LOS TRES AMIGOS
Según Herder, un sujeto
que tenía tres amigos
a dos de ellos profesaba
el más profundo cariño,
y a la amistad del tercero
se mostraba siempre frío.
Cierto día fué acusado
de un horroroso homicidio,
y se hallaba con el alma
como quien dice en un hilo,
aunque era el hombre inocente
de tan bárbaro delito.
—Amigos míos, me acusan
de un asesinato —dijo—,
y el juez, según me han contado,
está como un basilisco.
Soy inocente, y deseo
que vengáis los tres conmigo
a declarar mi inocencia
en calidad de testigos.
Dió por excusa el primero
unos asuntos precisos;
acompañóle el segundo
si bien un poco remiso,
pero así que vió la turba
de centinelas y esbirros
que el tribunal custodiaban,
volvió pies atrás, más listo
que Cardona, temeroso
de que le echaran los cinco.
No esperaba el acusado
mucho del tercer amigo;
pero éste, fiel y animoso,
compareció ante el ministro
de la ley, y al acusado
defendió tan a lo vivo
que declarado inocente
fué en aquel instante mismo.
Tres amigos tiene el hombre
en el mundo en que vivimos,
¿cómo se portan con él
ante el tribunal divino?
El dinero es el primero
de los tres en su cariño,
y es el primero también
que le abandona mezquino.
Los deudos y los parientes
tiene por segundo amigo;
hasta junto a su sepulcro
van haciendo pucheritos,
mas se asustan de la muerte
y se vuelven atrás listos
diciendo a lo más: —Allá
nos esperes muchos siglos.
Por último, son las obras
buenas su tercer amigo,
y aunque con indiferencia
por él miradas han sido,
de tal modo le defienden
ante el tribunal divino,
que al fin el manto de gracia
cubre todos sus delitos.
LA PARTE DEL LEÓN[2]
Fuéronse de caza
sin perros ni trompas
el león, el oso,
el lobo y la zorra;
y así que cazaron
porción nada corta
de cabras y ovejas
y chotos y potras,
—Hagamos —dijeron—
el reparto ahora
e inmediatamente
llenemos la andorga.
—¿Quién se encarga de ello?
—preguntó con sorna
el león, sin duda
buscando camorra—.
—¡Yo! —responde el oso,
cuya afición tonta
es hacer el ídem.
—Pues manos a la obra.
Cuando en cuatro partes
la caza amontona,
al león el oso
le dice que escoja
una de las cuatro,
que iguales son todas.
—¡Tú partir no sabes!
—gruñe con voz ronca
el león al oso,
que replicar no osa.
Y ¡ham! de un dentellazo
me lo descogota,
y a la zorra dice
con frase melosa:
—Chiquita, el reparto
vas a hacer tú ahora,
que fío has de hacerlo
a pedir de boca,
pues como chiquita
no eres maliciosa.
En cinco montones
la repartidora
reparte la caza,
y acabada su obra
al león le dice
con una graciosa
reverencia: —Vuestra
majestad escoja
de estas cinco partes
las tres que le tocan:
como león, una,
como monarca, otra,
y otra como jefe...
—Hola, hola, hola
—dice el león—; veo
que tú no eres boba.
Y añade, moviendo
de gusto la cola:
—Di, ¿quién te ha enseñado
todas esas cosas?
—¿Quién, señor...? El oso,
—contesta la zorra.
EL LOBO Y EL CORDERO[3]
El lobo y el cordero llegaron a un arroyo,
el lobo atormentado más de hambre que de sed,
y entre lobo y cordero sobrevino este diálogo,
que a mí me suena como sobrevenido ayer:
—Súbdito miserable, morirás, pues el agua
que yo, tu rey, bebía, te atreviste a enturbiar.
—¿Cómo, señor, haceros tal injuria he podido
estando más abajo que vuestra majestad?
—Si no lo has hecho ahora, lo hiciste hace seis meses.
—Señor, si todavía de edad no tengo dos.
—Pues si tú no lo has hecho, tu padre es quien lo haría,
y es justo que ahora mismo sufras la expiación.
Así diciendo, el lobo, sin conciencia ni entrañas
hizo al cordero víctima de su voracidad;
que siempre los tiranos, a falta de razones
para oprimir al justo, razones falsas dan.