LA ARDILLA, EL DOGO Y EL ZORRO

Madama Ardilla con un Dogo fiero,

compadre antiguo suyo y compañero,

salió al campo una tarde a solazarse.

Entretenidos iban en gustosa

conversación, y hubieron de alejarse

tanto, que, encapotada y tempestuosa,

los sorprendió la noche a gran distancia

de su común estancia.

Otra posada no se les presenta

que en una alta encina añosa y corpulenta;

el hueco tronco ofrece albergue y cama

a nuestro Dogo: la ligera Ardilla

se sube de tres brincos a una rama

y lo mejor que puede se acuclilla.

Danse las buenas noches, y dormidos

quedaron luego. A lo que yo barrunto,

eran las doce en punto,

hora propicia al robo y al pillaje,

cuando aportaba por aquel paraje

uno de los ladrones forajidos

de más renombre: un Zorro veterano,

terror de todo el campo comarcano

en leguas veinte y treinta a la redonda,

en torno al árbol ronda,

alza el hocico hambriento

de palpitante carne; atisba, husmea,

y ve a la Ardilla en su elevado asiento:

ya su imaginación la saborea

y la boca se lame,

y la cola menea;

mas ¿cómo podrá ser que a tanta altura,

si no le nacen alas, se encarame?

Iba casi a decir “no está madura”,

cuando le ocurre una famosa idea.

—Bella señora mía,

vuesa merced perdone —le decía—

si interrumpo su plácido reposo.

Después de tanto afán, cuando el consuelo

de hallarla me concede al fin el cielo

no puedo contener el delicioso

júbilo que de mi alma se apodera.

¿No me conoce usted? Su buena madre

hermana fué de mi difunto padre.

Tengo el honor de ser su primo hermano.

¡Ay! en su hora postrera

el venerable anciano

me encomendó que luego en busca fuera

de su sobrina y la mitad le diera

de la hacenduela escasa

que al salir de esta vida

nos ha dejado. A mi paterna casa

sea usted, pues, mil veces bien venida,

y déjeme servirla en el viaje

de escudero y de paje.

¿Qué es lo que duda usted? ¿Qué la detiene

que de una vez no viene

a colmar mi ventura, en lazo estrecho

juntando el suyo a mi amoroso pecho?

Ella, que por lo visto era ladina,

a par que vivaracha y pizpireta,

y al instante adivina

la artificiosa treta,

así responde al elocuente Zorro:

—Fineza tanta, mi querido primo,

y el liberal socorro

del piadoso difunto,

que en paz descanse, como debo, estimo.

Bajar quisiera al punto;

pero, ya veis... ¡Mi sexo!... A la entrevista

es menester que asista,

si lo tenéis a bien, un deudo caro,

que de mis años tiernos fué el amparo;

es persona discreta,

a quien podéis tratar sin etiqueta,

y que holgará de conoceros. Vive

en ese cuarto bajo;

llamadle. Don Marrajo,

dándose el parabién de su fortuna,

que le depara, según él concibe,

dos presas en vez de una,

con la mayor frescura y desahogo

fué, en efecto, y llamó. Pero la suerte

se vuelve azar. Despierta airado el Dogo,

se abalanza, le atrapa y le da muerte.

Esta sencilla historia nos advierte

a un tiempo, hija querida,

tres importantes cosas:

de un seductor las artes alevosas,

de la maldad el triste paradero,

y lo que vale en lances de la vida

la acertada elección de un compañero.