EL JUMENTO MURMURADOR

—Señor, es fuerza que la sangre corra

—dijo al león solícita la zorra—;

sin cesar el estúpido jumento

de ti murmura con furor violento.

—¡Bah! —respondió la generosa fiera—,

déjale que rebuzne cuanto quiera.

Pecho se necesita bien mezquino

para sentir injurias de pollino.

EL AVARO Y EL JORNALERO[4]

Todo su caudal guardaba

cierto avariento cuitado

en onzas de oro, metidas

en un puchero de barro.

Por tenerlo más seguro,

fué con su puchero al campo:

al pie de un árbol cavó,

y lo enterró con recato.

Amaneció al otro día

hambriento y desesperado

un jornalero, sin pan

ni esperanza de ganarlo.

Sacudió las faltriqueras,

y hallando en una cuartos,

sale, se compra una soga,

y en seguida, como un rayo,

se va al campo a que le quite

los pesares el esparto.

Trataba de ahorcarse, en fin,

y escogió para ello el árbol

que era del tesoro en onzas,

inmóvil depositario.

Al afianzar de una rama

bien la soga el pobre diablo,

se le hundió en el hoyo un pie

y halló el puchero enterrado.

Cogióle, besóle y fuese,

y corriendo, a corto rato,

sus preciosas amarillas

vino a visitar el amo.

La tierra encontró movida

y el hoyo desocupado;

pero de puchero y onzas

no vió ni sombra ni rastro.

Reparó en la soga entonces,

y haciendo a la punta un lazo,

se ahorcó para no vivir

sin su tesoro adorado.

Así el puchero y la soga

mal o bien se aprovecharon:

él en un hambriento, y ella

en el cuello de un avaro.