94. Tristezas

Cuando recuerdo la piedad sincera

con que en mi edad primera

entraba en nuestras viejas catedrales,

donde postrado ante la cruz de hinojos

alzaba a Dios mis ojos,

soñando en las venturas celestiales;

Hoy que mi frente atónito golpeo,

y con febril deseo

busco los restos de mi fe perdida,

por hallarla otra vez, radiante y bella

como en la edad aquella,

¡desgraciado de mí! diera la vida.

¡Con qué profundo amor, niño inocente,

prosternaba mi frente

en las losas del templo sacrosanto!

Llenábase mi joven fantasía

de luz, de poesía,

de mudo asombro, de terrible espanto.

Aquellas altas bóvedas que al cielo

levantaban mi anhelo;

aquella majestad solemne y grave;

aquel pausado canto, parecido

a un doliente gemido,

que retumbaba en la espaciosa nave;

Las marmóreas y austeras esculturas

de antiguas sepulturas,

aspiración del arte a lo infinito;

la luz que por los vidrios de colores

sus tibios resplandores

quebraba en los pilares de granito;

Haces de donde en curva fugitiva,

para formar la ojiva,

cada ramal subiendo se separa,

cual del rumor de multitud que ruega,

cuando a los cielos llega,

surge cada oración distinta y clara;

En el gótico altar inmoble y fijo

el santo crucifijo,

que extiende sin vigor sus brazos yertos,

siempre en la sorda lucha de la vida,

tan áspera y reñida,

para el dolor y la humildad abiertos;

El místico clamor de la campana

que sobre el alma humana

de las caladas torres se despeña,

y anuncia y lleva en sus aladas notas

mil promesas ignotas

al triste corazón que sufre o sueña;

Todo elevaba mi ánimo intranquilo

a más sereno asilo:

religión, arte, soledad, misterio...

todo en el templo secular hacía

vibrar el alma mía,

como vibran las cuerdas de un salterio.

Y a esta voz interior que solo entiende

quien crédulo se enciende

en fervoroso y celestial cariño,

envuelta en sus flotantes vestiduras

volaba a las alturas,

virgen sin mancha, mi oración de niño.

Su rauda, viva y luminosa huella

como fugaz centella

traspasaba el espacio, y ante el puro

resplandor de sus alas de querube,

rasgábase la nube

que me ocultaba el inmortal seguro.

¡Oh anhelo de esta vida transitoria!

¡Oh perdurable gloria!

¡Oh sed inextinguible del deseo!

¡Oh cielo, que antes para mí tenías

fulgores y armonías,

y hoy tan oscuro y desolado veo!

Ya no templas mis íntimos pesares,

ya al pie de tus altares

como en mis años de candor no acudo.

Para llegar a ti perdí el camino,

y errante peregrino

entre tinieblas desespero y dudo.

Voy espantado sin saber por dónde;

grito, y nadie responde

a mi angustiada voz; alzo los ojos

y a penetrar la lobreguez no alcanzo;

medrosamente avanzo,

y me hieren el alma los abrojos.

Hijo del siglo, en vano me resisto

a su impiedad, ¡oh Cristo!

Su grandeza satánica me oprime.

Siglo de maravillas y de asombros,

levanta sobre escombros

un Dios sin esperanza, un Dios que gime.

¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena

faz, de consuelos llena,

alumbra y guía nuestro incierto paso.

Es otro Dios incógnito y sombrío:

su cielo es el vacío,

Sacerdote el error, ley el Acaso.

¡Ay! No recuerda el ánimo suspenso

un siglo más inmenso,

más rebelde a tu voz, más atrevido;

entre nubes de fuego alza su frente,

como Luzbel, potente;

pero también, como Luzbel, caído.

A medida que marcha y que investiga

es mayor su fatiga,

es su noche más honda y más oscura,

y pasma, al ver lo que padece y sabe,

cómo en su seno cabe

tanta grandeza y tanta desventura.

Como la nave sin timón y rota

que el ronco mar azota,

incendia el rayo y la borrasca mece

en piélago ignorado y proceloso,

nuestro siglo —coloso—

con la luz que le abrasa, resplandece.

¡Y está la playa mística tan lejos!...

a los tristes reflejos

del sol poniente se colora y brilla.

El huracán arrecia, el bajel arde,

y es tarde, es ¡ay! muy tarde

para alcanzar la sosegada orilla.

¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno,

a todo yugo ajeno,

que al impulso del vértigo se entrega,

y a través de intrincadas espesuras,

desbocado y a oscuras

avanza sin cesar y nunca llega.

¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano

en vano lucha, en vano

su ley oculta y misteriosa infringe.

En la lumbre del sol sus alas quema,

y no aclara el problema,

ni penetra el enigma de la Esfinge.

¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto

que tu poder no ha muerto!

Salva a esta sociedad desventurada,

que bajo el peso de su orgullo mismo

rueda al profundo abismo

acaso más enferma que culpada.

La ciencia audaz, cuando de ti se aleja,

en nuestras almas deja

el germen de recónditos dolores,

como al tender el vuelo hacia la altura,

deja su larva impura

el insecto en el cáliz de las flores.

Si en esta confusión honda y sombría

es, Señor, todavía

raudal de vida tu palabra santa,

di a nuestra fe desalentada y yerta:

—¡Anímate y despierta!

Como dijiste a Lázaro: —¡Levanta!