PARA ABLANDAR LA CAMA
Con hambre y cansancio un día
a una posada llegó
cierto fraile, y preguntó
a la huéspeda qué había
de comer. —Si una gallina
no mato —le dijo ella—,
nada hay. —¿Quién podrá comella
—respondió con gran mohina—
acabada de matar?
—Tierna estará —replicó
la huéspeda—, porque yo
sé un secreto singular
con que se ablande—. Y cogiendo
la polla, que viva estaba,
vió que los pies la quemaba,
con que a nuestro reverendo
muy blanda le pareció;
y aunque el hambre pudo hacello,
atribuyéndolo a aquello,
en la cama se acostó.
Estaba la cama dura,
tanto que le tenía inquieto;
y él, cayendo en el secreto,
pegarla a los pies procura
la luz. Dijo al ver la llama
la huéspeda: —Padre, ¿qué es
eso?— Y él dijo: —Nuestra ama,
porque se ablande la cama,
quemo a la cama los pies.
(No siempre lo peor es cierto, jornada 2.ª, escena XIII.)