36. A la esperanza

Alivia sus fatigas

El labrador cansado

Cuando su yerta barba escarcha cubre,

Pensando en las espigas

Del agosto abrasado

Y en los lagares ricos del octubre;

La hoz se le descubre

Cuando el arado apaña,

Y con dulces memorias le acompaña.

Carga de hierro duro

Sus miembros, y se obliga

El joven al trabajo de la guerra.

Huye el ocio seguro,

Trueca por la enemiga

Su dulce, natural y amiga tierra;

Mas cuando se destierra

O al asalto acomete,

Mil triunfos y mil glorias se promete.

La vida al mar confía,

Y a dos tablas delgadas,

El otro, que del oro está sediento.

Escóndesele el día,

Y las olas hinchadas

Suben a combatir el firmamento;

Él quita el pensamiento

De la muerte vecina,

Y en el oro le pone y en la mina.

Deja el lecho caliente

Con la esposa dormida

El cazador solícito y robusto.

Sufre el cierzo inclemente,

La nieve endurecida,

Y tiene de su afán por premio justo

Interrumpir el gusto

Y la paz de las fieras

En vano cautas, fuertes y ligeras.

Premio y cierto fin tiene

Cualquier trabajo humano,

Y el uno llama al otro sin mudanza;

El invierno entretiene

La opinión del verano,

Y un tiempo sirve al otro de templanza.

El bien de la esperanza

Solo quedó en el suelo,

Cuando todos huyeron para el cielo.

Si la esperanza quitas,

¿Qué le dejas al mundo?

Su máquina disuelves y destruyes;

Todo lo precipitas

En olvido profundo,

Y ¿del fin natural, Flérida, huyes?

Si la cerviz rehuyes

De los brazos amados,

¿Qué premio piensas dar a los cuidados?

Amor, en diferentes

Géneros dividido,

Él publica su fin, y quien le admite.

Todos los accidentes

De un amante atrevido

(Niéguelo o disimúlelo) permite.

Limite pues, limite

La vana resistencia;

Que, dada la ocasión, todo es licencia.