54. Epístola satírica y censoria

contra las costumbres presentes de los castellanos,
escrita al Conde-Duque de Olivares.

No he de callar, por más que con el dedo,

Ya tocando la boca, o ya la frente,

Silencio avises o amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

Hoy sin miedo que libre escandalice

Puede hablar el ingenio, asegurado

De que mayor poder le atemorice.

En otros siglos pudo ser pecado

Severo estudio y la verdad desnuda,

Y romper el silencio el bien hablado.

Pues sepa quien lo niega y quien lo duda

Que es lengua la verdad de Dios severo

Y la lengua de Dios nunca fue muda.

Son la verdad y Dios, Dios verdadero:

Ni eternidad divina los separa,

Ni de los dos alguno fue primero.

Si Dios a la verdad se adelantara,

Siendo verdad, implicación hubiera

En ser y en que verdad de ser dejara.

La justicia de Dios es verdadera,

Y la misericordia, y todo cuanto

Es Dios todo ha de ser verdad entera.

Señor Excelentísimo, mi llanto

Ya no consiente márgenes ni orillas:

Inundación será la de mi canto.

Ya sumergirse miro mis mejillas,

La vista por dos urnas derramada

Sobre las aras de las dos Castillas.

Yace aquella virtud desaliñada

Que fue, si rica menos, más temida,

En vanidad y en sueño sepultada.

Y aquella libertad esclarecida

Que en donde supo hallar honrada muerte

Nunca quiso tener más larga vida.

Y pródiga del alma, nación fuerte

Contaba por afrentas de los años

Envejecer en brazos de la suerte.

Del tiempo el ocio torpe, y los engaños

Del paso de las horas y del día

Reputaban los nuestros por extraños.

Nadie contaba cuánta edad vivía,

Sino de qué manera: ni aun un hora

Lograba sin afán su valentía.

La robusta virtud era señora,

Y sola dominaba al pueblo rudo;

Edad, si mal hablada, vencedora.

El temor de la mano daba escudo

Al corazón, que, en ella confiado,

Todas las armas despreció desnudo.

Multiplicó en escuadras un soldado

Su honor precioso, su ánimo valiente,

De sola honesta obligación armado.

Y debajo del cielo aquella gente,

Si no a más descansado, a más honroso

Sueño entregó los ojos, no la mente.

Hilaba la mujer para su esposo

La mortaja primero que el vestido;

Menos le vio galán que peligroso.

Acompañaba el lado del marido

Más veces en la hueste que en la cama;

Sano le aventuró, vengole herido.

Todas matronas y ninguna dama,

Que nombres del halago cortesano

No admitió lo severo de su fama.

Derramado y sonoro el Oceáno

Era divorcio de las rubias minas

Que usurparon la paz del pecho humano.

Ni los trujo costumbres peregrinas

El áspero dinero, ni el Oriente

Compró la honestidad con piedras finas.

Joya fue la virtud pura y ardiente;

Gala el merecimiento y alabanza;

Solo se codiciaba lo decente.

No de la pluma dependió la lanza,

Ni el cántabro con cajas y tinteros

Hizo el campo heredad, sino matanza.

Y España con legítimos dineros,

No mendigando el crédito a Liguria,

Más quiso los turbantes que los ceros.

Menos fuera la pérdida y la injuria

Si se volvieran Muzas los asientos,

Que esta usura es peor que aquella furia.

Caducaban las aves en los vientos,

Y espiraba decrépito el venado:

Grande vejez duró en los elementos.

Que el vientre entonces, bien disciplinado,

Buscó satisfacción y no hartura,

Y estaba la garganta sin pecado.

Del mayor infanzón de aquella pura

República de grandes hombres, era

Una vaca sustento y armadura.

No había venido al gusto lisonjera

La pimienta arrugada, ni del clavo

La adulación fragante forastera.

Carnero y vaca fue principio y cabo,

Y con rojos pimientos y ajos duros

Tan bien como el señor comió el esclavo.

Bebió la sed los arroyuelos puros:

Después mostraron del carquesio a Baco

El camino los brindis mal seguros.

El rostro macilento, el cuerpo flaco,

Eran recuerdo del trabajo honroso,

Y honra y provecho andaban en un saco.

Pudo sin miedo un español velloso

Llamar a los tudescos bacanales,

Y al holandés hereje y alevoso.

Pudo acusar los celos desiguales

A la Italia; pero hoy de muchos modos

Somos copias, si son originales.

Las descendencias gastan muchos godos,

Todos blasonan, nadie los imita,

Y no son sucesores, sino apodos.

Vino el betún precioso que vomita

La ballena o la espuma de las olas,

Que el vicio, no el olor, nos acredita.

Y quedaron las huestes españolas

Bien perfumadas, pero mal regidas,

Y alhajas las que fueron pieles solas.

Estaban las hazañas mal vestidas,

Y aún no se hartaba de buriel y lana

La vanidad de hembras presumidas.

A la seda pomposa siciliana,

Que manchó ardiente múrice, el romano

Y el oro hicieron áspera y tirana.

Nunca al duro español supo el gusano

Persuadir que vistiese su mortaja,

Intercediendo el Can por el verano.

Hoy desprecia el honor al que trabaja,

Y entonces fue el trabajo ejecutoria,

Y el vicio gradüó la gente baja.

Pretende el alentado joven gloria

Por dejar la vacada sin marido,

Y de Ceres ofende la memoria.

Un animal a la labor nacido

Y símbolo celoso a los mortales,

Que a Jove fue disfraz y fue vestido;

Que un tiempo endureció manos reales,

Y detrás de él los cónsules gimieron,

Y rumia luz en campos celestiales,

¿Por cuál enemistad se persuadieron

A que su apocamiento fuese hazaña,

Y a las mieses tan grande ofensa hicieron?

¡Qué cosa es ver un infanzón de España

Abreviado en la silla a la jineta,

Y gastar un caballo en una caña!

Que la niñez al gallo le acometa

Con semejante munición apruebo;

Mas no la edad madura y la perfeta.

Ejercite sus fuerzas el mancebo

En frentes de escuadrones, no en la frente

Del útil bruto la asta del acebo.

El trompeta le llame diligente,

Dando fuerza de ley el viento vano,

Y al son esté el ejército obediente.

¡Con cuánta majestad llena la mano

La pica, y el mosquete carga el hombro,

Del que se atreve a ser buen castellano!

Con asco entre las otras gentes nombro

Al que de su persona, sin decoro,

Más quiere nota dar que dar asombro.

Gineta y cañas son contagio moro;

Restitúyanse justas y torneos,

Y hagan paces las capas con el toro.

Pasadnos vos de juegos a trofeos;

Que solo grande rey y buen privado

Pueden ejecutar estos deseos.

Vos, que hacéis repetir siglo pasado

Con desembarazarnos las personas

Y sacar a los miembros de cuidado,

Vos distes libertad con las valonas,

Para que sean corteses las cabezas,

Desnudando el enfado a las coronas;

Y, pues vos enmendastes las cortezas,

Dad a la mejor parte medicina:

Vuélvanse los tablados fortalezas.

Que la cortés estrella que os inclina

A privar sin intento y sin venganza,

Milagro que a la envidia desatina,

Tiene por sola bienaventuranza

El reconocimiento temeroso,

No presumida y ciega confianza.

Y si os dio el ascendiente generoso

Escudos, de armas y blasones llenos,

Y por timbre el martirio glorioso,

Mejores sean por vos los que eran buenos

Guzmanes, y la cumbre desdeñosa

Os muestre a su pesar campos serenos.

Lograd, señor, edad tan venturosa;

Y cuando nuestras fuerzas examina

Persecución unida y belicosa,

La militar valiente disciplina

Tenga más platicantes que la plaza:

Descansen tela falsa y tela fina.

Suceda a la marlota la coraza,

Y si el Corpus con danzas no los pide,

Velillos y oropel no hagan baza.

El que en treinta lacayos los divide,

Hace suerte en el toro y con un dedo

La hace en él la vara que los mide.

Mandadlo así, que aseguraros puedo

Que habéis de restaurar más que Pelayo,

Pues valdrá por ejércitos el miedo

Y os verá el cielo administrar su rayo.