FOOTNOTES

[1] A este preciso momento se refiere Sarmiento en la siguiente carta que me escribió en enero de 1888, año de su muerte, con motivo de la aparición del diario La Epoca que fundé y dirigí en la ciudad de Rosario. La valiosa comunicación del grande hombre fué como el Programa de mi hoja. Escrita toda ella de su puño y letra, el original no presenta ni una simple enmendatura. Esta carta fué reproducida por la Revista de Derecho, Historia y Letras en junio de 1899.

He aquí esa carta, que acaso pueda ser considerada como el último aliento espiritual de Sarmiento:

“Señor don David Peña—Rosario.

“Mi jóven amigo:

“Con el primer mes del año 1888 me anuncia un amigo aparecerá en el Rosario un diario dirigido por usted. Apenas asome las narices a la luz pública, encargo a usted lo salude con el sacramental: Happy New Year y le eche sobre los hombros como blandos pañales o sobre la cabeza, como la imposición de las manos de los ancianos, a guisa de bendición, las palabras que siguen, puesto que quiero que, como retoños de viejo roble, se reconozcan como descendientes felices los diarios del Rosario, de la alocución que dirigí a sus habitantes en 1852 al pasar por sus desiertas y apenas trazadas calles, con la primera página impresa que vió la luz en Rosario, aun antes de existir una imprenta.

“Traíala ambulante el Ejército Grande, y hubo de lanzar desde el Rosario, como que entraba en campaña, su primer boletín.

“No había de montarse la prensa por pesada, ni adiestrádose el personal de cajistas e impresores, para echar a volar mil hojas sueltas en una hora.

“Un jefe de Estado Mayor preside la operación del tiraje. Al principio, la tripulación de aquel barquichuelo se encoge de hombros y se ríe del propósito de hacer milagros con tan exigüos medios: una escobilla para entintar la forma, que está negra y muda sobre un banco, a guisa de yunque donde el Vulcano de nuestro siglo, ha de descargar sus repetidos martillazos, hasta que entrando en calor el metal, tome la forma que el arte, la ciencia y la voluntad humana le imprima. Esta es la prensa.

“¡Atención! manda el sañudo jefe, vamos a imprimir una carta a los vecinos del Rosario prometiéndoles la victoria de Caseros. (Una concurrencia de pueblo, inmensa, toda la platita labrada del Rosario que cabía dentro de una sala en 1852, se había reunido para felicitarnos y desearnos feliz y gloriosa campaña contra el tirano).

“¡Atención! ¡Numerarse por la derecha! 1, 2, 3, 4, 5, 6. Número uno, pone tinta a la forma con el entintador a guisa de tapón; núm. 2, pone la hoja de papel; núm. 3, impone encima la frasquetita de papel; núm. 4, golpea con la escobilla hasta que se impriman las letras del otro lado; núm. 5, levanta la frasqueta; núm. 6, retira la hoja impresa y luego, el núm. 1, entinta la forma; núm. 2, pone el papel; núm. 3, impone la frasqueta, etc. Da capo. El que retira el papel va a leer lo impreso, para ver si está bien. ¡Alto ahí!, grita el jefe que manda la maniobra. Ese movimiento no está en la táctica de imprimir al vuelo, se pierde tiempo, se para la rueda. Al fin y tirados los ejemplares, se van apartando los malos.

“La operación sigue, los artilleros se adiestran a cargar aquel formidable obús, una página impresa que tantas murallas, torreones y barreras ha hecho caer; y que, como el otro día me mostrasen en la estupenda fábrica de cerveza de Mr. Biecker, un obrero que hace catorce años está llenando botellas de cerveza, y sus manos corren de una a otra como se ven las alas del picaflor agitarse hasta desaparecer, yo me decía, sin sorprenderme, patarata ¡si hubieran visto imprimir en el Rosario mil hojas de una carta impresa, al aire libre, rodeados seis obreros inteligentes, de una forma, haciendo volar hojas y más hojas!...

“Este es el origen de la imprenta en el Rosario, y aquella escena su más claro timbre de gloria. ¿Conservará alguien algún ejemplar de aquella carta a los ciudadanos? Sería un buen pergamino que ostentase ese diario de ud. para demostrar que es Fijodalgo, y no un cualquiera, sino de muy noble alcurnia, lanzado a la calle, a la de Dios que es buena.

“Ahora, el Rosario es la primera ciudad de la República Argentina, por el número de sus habitantes y su asombroso movimiento, sus muelles, su red de ferrocarriles, de circunvalación y subterráneos, pues Buenos Aires es la capital, y no entra en las ciudades de provincias. La Plata, ha ya destronado a Córdoba. El Rosario es el Chicago del Río de la Plata, al que los ascensores colosales envían torrentes de trigo y lino que van a desembarcar a Inglaterra, pues los granos se embarcan a sí mismos cayendo dentro de las bodegas de los vapores que los trasportan.”

Pero el Rosario, es además, la boca y los oídos por donde entran los alimentos y los espíritus y los rumores de la civilización. El Rosario es la capital del pueblo argentino transformándose de raza, de instintos, de ideas, y es allí donde debe estar, para el servicio de los pueblos nuevos, aquel banco, a guisa de yunque, para amartillar ideas, que unos pocos vecinos vieron funcionar en 1852:—la imprenta. Sea ese diario de ud. el yunque. La barra de hierro agrio, frío, duro, que tenemos por delante es la nacionalización de residentes, y esos residentes están en el Rosario, en la Esperanza, en cien colonias, felices y afincados, sin haber declarádose propietarios orgullosos de la patria que han conquistado con el sudor de su frente, para legar a sus hijos con la República libre, y no para mandar de regalo a algún príncipe pseudo de allende los mares.

Le he descrito la manera de imprimir boletines en seis tiempos, y dejar atrás las prensas a vapor. Tomo de “Viajes por Europa, Africa y América”, la receta que me enseñó un gran maestro, y he aplicado con grande e infalible éxito a enfermos que los médicos habían declarado incurables; oiga usted:

“En Barcelona encontréme con Juan Tompson, uno de esos pobres emigrados argentinos que en cada punto de la tierra se encuentran en mayor o menor número, como aquellos griegos de Constantinopla cuando los Hunos se apoderaron de ella. El Facundo había caído en manos de Merimée, el académico francés, que estaba allí; la Revista de Ambos Mundos acababa de hacer su complaciente Compte-rendu del librote, y heme aquí, que sabiendo mi llegada a Barcelona, M. Lesseps, el célebre cónsul general que se había ilustrado al resplandor de los bombardeos de aquella ciudad, andaba a caza del bicho raro que tan raro libro había escrito.

Amigos a las dos horas de conocernos, Cobden, que a la sazón estaba en Barcelona, tuvo los honores de un te, durante el cual debía serle yo presentado. ¿Os imagináis a Cobden, un O’Connell vivo, cáustico, entusiasta, ardiente en la polémica, rápido, inspirado en la réplica? ¡Cuánto os engañáis, mi pobre Victorino! (Lastarria). Es un papanatas, fastidiado como un inglés, reposado como un axioma, frío, vulgar, si es posible decirlo, como las grandes verdades.

Hablamos casi los dos solos toda la noche; contóme algunas de sus aventuras, de sus luchas, mostróme sus medios de acción, la estrategia de su palabra, los cuentecillos con que era preciso entretener al pueblo para que no se durmiera, escuchando. Lamentóse de la casi insuperable dificultad que oponían las masas por su incapacidad de comprender, por sus preocupaciones; dióme una tarjeta por si alcanzaba él a estar de regreso en Mánchester a mi paso por aquella ciudad y no nos separamos sino en la puerta de mi hotel, quedando yo abrumado de dicha, abismado de tanta grandeza y tanta simplicidad, contemplando medios tan nobles y resultados tan gigantescos. No dormí esa noche, tenía fiebre: parecíame que la guerra iba a caer en ridículo, cuando generalizándose aquel sistema de agregación de voluntades, de justa posición de masas, fuese puesto en práctica, para destruir abusos, gobiernos, leyes, instituciones. ¡Qué cosa más sencilla!

Hoy somos dos, mañana cuatro, el año siguiente mil, reunidos públicamente en un mismo gobierno. ¿Resiste el gobierno?

Es que aún no somos muchos, es que quedan en favor del abuso mucho más.

Sigue la predicación y los folletos, y los diarios, y la asociación y la Liga. El Gobierno o las Cámaras saben el día y la hora en que están vencidos y ceden; íd. ¡a poner en planta tan bello sistema en América!

Cobden había destruído o atacado, antes de comenzar su obra, todos los grandes principios en que reposaba la ciencia gubernativa. El equilibrio europeo él lo declaró manía de entrometerse en asuntos ajenos por desaburrirse los ministros. Las colonias eran sólo el medio de proporcionar empleo a los hijos menores de los lores. La balanza comercial, el resumen de la ignorancia en economía. La política con todas sus pretensiones de ciencia, el charlatanismo de bobos o de pillos.

La protección a las industrias nacionales, un medio inocente de robar dinero al vuelo, arruinando al consumidor y dejando en la calle al fabricante protegido. En cambio de todas estas verdades fundamentales él sustituía el buen sentido, el sentido común de todos los hombres, más apto para juzgar que la ciencia interesada de lores y ministros.

Ahora parto para Africa. Llevo cartas para el mariscal Bugeaud, y una casi orden al cónsul de Mallorca para que me haga conducir a Argel por el primer vapor de guerra que se presente.”

Ya conoce usted la receta, y la historia ha probado que es infalible; pruébela usted en el Rosario aunando voluntades, pueblos, patriotismo, intereses en uno común: la República Argentina independiente, culta y libre.

Yo siento que me flaquean las fuerzas, que el cuerpo es débil y que debo emprender otro viajecito luego. Pero, estoy preparado precisamente porque se necesita poco equipaje; con lo encapillado sobra; pero llevo el único pasaporte admisible, porque está escrito, en todas las lenguas: “servi a la humanidad”. De pobre que era, en unos países, le mostré caminos y mares que conducían a otros más felices, y un millón me debe en parte haber ahorrado a sus hijos las más duras penas de la vida, que son la destitución y el hambre. Habían vendas espesas de ignorancia y barbarie en el pueblo y traté de arrancarlas; oí el ruido en torno mío, el ruido de cadenas que no estaban aún rotas y me junté a quienes forcejeaban por quebrantarlas. Hoy trato de reunir muchos egoísmos, muchos dialectos en una sola masa homogénea: el pueblo, y pudiera ser que un misil me alcance, y tenga que dejar caer de la mano la espada, que, como lo ha visto, es la pluma que usted empuña. Guárdela del orín del negocio, suprimiendo o avanzando ideas, según sopla el viento. Le aseguro que por todas partes nos es favorable; con Wilson caen los negociantes, en favores; con Cleveland se robustece la moral en la política. Con la nacionalización de residentes habremos engrandecido la Patria. Las colonias de Santa Fe, el Rosario con cien mil almas luego, son apenas bosquejos de bellos cuadros de bienestar y libertad que no hemos de ir a buscar en Europa, dejada a los que en ella moran.

Saluda a usted su affmo. amigo

D. F. Sarmiento.

[2] Ocupándose Sarmiento de la primera parte de este episodio en casa del presidente Avellaneda, se apoyaba en él para elogiar al general Urquiza en forma extraordinaria. Pero antes de referir a mi manera el juicio, prefiero transcribir la página que lo contiene, del Número Único que se publicó en homenaje de Urquiza en la ciudad de Buenos Aires en mayo de 1901 y que dice textualmente así:

URQUIZA JUZGADO POR SARMIENTO

“Habiendo hecho conocer don Marco Avellaneda del doctor David Peña un juicio de Sarmiento sobre Urquiza, consignado en un interesante libro de recuerdos personales, en el que se hallan entremezclados impresiones y juicios de otra época, recogidos por el actual Ministro de Hacienda y por él salvados del olvido en esta forma íntima, empeñóse el doctor Peña con amistosa insistencia, en obtener una copia de esa página, que textualmente reproducimos:

“En tiempo de la presidencia de mi hermano Nicolás, nos encontrábamos reunidos una noche en su casa particular, varias personas, entre las que estaba el general Sarmiento.

Se hablaba del talento militar del general Paz, y dirigiéndose mi hermano a Sarmiento, le dice: ¿Cuál de los militares que usted ha conocido tenía más talento? Urquiza—contestó sin trepidar—y ante la exclamación de sorpresa con que fué recibida su respuesta, agregó—“¡Sí! Urquiza tenía genio militar y también genio político.

“Yo lo he tratado en la campaña contra Rosas, nos dijo. Voy a referirles algunos rasgos suyos en apoyo de mi opinión.

“Desde que atravesamos el Paraná, el general Urquiza principió a preocuparse del militar a quien Rosas confiara el mando del ejército—recorría los nombres de todos los que a éste acompañaban y se detenía siempre en el del general Pacheco. Era el único que le inspiraba recelos, y se propuso anularlo.

He aquí el medio de que se valió: Le escribió cartas en términos amistosos, casi confidenciales. Leí una de ellas en la que le anunciaba que su primer acto, después de vencer a Rosas sería nombrarlo gobernador de Buenos Aires, conteniendo además, frases como éstas: “como usted sabe...” “de conformidad a lo que le comuniqué...” que indicaban que procedía de acuerdo con él. La correspondencia era conducida por chasques a puntos en donde debían ser tomados por agentes de Rosas. Tres o cuatro gauchos fueron degollados, pero logró su objeto. Pacheco fué separado del ejército de Rosas. En el combate entre las vanguardias que tuvo lugar el 31 de enero, las tropas de Urquiza entraron a la pelea vivando a Pacheco.

En seguida Sarmiento refirió los siguientes hechos: “El día de la batalla de Caseros, el general Urquiza, al frente de su ejército, recorría con su anteojo de campaña la línea enemiga hasta que llamó a un joven oficial de su escolta, diciéndole: “—Ayúdeme a buscar las tropas del jefe N. que derrotamos el día 31”. Una vez que fueron encontradas, inició el ataque llevando el ataque contra ellas, que dió por resultado la completa dispersión de esas fuerzas, que, desmoralizadas ya por la derrota anterior, ni siquiera intentaron resistir.

Pocos momentos antes de principiar la batalla, se acerca a gran galope un ayudante del general Virasoro, que le dice: “—El jefe del estado mayor manda prevenir a V. E. que ha olvidado indicarle cuál será el punto de reunión en el caso de una contraste”—“Contéstele usted que no hay mas punto de reunión que el campo de batalla”.

“Estas palabras, continuó Sarmiento, habían sido pronunciadas cuarenta años antes por Napoleón; pero yo estoy seguro de que Urquiza no las conocía, porque no era hombre para plagiar a Napoleón ni a nadie.

“Lo que he referido me basta para pensar que el general Urquiza tenía genio militar, y creo que también tenía genio político.

“Su programa de fusión de olvido del pasado; su llamamiento a los federales de posición social que no se habían manchado con crímenes, como los Anchorena, los Carreras, el doctor Lorenzo Torres, etc., no tenía por objeto, como se ha creído vulgarmente, ofender a los unitarios y satisfacer sus pasiones de partido, sino que, por el contrario, eran el fruto de un hábil y bien meditado plan político, porque creyó con razón, que no era posible fundar un gobierno solamente con nosotros, los unitarios, que éramos llamados advenedizos, porque no teníamos ni fortuna, ni familia, ni relaciones, ni vinculaciones de ningún género con la sociedad de nuestro país. Pero, en lo que demostró más habilidad política fué en convocar a los gobernadores al acuerdo de San Nicolás.

“Derrotado Rosas, no dejaba ninguna institución, ningún poder; nada quedaba en pie, sino esos gobernadores de provincia, semibárbaros todos, y asesinos y ladrones en su mayor parte.

Eso era lo único que podía servirle para formar un Congreso que constituyera el país. Ahora estoy perfectamente convencido de ello.

¿Qué habría sucedido si Urquiza deja que las provincias derrocasen a sus gobernadores, antes de que se reuniese el Congreso Constituyente? Significa decir que se hubiera encendido la guerra civil, porque no hay que olvidar que muchos de ellos tenían elementos para defenderse. Si pensamos en el aislamiento en que vivían los pueblos, en el desierto que los rodeaba, en las dificultades casi insuperables de comunicación, lo probable es que hubiéramos vuelto al año 20, y que habrían transcurrido largos años sin constituirse la Nación”.

Mucho tiempo después de oir esta conversación que me causó sorpresa por las opiniones anteriores de Sarmiento sobre Urquiza, se la referí a Pedro Goyena, quien me manifestó que le habían asegurado que el general Mitre pensaba ahora como Sarmiento respecto al Acuerdo de San Nicolás.

Buenos Aires, julio 31 de 1892.

Marco Avellaneda.

[3] En unos apuntes relativos al doctor don Carlos Tejedor, que me fueron facilitados por su esposa, figura el dato de que en aquellos primeros días de su reincorporación a la ciudad, el doctor Tejedor se pasaba sentado largas horas de la noche solo y reflexivo, junto a la pirámide de Mayo.

[4] Obras completas, t. XIV, pág. 69.

Es sensible que esta carta no figure entre las editadas por el Museo Mitre. La carta que se inserta en el libro editado por don Alejandro Rosa no es igual a la presente.

[5] Conversación íntima de Rosas con don Santiago Vasquez, representante del gobierno de Montevideo, el mismo día que ocupa el mando por primera vez (diciembre de 1829). (Revista del Río de la Plata, tomo V, pág. 599).

Rosas se adelanta y coincide en la clasificación científica de los elementos sociales: La foule et la élite. (La cité moderne, por Jean Izoulet).

[6] Sarmiento-Mitre. Correspondencia 1846-1868. Págs. 33-34 y 35. (Edición de Museo Mitre).

[7] Esta publicación contiene literalmente las conferencias que he dado en la Facultad de Filosofía y Letras. He tratado en lo posible de consultar las obras originales; no he podido, sin embargo, hacerlo siempre.

[8] A. Einstein: Zur Elektrodynamik der bewegten Korper, Annalen der Physik, 1905.

[9] Más tarde pienso tratar de la misma manera los otros conceptos fundamentales de física, como masa, energía, etc.

[10] Espacio lo identifican siempre con el espacio “vacío”.

[11] No cabe duda que en la formación de la noción idea influyen en el espíritu de Platón los conceptos fundamentales de geometría (formas), que no representan los objetos del mundo empírico (objetos de la naturaleza) y tienen únicamente la existencia en nuestro pensamiento, pues, por ejemplo, el punto, la línea, la superficie, no existen de hecho en el mundo físico y son una abstracción de nuestro espíritu. Además el origen psicológico de la idea platónica hay que buscarlo en las leyes lógicas y en las normas de ética.

[12] Esta obra es también una especie de resumen de toda la filosofía platónica.

[13] Muchos representantes de la filosofía idealista ven en este hecho una cierta contradicción de Platón y hasta quieren negar la autenticidad de la parte de Timeo en que se trata del espacio eterno. A nosotros nos parece muy plausible que el fundador de la teoría de dos mundos distintos introduzca también un modelo para el espacio.

[14] Influencia sobre Kant y Schopenhauer. Recuerdo que Schopenhauer empieza una de sus obras con las palabras: “Platón el divino”, etc.

[15] Por forma entiende Aristóteles no sólo la forma corporal, sino también el conjunto de las propiedades que caracterizan a un cuerpo, (color etc.).

[16] “No la esfera, no el metal, sino la esfera metálica se forma”.

[17] “Categorías” es una obra no sólo de carácter lógico gramatical, sino también una especie de introducción a la metafísica aristoteliana. Pues aunque en el primer momento aparecen como una clasificación de palabras—la obra empieza: “Las palabras, cuando están aisladas, sólo pueden expresar una de las cosas siguientes, etc.”—en el fondo las 10 categorías corresponden a los distintos modos de ser, contenidos en las palabras.

[18] Es ya una conclusión de la definición.

[19] Desde Galileo y Newton sabemos que efectivamente todos los cuerpos caen en el vacío con la misma velocidad.

[20] Véase página 398 en el número de noviembre de 1918 de esta Revista.

[21] A esta clase de generalización, que se suele llamar inducción aristotélica, conviniendo todo el mundo en que no es inducción, pertenecen las que Stuart Mill califica de generalizaciones no dependientes de causalidad; pero tal vez sin advertir su naturaleza no inductiva.

[22] Véase en Wundt. Logik en el tomo primero la interesante exposición que hace de la evolución del concepto de Causalidad.

[23] Véase la exposición de esta cuestión en el Traité de Logique Générale et de Logique Formelle, de Revouvier, T. II, Cap. XXXVIII. Letra D. Du principe du calcul des probabilités. Véase también la definición del azar en el libro de Poincaré, Calcul des Probabilités.

[24]

Sr. D. Nicolás Besio Moreno.—Mi querido amigo:

Estoy más asombrado que usted, si cabe, del desatino aparecido en mi artículo “La moral de Ulises”. La explicación, sin embargo, es sencilla. Obligado a abreviar el texto para que cupiese en las 24 paginitas de la colección “América” que lo editó, le hice varios cortes, en pruebas de imprenta que no volvieron a mis manos.

Cayó en los cortes un largo párrafo relativo a Ulises en Dante; y para restablecer la continuidad del texto, donde decía “No en vano, releyendo esa parte del poema dantesco, buscamos entre los fraudulentos al divino Ulises, arquetipo clásico de todos los simuladores. Y habría sorprendido la ausencia...”, tuve el poco tino de corregir: “En vano, etc.,... Y sorprende la ausencia”. Esta modificación, sugerida por mi propio corte al texto, resultó disparatada con relación al texto del poema (cuyo Infierno aprendí de memoria en la niñez y del que aun puedo recitar cantos enteros).

Con las mismas pruebas de imprenta, ya corregidas (!) por mí, se compuso el texto publicado en la Revista de Filosofía, que acaso yo no habría vuelto a leer, ni habría rectificado nunca, sin la oportuna advertencia de usted, que muy sentidamente le agradezco.

Como no tengo pequeña vanidad literaria, ni me avergüenzo de esta gaffe—que no es la primera ni será la última en mi obra escrita—le ruego me autorice a publicar su interesante carta en el próximo número de la Revista.

Muy afectuosamente le saluda, su amigo.—José Ingenieros.

[25] Conferencia pronunciada, bajo los auspicios del “Centro Liberal”, en La Rioja, el 20 de febrero de 1919.

[26] Los que descendemos de fundadores de la independencia argentina—como Rodríguez Peña; los que pertenecemos a familias que desde sus más remotos antepasados han gozado del concepto social de lo que se llama aristocracia, tenemos sobrada autoridad para hablar de este modo, y hacemos esta manifestación con el solo propósito de evitar el seguro argumento de los “aristócratas”, empedernidos, que nos tratarán de parciales suponiendo somos “mulatos”.—C. R.

[27] Taine, Filosofía del arte.

[28] Gauckler, Lo bello y su historia.

[29] Guyau, El arte desde el punto de vista sociológico.

[30] Guyau, El arte desde el punto de vista sociológico.

[31] Henniquin, La crítica científica.

[32] E. Marguery, La obra de arte y la evolución.

[33] E. Marguery, La obra de arte y la evolución.

[34] Ver “Una rápida ojeada a la evolución filogenética de los mamíferos”, 1889; “Visión y Realidad”, 1889; “La Argentina al través de las últimas épocas geológicas”, 1897; “Sinopsis”, 1898; “Sinopsis”, 1910.

[35] En la revista “La Pirámide”, editada en La Plata.—Con el título Espacio, Materia y Movimiento, fueron reimpresos en la “Revista de Filosofía”, Buenos Aires, Enero de 1918.

[36] El texto de Mi Credo dice literalmente, en términos deliberadamente equívocos: “y sólo entonces se habrá cumplido lo que dice el profético versículo de la Biblia . . . que el hombre sea la imagen y semejanza de Dios”. Es sabido que la palabra Dios equivale en labios de Ameghino a Naturaleza, como en todos los filósofos panteístas.—Sobre la analogía intrínseca entre el ateísmo y el panteísmo, ver mis escritos Hacia una moral sin dogmas (Capítulo III) y Proposiciones, Cap. II, “La hipocresía de los filósofos”.

[37] Publicada en “Revista de Filosofía”, Buenos Aires, Noviembre de 1917, con la siguiente nota:

“Hace algunos años, una delegación de una biblioteca de Chivilcoy fué a visitar al eminente sabio, que ya era director del Museo de Historia Natural de Buenos Aires, y le invitó a colaborar en un número único que esa institución se proponía editar.

“El sabio accedió, y, para no escribir una página de paleontología, escribió Noción de Dios y noción de espacio, que completa otros tres trabajos breves (“Los infinitos”, “El infinito materia” y “La constitución de la materia y el infinito movimiento”) que había escrito, accediendo a colaborar en una revista intitulada “La Pirámide”, que se editaba en La Plata.

“La biblioteca chivilcoyana debió estremecerse ante el presente griego que le resultaría el trabajito enviado por el sabio, y, sin duda, para no hacerlo público sin ofender al director del Museo, renunció hasta hoy a publicar el número único.

“Así es cómo quedaron inéditas hasta ahora estas pocas páginas que el señor Alfredo J. Torcelli, compilador de las obras de Ameghino, entrega a la publicidad por intermedio de esta Revista”.

[38] Publicado en los “Archivos de Pedagogía y Ciencias Afines”, La Plata, Octubre de 1911, con la siguiente advertencia: “Trabajo póstumo y sin terminar, escrito a fines de 1910 y a principios de 1911”.—Los originales (acaso no enumerados por el autor) no han sido bien ordenados para esa publicación, que aumentaría en interés y claridad con una ordenación distinta.

[39] El editor de las Obras Completas prestaría un servicio a los lectores de Ameghino si al reimprimir este bosquejo variase la disposición de sus párrafos y la distribución del material, buscando una ordenación más lógica.—En la forma actualmente conocida, el trabajo es de difícil intelección.

[40] Publicado en “Revista de Filosofía”, Buenos Aires, Marzo de 1918, con la siguiente nota del editor de sus Obras Completas:

Origen y persistencia de la Vida” es un trabajo que Ameghino había empezado a redactar antes de su salida del Museo de La Plata.

Parecería que el sabio condensó el propósito de esa obra en este pensamiento, que después fué más claramente expuesto en “Mi Credo”:

“Yo no pretendo haber encontrado la causa del movimiento: el Movimiento en sí mismo es un Infinito comparable al Infinito Tiempo y al Infinito Espacio; es comparable a la Materia en que es como ella transformable, pero no extinguible.—Lo que creo haber encontrado es la ley a que obedece: esto es, que la cantidad de Movimiento está en relación inversa de la masa”.

Entre los papeles del sabio han sido hallados dos planes de la obra: uno, que parece previo y comprende nueve títulos; y otro, más amplio, que comprende quince títulos. El capítulo que hoy se entrega a la publicidad es el undécimo.

La continuación sistemática y metódica de Origen y persistencia de la Vida debió ser dejada de mano por Ameghino, sin duda esperando disponer alguna vez de tiempo y de tranquilidad para conducirla a término. Pero a través de los años ha ido depositando en las tapas de los cuadernos que le servían de carpetas esbozos de ideas y hasta simples títulos de asuntos.

De las apuntaciones de pensamientos que existen en la carpeta denominada “Prólogo”, resulta que era propósito del autor escribir su obra en francés, tratando la evolución en conjunto.

“Quien crea en los dogmas—dice—y profese como artículos de fe la creencia en la existencia del alma, en la inmortalidad futura y en la muerte como fin o término de todo ser, tiene bastante con lo que sabe y no tiene necesidad de aprender más: está en posesión de toda la ciencia que es capaz de asimilarse. No precisa leerme. Que sea feliz con su saber”.—Alfredo J. Torcelli.