EL TOPO Y EL GUSANO DE LUZ

Por una estrecha hendidura

sacó la cabeza un topo,

con poca carne en los huesos

y mucha piel en los ojos.

No sabe si es noche o día;

pero siente en el contorno

a un gusanillo de luz,

y le dice de este modo:

—Ufano puedes estar,

tamaño como un gorgojo,

llevando en parte vedada

la linterna por adorno:

ya la muestras, ya la ocultas,

tan altivo y orgulloso

como fanal que en la torre

enseña el puerto al piloto.

—No tal —contestó el gusano—,

que mi pequeñez conozco;

mas a ninguno hago daño,

y algún bien procuro a otros.

Doy luz, oculto en la hierba,

sobre las plantas me poso,

y los insectos acuden

a guarecerse en su tronco.

Ni destruyo las raíces,

ni las semillas me como,

ni por temor a los hombres

bajo la tierra me escondo.

Esto dijo el gusanillo;

y lo dijo con tal tono,

que el dañino animalejo

quedó aún más ciego de enojo:

fué a replicar, y no pudo;

sintió encendérsele el rostro,

y, murmurando entre dientes,

metióse dentro de un hoyo.

Así en el mundo sucede:

que los más torpes y tontos,

al que brilla poco o mucho

le zahieren envidiosos.