 321 y 322:
Vindicem tellus suum
Defendet omnis.
Versos 1416 y 1417 de la propia tragedia:
Vindicem saltem precor
Servate terris.
Versos 1837 y 1838 de la misma:
Vindicem amisi parens
Terræ atque pelagi.
Vindex significa defensor ó vengador ó cosas así, que convienen á Hércules, á quien van dirigidos los versos ó hemistiquios arriba apuntados y otras expresiones análogas. Hércules, pues, fué llamado, entre diferentes denominaciones, vengador de la tierra.
El vengador de la tierra, Hércules, fué llamado tambien Alcídes.
El nombre Alcídes se halla en el sexto verso de la copla 4.ª, impresa en el libro Lisandro y Roselia (página 297), donde se hace referencia á las grandes hazañas del hijo de Júpiter, habido en Alcmena.
Y contando desde el verso quinto de dicha copla hácia atras, ó cuesta arriba, á semejanza del escarabajo cuando lleva reculando la bola, que, segun Samaniego[2],
[2] En la fábula El Águila y el Escarabajo.
Fabrica diestramente
Del material en que contínuamente
Trabajando se halla,
Cuyo nombre se sabe, aunque se calla,
Y que, segun yo pienso,
Para los dioses no es muy buen incienso;
tomando (repito) desde el quinto verso de dicha copla, el cual principia con la sílaba es, hasta el quinto verso de la misma página, el cual principia con la sílaba ca, una, dos ó tres letras, las primeras de cada verso, resulta:
Es
Ta
O
Bra
Con
Pu
So
San
Cho
De
Mu
Ni
No
Na
Tu
Ral
De
Sa
La
Man
Ca:
cláusula que (suprimido el rengloneo por sílabas y expresada con la ortografía corriente) nos deja leer: Esta obra compuso Sancho de Munino, natural de Salamanca.—Parece que el autor de Lisandro y Roselia es casi tocayo de usted, Sr. D. José.
Aquí termina el descubrimiento, que es bien poca cosa, no teniendo noticia alguna del tal Sr. D. Sancho, cuyo sobrenombre no habia oido yo en mi vida; aunque en el Ensayo sobre apellidos castellanos, obra de mi amigo el Sr. D. José Godoy Alcántara, premiada por la Academia Española, se hallan (página 132) los nombres Muninus, Monnino y otros, que parecen como precursores del apellido Moñino, célebre ya en España desde la época de Cárlos III, que hizo á su insigne ministro, D. José Moñino, Conde de Floridablanca. Quizá el mismo Sancho se llamaria, no Munino, sino Muñino; y su amigo, el autor del acróstico por sílabas, no repararia en usar n por ñ, atendida la dificultad de encontrar vocablo que principiase con la sílaba ñi. En Salamanca, donde he pasado unos dias á fines de Agosto, no me han dado razon de nuestro recien aparecido Sancho; queda, no obstante, con deseo de hacer allí averiguaciones más de una persona, de cuya inteligencia y actividad nos debemos prometer satisfactorio resultado. Y en verdad que harto merece el autor de Lisandro y Roselia el trabajo que cueste llegar á descubrir algo de su vida y hechos, porque, si bien aparece en su obra demasiadamente aficionado á picante y verdura, el libro es de lo mejor que en su tiempo se escribió en castellano. El autor se muestra doctísimo en todo género de letras, conocedor profundo del corazon humano, hábil pintor de costumbres, y personaje por muchos títulos distinguido, cuando el autor del acróstico le llama respetuosamente generoso señor. Tambien hubo de ser sujeto de cuenta este amigo suyo, autor nada ménos que de un poema en cuatro libros, cuyo protagonista era Héctor, obra que, segun Sancho nos dice (si no fué broma), estuvo en poder del impresor Juan de Junta para que la publicara. ¿Sería el amigo de Sancho algun Calvi, ó quizá un Calvino? Porque, en aquel tiempo áun podia llevar en España impunemente este último sobrenombre cualquier cristiano viejo. Sancho pudo tambien tener otro que el de Munino ó Muñino, pues entónces se tomaban los apellidos, poco ménos que á gusto del portador: he repasado por eso la Memoria histórica de la Universidad de Salamanca, que publicó tres años há mi antiguo compañero, D. Alejandro Vidal; y entre los Rectores de aquellas aulas famosísimas he visto un Don Sancho, que fué cuatro veces Rector en los años 1569, 1572, 1585 y 1588; pero aquel personaje, sobre no ser de Salamanca, llamarse Dávila por padre y Toledo por madre, nació cuatro años despues de impreso el drama de Elicia. Dejemos al tiempo la tarea de ofrecer noticias de uno y otro escritor.
Y permítanme ustedes que al darles afectuosas gracias por la publicacion de obra tan estimable, y la enhorabuena por el excelente gusto y esmero con que han hecho edicion tan linda, señale aquí algunas erratas, que noté al paso al leer el libro, y que serán, por supuesto, de la impresion original, por ustedes resucitada. Cualquiera echará de ver que Ticion (página 22), Lypariso (página 183), Tramiseno (página 221) y Loadice (pág. 273), son equivocaciones en lugar de Ticio, Cipariso, Trasimeno (el lago de este nombre) y Laodice; tambien se advertirá que el nombre Lanace, impreso así en la página 182, es el mismo de Cánace, que se halla en la página 274; pero no es tan fácil conocer que el nombre Macarso, que se lee en la misma página 274, y el de Macharco de la página 182, son el de Macareo, hermano de Cánace, personaje mitológico de no ejemplar memoria, como varios otros del libro: Canno (página 274) es Cauno (error tan fácil de cometer como de perdonar); Menefon debe ser Menefron; Thistes, Tiéstes, y Europa, Erope. Alguna otra cosilla pudiera notar; pero sobra lo dicho para venir al fin que me propongo con estos impertinentes reparos. Necesitaba yo, señores, hablar de erratas con cualquiera pretexto, para salvar aquí una gordísima, que benignamente se me ha notado, cometida en un Discurso que leí en la Academia Española, donde estampé que el pronombre Nós era... ¡segunda persona de plural! Habia corregido con mucho cuidado las pruebas del Discurso; corregí, con mayor detenimiento aún, la reimpresion del mismo; y en él y en ella salió y se ve la que he llamado errata, sin serlo de imprenta, sino despropósito de este pobre viejo, que no está ya para nada, aunque siempre muy deseoso de servir á ustedes, cuyas manos besa:
Juan Eugenio Hartzenbusch.
LOPE DE STÚÑIGA.
De tí me viene pesar
Et desigual padescer,
Tú fuelgas con mi penar
Et penas con mi plaser.
¡Oh sennor, cuál enemigo
Haber pudiera
Que más danno del que digo
Me fisiera!
Tanto terrible fuerte
Es mi pena dolorida,
Que vida será mi muerte,
Et muerte será mi vida;
Que los mis tristes gemidos
Non son tales
Para sin muerte sofridos
Ser sus males.
De tí es preçiado mi mal
Et querida la mi pena,
Pones con ira mortal
En mi libertad cadena.
¡Oh cuytado pecador
De mí, que só
Tan firme, cual amador
Nunca naçió!
Oh vida, que la tu vida
Es vida con la qual muero,
Et vida que non olvida
La contra de lo que quiero;
Non quieras dolor tan fuerte
Que me fiera,
Porque mi querida muerte
Non me quiera.
Tú quieres lo que non quiero,
Quiero lo que tú fisieres,
Quieres la muerte que muero,
Yo quiero, pues tú la quieres;
Et quiero ser bien querido
Yo de tí,
¿Quieres tú, triste perdido
Ver á mí?
Non sé si meior me fuera
Nasçer come soy nascido,
Ó que iamas non nasciera
Para te haber conoscido;
Pues con muerte çessaras
El mi dolor,
Mas tú, que nunca cobraras
Tal servidor.
Tú fases la mi salud
De muerte ser temedora,
Por guarda de tu vertud
Eres buena et mal fechora;
¿Quál es más contrariedat
Al coraçon
Que tener mal et bondat
Sin division?
Pero tú nunca te mueves
Para darme galardon,
Pésete porque non debes
Complir la mi peticion.
É tu pesar me dará
Tal esperança,
La qual vivir me fará
Syn mal andança.
Agora, sempre, despues,
Mira mis quexas sumarias,
Rescibe, pues que asy es,
Mis lágrimas et pregarias;
É quiérate desplaser,
Porque bondat
Non te consiente faser
Mi voluntat.
Fyn.
Non te desplega saber
Que honestad
Te fase palaçio ser
De castitad.
LOPE DE STÚÑIGA.
Mis males eran nascidos
Ante de mi nasçimiento,
En los signos de sabidos
Et planeta de perdidos
Fué mi triste fundamiento;
Et la rueda de fortuna,
Con el signo más esquivo,
Con la más menguante luna,
Me fadaron en la cuna
Para ser vuestro captivo.
Non porque vuestra figura
Con muchas virtudes dos
La cordura con mensura
Nin la vuestra fermosura
Eran nascidas, nin vos,
Mas porque habia de ser
Mandado de Dios asy
Que nasciesse mi querer
Para tanto vos querer,
Mucho más que quiero á mí.
É despues fuestes nasçida,
Nasçida con tal poder,
Con el qual muere mi vida
Syn poder ser defendida
De tan gran pesar haber
Como yo tengo queriendo,
Como yo tengo pensando,
Nunca cesso, maldiciendo
Mi vida, que bien serviendo
Muere ya desesperando.
Que de muerte la quiteis
Non vos demando, querida,
Et si vos morir la veis,
Non negais que lo mateis
Nin seréis della servida;
Que merçed non pediria
De vida tan aborrida,
Porque muy meior sería
De perderla en este dia
Que assy verla destruida.
Como fueron assignados
Mis dias para ser vuestro,
Aunque fueron apartados,
Ya por fuerza son tornados
Á servirvos más que muestro;
Piense vuestro pensamiento
Piedat muy virtuosa,
Et matad mi grand tormento,
Non por mi merescimiento,
Mas por vos ser piadosa.
Non poderian los amores
Del mundo todos iuntados
El mayor con mis dolores,
Nin se ygualen amadores
Nin pueden ser ygualados,
Porque mi querer sobrado
Á todos passa en amar
Tanto que pienso cuitado
De morir arrebatado
Ó muerto m’han de fallar.
Si servitio merescistes
Non meresco grand pesar,
Et si vos me conoscistes
Para darme dias tristes,
Non vos dejo de loar;
Que, par Dios, despues de aquella
Devota vírgen María,
De las otras sois estrella,
Nunca nasció tal donsella
Como vos, sennora mia.
Fyn.
Non dexedes assí finar
Vida que ya muerte fuesse:
Vos, mi bien, quered usar
Con el miedo de matar,
Osaréis si vos pluguiesse,
Plaser que teme bondat
Por ganar mi alma vuestra
Despendiendo crueldat,
Pues mi pena con verdat
Es mayor que se vos muestra.
IOHAN DE MENA.
Yo vos he visto sannosa,
Yo vos he visto pagada,
Mas iamas fallo tal cosa
Por do ménos que fermosa
Vos faga ser alterada;
Tal me vos siempre mostrays
Por mi ventura fadada,
Qual, aunque non querays,
Fuerça es que padescays
Desamando ser amada.
Dubdo que pueda pensar
Vuestra grand beldat partir
Nin que vos pueda parar
Ménos bella el grand llorar
Que fermosa el buen reyr;
Nin calor más non enciende
Vuestra ymágen estranna
Nin frior la reprehende,
Nin la noche la ofende,
Nin la mannana la danna.
Siempre estais de un estante
Et iamas en una tema,
Syempre es vuestro semblante
En una forma constante,
Non communa, mas estrema;
Como es norte firmesa
Sobre todas las estrellas,
Assy vuestra gentilesa
Es el norte de bellesa
Sobre cuantas naçen bellas.
Solamente con cantar
Dis que enganna la serena,
Mas yo non puedo pensar
Quál manera de engannar
Á vos non vos venga buena;
Ca vos me engannays reyendo,
Et me engannays llorando,
Engannaysme dormiendo,
É más me matays n’os veyendo
Que me penays mirando.
Si ántes oviérades sydo,
Fisiera rason humana,
Segun el gesto garrido,
Vos ser madre de Cupido
É gosar de la mançana;
Que si Páris conosciera
Que tan fermosa sennora
Por nascer áun estoviera,
Para vos, sy lo supiera,
La guardára fasta agora.
Quanto más bella se pára
De las estrellas la luna,
Tanto vuestra linda cara
Se muestra perla muy clara
Sobre las fermosas una;
Como el fénix fiso Dios
En el mundo sola un ave,
Assy quiso que entre nos
Sola tal fuéssedes vos
De fermosura la nave.
É vos, que desque naçistes
Las beldades se consumen,
Vos, que nascida fesistes
Ser envidiosas et tristes
Las que de bellas presumen;
É pues luz de las fermosas
Quiere razon que vos llamen,
Síguense de aquí dos cosas:
Las damas que estén sannosas,
Los hombres que más vos amen.
La vuestra clara presençia
Á las presentes absenta
Et defasse con prudençia
Quanto saber é sciençia
Vivo seso representa;
Mas teneys otros errores
Ó yo soy del todo loco,
Que de remediar amores,
Segund muestran mis dolores,
Vos sabeys, sennora, poco.
Pues tales factiones tanto
Son en vos como perdidas,
Si me acuesto ó me levanto
En el mi terrible planto
Solas lloro yo dos vidas;
La mia porque se alabe
Que muere por bien amar,
La vuestra porque non sabe
De la beldat que le cabe
Nin se quiere aprovechar.
Ya por Dios este pensar
Non vos tenga así engannada,
É quered considerar
Sy deleyte es desear,
Quanto más ser deseada;
Aunque rabio por memoria,
Sed vos Diana de palmas,
En haber de mi victoria,
Non habrés pena nin gloria
Más que en el limbo las almas.
Pues si yo tanto vos quiero
Vuestra bellesa lo fase;
Que m’ha fecho assy guerrero
De un amor tan verdadero,
Que aunque me pesa me plase;
Y hé plaser y dolor,
Por haber della tal guerra
Ordenando fué Amor,
Ó fasedme vencedor,
Ó metedme so la tierra,
Fyn.
Yo vos supplico et ruego
Que me libreys desta pena,
Que si muero en este fuego,
Non fallaréys asy luégo
Cada dia un Iohan de Mena.
IOHAN DE MENA.
Un danno que nunca cansa,
Un dolor vuelto con sombra,
Un mal que nunca se amansa,
Sennores, ¿cómo se nombra?
Si segun mi llaga fuerte
Mi danno se entitulasse,
Presumo, segun mi suerte,
La mi muy rabiosa muerte
Que sin nombre se quedasse.
Vengamos á vos, sennora,
Remedio de mis pesares,
Aunque cruel causadora
De mis penas singulares,
Vengan mis quexas gimiendo,
Los mis gemidos quexando,
La mi vida maldisiendo,
Porque mis males viviendo
Mueran mis ojos llorando.
Nin maldigo á quien me yerra
Nin á mal tanto profundo,
Mas blasfemo de la tierra
Porque me sufre en el mundo;
Ca si muriera al nasçer
Ó nasçido si muriera,
Non me pluguiera plaser,
Nin me diera yo al querer
Nin el querer á mí se diera.
Pues mi mal non se resiste
Por mi bien nin por su miedo,
Volverme contra mí triste,
Pues ya contra vos non puedo.
Et diré, ved qué diré;
Desespero si esperaba,
É si dixierdes por qué,
Dir vos hé, porque fallé
La muerte que non buscaba.
Ya el universo gentío
Bien dise de mi persona
El triste martirio mio
Ser digno de grand corona;
Y vos, por quien se padesce
Un dolor tan adversario
Mirad si vos bien paresce
De quien non vos lo meresce
Que digays lo contrario.
Por vos me plugo la vida,
Por vivir vuestro captivo,
É por vos non ser servida
Me desplase porque vivo;
Et pues fuestes vos por quien
Me prendió la tal cadena,
Llamadme disiendo, ven,
Ordenando de mi bien
Quanto mi mal desordena.
Si la sanna que mostró
El vuestro gesto sereno,
Non por amores, yo no
Oviera seydo tan bueno;
Nin algund grado de amar
Non plega á Dios que penseis
Ya por á mí meiorar,
Por ménos cuytas me dar
Nin por más que me cuyteis.
¿Dó nunca dispuso amor
Lealtad y tanta fe
Con tal sobra de dolor
Qual de mí recontaré?
Ca segund mi desear
Et mi mucho desplaser,
¿A dó fallaré mi par
Que perdon tan singular
Non se me dexe vencer?
Vos, mi bien, tan solamente
Sois la que non se convençe
De mí, de quien tanta gente
Por sobra de amor se vençe;
¡Oh males mal despendidos!
¡Oh malvada ingratitud!
Dad ya fin á mis gemidos,
Pues salud á los vencidos
Es non esperar salud.
Mis penas mirando luégo,
Quiero que de vos se teman
Aquellas flamas de fuego
Que ménos arden que queman;
Y á lo qual por fama rasa
Bien ha fecho ser notorio,
Quemándome en esta brasa,
Vuestro deseo ser causa
Para mí de purgatorio.
Fijas de madres ajenas,
Á mí, que de vos me venço,
Non distes fin á mis penas,
Nin vos á mí buen comienço;
Mas pues sois de castidat
Un tal elegido vaso,
Vos desidme una verdat,
Si pensais sin piedat
Ser cruel en este caso.
Piedat sea tamanna
Cuanto cruesa fué grande,
Obedesca vuestra sanna
Humildat por do se mande;
É que sea como digo
Derecha razon lo muestra,
Non en són de castigo,
Mas por mí triste, que sygo
La mi vida por la vuestra.
Poder de grand poderío
Es obrar con non poder,
Ca el poder ya es poderío
Do non es más fuerça que ser;
Por ende, si pido aquello
Que de honestad non podeys,
Vos, mi bien, pensad en ello,
Con quanta razon querello
Pensarlo poder deveys.
Mas los muy ardientes çirios,
Que queman la mi persona,
Non quirien por tres martirios
Darme más de una corona;
La qual es de tres metales,
Fe, amor et lealtad,
Con tres íes por sennales,
Cuyos esmaltes son tales,
Una en una es mi verdat.
Quered de querer leal
Á quien tal querer vos quiere,
É sofrió un tan buen mal
Que da goso cuando fiere;
Porque pueda yo haber nombre
Causa de goso tamanno,
Vos fased tanto hombre
Que de mi plaser se asombre
Quien se espanta de mi danno.
Si me preguntan algunos
Por mi sennora, les muestro,
Por contentar á los unos,
Otra alguna en nombre vuestro;
Que vuestro rostro y color
Es beldad que asy conquista,
Que yo habria grand temor
Ser espada matador
Para ellos vuestra vista.
De otra nombrar pensando
En algund caso que toca
Al vuestro nombre, fablando
Se me va luégo la boca;
Tanto que á los que desplase
Me lo notan á grand mengua,
Mas á mí, que satisfase,
En grado syn fin me plase
Del tal yerro de mi lengua.
Ya muchos por conortarme,
Que de mis dannos se duelen,
Han querido consolarme,
Mas non yo que me consuelen;
Por ende mi desplaser,
Les digo, dexaldo quede,
Que lieve mal debe ser,
É cuyo danno estorçer,
Conseio tomar se puede.
Si en algund tiempo passado
Fuí áspero de passiones,
Gloria habré haber dexado
Las tantas tribulationes;
Que en el tiempo de la gloria
Más es que gloria pensar
Redusir á la memoria
Quanto plaser é victoria
Se cobró por afanar.
Fyn.
Ya vuestra ira sobrar
Non quiera mi tanta pena,
Mas vuestro galardonar
Quiera de tanto pesar
Guaresçer un Iohan de Mena.
EL BACHILLER DE LA TORRE.
La pluma tiene mi mano,
La otra tiene el cuchillo,
La carta yase en el plano,
No basta poder humano
Á lo que siento desillo;
El dolor que me guerrea
Da victoria á la pluma,
Porque tu discrecion vea
Mis graves males, y lea
Algunos dellos en suma.
Sennora, por te amar
Yo me vi tanto penado
Que pensé desesperar,
Non entendiendo alcançar
Que de tí yo fuesse amado;
Et despues tu sennoría
Sabe el gran bien que me diste,
Seyendo la dicha mia
Que fuesse alegre un dia,
Et toda mi vida triste.
¡Oh vida desesperada!
Meior me fuera la muerte
Quando fuesse reparada
Parecer luégo doblada
La mi pena tanto fuerte;
Mas la mi triste ventura,
Por maior pena me dar,
Ordenó desta figura
Que cessasse mi tristura
Por luengo tiempo doblar.
Ca mi desastrado signo
Iamas se fuera mudado,
Nin veniera lo que vino,
Nin me viera yo mesquino
Tan sin remedio penado;
Que si yo siempre quisiera,
Et nunca fuera querido,
Un grave mal padesciera,
Pero non me despidiera
Como triste me despido.
É pudiera non querer
La que de grado me quiso
Non me viera padesçer
Más pena que Luçifer
Privado del paraíso;
Nin me dixiera ven
La muerte desesperada,
Nin me fuera mal el bien,
Nin me matarla por quien
La vida me fué dexada.
Mas non puede la mi pena
Cresçer en tan alto grado
Á bastar la su cadena
Para serme tanto buena
Que muriera desamado;
Ca venció mi libertad
La pena desordenada,
Porque su grand crueldat
Mostrasse en la piedat
Con grand trabaio ganada.
Piadosa se mostró
En me querer otorgar
Que fuesse querido yo
Más que quantos Dios crió
Nin iamas ha de criar;
Por me faser cognoscer
Que quanto más es la cosa
Defíçile de haber,
Tanto más por la perder
Es la vida trabaiosa.
É fiso que mis passiones
Bastassen para alcançar
Dama de tales faciones,
Virtudes et condiciones
Que iamas fuessen sin par;
Por me dar atal dolor
Que fuesse más conoscido
Que tanto es el honor
É gloria del vencedor
Quanta es la del vencido.
Amor mostró su cruesa
Syn punto de humanidat,
De mostrar su grand firmesa
Ser tan bien en la tristesa
Como en la prosperidat;
Las ledas consolationes
Todos las saben tomar,
Pero en las persecutiones
Se mostran los coraçones
Constantes en bien amar.
Ya mis penas descrecer
Non pueden synon creciendo,
Nin mis males ménos ser
Syn su tormento poder
Darme la fin que atiendo;
Que es non ver despedirme,
Ó visto luégo morir,
Que non cesso maldesirme
Quando entiendo partirme
Donde non puedo partir.
Esfuérçasse mi passion,
Mas non consiente que muera,
Et mata sin redencion
La piedat et compassion
Que mi coraçon espera;
Veo morir mi alegría
Et vive mi pensamiento,
Mas nunca la muerte mia,
Rogada de cada dia,
Más amigable la siento.
Ny mi pensamiento muere
Nin á mí quiere matar,
Mas quiere que desespere
De quanta fiança oviere
Ni yo poderia alcançar;
La fe que fué principal
De la mi grave tristura,
Ó dará fin á mi mal,
Ó me tragará leal
La temprana sepultura.
Nin mis tormentos vencieron
Para poder que muriesse,
Nin los mis bienes podieron
Ser vencedores, nin fueron
Para que ledo viviesse;
Mas fué vencido el dolor,
Lo que non quesiera ya,
Por mostrarsse vencedor
Et vencer en lo mayor
Donde más pena me da.
Penaré por tu deseo,
Pero non que tú me penes
Quando viere, que non veo,
Tu lindo rostro et asseo,
Principio et fin de mis bienes;
Eres tú la penadora,
Syn entencion de penar,
É serás, buena sennora,
Dicha cruel matadora
Syn voluntad de matar.
É serás non meresciente
Iniustamente culpada,
Que muchos non sabiamente
Dampnarán á ty, ynocente,
Por mi vida mal fadada;
Maldigan la mi fortuna,
Causa de mis pensamientos,
Que me maldixo en la cuna,
Dexen á tí sola una,
Reparo de mis tormentos.
Maldigan los maldisientes
É falsos disfamadores,
Ca mostraron ser valientes
Las sus lenguas de serpientes
Contra tales amadores;
Tú eres la quien robó
Á quien nunca fué robado,
Tú eres la que venció,
É por virtud captivó
Á quien non fué captivado.
Tú eras por quien me plugo
Vivir en poder estranno,
Y eras á quien desplugo
Mi danno sabido lugo
En mi tormento tamanno;
Y eres cuyo pesar
Me pesa más que del mio,
Pero tu considerar
Non puedo gualardonar
El mi poco poderío.
Tú eres por quien yo muero,
É das causa que non muera,
Y eres de quien espero
El galardon postrimero
Que iamas de otra espero;
Más quiero morir por tuyo
Que por otra guarescer
Aunque me quiera por suyo,
Que yo siempre seré tuyo,
Lealtad me mandó ser.
Non puede dar á mis males
Persona viva reposo,
Nin mis penas desiguales
Ménos ser sy tú non vales
En caso tan peligroso;
Mas puedes darme la vida
É non quitarme la muerte,
Nin pena más dolorida,
De lo flaco eres vençida,
Y vençes á lo más fuerte.
La tu presentia me fase
Vivir por larga sason,
É á la mi fortuna plase
Plaser de lo que desplase
Á mi triste coraçon;
Que le plase que me aparta
Como de sentido loco,
É con sólo escrebir me farta,
Mas ¿qué aprovecha la carta
Donde la vida es poco?
Ya mis penas racontar
Sobreseen mis querellas,
Pero non debeis dubdar
Que me esfuerço á lo callar
Por ser tú la causa dellas;
Mis dannos fallo menores
Quando pienso que tú eres
Causa de tantos dolores,
Et las mis penas mayores
Se me tornan en plaseres.
Mi coraçon se despide,
Mas non de pensar en ty,
Et ántes su muerte pide
Que iamas nunca te olvide
Syn despedirse de mí;
¡Ó con quánta mansedumbre
De tí se parten mis oios,
Perdida toda su lumbre,
Trocada por certidumbre
De siempre sofrir enoios!
Sennora, merced te pido
Que por tí sola se acabe
Y se vea fenescido
Mi dolor tan dolorido,
Ménos sabido que grave;
Y que çesse mi fortuna
Et mis dannos de consuno,
Sin otra mudança alguna,
Mas pues so uno de una,
Que seas tú una de uno.
Las quexas que se contaron
Contempla mi bien, sy goses
Mis lágrimas las causaron,
É sospiros ordenaron,
Que tienen fuerça de voses;
Rogando sy á Dios pluguiere
Quien buscó nuestra partida
Sienta el dolor que fiere,
Et quanto más ledo fuere
Le aborresca la vida.
Fyn.
Tu merced non desespere,
Ó tanto de mi querida,
Que iamas, mientra viviere,
Tuyo seré do estoviere
Y sola de mí servida.
LOPE DE STÚÑIGA.
Llorad mi dolor tan fuerte,
Llorad mi mal tan extranno,
Llorad por tal que mi muerte
Non puede matar mi danno;
Llorad et gemid llorando
Llorando tanto pensar,
Llorad porque bien amando
Siempre me vi desamar.
Llorad los mis gemidos,
Vayan gemiendo mis males,
Gemid los mis despendidos
Servicios tan desyguales;
Gemid, gemido presente,
Presente mi mal profundo,
Gemid infinitamente
Mi nascimiento en el mundo.
Gemid, gemiendo, gemir,
Gemid mis esquivos llantos,
Gemid, et quiçá morir
Podréys faser mis quebrantos;
Gemid la triste cadena,
Cadena que me prendió,
Gemid la terrible pena
Que de plaser me quitó.
Gemir et sospirar,
Sospire mi grand tormento,
Sospire tanto pesar
Quanto me dió pensamiento;
Sospiro lo que padesco
Padesco con mis amores,
Sospire que non peresco
Syn dolores de dolores.
Sospiro lo sospirado,
Que sospiré muchos dias,
Sospiro dessimulado
Las llagas antiguas mias;
Sospiro, quanta verdat,
Verdat se me quebrantó,
Sospiro porque piedat
Murió primero que yo.
Sospiren más mis cuidados,
Piensen en mis pensamientos,
Piensen los tristes estados
De todos mis perdimientos;
Piensen y piensen en quién,
En quién me fiso ser tal,
Piensen en cómo mi bien
Se fiso todo mi mal.
Piensen mi gran descendida,
Piensen mi poco sobir,
Piensen tamanna cayda
Qual de mí pueden oyr;
Piensen la vida llorosa.
Llorosa que despendí,
Piensen la rabia rabiosa
Con que rabiando morí.
Fyn.
Piensen la causa forçada,
Forçada con que partí,
Piensen al fyn la tornada
Quánt desastrado nascí.
LOPE DE STÚÑIGA.
Sy á las mis aflictiones
Haber piedat esperasse,
Non fueran las mis passiones
Tan bravas tribulationes
Á que grand mal me penasse;
Mas rescebir perdition
Con tanta de malandança,
Que dé la mi redencion
Non lo consiente rason
Poder haber esperança.
É sy mi tanto dolor
Pudiera ser fenescido,
Non fuera merescedor
Yo, triste, de tal honor,
Qual tengo bien merescido,
Es á saber, ser llamado;
Por mi causa me vinieron
Aquel que más ha penado
Por alcançar ser amado
Que todos cuantos nascieron.
Los mis afanes estrannos,
Si fueran menos que son,
Non merescieran mis dannos
Gloria de bienes tanmannos
En tan alta perfection
Como tienen merescidos,
Por mi plannida cadena,
Ca gemirán mis gemidos
Sobre todos los nascidos
La más dolorida pena.
Fyn.
É ya si la mi presyon
Es un dolor sin medida,
Bien demuestra discrecion
Que mi fin sin galardon
Meresçe mi muerte habida;
Ca por la vida que muero
Debo poder desamar,
É de tal llaga me fiero
Queriendo lo que non quiero
Espero desesperar.
LOPE DE STÚÑIGA.
Á males tan desabidos
Lo que puedo contrastar
Et resestir
Es faser los mis gemidos
Et sospiros esforçar
Para plannir;
Ya, pues gemir et llorar
Es el mayor bien que tengo,
Bien podrá
La gente considerar
El menor mal que sostengo
Quál será.
Yo quise mudar amor
En otra filosomía
Non tan buena,
Mas non se mudó dolor
Nin iamas se mudaria
De mi pena;
Lo qual me será la gloria
De que soy merescedor,
Es á saber,
Que siempre quede memoria
Yo ser el más amador
Que pueda ser.
Bien quanto mi desear
Mortal amador me fase
Todavía,
Bien tanto fuerte causar
Á la fortuna le plase
Muerte mia;
Mas non de manera tal
Que mi triste pensamiento
Matar quiera,
Sy non que viva mi mal,
Et que iamas mi tormento
Nunca muera.
Yo pienso, sy me moriesse
É con mys males finasse,
Desear
Tan grande amor fenesciesse
Que todo el mundo quedasse
Sin amar;
Mas estó considerando
Mi tarde morir el luégo
Tan bueno,
Que debo, rason usando,
Gloria sentir en el fuego
Donde peno.
Yo pienso lo que faré
Pensando lo que será
De mi tristesa,
Amores non dexaré
Nin iamas me dexará
Sua cruesa;
Mas al fin debo pensar,
É syn dubda comedir
Que tal honor
Iamas se puede ganar,
Por mill trances combatir
Un vençedor.
Fyn.
¡Oh tú mi bien singular
Quanto non puedo decir
Por tu temor!
Rescebir quieras pesar
Por matar é ver morir
Tal servidor.
IOHAN RODRIGUEZ DEL PADRON.
La falsa gloria del mundo
É vana prosperidat
Contemplé,
Con pensamiento profundo
El centro de su maldat
Penetré;
El canto de la serena,
Oya quien es sabidor,
La qual temiendo la pena
De la fortuna mayor
Planne en el tiempo meior.
Asy yo, preso de espanto,
Que la divina virtud
Ofendí,
Comienço mi triste planto
Faser en mi iuventud
Desde aquí;
Los desiertos penetrando,
Do con esquivo clamor
Pueda, mis culpas llorando.
Despedirme syn temor
De falso plaser é honor.
Fyn.
Adios, real esplandor
Que yo serví et loé
Con lealtad,
Adios, que todo el favor
É quanto de amor fablé
Es vanidat;
Adios, los que bien amé,
Adios, mundo engannador,
Adios, donas que ensalçé
Famosas dignas de loor,
Orad por mí peccador.
EL MARQUÉS.
Amor cruel et brioso,
Mal haya la tu altesa,
Pues non fases ygualesa
Seyendo tan poderoso.
Desperté como espantado
É miré dónde sonaba
Quien de amores se quexaba
Bien como dannificado;
Vi hombre ser llagado
De un golpe mortal de flecha
Cantando atal endecha
Con semblante atribulado.
De ledo que era, triste,
¡Ay, amor! tu me tornaste,
La hora que me quitaste
La sennora que me diste.
Díxele: ¿por qué faseys,
Sennor, tan esquivo duelo,
Ó si puede haber consuelo
La cuyta que padesceys?
Respondióme: fallareys
Mi dolor ser tan exquiva
Que iamas en cuanto viva
Cantaré como veréys.
Con tan alto poderío
Amor nunca fué yuntado,
Nin con tant orgullo é brío
Como vi por mi pecado.
¿Non puede ser al sabido,
Repliquéle, de su mal,
Nin la causa especial
Porque fue assy ferido?
Respondió: troque et olvido
Me fueron assy ferir,
Por do me convien desir
Este cantar dolorido.
Crueldat et trocamiento
Con tristesa me conquiso,
Pues me dexa quien priso
Ya non se manparamento.
Amigo, segund paresçe,
La dolor que vos aquexa
Es alguna que vos dexa
Que de vos non se adolesce.
Respondióme: quien padesce
Cruel plaga por amar,
Tal cancion debe cantar
Iamas, pues le pertenesce.
Cativo de mi tristura,
Ya todos toman espanto,
E preguntan qué ventura
Fué que m’atormenta tanto.
Díxele: non vos quexeys
Que non soys vos el primero
Nin sereys el postrimero
Que possea el mal que habeys.
Respondióme: non cureys,
Sennor, de me consolar,
Que mi vida es querelar
Cantando segund veréis.
Amor, siempre partire
De vos assy me quexando,
Pues por vos servir loando
Soy á tiempo de morire.
Él ya muy poco sonaba
Nin á veses se oya,
Manifiesto es que veya
Que la muerte lo aquexaba.
Pero iamas non cessaba
Nin cessó con grand quebranto
Este doloroso canto
Á la sason que esperaba.
Fyn.
Pues plaser non puedo haber,
Á mi querer et de grado,
Más val morir que non ver
My bien perder, ¡oh cuytado!
EL MARQUÉS.
El Cesar afortunado
Cesára de combatir,
É fisiera desdesir
El Priamides armado,
Quando yo te dexasse,
Ydola mia,
Nin la tu filosomía
Olvidasse.
Cicero tornára mudo
É Tarsis virtuoso,
Et Sardanápalo animoso,
Torpe Salomon et rudo,
En aquel tiempo que yo,
Gentil criatura,
Olvidasse tu figura
Cuyo só.
Etyopía se tornára
Húmida, fria et nevosa,
Ardiente Sicia et fragosa
Et Çicia reposára,
Ántes que el ánimo mio
Se partiesse
De tu mandado et sennorío
Nin pudiesse.
Las tigres fieras farán
Ante pas con todo armento,
Habrán las arenas cuento,
Las mares se agotarán,
Que me faga la fortuna
Sy non tuyo,
Nin me pueda llamar suyo
Otra alguna.
Tú eres la caramida
Et yo soy fierro, sennora,
É me tiras toda hora
Con voluntad non fingida;
Pero non es maravilla
Ca tú eres
Espeio de las mujéres
De Castilla.
Fin darán las Alciones
Á su contínuo lamento,
Et perderán sentimiento
Los míseros Pandiones,
Del Tereo sanguinoso
Excelerato
Quando yo te sea ingrato
Nin dubdoso.
En Lipari çesará
Ántes viento et será calma,
El que plantáre la palma
Prestamente gosará
Del fruto, que pudiesse
Yo dejarte,
Olvidar, nin áun trocarte,
Nin supiesse.
De todas las otras tierras
Longincas et cercanas,
Do se falláran humanas
En las planicias et sierras,
Tú eres la más fermosa
Et más polida,
Más honesta et más sentida
Et más graciosa.
¿Quién fué tan enamorado
Que syn coraçon amasse
Nin pudiesse nin bastasse?
Ca del todo es denegado;
Asy que non puede ser
Que otra ame,
Nin syendo, te desame,
En tu poder.
Verdat sea que de grado
Te plugo lo poseiesse,
En tanto que combatiesse
Más tuyo et por tu mandado;
Pero syn otra tardança
Lo tornó
Quien primero lo firió
Con tu lança.
Fyn.
Cansado soy de fablar
É non sé que más me diga,
Mi bien et mi dolçe amiga,
Sy non tanto, que pensar
Debes que mi conclusion
Es syn fallir
Padescer, penar, morir
So tu pendon.
CANCION DE VILLALOS.
Ca todos los amadores
Aman esperando haber
Aquella gloria de amores
Porque yo me vo á perder;
É iamas non entiendo
Solamente ser amado,
Viviendo desesperado,
Más en el fuego me ençiendo.