PALMERÍN DE INGLATERRA


¶ Libro del muy eſforçado Cauallero Palmerín de inglaterra hijo del rey dõ Duardos: y de ſus grandes proezas: y de Floriano del desierto ſu hermano: con algunas del príncipe Florendos hijo de Primaleon. Impreſſo Año.M.D.xlvij.

CAPÍTULO PRIMERO

LA FLORESTA ENCANTADA

Saliendo un día don Duardos, príncipe de Inglaterra, a monte a la floresta del Desierto, llevando consigo a Flérida, su joven esposa, hija del emperador de Grecia Palmerín, mandó asentar sus tiendas en un verde prado, junto de una ribera que por allí corría, que con sus corrientes y claras aguas consolaba los corazones tristes.

No pasó mucho tiempo después que allí llegaron, que hacia la parte do la floresta se hacía mayor, comenzó a sonar la vocería de los monteros, e yendo don Duardos hacia aquella parte, vió un puerco grande, que, acosado de los perros, trasponía por un recuesto; mas él, fiándose en la ligereza de su caballo, le siguió de manera que en pequeño trecho le alcanzó de vista y los suyos le perdieron a él. Los que seguían a don Duardos fueron por el rastro en cuanto la claridad del día les duró; mas como les fué faltando, la escuridad les hizo desatinar de manera que perdieron el rastro.

Don Duardos, enlevado en el gusto de la caza y olvidado de cualquier peligro que de allí se pudiese suceder, siguió tanto tras el puerco, hasta tanto que el caballo de cansado no se podía menear; entonces se apeó dél, y quitándole el freno, le dejó pacer de la yerba para que tomase algún esfuerzo, y se acostó al pie de un árbol pensando dormir algún poco; mas viniéndole a la memoria con cuánta pena Flérida estaría por su tardanza, nunca pudo reposar, pasando en esto y en otras imaginaciones hasta la mañana.

Al otro día, caminó hacia aquella parte que a su parecer su gente quedara; mas su camino era tan apartado, que cuanto más caminaba, más se alongaba della, y desta manera anduvo hasta tanto que el sol se quería poner, que se halló en un campo verde, cubierto de deleitosos árboles, tan altos, que parecían tocar las nubes; por medio dellos pasaba un río de tanta agua, que en nenguna parte parecía haber vado, y tan clara, que quien por junto a la orilla caminaba podía contar las guijas blancas que en el suelo parecían; y como la tarde fuese serena, y los árboles con gracioso aire se meneasen, juntamente con el cantar de las aves de que los árboles estaban poblados, caminó por el río abajo tan transportado y desacordado de sí, que soltando las riendas al caballo, le guió para aquella parte para donde su fortuna le tenía ordenado, y así anduvo tanto, hasta que le puso al pie de una torre que en medio del río, encima de una gran puente estaba edificada, bien obrada y fuerte, y allende desto muy hermosa para mirar de fuera y mucho más para recelar los peligros de dentro; la entrada della, así de la una parte como de la otra, era por la puente, la cual era tan ancha, que se podían combatir en ella cuatro caballeros. Don Duardos, recordando de su desacuerdo, y viendo la novedad del castillo y fortaleza dél, llamó a unas aldabas de hierro que en la puerta estaban.

No tardó mucho que en las almenas se paró un hombre, que, por lo ver desarmado, le fué luego a abrir. Al cual preguntó cúyo era aquel castillo. El portero le respondió que subiese arriba, que allá se lo dirían, y como su corazón no temió los peligros antes que los viese, perdido todo temor, entró en el patio, y de ahí subió a una sala, donde fué recebido de una dueña, que en su presencia representaba ser persona de merecimiento. Don Duardos, después de hacelle la cortesía que le pareció necesaria, le dijo:

—Señora, estoy tan espantado de lo que aquí veo, que quería saber de vos quién sois y cúya es esta casa tan encubierta a todos y tanto para no encubrirse a nenguno.

La dueña le tomó por la mano, y le llevó a una ventana que sobre el río caía, diciendo:

—Señor don Duardos, la fortaleza y el dueño della está toda a vuestro servicio; reposá aquí esta noche, que por la mañana sabréis lo que deseáis.

No tardó mucho que llamaron a cenar, siendo tan bien servido como lo pudiera ser en casa del rey su padre; de ahí le llevaron a una cámara, donde había de dormir, en la cual estaba una cama tan bien obrada e rica, que parecía más para ver que para ocuparla en aquello para que fué hecha. Don Duardos se acostó, espantado de lo que vía; aunque pensar en Flérida no le dejase descansar, el trabajo pasado le hizo bien dormir. La señora del castillo, que no esperaba otra cosa, viéndole vencido y ocupado del sueño, mandó a una doncella, que en la cámara entró, tomar la su muy rica espada que traía siempre consigo, que la tenía a la cabecera, y después de tomada, sintiendo que su deseo podía venir a lo que siempre deseara, dijo a otra:

—Di a mi sobrino que venga, que con menos trabajo de lo que pensamos puede tomar venganza de la muerte de su padre, pues en nuestro poder está éste, que es nieto y yerno de aquel que le mató.

En esto bajó de lo más alto de la torre un gigante mancebo, acompañado de algunos hombres armados, y entró dentro en la cámara así acompañado, diciendo:

—¡Don Duardos, don Duardos! —en alta voz—: con menos reposo que eso habías de estar en esta casa.

Don Duardos recordó a sus voces; queriendo tomar su espada, no la halló. Entonces el gigante le mandó prender, sin él poderse resestir, que sólo con el corazón, sin otras armas, le tomaron; de ahí le llevaron a una torre en lo más alto de la fortaleza, adonde, cargado de hierro, le dejaron con intención de nunca soltalle. Cuando don Duardos se vió solo y así tratado, con ira que de sí mesmo tenía, comenzó a decir palabras de tanto dolor y lástima, que nenguno lo pudiera oír que no la hubiera dél.

¿Qué motivo había para que tan preclaro caballero fuera tratado de este modo? Dice la historia que en el tiempo en que Palmerín de Oliva, antes de ser emperador de Grecia y padre de Flérida, había estado en la corte del rey de Inglaterra, abuelo de don Duardos, como caballero andante, había libertado en brava pelea a la reina y su hija, que eran llevadas prisioneras por el temido gigante Franaque, el cual, por mano de Palmerín, había quedado muerto en el campo de batalla.

Este Franaque tenía una hermana, muy gran sabidora en las artes de encantamento, llamada Eutropa, que en su tiempo pasó a todas las personas que de aquel arte sabían. Y sabiendo la triste nueva de aqueste su hermano, tomando en sus brazos un pequeño hijo que le quedaba, que tenía por nombre Dramusiando, con grandes llantos lloraba la muerte de su padre, prometiendo que, con sus artes y con las fuerzas de aquel niño, tomaría tal venganza del que lo mató y de todos los que de su linaje pudiese haber, que quedase dello perpetua memoria. Pasados los días del ímpetu de su pasión, quísose proveer como sabía en aquello que vió que era menester para su guarda; y haciendo de nuevo aquel castillo en que don Duardos fué preso, se metió en él con toda su familia, fortificándole todo lo que más pudo; y no se confiando desto, encantó de tal suerte toda aquella floresta al derredor, que ninguna persona podía entrar dentro si no fuese por su voluntad. En este castillo crió su sobrino hasta edad de ser caballero, el cual, como tuviese edad y entendimiento, y tuviese el ánimo muy grande, supiendo la muerte de su padre, el esfuerzo de su ánima le provocaba a ir por el mundo a vengar su muerte; mas Eutropa se lo impidió siempre, diciendo que viviese contento, que ella le prometía de le traer a su poder en quién pudiese tomar muy cruel venganza.

CAPÍTULO SEGUNDO

LOS MELLIZOS DE FLÉRIDA

Estando Flérida en la Floresta del Desierto, que quedara con sus damas junto con la ribera folgando y cogiendo de las flores de que el campo está cubierto, que esto era en el mes de mayo tiempo en el cual ellas tienen su gracia, esperó a don Duardos hasta las horas que le pareció que debía venir, y viendo que tardaba, comenzó de entristecerse, anunciándole el corazón el desastre. Allegada la noche, parecióle más escura a Flérida de lo que de su natural lo podía ser; ninguna consolación la podía alegrar; los monteros acudían y su don Duardos no venía; Flérida no durmió en toda la noche, porque siempre en estos casos el cuidado vence el sueño.

Ya que la mañana esclarescía, el duque de Galez mandó a toda aquella gente que, repartidos, corriesen toda la floresta y mirasen si lo hallarían, y tornasen allí con el recaudo, porque Flérida tenía ordenado no hacer de allí mudanza hasta saber lo que dél era hecho. Pridos, hijo del duque, primo de don Duardos y muy grande amigo suyo, se metió por lo más espeso de la montaña, contra aquella parte do la mar batía, lo anduvo revolviendo todo, e ya desconfiando de le hallar, creyendo que de las alimañas bravas de que aquella montaña era poblada lo matarían por ir desarmado, tornóse tan triste que, desacordado de sí, con los ojos llenos de agua, las riendas sueltas sobre el cuello del caballo, haciendo muy grandes lástimas por aquellas muy grandes concavidades que la mar tenía hechas, y retumbando dentro el tono con que las decía, parecía que le ayudaban a sentir su pasión con aquellas mismas palabras que él mismo se quejaba.

No tardó mucho que por la ribera de aquella playa vió venir una doncella encima de su palafrén muy negro, vestida de la mesma color. Llegándose a Pridos, le tomó por la rienda, diciendo:

—Señor caballero, esforzad, que esa gran tristeza no puede guarecer a lo que buscáis. Sabed que don Duardos es vivo, puesto que no está en su libertad, ni saldrá tan presto de la prisión en que lo tienen; decid a Flérida que se consuele, y que tenga por muy cierto que esto todo vendrá a muy buen fin. Porque la soledad que agora comenzará a sentir se le tornará en mayor alegría.

Aun bien no acababa de decir estas palabras, cuando, dando del azote al palafrén, ella y él desaparecieron.

Pridos tornó con esta nueva donde Flérida estaba, la que, puesto que con ella le certificaba don Duardos ser vivo, quedó más triste de lo que antes estaba.

Y como pocas veces una pasión venga sola, con este acidente le dieron dolores de parto, y porque también ya el tiempo era llegado, sin mucho trabajo parió dos hijos, tan crecidos y hermosos que en aquella primera hora parecía que daban testimonio de lo que después hicieron. Las damas los tomaron, y envolviéndolos en ricos paños, se los presentaron delante, creyendo que con la vista dellos mitigaría la pena; Flérida los tomó en sus brazos con amor de madre; con palabras de mucha lástima decía:

—¡Oh hijos sin padre! ¡Cuánto más próspero pensé que vuestro nacimiento fuera! Mas en lugar de las fiestas que él para entonces aparejaba, yo moriré con este dolor y vosotros quedaréis sin él y sin mí y sin edad para sentir tan gran pérdida.

Luego un capellán, que allí estaba, los bautizó. Pusieron nombre al que nació primero Palmerín, que después se llamó de Inglaterra, y al segundo Floriano del Desierto, así por que la floresta en que naciera se llamara del Desierto, como por ser en tiempo que el campo estaba cubierto de flores. Acabado de bauptizar, les dió de mamar, así de la leche de sus pechos como de las lágrimas de sus ojos, porque las que ella vertía eran tantas, que, corriendo por sus mejillas, iban a parar a aquel lugar donde todo se juntaba.

Dice la historia que, estando en esto, llegó hacia aquella parte un salvaje que en aquella montaña vivía. Este se mantenía de la caza de las alimañas que mataba, vestíase de los pellejos dellas, y traía dos leones atados por una trabilla, con los cuales cazaba. Y viniendo aquel día allí, metido entre unas matas espesas, vió el nacimiento de aquellos infantes, y usando de lo que su inclinación brutal le inclinaba, determinó cebar sus leones en aquellas inocentes carnes, porque en todo el día no había cazado, y saliendo de súpito al campo, los que en él estaban, con el miedo, desmampararon a Flérida, escondiéronse entre las matas. El duque de Galez, que muy viejo era y estaba desarmado, no pudo defender que el salvaje no tomase a los niños debajo del brazo, y caminando contra la cueva, se fué sin hacer más daño. Flérida quedó tal, que perdido el sentido no se acordaba de cosa ninguna; perdida la calor natural, parecía más muerta que viva; mas tomando algún tanto en sí por las palabras que le decían, comenzó otro planto de nuevo, deseando mil veces la muerte, porque sólo en ella se halla reposo de todos los males.

CAPÍTULO TERCERO

DESIERTO Y PALMERÍN

Aqueste salvaje, después de haber tomado aquellos infantes, anduvo tanto hasta llegar adonde tenía la cueva, y hallando a la entrada della a su mujer, que le estaba esperando con un niño en los brazos, el cual era hijo de entrambos, que sería de edad de hasta un año; allí le dió la caza que traía, diciendo que en todo el día no había podido hallar otra, y que de aquella cenarían los leones; mas como las mujeres de su natural son inclinadas a piedad, túvola tamaña de aquellas vidas inocentes, que no quiso consentir lo que su marido traía ordenado; antes, tomando de otra carne, les dió de comer y a los chiquitos de mamar, con tan grande amor como a su hijo propio; y con esto los crió a la leche de sus pechos hasta que la edad los enseñó a sustentar de otro mantenimiento.

Entre tanto, el rey de Inglaterra, Fadrique, padre de don Duardos, en el gran dolor de lo ocurrido a su hijo y nietos, envía un embajador a Constantinopla para hacerlo saber al anciano emperador de Grecia. Llega éste a la ciudad al tiempo en que se celebran grandes fiestas con motivo del nacimiento de Polinarda, nieta del emperador, hija de Primaleón el hermano de Flérida. Al momento son suspendidos los festejos, y el emperador Palmerín, muy alterado con tales nuevas, retírase a sus habitaciones. Mas el príncipe Primaleón, que grandes obligaciones debe a su cuñado don Duardos, dejando a su amada esposa Gridonia y a su recién nacida hija, toma sus armas y se pone secretamente en camino para lograr la libertad del prisionero. Lo mismo van haciendo los más famosos caballeros de la corte del emperador; y cuando la noticia de la pérdida de don Duardos se extiende por las de Francia, España, Alemania y otras tierras, no hay caballero que quiera ser el último en salir en su demanda.

Aquí deja la historia de hablar dello, y torna a los infantes, que la mujer del salvaje criaba con tanto amor como a sus propios hijos; así como iban creciendo se hacían tan hermosos y bien dispuestos, que parecían de mayor edad de lo que entonces eran: su ejercicio era cazar, siendo en ello tan diestros, que casi tenían despoblada la mayor parte de aquélla floresta de las alimañas que en ella había; y el que mayor montero y más gusto de cazar llevaba era Floriano del Desierto, en cuya compañía los leones siempre andaban; traía un arco con muchas flechas, y salió tan singular flechero, que el salvaje no le igualaba con mucha parte; en esta vida continuaron hasta edad de diez años, en el fin de los cuales, un domingo por la mañana, Floriano se salió solo con sus leones por la trabilla, como algunas veces lo acostumbraba, por ver si mataría alguna caza, y andando todo el día a una parte y a otra sin hallar ninguna, al tiempo que el sol se quería poner, vió en una mata estar un venado muy grande, y adonde le tiró, y le dió con tanta fuerza que lo atravesó de la otra parte; mas el ciervo, que se sintió herido, se levantó con tan gran priesa, que los leones, a quien Floriano soltó la trabilla, no le pudieron alcanzar, antes corriendo ellos tras el venado y él tras ellos se desviaran tanto de la cierva, que Floriano perdió el tino della y a los leones de vista, andando toda la noche dando voces por ver si acudirían; y caminó tanto hacia donde le pareció que la cierva estaba, que fué a parar al propio lugar adonde naciera, que era allí cerca, y asentóse al pie de una fuente que allí estaba; no tardó mucho que por el mesmo camino hacia la fuente vió un caballero encima de un caballo bayo, las riendas caídas sobre el cuello del caballo, y él tan triste de su cuidado que parecía que nenguna cosa sentía; tanto que llegó a la fuente, con el detenimiento que el caballo hizo en beber, tornó en sí, y viendo a Floriano, fué en él el sobresalto tan grande como si viera a don Duardos; porque éste se parecía mucho a él; preguntándole cúyo hijo era, Floriano le dió la cuenta de lo que sabía; el caballero le rogó que se fuese con él para Londres, y que le llevaría al rey, que le criaría y le haría mercedes.

Este caballero era el esforzado Pridos, que, cansado de correr todo el mundo en busca de don Duardos sin hallar ningunas nuevas, se tornaba para Londres, y tomando a Floriano consigo, le llevó a la corte, adonde del rey fué recebido como persona a quien mucho amaba, y le ofreció aquel doncel vestido de pieles de alimañas, con quien el rey fué tan alegre como si supiera ser aquél su nieto. Y tomándole por la mano, se fué adonde la reina y Flérida estaban, mostrando nuevo contentamiento, y puestos los ojos en Flérida, le dijo:

—Señora, vedes aquí el fruto que Pridos sacó de su tardanza; este doncel, tan parecido a mi hijo y a vuestro don Duardos, que me hace creer que puede tener algún deudo con él.

Flérida, a quien la naturaleza ayudase a conocelle, tomóle en los brazos con entero amor de madre, y pidiéndoselo al rey que se lo diese para su servicio, quiso que tuviese por nombre Desierto, sin saber que aquél era con el que naciera. Desta manera el infante Desierto se crió sirviendo a su mesma madre, sin ella ni él saber el mucho parentesco que entre ellos había.

Aquel día que el infante del Desierto salió a cazar, el salvaje esperó hasta la noche, y viendo que no venía él, ni los leones tampoco, comenzó de entristecerse, y gastando las horas del sueño en pensamientos que se le hacían perder, estuvo hasta otro día, que los leones llegaron ensangrentados de la sangre del venado que mataron; mas él que los vió sin su guardador, los mató, sin se le acordar la pérdida que en hacello recibía. Mas Palmerín se tornó tan triste que ninguna cosa le podía contentar, pasando el tiempo en irse a pasar su soledad riberas de la playa donde la mar batía. Tanto continuó esto, que una vez vió venir a la costa una galera, y llegando hacia aquella parte do Palmerín estaba, el capitán mandó poner la proa en tierra, hallando aquellos donceles, porque también Selvián, el hijo del salvaje, estaba en la compañía de Palmerín; espantado del parecer de entramos y de la manera de su traje, después de estar algún rato platicando, puso en su voluntad de llevarlos consigo por fuerza, si de otra manera no quisiesen; mas Palmerín no hubo menester muchas palabras, porque su naturaleza le inclinaba a no se contentar de aquella vida.

Entonces, entrando en la galera, el capitán hizo su camino como de antes llevaba; en esto continuaron tantos días, volviendo la costa de España y travesando la de Levante, tanto que un día en la tarde allegaron al gran puerto de Constantinopla, que en aquel tiempo era poblada de voluntades tan tristes como en otro tiempo lo era de invenciones alegres y días contentos.

El esforzado Polendos, rey de Tesalia, que era el capitán de la galera que venía de correr y atravesar todos los mares, así Océano como Mediterráneo, sin hallar ninguna nueva de Primaleón ni de don Duardos, dió cuenta al emperador de las tierras que anduvo y de lo poco que en aquella demanda hiciera, de lo cual el emperador quedó muy descontento. Polendos le presentó el hermoso infante, con quien fué algún tanto consolado, pareciéndole que tan fermosa cosa había de traer consigo algo que diese contentamiento a quien le había menester, y llamando a un duque, lo mandó llevar a Gridonia, para que sirviese a su hija Polinarda, que ya en aquel tiempo comenzaba a ser tan hermosa que se creía que su madre y agüela no lo fueron tanto como ella en el tiempo que florecían.

La emperatriz y Gridonia lo recibieron con aquella voluntad que una persona inocente y cosa tan bella se había de recebir; y así comenzó a servir a Polinarda, hija de Primaleón y de Gridonia, con tan aparejado deseo, que le puso después en muchas afrentas, de las cuales nunca pensó salir.

No tardó mucho que por la puerta del palacio entró una doncella, la cual había venido en un palafrén blanco; traía vestida una ropa a la francesa, de invención nueva, bordada de trozos de oro, los cabellos echados a las espaldas, tomados con un muy rico prendedós, y allegando al estrado, sacó una carta del seno, y haciendo el acatamiento que a tan gran príncipe era necesario, se la metió en la mano. El emperador la mandó leer alto, en la cual decía: “A ti, el invictísimo e muy famoso Palmerín, emperador de Grecia: yo, la dueña señora del Lago de las Tres Hadas, te hago saber que el doncel que hoy te fué traído, de entrambas partes deciende de los más poderosos reyes cristianos que hay en el mundo; por tanto, tratalde como a gran príncipe, porque, en el tiempo que tu corona e imperial estado estuviere en el más bajo asiento de la fortuna, le tornará en la más alta grandeza que nunca fué, y por él serán restituídos en alegría los dos más afortunados príncipes que ahora están sin ella.”

El emperador se fué para la emperatriz, mostrándola la carta; haciendo venir delante de sí al hermoso doncel, platicando con él algunas cosas quiso que hobiese por nombre Palmerín, no sabiendo que allende de ponerle aquel nombre, le tenía dende su nacimiento. Mas la emperatriz y Gridonia tenían por tan gran pérdida no saber ninguna nueva de Primaleón, que ningún placer otro las podía hacer olvidar este cuidado.

CAPÍTULO CUARTO

PRIMALEÓN

El gigante Dramusiando, tanto que tuvo a don Duardos en su prisión, supo de su tía Eutropa que a su fortaleza vendría un caballero que le prendería o le mataría a él; y porque tenía sus cosas por ciertas vivía con tanto cuidado, que esto le hacía usar de mayores cautelas de lo que hasta allí hacía; y como entonces la fama de los temidos gigantes Daligán de la Escura Cueva y del temido Pandaro fuese tan sonada que sólo con los nombres hacían espanto, tuvo manera que con grandes promesas los trujo para fortalecer su castillo, ordenando que cada uno de los que allí viniesen a la entrada de la puerta justase primero con don Duardos, y a la salida della hobiesen batalla con el temido Pandaro y venciéndole se combatiesen con Daligán de la Escura Cueva; y siendo el caballero tal que todas estas afrentas pasase a su honra, que hobiese batalla con el mesmo Dramusiando, que era tal, que si no fuera por las palabras de su tía, bien creyera que ninguna ayuda le era necesaria para defender su castillo y ofender a cuantos a él viniesen.

Una tarde aportó en aquel valle el muy esforzado príncipe Primaleón, cansado de las muchas aventuras que por él pasaron y muy triste porque ninguna della fué tal que le diesen nuevas de don Duardos. Venía en un caballo morcillo, vestido de armas de verde y leonado, trayendo ocupados los ojos en la suavidad que aquellos árboles y corrientes de aguas hacían a quien a vista della caminaba; y así allegó a la puente al tiempo que don Duardos acababa de enlazar el yelmo y de tomar una gruesa lanza; estaba en un hermoso caballo alazán del gigante, armado de armas negras sembradas de fuegos, en el medio dellas unos corazones que ardían; en el escudo, en campo negro, la tristeza, puesta por tal arte, que ella misma enseñaba su nombre a quien no la conocía. Primaleón, que así le vió, le dijo:

—Señor caballero, ¿no daréis licencia a quien desea ver esa fortaleza que lo pueda hacer sin pasar por la furia de vuestras manos?

—La costumbre de la entrada os diré —dijo don Duardos—, y es que habéis de justar conmigo; y si me venciéredes, pasares por otros peligros dudosos, y entonces podréis ver lo que deseáis.

Dicho esto, apartándose lo necesario se encontraron con tanta fuerza, que las lanzas volaron en menudas piezas; y tomando otras dos lanzas muy más gruesas que las otras, pasaron la segunda y tercera y cuarta carrera sin ninguno llevar ventaja; mucho se espantaron de la fortaleza uno del otro, mas a la quinta se toparon de los cuerpos con tanta fuerza, que juntamente vinieron al suelo; mas como en entramos hobiese tanto ánimo, luego se levantaron. Primaleón, con gran coraje de se ver así caer, echó mano a su espada, y embrazando su escudo se vino para don Duardos. Mas don Duardos, como hobiese probado muchos caballeros y ninguno tanto le había durado en la silla como aquél y le había así derocado, púsole luego en muy gran sospecha lo que podría ser y oyéndole hablar conoció verdaderamente ser aquel que había pensado, y apartándose afuera, le dijo:

—Señor Primaleón, yerro sería pensar ninguno que en ninguna cosa se puede igualar con vos.

Primaleón le conoció en la habla, y dejando la espada le fué abrazar, mas en esto abrieron las puertas y Pandaro le llamó que se recogiese, que Dramusiando lo mandaba. Así que no tuvo tiempo para más que decille que se iba a su prisión. Primaleón se fué tras él, y a la entrada de la puerta el gigante le recibió armado de hojas de acero, de que todo venía cubierto; en la mano derecha traía una maza de hierro pesada y en la otra traía un escudo, cercado de arcos del mismo metal, diciendo:

—Agora quiero ver si esfuerzo o maña os salvan de mis manos.

—Mayor detenimiento —dijo Primaleón— sería querer responderte lo que esas palabras locas merecen que quebrar la soberbia con que son dichas.

Mas Pandaro bajaba ya con un golpe tal, que el escudo de Primaleón, en que dió, fué hecho piezas, de que quedó muy poco contento por no tener con qué se cubrir en tiempo de tanta necesidad, y tornándole con otro, tomó al gigante en descubierto por una pierna, con tanta fuerza que, no le valiendo las armas, le cortó gran parte della, de que Pandaro quedó tan lisiado que casi no se podía tener en ella, y acudiéndole con otros tan a menudo que lo hacía desatinar, y con tanta desenvoltura que ninguno que el gigante diese aprovechaba, que todos se los hacía perder. Dramusiando, que los miraba a una ventana, juntamente con don Duardos, le preguntó quién era aquel caballero; él se lo dijo con asaz tristeza por ver el estado en que su amistad le había traído, de que Dramusiando en saberlo quedó del todo contento. Pues tornando a la batalla, el temido Pandaro echó el escudo a las espaldas, y tomando la maza con dos manos, se fué contra su enemigo, hiriéndole con tanta fuerza, que allí fuera el fin de sus días si tan bien no se guardara, dándole luego el pago con golpes más ciertos, de que la maza con cuatro dedos de la mano cayó en el suelo. Pandaro se quiso abajar por ella, mas él le dió de las manos tan recio que dió con él en el suelo casi sin acuerdo, e quiriéndole meter la espada por la visera del yelmo, vió sobre sí aquel espantoso Daligán de la Escura Cueva, que le dixo:

—A mí, a mí, caballero, que no a quien ya no se puede defender.

Primaleón, que vió tal contrario delante de sí, viendo que no tenía con qué resistiese sus fuertes golpes, se abrazó por el escudo de Pandaro, y cubriéndose con él, que muy pesado era, comenzaron entre sí otra batalla, tal que la primera, en comparación de ésta, parecía nada, porque como el gigante viniese holgado y fuese de los más fuertes del mundo, y como a Primaleón viniese a la memoria que en aquella fortaleza estaba don Duardos preso, peleaba tan animosamente que el patio por donde andaban estaba lleno de sangre que de entramos salía, puesto caso que el gigante andaba peor por la ligereza de Primaleón, que se le defendía trayéndole ya el escudo tan deshecho que no tenía con qué se amparar; y desta manera anduvieron en la batalla la mayor parte del día, trayendo cada uno tales heridas que el desfallecimiento de sangre que dellos salía hacía los golpes ser de menos fuerza; en este tiempo fué el gigante tan congojado y ahogado del trabajo de las armas que cayó como si fuera muerto. Primaleón, que así lo pensó, se sentó sobre un poyo, tan cansado de lo mucho que había hecho, que no podía menearse. Dramusiando, que vió el fin de la batalla, bajaba al patio al tiempo que Primaleón quería subir allá riba. Dramusiando le dijo:

—Caballero, si quisiésedes haber duelo de vos, bien sería que os rindiésedes a mí y curaran de vuestras heridas, ganadas con tanta honra y que os ponen la vida en tanto peligro.

Negóse a ello Primaleón, y entonces el gigante arremetió a él con la espada alta, dándole tales golpes, que le hacía revolver a todas partes; Primaleón comenzóse a defender lo mejor que pudo, que para ofendello otro reposo le fuera necesario; la batalla fué entre ellos tal, que hacía olvidar las pasadas; mas los golpes del gigante eran tales, que adonde alcanzaban hacían tanto daño que las armas no lo podían resistir; y viendo la bondad de Primaleón, pesábale tanto velle morir, que, quitándose afuera, le dijo:

—Ce, caballero, agora conocerás que más con voluntad de favorecer tus heridas que con miedo de tus fuerzas te cometí que dejases la batalla; vee si lo quieres hacer, si no esta espada será castigo de tu locura, porque la vida no se ha de dejar a quien della no se contenta.

Primaleón, poniendo los ojos en sí, y viendo sus armas rotas y así herido de muchas heridas, vinósele a la memoria su Gridonia, y con una soledad triste comenzó a sentir lo que ella dél sentiría; y dijo consigo mesmo:

—Señora, hoy es el postrero día que vuestros cuidados me pueden dar que pensar; yo moriré en esta batalla, y ninguno dirá que con temor de la muerte perdí nada de mi honra. ¡Oh emperador Palmerín, cuán mal agora sabes el poco descanso que para tu edad te aparejo! ¡Oh mi señora Gridonia, este es el bien que la fortuna a vos y a mí tenía guardado! Mas agora ¿por qué no me acuerdo que en vuestro nombre cometí tan grandes cosas como ésta, y que en ellas quedé siempre con vitoria?

Y estas palabras le pusieron tamaño esfuerzo, que casi no sintiendo las heridas que tenía, se fué contra él gigante, diciendo:

—Haz lo que pudieres, trabaja por defenderte, porque si hasta aquí peleaste comigo, agora con otras fuerzas y otro hombre te combates.

Y el gigante se fué a él, y comenzaron esta batalla tan diferente de las pasadas que don Duardos se espantaba de lo que vió, que a su parecer era la cosa más notable del mundo, en la cual anduvieron tanto que Dramusiando fué puesto en recelo de ser vencido, porque los golpes de Primaleón no parecían de hombre tan mal herido; mas como los del gigante no tuviesen resistencia, porque no tenía armas ni escudo con que se cubrir, fué puesto en tanta flaqueza, que casi no tenía fuerzas para sostener el espada, y lo que hacía era lo que el corazón le prestara, y ésta, como fuese sola y sin tener otra ayuda, dió con su señor en el suelo más muerto que vivo, con gran placer del gigante, y así como estaba le mandó llevar al aposento de don Duardos para que fuese curado, y primero que entendiese en la cura de su persona le hizo curar, porque, como se dijo, este Dramusiando fué el hombre que más deseó conservar la vida de los buenos caballeros que hubo en el mundo, por el poco temor que los tenía.

CAPÍTULO QUINTO

EL TORNEO

Tanto tiempo el infante Palmerín se crió en casa del emperador de Grecia su agüelo, que ya era en edad para ser caballero, y tan amado y estimado de todos por sus buenas costumbres, como después fué temido de sus enemigos por su persona; y como él desease muchas veces verse en aquel aucto para que se criara, temía de pedillo al emperador, por no se ver apartado del servicio de la hermosa Polinarda su señora, con quien viviera desde el primer día que Polendos le trajera. Y porque ella sentía en él este deseo, pagábaselo con otro igual al suyo, el cual sabía muy bien encubrir, porque la hermosura de Palmerín traía consigo el merecimiento desta afición. Pues el emperador, que en muy continua tristeza vivía por la pérdida de sus hijos y apartamiento de sus caballeros, que ya tenía por muertos, viniéndole a la memoria las palabras de la carta de la sabia del Lago de las Tres Hadas, que la doncella le trajo el día que Palmerín llegó, quísole hacer caballero, creyendo que con él cobraría el descanso perdido en que al presente no vivía, si ellas fuesen verdaderas. Y por deshacer la tristeza de los suyos, que de tanto tiempo estaba ya arraigada, porque esta pérdida era tan general que a todos cabía parte, ordenó de juntamente con él de darla a todos los donceles que en su corte andaban, que eran muchos, y algunos dellos eran príncipes e infantes, y concertóse que el día desta cerimonia tornasen contra los otros caballeros que en la corte al presente se hallasen, porque esto hacía el emperador para esperiencia de las cosas que de Palmerín esperaban. Y mandóles aparejar para el día de Pascua de flores, y luego ordenaron cadahalsos sumptuosos en el campo adonde habían de ser los torneos. Los noveles velaron sus armas en la capilla, víspera de Pascua, y venido el día, el emperador y la emperatriz y Gridonia oyeron misa, la cual se dijo con gran solemnidad, y acabada, hizo por su mano caballero al infante Palmerín de Inglaterra primero que a otro ninguno. El rey Frisol de Hungría, que allí se halló, le calzó la espuela, y la hermosa infanta Polinarda le ciñó la espada, porque el emperador lo quiso así para más obligalle a sus hechos; y él lo tuvo en tanto, que acordarse desto en muchos peligros le dió nuevo esfuerzo. Tras él armó caballeros a todos los otros príncipes e infantes que en su corte se habían criado.

Esto acabado, él y la emperatriz, con Gridonia y el rey Frisol, comieron en la sala imperial con tanto aparato de fiesta como en el tiempo pasado, servidos con todo el estado real, habiendo tantos estrumentos y música como si en aquella corte no faltara nada del placer que poseían en el tiempo en que ellos más se acostumbraban. Acabado de comer, el emperador se fué al cadahalso donde había de ver los torneos, acompañado de algunos señores a quien las edades antiguas detenían en Costantinopla; porque a los otros, a quien aún les ayudaba, despendían el tiempo en la demanda destos asignados príncipes de quien entonces ninguna nueva se sabía. La emperatriz y Gridonia, con sus dueñas y doncellas, se pusieron en otro que para ellas estaba señalado, y a esta hora, de la parte de los caballeros estranjeros estaba tanta gente en el campo, que a la fama destas fiestas habían venido, que el emperador temió que los noveles no lo pudiesen sofrir, que a este tiempo salían de la ciudad armados de armas blancas, tan airosos y bien puestos que comenzaron de dar testimonio de lo mucho que después hicieron, trayendo por capitán al esforzado Palmerín. Puestos en orden, al son de muchas trompetas arremetieron unos a otros con tamaño ímpetu, como la codicia de la honra quería a quien la desea alcanzar; Palmerín, que era el delantero, antes que ronpiese, puestos los ojos en la fermosa Polinarda, dijo consigo mismo:

—Señora, para mayor afrenta quiero vuestra ayuda; por eso no os la pido en ésta, que sé que ante vos no me puede acontecer cosa que la vitoria sea de otro, pues que vos ya la tenéis de mí.

No eran estas palabras bien acabadas, cuando él y Lebusante de Grecia se encontraron con tanta fuerza que Lebusante fué al suelo por las ancas del caballo, quedando Palmerín tan entero como si no le tocara, de que el emperador fué tan contento como espantado, porque este Lebusante era entonces el mejor caballero de toda Grecia. Los demás caballeros noveles también se portaron con mucha gallardía.

El estruendo destos primeros encuentros fué tan grande que parecía que un monte se acabase de caer, quedando por el campo muchos caballos sin señores, quedando ellos en el suelo y algunos maltratados. Después de quebradas las lanzas echaron mano a las espadas, dándose tan grandes golpes que parecía que un gran ejército fuese allí junto. Lebusante de Grecia, descontento del desastre del primer encuentro, ayudado de los suyos tornó a cabalgar, y entrando por lo más áspero del torneo fería a una parte y a otra de tan duros golpes que por fuerza le hacían lugar, mirando por quién le derribara para enmendar la vergüenza en que le pusiera; yendo con este deseo, puso en el mayor aprieto a los noveles, aunque éstos se defendían tan bien que el emperador tuvo en tanto el alto comienzo destos noveles que todas las cosas pasadas le parecían pequeñas; mas de la parte de los estranjeros recreció tanta gente, que los noveles no se podían amparar, y por fuerza los arrancaron del campo, y en aquel tiempo no se halló el esforzado Palmerín de Ingalaterra, que aquel día había hecho tanto que ya no hallaba en quien emplear sus fuerzas; y siendo animado del aprieto en que los otros estaban, acudió aquella parte con el infante Platir, hijo de Primaleón y Gridonia, y con otros caballeros, y rompieron por medio de los contrarios con tanta fuerza, que los golpes que dellos recibieron no fué parte para enpedir su llegada. Platir, que vió al príncipe Florendos su hermano trabado con Trofolante, llegó a él, dándole muchos y grandes golpes, tanto que le hizo desatinar, y a este tiempo Lebusante de Grecia salió tan maltratado de las manos del príncipe Beroldo de España, que sin nengún acuerdo se tornaron a retraer, por no poder resestir a los golpes de Palmerín y de aquellos esforzados noveles sus compañeros; con tanto placer del emperador y de la hermosa Polinarda, que, no lo pudiendo encubrir, estaba loando a sus damas su hermoso doncel. Ya que los contrarios iban de vencida fuera del campo donde la batalla se hacía, entraron de su parte por un costado del torneo dos caballeros armados de armas verdes, al parecer airosos y bien puestos, con sus lanzas bajas, y antes que las quebrasen derribaron a algunos de la otra parte, y sacando sus espadas, en poco tiempo hicieron tanto, que por fuerza los suyos tornaron a cobrar todo lo que del campo habían perdido. Mas Palmerín vió aquellos caballeros y el estrago que hacían en los suyos, temiendo que la vitoria de aquel día fuese al revés, porque los noveles estaban casi destrozados del trabajo que habían pasado, y los otros cobraron esfuerzo con la nueva ayuda; por donde, como se le acordase que todo pendía dél, salió al encuentro de un caballero de los otros, el más esforzado, que por ser mejor conocido traía el escudo en campo blanco un salvaje con dos leones por una traílla, el cual, pasando por fuerzas de armas todo el ímpetu de los noveles, y conociéndole por las grandes cosas que aquel día le viera hacer, se vino a él, el cual lo recibió con el mismo deseo, y comenzaron una brava batalla, tal que bien pareció que allí se juntaba toda la valentía del mundo; en la cual anduvieron tanto, hasta que las armas quedaron tan deshechas y los caballos tan cansados que no se podían menear, y apeándose de los caballos se pusieron a pie, que fué causa de doblarse más la furia de su batalla, trabándose a brazos algunas veces, confiándose cada uno en sus fuerzas; y con todo lo que probaban nunca pudieron conocerse ventaja. Entre tanto Platir y Florendos lograban echar de nuevo a los caballeros forasteros fuera del campo. El emperador, que la batalla de Palmerín y del caballero del Salvaje veía, estaba tan ocupado en el espanto que le ponía que no miraba por otra cosa, tiniéndola por la mayor que nunca viera, y temiendo, según lo que vía, que entramos pudiesen allí morir, quiso escusar cosa tan mal empleada en tales dos caballeros, mandóles decir de su parte que pues el torneo era acabado, dejasen la batalla en que estaban; mas como cada uno deseasen saber lo que había de sí al otro no se pudo acabar con ellos, ni la infanta Polinarda se halló tan libre que dejase de sentir y recelar la afrenta en que su Palmerín estaba. En esta porfía duraron tanto, que la noche sobrevino, tan escura que les fué necesario apartarse, sin nenguno quedar con más que con muchas heridas y el deseo de la vitoria. El emperador mandó tocar las trompetas y recoger cada uno a su capitanía; los dos caballeros de las armas verdes se tornaron hacia la parte de donde vinieron. El emperador quiso que hubiese sarao, para pagar a los noveles el trabajo de aquel día danzando cada uno con su señora, y algunos hubo entrellos que por gozar de aquel contentamiento estuvieron engañando el dolor de sus heridas con aquella paga de su gusto. Palmerín, que no sabía con quién danzar por no atreverse a su señora, danzó con una camarera de la infanta Polinarda y mucho su privada; el príncipe Florendos con la infanta su hermana, que aquel día salió tan hermosa que podía tener su madre envidia y su agüela en el tiempo que florecieron; Platir con Floriana, nieta del rey Frisol; y así los otros cada uno con quien más tenía en su voluntad. Acabado el sarao, el emperador se recojó al aposento de la emperatriz, acompañado de Palmerín y sus nietos, todos envueltos en el placer de su vitoria, y él algún tanto triste por no saber quién fuese el caballero del Salvaje, a quien entonces hiciera muy grandes mercedes si lo pudiera haber para su servicio, porque sólo para sustentar la honra se han de desear los bienes de fortuna.

CAPÍTULO SEXTO

EL CABALLERO DE LA FORTUNA

Entre tanto, sin que nadie pudiera saber cómo ni dónde, los más famosos caballeros del mundo, que lo recorrían en busca de don Duardos y Primaleón y de los otros desaparecidos, iban quedando presos en las redes de Dramusiando, de modo que, al cabo de los años, llegó a estar cautiva en su castillo toda la flor de la caballería. En tales circunstancias, parecióle al novel caballero Palmerín, aunque mucho le costaba apartarse de la vista de su amada Polinarda, que no era decoroso seguir por más tiempo gozando de la regalada vida de la corte imperial cuando tan falto de caballeros era el mundo, y así, luego de despedirse en secreto de Polinarda, con la más viva pena, sin ser visto de nadie, salió de Constantinopla con la sola compañía de Selvián su fiel escudero, llevando por nombre el de El Caballero de la Fortuna.

Después de correr diversas aventuras en las que conquistó glorioso renombre, púsose en camino para la Gran Bretaña, con ánimo de probar aquella en que se habían perdido tan insignes caballeros.

Eutropa, la tía de Dramusiando, sabiendo por sus artes el gran peligro que para ella y su sobrino se encerraba en aquel nuevo caballero, hizo de modo que cuando el de la Fortuna estaba llegando a Londres, se le presentara, toda deshecha en llanto, una dueña con la súplica de que la vengara de no sé qué ofensas que fingía haber recibido del Caballero del Salvaje. Desafiólo el de la Fortuna, que nada deseaba tanto en el mundo como volver a medir sus armas con su enemigo de Constantinopla, y lucharon ante el rey y la corte de Inglaterra con tanto brío y fortaleza que en todo el día ninguno de ellos pudo conseguir victoria sobre el otro y cuando se puso el sol ambos estaban llenos de terribles heridas y con las armas destrozadas —aunque en peor situación el del Salvaje— pero tan enteros de ánimo que ni el propio rey los logró separar para que no acabaran de darse muerte uno a otro.

El rey, que ningún descanso ni reposo sufría en su corazón, fuese adonde estaba Flérida, diciendo:

—Señora hija, don Duardos es vivo y por mano de alguno ha de ser libre; no hay en el mundo en quien el hombre espere sino en el uno destos que tan cerca están de perder las vidas; pídoos que luego los vais apartar, que por mí no lo quisieron hacer, y si no, si ellos mueren, yo he por muerta la esperanza que tuve hasta aquí de algún bien.

Flérida, que hasta entonces nunca había salido de su aposento ni ninguno la viera, tuvo por muy grave lo que el rey le pedía, mas quiso hacer su voluntad, y así salió por la plaza llevándola el rey por la mano, acompañada de cuatro dueñas vestidas de negro y ella con un hábito de la misma color de paño grueso conforme a su cuidado, en su cabeza una beatilla de lino que le cubría los ojos, mas tan hermosa como en el tiempo de su alegría. En la plaza de palacio hubo muy gran alboroto viéndola venir, y el espanto y rebullicio de la gente tamaño, que los caballeros se tornaron apartar por ver lo que era; Flérida llegó a ellos, y tomando al de la Fortuna por la manga de la loriga, le dijo:

—Pídoos por merced, caballero, si en algún tiempo por alguna dueña tan mal tratada de la fortuna habéis de hacer alguna cosa, que sea dejar esta batalla, pues en ella no se gana sino el riesgo en que vuestra vida y de esotro caballero está.

El de la Fortuna puso los ojos en ella, y parecióle tanto a su señora Polinarda, que no supo si pensase que era ella, y puniendo las rodillas en tierra, le dijo:

—Señora, esta fué la batalla que más deseé acabar en mi vida, y agora la dejo si en ello recebís servicio, y la honra della sea dese caballero, pues tan bien la merece.

—Esa no quiero yo —dijo el del Salvaje— sino cuando por mí la ganare, y si vos deseastes acaballa, también deseé lo mismo; mas pues hacéis lo que mi señora Flérida manda, mal podré yo hacer al contrario, que soy suyo y se lo debo de obligación.

Flérida se lo agradeció, y tornándose para su aposento, sin saber que no era aquella la primera vez que de su mano recibieran la vida.

Una vez sano de sus heridas, el caballero del Salvaje acometió la aventura del Valle de la Perdición —que ya por los escuderos de los caballeros presos en el castillo de Dramusiando se sabía donde habían quedado sin libertad don Duardos, Primaleón y todos los otros—, y si no logró darle cima, estuvo más cerca de la victoria que nadie lo había estado, pues, después de haber vencido a don Duardos y todos los gigantes, si no triunfó de Dramusiando tampoco fué derrotado por éste, sino que, después de luchar horas y horas, cuando cerraba la noche cayeron ambos en tierra, más muertos que vivos, de la sangre que se escapaba de sus muchas heridas. Entonces, un encantador que protegía extremadamente a la familia del rey de Inglaterra, llamado Daliarte, envuelto en una negra niebla, llevóse del patio del castillo el cuerpo del caballero del Salvaje, sin saber nadie cómo, mientras Eutropa y las gentes del castillo trataban de reanimar a Dramusiando.

CAPÍTULO SÉPTIMO

LOS ENEMIGOS HERMANOS

El caballero de la Fortuna, que no había querido aceptar la hospitalidad que para que se curara de sus heridas le había ofrecido el rey, cuando sintió que sus fuerzas eran recobradas, se armó de las nuevas armas que Selvián le había encargado y se puso en busca de la fortaleza de Dramusiando. Anduvo así muchos días sin hallar aventura que de contar sea, en fin de los cuales le tomó una noche en un valle donde vió estar una tienda armada, con lumbre de hachas dentro; y llegándose más cerca por ver lo que sería, no halló otra cosa si no fué un caballero muerto metido en unas andas, y otro que con palabras de mucho dolor mostraba sentir su muerte, y conociendo que aquel era Rosirán de la Brunda, sobrino del rey de Inglaterra, parecióle que el de las andas no sería persona de poco precio; apeándose del caballo entró así armado en la tienda, y comenzóle de consolar. Mas don Rosirán, que en viéndole conoció al de la Fortuna, se levantó en pie diciendo:

—Ya, señor caballero, seréis contento, pues es muerto el caballero a quien vos por mayor enemigo teníades; este es el caballero del Salvaje, de quien ya deseastes vitoria y no la podistes haber.

El de la Fortuna le vinieron las lágrimas a los ojos, que esto tienen los corazones piadosos, aun del mal de sus enemigos tener compasión, diciendo:

—Por cierto, nunca yo de nenguno más la deseé; pero si en la vida fué la enemistad tan grande como vos sabéis, en la muerte quiero que veáis lo que en su venganza haré; por eso querría que dixésedes en qué parte le aconteció esta desventura, porque quiero también pasar por ella o vengar a él.

—Señor, yo llego aquí —dijo don Rosirán— habrá media hora, y no sé más que lo hallé en este estado y un hombre que de aquí se fué me dijo que estas feridas recibió en la fortaleza del gigante Dramusiando, donde se cree que todos o los más excelentes caballeros del mundo son perdidos; y puesto que hiciera en armas cosas tan estremadas cuales de otro nunca se vieron, al fin quedó tal como veis, sin poder dar fin aquella tan peligrosa aventura.

El caballero de la Fortuna, que el dolor de tal acaecimiento sentía dentro en el alma, viendo que él no había acabado aquella aventura, túvola en más que hasta allí; tomando las armas en las manos para ver los golpes, las halló tan despedazadas, que no tan solamente tuvo en mucho la grandeza dellos, mas tuvo en mucho más ver a hombre en el mundo que con tamañas heridas se sostuviese algún espacio; llegándose más a él por ver si del todo era muerto, quitóle un paño de seda con que el rostro estaba cubierto; afirmando los ojos, le dió un sobresalto el corazón como si del todo le conociera, y porque la naturaleza en estos casos lo descubre todo, ella le trujo a la memoria la pérdida de su hermano, viéndole algunas señales en que sospechó ser aquél, y llamó a Selvián para que le viese, y tanto le estuvo mirando, que entramos conformaron en aquella sospecha; mas el de la Fortuna, que aún no estaba satisfecho, dijo contra don Rosirán:

—Pídoos por merced, señor caballero, que me digáis su nombre si lo sabéis, y cúyo hijo es, pues vos ni él perdéis en ello nada, y aun me quitáis de una duda en que estoy.

—Aventúrase ya tan poco en esto —dijo él— que no quiero negar lo que sé; su propio nombre es Desierto; padre ni yo ni otro le conoce, puesto que a mí como al mayor amigo que siempre tuvo confesó algunas veces que un salvaje le criara y a éste conocía por padre, llamándose siempre en su poder el mismo nombre de Desierto.

El caballero de la Fortuna, a quien estas palabras tocaron en el alma, viendo ser su hermano, cayó sobre las andas tan sin acuerdo como si su corazón no fuera para mayores afrentas; en esta hora entraron en la tienda cuatro hombres, y puniendo las andas en dos palafrenes que para eso trujeron, se partieron con aquel cuerpo muerto.

El de la Fortuna se quisiera ir tras él, mas no se lo consintieron, diciendo que creyese que si algún remedio de la vida tuviese, que sin él se le darían; entonces lo dejó llevar, por le parecer escusado seguillo; preguntó a don Rosirán qué quería hacer de sí, porque su determinación era acabar donde el otro caballero recibió sus heridas, o ver si las podía vengar.

—Yo —dijo don Rosirán— tórnome a Londres con estas sus armas, y amostrallas al rey de cuya mano fué hecho caballero, que las mande guardar y tenellas en tanta veneración en la muerte como sus obras merecían en la vida.

—¿Sabríadesme decir —dijo el de la Fortuna— a qué parte está esta fortaleza donde todos acaban?

—No lo sé, ni creo que nenguno lo sabe —dijo él.

Luego se despidieron el uno del otro, siguiendo cada uno su viaje.

CAPÍTULO OCTAVO

LA LIBERTAD DE LOS CABALLEROS

Tanto que el caballero de la Fortuna se apartó de Rosirán, no anduvo mucho por el valle abajo que no se abajase del caballo, echándose al pie de un árbol con propósito de dormir lo que de la noche quedaba por pasar, mas no lo pudo hacer con el dolor que las heridas del caballero del Salvaje le hicieron, pasándole también por la memoria la tristeza en que vivía de no saber cuyos hijos fuesen; esto le hacía desear hacer obras con que todas esotras cosas se olvidasen, deseando ya verse en la torre de Dramusiando y esperimentar su fortuna o a hacer fin juntamente con los otros; tanto que la mañana esclareció, Selvián le llegó el caballo y en él empezó a caminar por aquella tierra, preguntando siempre por nuevas del castillo del gigante; todos lo sabían tan mal que nunca halló nuevas de lo que deseaba, y puesto que cada día pasase cerca de él, no quería Eutropa que entrase en el sitio defendido hasta que los gigantes y su sobrino estuviesen en disposición de hacer batalla; así que desta manera andó atravesando aquel reino por espacio de más de cuarenta días (en uno de los cuales Daliarte, el encantador que protegía a su familia, hizo llegar a sus manos un escudo invulnerable); al fin dellos, estando ya el gigante Dramusiando y su gente para sufrir cualquier trabajo, se halló dentro del valle de la Perdición, a riberas del río, de la parte de arriba; pareciéndole el sitio y tierra tan fresca, la juzgaba por la mejor cosa del mundo; yendo ocupando los ojos en la verdura del campo, la clareza y mansedumbre del agua y el cuidado en su señora Polinarda, comenzó hacer entre sí mil diferencias enamoradas que le llevaban tan sin acuerdo, que solamente para pensar en el peligro en que estaba no tenía memoria; acordó deste pensamiento a las voces que Selvián le daba hallándose junto de una torre y don Duardos en medio de la puente apercebido de justa.

En esto vió que don Duardos le dió voces que justase, y abajando las lanzas, cubiertos de los escudos, se encontraron de todas sus fuerzas; la lanza de don Duardos fué hecha pedazos en el escudo del de la Fortuna; el escudo de don Duardos fué falsado y las armas también, y él algún tanto herido, mas no de muerte, y porque no tenían más lanzas para poder justar, y batalla de las espadas don Duardos no la podía hacer según la ordenanza del castillo, fué luego abierta la puerta de mano de aquel temido Pandaro; don Duardos se recogió mal tratado del encuentro; el de la Fortuna, que ya deseaba esperimentar la suya, entró tras él; Pandaro, que no esperaba otra cosa, tanto que le vió dentro le cerró la puerta cubierto de su escudo, con su maza en la mano hecha de nuevo se vino a él; el de la Fortuna le recibió cubriéndose con su fuerte escudo, adonde los golpes hacían tan poco daño como si dieran en una roca, hiriendo también al gigante tan mortalmente, que en pequeño espacio le trató tan mal cuanto él nunca se viera de las manos de otro si no fué del caballero del Salvaje; y porque sintió cuán poco daño hacían sus golpes en el escudo de su contrario, se esforzó tanto para sostenerse en la batalla, que aquel día fué en que mostró el fin de sus fuerzas y el esfuerzo. El caballero de la Fortuna andaba tan vivo, que allende de le tener deshecho el escudo en el brazo, le tenía hiriéndole por tantas partes, que Dramusiando y Primaleón y don Duardos, y los otros que miraban la batalla, hallaban en ella por milagro, loándole tanto cuanto su ardideza era dina de hacello.

En este tiempo andaba el gigante tan flaco, que cerca no se podía tener; el de la Fortuna, conociendo su flaqueza, le cargó de tantos golpes, que le hizo venir al suelo tan sin acuerdo como aquel que del todo era muerto; luego le desenlazó el yelmo para le cortar la cabeza, mas no lo hizo, lo uno por no ser necesario y lo otro porque Daligán no le dió tanto espacio; y puesto que en aquella hora hobiese menester descansar, comenzó de defenderse, viendo que la intención del gigante no era tal; mas en menos de una hora él le paró tal, que le hizo desear reposar un poco; mas luego se apartaron afuera. El caballero de la Fortuna, mirando hacia sí, vió su escudo tan sano como si no le hubieran dado ningún golpe, mas las armas estaban rotas por algunos lugares, y pasándole por la memoria los peligros de aquella casa, conoció que sin un compañero tal como él traía no lo pudiera sufrir. Daligán estaba mal tratado, y Dramusiando puesto en tamaño recelo que no sabía qué se pensase. En esto se tornaron a juntar Daligán y el caballero de la Fortuna con mayor ímpetu y braveza, mas la batalla duró entrellos poco, que puesto que el esfuerzo de Daligán no fuese pequeño, el de la Fortuna, vió las ventanas y almenas llenas de sus amigos, y acordándose que estaban presos y la confianza que en él tenían, combatióse con tal esfuerzo, que dió con él a sus pies, y desenlazándole el yelmo le cortó la cabeza.

Dramusiando quedó tan enojado, que luego pidió sus armas; el de la Fortuna se asentó en un poyo tan cansado que no se atrevió a subir la escalera sin tomar algún reposo, y de ahí estuvo hablando con algunos sus amigos; don Duardos le rogó que se quitase el yelmo, que le deseaba ver; otro cautivo, viéndole dudar, dijo:

—Caballero, quien esto pide es don Duardos.

El de la Fortuna, oyendo nombrar a don Duardos, puso los ojos en él, y en el parecer de su persona juzgaba que debía de ser él; entonces, quitándose el yelmo, quedó tan abrasado del trabajo pasado, que el mismo trabajo le hizo parecer más hermoso de lo que era él de su natural.

—Ya yo creo —dijo don Duardos— que quien Dios hizo en el parecer tan diferente de los otros, que no le guardó sino para en todas las otras cosas lo ser; pidos por merced que si vuestra buena ventura llegase al cabo con ese gigante que agora allá va para hacer batalla con vos, que uséis con él de toda cortesía, porque nunca vistes hombre de su manera tan merecedor della.

El caballero de la Fortuna le quisiera responder, mas vió que Dramusiando estaba ya abajo, y no tuvo tiempo para más que enlazar el yelmo, poniéndose a una parte del patio cubierto de su escudo a esperalle. Dramusiando, como algún tanto viniese señoreado de la ira por la muerte de Daligán, quiso luego gastar el tiempo en su batalla antes que palabras, y juntándose entramos comenzaron a ferirse de tales golpes, que en pequeño tiempo se hicieron mucho daño; los de Dramusiando entraban por el escudo del de la Fortuna tan gravemente como si fuera alguno de los otros, de que al de la Fortuna nació algún recelo y temor, si bien conoció que quien se le envió le debió de hacer ansí, para que si la vitoria de tamaña impresa hobiese de alcanzar, no fuese todo atribuída a la fortaleza del escudo, y guardándose de Dramusiando con mayor tiento de lo que hasta allí hiciera, hacíale dar sus golpes en vano, que de otra manera cualquier dellos que le acertara en lleno le pusiera en gran peligro; mas no se podía guardar tanto que no le diese algunos, de que le hacía andar bien maltratado, el escudo todo deshecho; las armas andaban eso mesmo; puesto que las del gigante no le llevasen ventaja, la sangre que les salía era mucha, así que en ellos no había más que la braveza con que peleaban, y esta era tal, que allende de destruír a ellos, hacía dolor a quien con amor los estaba mirando; mas sus corazones incansables, y que en aquel tiempo podían sufrir mal reposo, no los dejaba descansar, antes renovando la batalla se trabaron de manera que quien de fuera los miraba no juzgaba que nenguno dél no quedaba para poder entrar en otra parte, que los más de aquellos príncipes y caballeros sentían tamaña pena que antes tomaran por partido ser siempre presos que libres si su libertad había de ser con la muerte de tal caballero. Dramusiando y él se quitaron a fuera por tomar algún descanso; Dramusiando, temiendo que aquel sería el destruidor de sus fuerzas y que allí se cumplía lo que Eutropa siempre anunciara, pensó en si le cometería algún partido con que dejase la batalla; después, acordándose que tal cometimiento para su honra era dañoso, quiso antes dejarse morir en ella que vivir con tal menoscabo a su honra. El caballero de la Fortuna, que en el mismo recelo estaba metido, comenzó a decir entre si: —Si mi muerte ha de ser por causa de la libertad de tantos, aquí mejor que en otra parte es ella bien empleada—; mas volviendo a su señora, decía: —Señora, si algún tiempo esperáis acordaros de mí, sea éste, o al menos para que sepáis que con vuestro favor se alcanzó tamaña vitoria—. Estándole encomendando el peligro de su batalla vió que Dramusiando venía contra él tomada la espada con entramas manos, porque ya nenguno tenía escudo con que se amparar, y apartándose del golpe le hizo dar en vano, como todos los otros, dando los suyos de manera que le hacía muchas heridas: mas por eso Dramusiando no dejaba algunas veces de empecelle, de manera que se llevaban poca diferencia; ya se habían parado tales que casi no se podían tener. Los que miraban la batalla estaban pasmados de la ver; mas como les fuese faltando la sangre y aliento, fué tan grande la flaqueza de Dramusiando, que cayó en el suelo sin nengún sentido, y el caballero de la Fortuna se sentó no pudiéndose tener en pie; luego bajaron de lo alto de la fortaleza todos los prisioneros, y don Duardos quitó el yelmo a Dramusiando para que le diese el aire, pidiendo al de la Fortuna, pues la vitoria claramente era suya, no quisiese más venganza, que de lo hecho se contentase.

—Pues que mi intención era otra —respondió el de la Fortuna—, dejaré de le cortar la cabeza pues vos lo mandáis, y también porque pienso que será escusado, que él y yo estamos tales que más muertos que vivos nos podéis contar.

El príncipe Primaleón, Polendos y otros señores le tomaron en brazos; viendo que con la falta de sangre le venían algunos desmayos, tenían esta vitoria con mucho descontento hasta ser ciertos de la salud de tal caballero; en esto llamaron a la puerta de la torre con mucha priesa; Platir fué a abrir, por ver quién era, y halló un hombre antiguo a manera de griego, que entró dentro, y dos doncellas con él; cada una traía en la mano una bujeta dorada, en que venían algunos ingüentos necesarios; a tal tiempo y sin más detenerse le buscó las heridas, tomando la sangre así al uno como al otro, untándolos a entramos con igual diligencia, sin consentir que otro nenguno tocase a ellos, y mandando llevar cada uno a su cama, dijo contra aquellos señores que se consolasen, que no eran aquellas heridas de que nenguno dellos peligraría, por donde el placer fué algún tanto; mas sabiendo que en el vencimiento del gigante se quebraban los encantamentos de aquel valle, y que la salida estaba en ellos, tuvieron más de que se contentar.

CAPÍTULO NOVENO

LAS FIESTAS DE LONDRES

Días después fué enviado a la corte de Inglaterra, con noticia de lo que en el castillo de Dramusiando había ocurrido, uno de los caballeros que habían estado allí prisioneros y es imposible describir la alegría que en todos produjeron tan dichosas nuevas. Cuando las heridas de los caballeros lo consintieron, pusiéronse en camino para la Corte los antiguos cautivos de Dramusiando, llevando a éste con el mayor honor entre ellos, por la afección y gratitud que en todos había despertado la gran humanidad que con ellos en toda ocasión había usado, aunque fueran sus prisioneros.

Con placer caminaron hasta que estuvieron a vista de la cibdad; la gente que de la cibdad salía era en tanta cantidad, que todo el camino venía lleno, de manera que los de a caballo no podían andar; unos se llegaban a don Duardos por velle por el gran amor que le tenían; algunos después de velle a él iban a ver al gigante Dramusiando y al caballero de la Fortuna, teniendo por cosa espantosa por un caballero ser vencido un hombre como aquél; así allegaron a vista de la gran ciudad de Londres, adonde viendo don Duardos por entre los otros edificios el aposento de Flérida, no pudo estar tan libre que sus ojos no sintiesen la soledad de tanto tiempo; mas acordándose cuán cerca estaba de vella, le hizo olvidar con la gloria presente toda la tristeza pasada, y esforzóse lo mejor que pudo para que ninguno le sintiese aquella flaqueza; llegando junto de la ciudad, el rey los vino a recebir con una solene fiesta; el rey recibió a cada uno según la valía de su persona; don Duardos llegó de los postreros con Dramusiando, y después de besar la mano al rey con las rodillas por el suelo, le dijo:

—Señor, si ante vuestra alteza yo puedo valer alguna cosa, sea hacerme tanta merced que a este gigante trate, no como hijo de su padre, sino como el mejor hombre del mundo, pues él lo es.

El rey levantó a don Duardos, tomándole por entre los brazos le apretó consigo, derramando muchas lágrimas le dijo:

—Hijo don Duardos, ¿quién es el que tanto deseara veros y que en este tiempo os negara ninguna cosa?

Entonces volvió hacia Dramusiando, que le quería besar las manos, y abrazándole, dijo:

—Por cierto, Dramusiando, mal pensaba yo que quien tanto mal me hizo quisiese tanto; mas vuestras noblezas pudieron tanto conmigo, que allende de me hacer perder el enojo, volví la voluntad tanto de vuestra parte, que agora no sé ya quién puede ser vuestro enemigo que también no lo fuese mío.

En esto vió que el caballero de la Fortuna se venía para él, y tomándole en los brazos comenzó a decir:

—¿Quién me dijo a mí siempre que si algún bien me había de venir había de ser por vuestras manos?

—Por las de Dios puede vuestra alteza decir, que así lo quiso —respondió él—, que las mías no son para tanto.

Acabado este razonamiento, se fueron para la iglesia principal de la cibdad, adonde oyeron misa con tanta solenidad como era razón; acabada la misa, aquellos príncipes y caballeros casi por fuerza hicieron cabalgar al rey, y ellos le fueron acompañando hasta el palacio, donde hallaron a la reina y a Flérida que los salieron a recebir; entramas juntas tomaron a don Duardos, aun no creyendo que le tenían allí. El rey tomó a la reina por la manga de una ropa que traía, diciendo:

—Señora, vuestro hijo ya está en vuestra casa, y cada día le podéis ver; agora habla a estos príncipes y caballeros, a quien tanto debemos por el peligro que por nosotros se pusieron con deseo de la libertad de don Duardos.

Entonces, mostrándole a Primaleón, la reina le recibió como a tan gran persona convenía, y luego a todos los otros príncipes y caballeros mancebos.

De allí a poco, en un brillante torneo que se celebró en honor del emperador de Alemania, que había venido a visitar al rey de Inglaterra, lucharon de un lado los caballeros ingleses y del otro los de Constantinopla que habían venido a libertar a don Duardos, menos el de la Fortuna, que no tomaba parte por expreso deseo del soberano. Los caballeros griegos, a pesar de sus muchas proezas, iban de vencida cuando en esto entraron por medio del torneo tres caballeros de parte del emperador de Constantinopla, armados de armas amarillas y leonado; el uno traía en campo negro en el escudo el dios Saturno, cercado de estrellas; el otro traía en campo negro la casa de la tristeza; el tercero traía el suyo cubierto con un cuero negro, de manera que no se parecía la devisa; éstos, viendo que la sobra de los muchos hacía perder la bondad de los pocos, abajando las lanzas arremetieron, con las cuales, antes que las quebrasen, derribaron algunos caballeros; sacando sus espadas, en pequeño espacio, por su esfuerzo, cobraron los del emperador lo que habían perdido, con tanta ventaja que los contrarios, no pudiendo sostenerse, comenzaron a retraerse. Así quedó la victoria por los caballeros del emperador griego.

Aquella noche, después de un banquete, hobo sarao real en el aposento de Flérida, adonde la emperatriz y la reina aquella noche cenaron; al cual vinieron los más caballeros que en el torneo se hallaron; ya que se quería recoger cada uno a su aposento, entraron por la sala los tres caballeros esforzados que en el torneo fueron en ayuda de los del emperador, vestidos de las mesmas armas que en él tuvieron, tan bien dispuestos y de tan bien parecer, que no hubo allí nenguno que no tuviese codicia de sus obras y parecer, y con este contentamiento, cada uno les daba lugar para que allegasen adonde estaba el rey; siendo ya al pie del estrado donde él e los otros príncipes estaban, hízose una escuridad en la sala, de tal manera que nenguna persona se vía a otra; en las damas fué el miedo tan grande que cada una se abrazaba con el que más cerca de sí hallaba; esto no duró mucho, que la escuridad se deshizo y allí delante de todos quedó un león y un tigre envueltos en batalla, hiriéndose tan sin piedad como aquellos que no la sabían tener de sí mesmos; en esto entró por medio de la sala una doncella con un bastón dorado en las manos, y tocándolos a entramos cayeron en el suelo tan muertos como si nunca tuvieran vida; mas esto no fué tan presto hecho, cuando ellos se tornaron a levantar en figura de toros grandes y fieros, que la mayor parte de la gente estuvo para huír de ellos, sino algunos caballeros famosos, que allende deste miedo hacer poca impresión en ellos, consolaban a las damas de vellas los colores perdidos, riéndose del temor que recebían. Los toros se apartaron el uno del otro algún poco, y arremetiendo el uno al otro, se encontraron con tanta fuerza, que la sala parecía asolarse, e de la fortaleza con que se encontraron vinieron entramos al suelo, echando por la boca y narices un humo tan negro, que se tornó a escurecer la sala como la primera vez; deshecha la escuridad, que no duró mucho, quedaron los tres caballeros armados de sus armas con los rostros descubiertos, y el que de antes traía el escudo cubierto hallóse con él desatapado, y en él la devisa que solía, que era en campo blanco un salvaje con dos leones por una traílla: llegándose al rey, que ya le quería abrazar por habelle conocido, le besó las manos, diciendo:

—Señor, haga vuestra alteza honra a este caballero que aquí está, que es el gran sabio Daliarte, vuestro servidor, a quien vuestro cuidado siempre dolió mucho para lo sentir y deseo para os servir en todo.

El rey, que ya le conoció por su fama, tomándole en los brazos con mucho amor, decía:

—Por cierto, Daliarte, aunque yo no os debiese más que entregarme vivo a Desierto, cosa que yo no esperaba, es cosa que no se puede pagar.

—Señor —dijo Daliarte—, la razón que yo tengo para serviros es tamaña, que ella me puso siempre en esta obligación, por donde vuestra alteza me es en menos cargo que lo que piensa; y porque el mayor servicio que yo en alguna hora os podía hacer está aún encubierto, siéntese vuestra alteza y óigame, porque querría que mis palabras acrecentasen estas fiestas con más razón de las que ellas se hacen.

El rey, puesto que no sospechaba lo que podía ser, por ser cosa que el tiempo traía olvidado, creyendo que sería alguna cosa de placer, se tornó a sentar y llamó junto consigo a Desierto, que estaba de rodillas hablando con Flérida y con don Duardos; después de todos sosegados, el gran sabio Daliarte, puniendo los ojos a todas partes, los afirmó en Flérida, diciendo:

—Por cierto, señora, claro está que la vista de don Duardos os quita de la memoria el acuerdo de las otras cosas, y mucho más la de vuestros hijos, e para vos acordar desto no debía ser así, porque a quien sus obras más placer dieron fué a vos, e la fortuna, que en su nacimiento los puso en trabajo y estado que su alta sangre estuvo para ser sacrificada a dos leones por mano del salvaje que los hurtó, esa les tornó a poner en tamaña alteza de fama en las armas, que no tan solamente pasaron a los de su tiempo, mas en el otro pasado no hubo quien tanta gloria dejase como la suya será, ni por venir por muy largos años yo no alcanzo quien con mucha parte los iguale; pues quien tales hijos perdió no debía vivir tan sin cuidado de tamaña pérdida que los otros placeres la hiciesen ausente deste acuerdo; por tanto acuérdeseos de las palabras que Pridos os dijo el día de su nacimiento, y del perdimiento de don Duardos, que le dijera una doncella; ya veis cuán verdaderas salieron; vuestros hijos están juntos con vos, y son tales, que han sabido pagar el pesar que ya os dieron. Vedes allí a Palmerín de Inglaterra, que tantas lágrimas os tiene costado y a quien vos posistes el nombre por su nacimiento conforme al de vuestro padre, y después el emperador su agüelo, sin lo saber, le tornó a confirmar casi por espiración divina; pues Floriano del Desierto no es otro sino este caballero del Salvaje que vos como madre criastes y como a hijo ajeno tenéis olvidado.

Flérida puso los ojos en don Duardos tan reciamente turbada, que no sabía de sí, porque también el placer como el pesar hace aquestas mudanzas en quien las recibe de cosa que no espera; y don Duardos puso también los suyos en ella, y así Palmerín en Desierto; mas conociéndose se fueron abrazar, y el rey, que su edad no era para tan grande sobresalto, se acostó en la silla, llamando a Daliarte le dijo:

—¡Oh Daliarte!, no quisiera este placer tan súpito, porque mi flaqueza no es para sufrir sobresalto tamaño y tan poco esperado; ruégoos que me digáis cómo sabéis vos esto, que puesto que siempre lo sospeché, no lo creo por el placer que de ahí recibo.

Daliarte le dijo:

—Señor, yo os mostraré la verdad tan clara como es necesario para creer lo que digo.

Entonces sacando un pequeño libro del seno, leyó poco por él, porque aquello bastó para hacer venir ante sí al salvaje que los criara y a su mujer, y entrando por la sala como personas que nunca en otra parte como aquella se vieron, Palmerín, que le conoció por haber menos días que le viera, se fué a abrazar con él, y Floriano con su mujer, y Selvián su hijo, asimesmo con la rodilla en el suelo, cortesía poco acostumbrada entrellos; mas Selvián no por la naturaleza, mas por la crianza lo aprendiera; mas ella, con lágrimas en los ojos, no sabía cuál primero recibiese. Después que Palmerín tuvo metido en acuerdo al salvaje, llególe al rey, que juntándole consigo le preguntó por estenso la crianza de aquellos infantes, e informado públicamente de lo que pasara, apretando consigo a Palmerín, puestos los ojos en el cielo, decía:

—Señor, esto era el postrero bien que deseaba ver; ruégote que agora me lleves antes que la fortuna no me enseñe algún revés dél.

Entonces, tomándolos a entramos por la mano, los entregó a Flérida, a la cual con las rodillas en el suelo besaron las manos muchas veces; ella los tuvo abrazados algún tanto, saliéndole algunas lágrimas de placer acordándose de la batalla en que ya los viera dentro en Londres, e cuán presto estuvieron de morir en ella. Don Duardos los abrazó, no pudiendo encubrir tan grande alegría; porque cuando es grande o de cosa que mucho se desea, puédese más disimular, y luego por su mandado hicieron su cortesía al emperador de Alemania y los demás caballeros principales como a personas que de nuevo conocían, puesto que Palmerín, cuando llegó a Primaleón a le hacer su acatamiento, acordándose ser padre de su señora, fué con mucha más obidiencia que a los otros, cosa que a todos pareció que lo hacía por ser hijo del emperador, cuyo criado era; en palacio fué el placer tan grande, que bien se parecía que era general; la reina estaba con sus nietos tan contenta que no quería que nadie los gozase sino ella. El salvaje y su mujer, con Selvián, tan alegres de le ver tan gentil mancebo y fuera de su traje como de cosa no esperada.

Y en la corte y fuera de ella fué indecible la alegría de ver acabado con tanto bien y dicha lo que había tenido principios tan fieros.