Acusaciones á las Ordenes.

Dolosamente obran, diremos con el Salmista (Psal. 35): hablan de paz y de amor en lo exterior, pero la maldad y el odio se ocultan en sus corazones. Supervacue exprobraverunt animam meam. Vanísimamente nos injurian, añadiremos por lo que respecta á las acusaciones que se nos dirigen. «Testigos inicuos se han levantado, y me inculpan cosas que ignoro: me devuelven mal por bien, y han jurado mi destrucción; pero tú, Señor, destrozarás sus planes, y salvarás mi existencia». (Psal. 35.)

Testigos inicuos, sí, Excmo. Sr.: porque ¿dónde están esos abusos, esos excesos, esos vicios, esas tropelías, de que tanto se les llena la boca, dándoles materia para sus declamaciones de club demagógico y populachero? ¿Qué tienen las Corporaciones Religiosas, estudiadas con alto criterio sintético, que no sea conforme con los Cánones de la Iglesia y reglas de su Instituto, que no se ajuste al ministerio santo que profesan, que no sea grandemente beneficioso á los intereses supremos de la Patria? Por todas partes volvemos la vista, y por muy de lince que sean los ojos, si no se mira á las Ordenes á través del prisma farisaico ó separatista, nada descubren que no merezca el más cumplido aplauso. Laudet te alienus, dice el libro santo da los Proverbios, et non os tuum. Pero aquí no se trata de alabarnos á nosotros mismos; se trata de vindicarnos, de defender nuestra honra, injustamente mancillada, de demostrar nuestra misión eminentemente española, y de sostener nuestro buen nombre, que es nuestro tesoro, que es el gran título de nobleza que jamás podemos abdicar, ni consentir sea vilipendiado. Con vuestras buenas obras tapad la boca á la ignorancia de los hombres necios é insensatos, nos dice San Pedro (1. Pet. II. 15). No andamos con artificio, ni alterando la palabra de Dios, sino que manifestando la verdad nos recomendamos á nosotros mismos para todos los hombres que nos juzguen con conciencia recta delante de Dios: esa es nuestra gloria, el testimonio de nuestra conciencia, nos enseña también San Pablo (2 Cor. II. IV.) De nuestro deshonor se sigue el deshonor de la santa y española misión que ejercemos; y Dios nos tiene dicho que seamos la sal de la tierra y la luz del mundo, y que de tal manera brillemos que vean los hombres nuestras buenas obras y glorifiquen á nuestro Padre que está en los cielos.