LA PRECIPITACIÓN
Un mozo, enfermo tenía
de los ojos a su padre,
y curarlo pretendía,
que en efecto lo quería
como si fuera su madre.
El remedio procurando,
en un libro que se halló
de medicina, hojeando,
un capítulo encontró
de lo que andaba buscando.
“Abrojos para los ojos”
el primer renglón decía,
y, sin leer más sus arrojos,
como estrella que Dios guía,
fué al campo a buscar abrojos.
Dos almorzadas muy buenas
trajo, y que quiso o no quiso,
al padre que ve en sus penas,
en los ojos al proviso
le puso un par de docenas.
Un lienzo muy apretado
encima le puso luego,
con que al padre desdichado
le saltaron de contado
los ojos, y quedó ciego.
A leer volvió con enojos
los renglones, y al mirarlos
despacio, vieron sus ojos:
“Para los ojos, abrojos
son buenos para sacarlos.”
(La dama presidente, jornada 1.ª)
EL LOCO POR LA PENA ES CUERDO[15]
En Sevilla un loco había
de tema tan desigual
que una piedra de un quintal
al hombro siempre traía,
y al perro de cualquier casta
que dormido podía ver,
dejábasela caer,
con que quedaba hecho plasta.
Con un podenco afamado
de un sombrerero encontró,
a cuestas la ley le echó
y dejólo ajusticiado.
Indignado el sombrerero,
con un garrote salió
y dos mil palos le dió
y tras cada golpe fiero
muchas veces repetía:
—¿Que era podenco no viste,
loco infame? Fuese el triste
y luego, aunque un gozque vía,
mastín, o perro mostrenco,
al irle la piedra a echar,
volviéndola a retirar,
decía: —Guarda, es podenco.
(No hay contra un padre razón, jornada 2.ª)