98. En Noche-Buena

A mis ancianos padres

I

Un año más en el hogar paterno

Celebramos la fiesta del Dios-niño,

Símbolo augusto del amor eterno,

Cuando cubre los montes el invierno

Con su manto de armiño.

II

Como en el día de la fausta boda

O en el que el santo de los padres llega,

La turba alegre de los niños juega,

Y en la ancha sala la familia toda

De noche se congrega.

III

La roja lumbre de los troncos brilla

Del pequeño dormido en la mejilla,

Que con tímido afán su madre besa;

Y se refleja alegre en la vajilla

De la dispuesta mesa.

IV

A su sobrino, que lo escucha atento,

Mi hermana dice el pavoroso cuento,

Y mi otra hermana la canción modula

Que, o bien surge vibrante, o bien ondula

Prolongada en el viento.

V

Mi madre tiende las rugosas manos

Al nieto que huye por la blanda alfombra;

Hablan de pie mi padre y mis hermanos,

Mientras yo, recatándome en la sombra,

Pienso en hondos arcanos.

VI

Pienso que de los días de ventura

Las horas van apresurando el paso,

Y que empaña el oriente niebla oscura,

Cuando aun el rayo trémulo fulgura

Último del ocaso.

VII

¡Padres míos, mi amor! ¡Cómo envenena

Las breves dichas el temor del daño!

Hoy presidís nuestra modesta cena,

Pero en el porvenir... yo sé que un año

Vendrá sin Noche-Buena.

VIII

Vendrá, y las que hoy son risas y alborozo

Serán muda aflicción y hondo sollozo.

No cantará mi hermana, y mi sobrina

No escuchará la historia peregrina

Que le da miedo y gozo.

IX

No dará nuestro hogar rojos destellos

Sobre el limpio cristal de la vajilla,

Y, si alguien osa hablar, será de aquellos

Que hoy honran nuestra fiesta tan sencilla

Con sus blancos cabellos.

X

Blancos cabellos cuya amada hebra

Es cual corona de laurel de plata,

Mejor que esas coronas que celebra

La vil lisonja, la ignorancia acata,

Y el infortunio quiebra.

XI

¡Padres míos, mi amor! Cuando contemplo

La sublime bondad de vuestro rostro,

Mi alma a los trances de la vida templo,

Y ante esa imagen para orar me postro,

Cual me postro en el templo.

XII

Cada arruga que surca ese semblante

Es del trabajo la profunda huella,

O fue un dolor de vuestro pecho amante.

La historia fiel de una época distante

Puedo leer yo en ella.

XIII

La historia de los tiempos sin ventura

En que luchasteis con la adversa suerte,

Y en que, tras negras horas de amargura,

Mi madre se sintió más noble y pura

Y mi padre más fuerte.

XIV

Cuando la noche toda en la cansada

Labor tuvísteis vuestros ojos fijos,

Y, al venceros el sueño a la alborada,

Fuerzas os dio posar vuestra mirada

En los dormidos hijos.

XV

Las lágrimas correr una tras una

Con noble orgullo por mi faz yo siento,

Pensando que hayan sido por fortuna,

Esas honradas manos mi sustento

Y esos brazos mi cuna.

XVI

¡Padres míos, mi amor! Mi alma quisiera

Pagaros hoy la que en mi edad primera

Sufristeis sin gemir, lenta agonía,

Y que cada dolor de entonces fuera

Germen de una alegría.

XVII

Entonces vuestro mal curaba el gozo

De ver al hijo convertirse en mozo,

Mientras que al verme yo en vuestra presencia

Siento mi dicha ahogada en el sollozo

De una temida ausencia.

XVIII

Si el vigor juvenil volver de nuevo

Pudiese a vuestra edad, ¿por qué estas penas?

Yo os daría mi sangre de mancebo,

Tornando así con ella a vuestras venas

Esta vida que os debo.

XIX

Que de tal modo la aflicción me embarga

Pensando en la posible despedida,

Que imagino ha de ser tarea amarga

Llevar la vida, como inútil carga,

Después de vuestra vida.

XX

Ese plazo fatal, sordo, inflexible,

Miro acercarse con profundo espanto,

Y en dudas grita el corazón sensible:

«Si aplacar al destino es imposible,

¿Para qué amarnos tanto?»

XXI

Para estar juntos en la vida eterna

Cuando acabe esta vida transitoria:

Si Dios, que el curso universal gobierna,

Nos devuelve en el cielo esta unión tierna,

Yo no aspiro a más gloria.

XXII

Pero en tanto, buen Dios, mi mejor palma

Será que prolonguéis la dulce calma

Que hoy nuestro hogar en su recinto encierra:

Para marchar yo solo por la tierra

No hay fuerzas en mi alma.