46.

Pastor, que con tus silbos amorosos

Me despertaste del profundo sueño;

Tú, que hiciste cayado dese leño

En que tiendes los brazos poderosos;

Vuelve los ojos a mi fe piadosos,

Pues te confieso por mi amor y dueño,

Y la palabra de seguirte empeño

Tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor que por amores mueres,

No te espante el rigor de mis pecados,

Pues tan amigo de rendidos eres;

Espera pues, y escucha mis cuidados;

Pero ¿cómo te digo que me esperes,

Si estás para esperar los pies clavados?