99. Restitución

Estas pobres canciones que te consagro,

En mi mente han nacido por un milagro.

Desnudas de las galas que presta el arte,

Mi voluntad en ellas no tiene parte:

Yo no sé resistirlas ni suscitarlas;

Yo ni aun sé comprenderlas al formularlas;

Y es en mí su lamento, sentido y grave,

Natural como el trino que lanza el ave.

Santas inspiraciones que tú me envías,

Puedo decir, esposa, que no son mías:

Pensamiento y palabra de ti recibo:

Tú en silencio las dictas; yo las escribo.


Desde que abandonaste nuestra morada,

De la mortal escoria purificada,

Transformado está el fondo del alma mía,

Y voces oigo en ella que antes no oía.

Todo cuanto, en la tierra y el mar y el viento,

Tiene matiz, aroma, forma o acento,

De mi ánimo abatido turba la calma

Y en canción se convierte dentro del alma.

Y es que, en estas tinieblas donde me pierdo,

Todo está confundido con tu recuerdo:

¡Sin él, todo es silencio, sombra y vacío

En la tierra y el viento y el mar bravío!


Revueltos peñascales, áspera breña

Donde salta el torrente de peña en peña;

Corrientes bullidoras del claro río;

Religiosos murmullos del bosque umbrío;

Tórtola que en sus frondas unes tus quejas

Al calmante zumbido de las abejas;

Águila que levantas el corvo vuelo

Por el azul espacio que cubre el cielo;

Golondrina que emigras cuando el Octubre,

Con sus pálidas hojas el suelo cubre,

Y al amor de tu nido tornas ligera

Cuando esparce sus flores la primavera;

Aura mansa que llevas, en vuelo tardo,

Efluvios de azucena, jazmín y nardo;

Brisas que en el desierto sois mensajeras

De los tiernos amores de las palmeras

(¡De las pobres palmeras que, separadas,

Se miran silenciosas y enamoradas!);

Pardas nieblas del valle, nieves del monte,

Cambiantes y vislumbres del horizonte;

Tempestad que bramando con ronco acento

Tus cabellos de lluvia tiendes al viento;

Solitaria ensenada, restinga ignota

Donde oculta su nido la gavïota;

Olas embravecidas que pone a raya

Con sus rubias arenas la corva playa;

Grutas donde repiten con sordo acento

Sus querellas y halagos la mar y el viento;

Velas desconocidas que en lontananza

Pasáis como los sueños de la esperanza;

Nebuloso horizonte, tras cuyo velo

Sus límites confunden la mar y el cielo;

Rayo de sol poniente que te abres paso

Por los rotos celajes del triste ocaso;

Melancólico rayo de blanca luna

Reflejado en la cresta de escueta duna;

Negra noche que dejas de monte a monte

Granizado de estrellas el horizonte;

Lamento misterioso de la campana

Que en la nocturna sombra suena lejana,

Pidiendo por ciudades y por desiertos

La oración de los vivos para los muertos;

Plegaria que te elevas entre la nube

Del incienso que en ondas al cielo sube

Cuando al Señor dirigen himnos fervientes

Santos anacoretas y penitentes:

Catedrales ruinosas, mudas y muertas,

Cuyas góticas naves hallo desiertas,

Cuyas leves agujas, al cielo alzadas,

Parecen oraciones petrificadas;

Torres donde, por cima de la veleta

Que a merced de los vientos se agita inquieta,

Señalando regiones que nadie ha visto

Tiende inmóvil sus brazos la fe de Cristo:

Luces, sombras, murmullos, flores, espumas,

Transparentes neblinas, espesas brumas,

Valles, montes, abismos, tormentas, mares,

Auras, brisas, aromas, nidos y altares,

Vosotras en el fondo del alma mía

Despertáis siempre un eco de poesía:

Y es que siempre a vosotros encuentro unido

El recuerdo doliente del bien perdido.

Sin él, ¿qué es la grandeza, qué es el tesoro

De la tierra y el viento y el mar sonoro?


Ya lo ves: las canciones que te consagro,

En mi mente han nacido por un milagro.

Nada en ellas es mío, todo es don tuyo:

Por eso a ti, de hinojos, las restituyo.

¡Pobres hojas caídas de la arboleda,

Sin su verdor el alma desnuda queda!

Pero no, que aún te deben mis desventuras

Otras más delicadas, otras más puras:

Canciones que, por miedo de profanarlas,

En el alma conservo sin pronunciarlas;

Recuerdos de las horas que, embelesado,

En nuestro pobre albergue pasé a tu lado,

Cuando al alma y al cuerpo daban pujanza

Juventud y cariño, fe y esperanza;

Cuando, lejos del mundo parlero y vano,

Íbamos por la vida mano con mano;

Cuando, húmedos los ojos, juntas las palmas,

En una se fundían nuestras dos almas:

Canciones silenciosas que el alma hieren;

Canciones que en mí nacen y que en mí mueren;

¡Hechizadas canciones, con cuyo encanto

A mis áridos ojos se agolpa el llanto!

Y aun a veces aplacan mis amarguras

Otras más misteriosas, otras más puras:

Canciones sin palabra, sin pensamiento,

Vagas emanaciones del sentimiento;

Silencioso gemido de amor y pena

Que, en el fondo del pecho, callado suena;

Aspiración confusa que, en vivo anhelo,

Ya es canción, ya plegaria que sube al cielo;

Inquietudes del alma, de amor herida;

Vagos presentimientos de la otra vida;

Éxtasis de la mente que a Dios se lanza;

Luminosos destellos de la esperanza;

Voces que me aseguran que podré verte

Cuando al mundo mis ojos cierre la muerte:

¡Canciones que, por santas, no tienen nombres

En la lengua grosera que hablan los hombres!

Esas son las que endulzan mi amargo duelo;

Esas son las que el alma llaman al cielo;

Esas de mi esperanza fijan el polo,

¡Y esas son las que guardo para mí solo!