27. Por la pérdida del rey don Sebastián

Voz de dolor y canto de gemido

Y espíritu de miedo, envuelto en ira,

Hagan principio acerbo a la memoria

De aquel día fatal, aborrecido,

Que Lusitania mísera suspira,

Desnuda de valor, falta de gloria;

Y la llorosa historia

Asombre con horror funesto y triste

Desde el áfrico Atlante y seno ardiente

Hasta do el mar de otro color se viste,

Y do el límite rojo de oriente

Y todas sus vencidas gentes fieras

Ven tremolar de Cristo las banderas.

¡Ay de los que pasaron, confiados

En sus caballos y en la muchedumbre

De sus carros, en ti, Libia desierta,

Y en su vigor y fuerzas engañados,

No alzaron su esperanza a aquella cumbre

De eterna luz, mas con soberbia cierta

Se ofrecieron la incierta

Vitoria, y sin volver a Dios sus ojos,

Con yerto cuello y corazón ufano

Solo atendieron siempre a los despojos!

Y el Santo de Israel abrió su mano,

Y los dejó, y cayó en despeñadero

El carro, y el caballo y caballero.

Vino el día crüel, el día lleno

De indignación, de ira y furor, que puso

En soledad y en un profundo llanto,

De gente y de placer el reino ajeno.

El cielo no alumbró, quedó confuso

El nuevo sol, presagio de mal tanto,

Y con terrible espanto

El Señor visitó sobre sus males,

Para humillar los fuertes arrogantes,

Y levantó los bárbaros no iguales,

Que con osados pechos y constantes

No busquen oro, mas con hierro airado

La ofensa venguen y el error culpado.

Los impíos y robustos, indinados,

Las ardientes espadas desnudaron

Sobre la claridad y hermosura

De tu gloria y valor, y no cansados

En tu muerte, tu honor todo afearon,

Mezquina Lusitania sin ventura;

Y con frente segura

Rompieron sin temor con fiero estrago

Tus armadas escuadras y braveza.

La arena se tornó sangriento lago,

La llanura con muertos aspereza;

Cayó en unos vigor, cayó denuedo;

Mas en otros desmayo y torpe miedo.

¿Son estos por ventura los famosos,

Los fuertes, los belígeros varones

Que conturbaron con furor la tierra,

Que sacudieron reinos poderosos,

Que domaron las hórridas naciones,

Que pusieron desierto en cruda guerra

Cuanto el mar Indo encierra,

Y soberbias ciudades destruyeron?

¿Dó el corazón seguro y la osadía?

¿Cómo así se acabaron, y perdieron

Tanto heroico valor en solo un día;

Y lejos de su patria derribados,

No fueron justamente sepultados?

Tales ya fueron estos, cual hermoso

Cedro del alto Líbano, vestido

De ramos, hojas, con excelsa alteza;

Las aguas lo criaron poderoso

Sobre empinados árboles crecido,

Y se multiplicaron en grandeza

Sus ramos con belleza;

Y extendiendo su sombra, se anidaron

Las aves que sustenta el grande cielo,

Y en sus hojas las fieras engendraron,

Y hizo a mucha gente umbroso velo;

No igualó en celsitud y en hermosura

Jamás árbol alguno a su figura.

Pero elevose con su verde cima,

Y sublimó la presunción su pecho,

Desvanecido todo y confiado,

Haciendo de su alteza solo estima.

Por eso Dios lo derribó deshecho,

A los impíos y ajenos entregado,

Por la raíz cortado;

Que opreso de los montes arrojados,

Sin ramos y sin hojas y desnudo,

Huyeron dél los hombres, espantados,

Que su sombra tuvieron por escudo;

En su ruina y ramos cuantas fueron

Las aves y las fieras se pusieron.

Tú, infanda Libia, en cuya seca arena

Murió el vencido reino lusitano,

Y se acabó su generosa gloria,

No estés alegre y de ufanía llena;

Porque tu temerosa y flaca mano

Hubo sin esperanza tal vitoria,

Indina de memoria;

Que si el justo dolor mueve a venganza

Alguna vez el español coraje,

Despedazada con aguda lanza,

Compensarás muriendo el hecho ultraje;

Y Luco amedrentado, al mar inmenso

Pagará de africana sangre el censo.