IX.—Conclusión
Y con esto creo que puedo dar por terminada la exposición de la teoría de la generalización inductiva, pues si bien Mill comprende en ella a las generalizaciones fundadas en la analogía, a las generalizaciones no dependientes de causalidad, y a las generalizaciones aproximativas, creo que lo hace erróneamente.
Efectivamente, las generalizaciones analógicas son falsas generalizaciones. La analogía puede ser un instrumento de investigación, de descubrimiento; pero, no sólo no puede dar un fundamento lógico a la generalización, sino que basta poder determinar que una generalización es analógica para declararla infundada. Para la práctica y para la investigación, la analogía puede tener mucha importancia: pero no la tiene de ninguna manera para la crítica de los conocimientos.
Por lo que se refiere a las leyes de coexistencia no dependientes de causalidad, a mi modo de ver S. Mill erróneamente las considera en la lógica de la inducción. Las relaciones entre las propiedades elementales de los cuerpos, cuya solidaridad se generaliza, no tiene más fundamento que la simple enumeración. Esas generalizaciones no hacen más que expresar lo que se ha observado hasta el momento. No son una inducción. No son el producto de la generalización de lo que se ha observado en uno o en varios casos, sino la afirmación de una coincidencia a la que no se le conocen excepciones.
Por lo que se refiere a las generalizaciones aproximativas, es decir, generalizaciones parciales, como cuando se dice la mayor parte de los vascos son honestos, S. Mill distingue perfectamente el caso de las cuasi generalizaciones, que no tiene valor científico, de la verdadera generalización hecha en forma de aproximación. Las primeras pueden tener un interés muy grande para la vida y se justifica el interés con que S. Mill las estudia; pero, para la crítica científica no tienen valor alguno. Se deben usar con grandes precauciones. En cambio, las generalizaciones aproximativas, que son verdaderas generalizaciones, en su limitación, son absolutas, es decir, que limitadas al porcentaje o a la tendencia que expresan en su aplicación, permiten previsiones absolutas. Es el caso de las generalizaciones sobre los grandes números. Las tablas de la mortalidad, son generalizaciones de esta naturaleza. En sus aplicaciones, como grandes números, son tan absolutas como las otras inducciones. Lo prueba la ganancia de las compañías de seguros. En las especulaciones de carácter social, en las que sólo se tienen en vista masas humanas, en que la consideración de los individuos desaparece, las generalizaciones aproximativas tienen un valor absoluto, porque las excepciones individuales no llegan a modificar los resultados totales que son los únicos que interesan. Otro caso en el que las generalizaciones aproximativas tienen un valor absoluto es cuando se conoce la causa de la generalidad de un fenómeno o de las excepciones individuales, y la generalización se expresa con la limitación que impone su causa o las causas de las excepciones individuales.
Ahora bien; las generalizaciones aproximativas, cuando tienen esas condiciones de una verdadera generalización, son o leyes causales o leyes empíricas no causales. De modo que, salvo la forma de la expresión, que no afecta su valor científico, no hay por qué hacer de las generalizaciones aproximativas una categoría especial de generalización entre las inductivas.
Así, pues, podemos concluir que la teoría crítica de la generalización abarca la justificación de las generalizaciones por simple enumeración, y las generalizaciones inductivas. El fundamento de las primeras es evidente, no así el de las generalizaciones inductivas. Hemos fundado la inducción en el principio de identidad por la determinación de la causa. Luego hemos indicado y discutido el valor de los métodos para determinar las causas. Y al llegar a este punto hemos observado que no siempre es posible la determinación de la causa; pero, no por eso la ciencia se arredra, y fundada en la simple regularidad, formula leyes que se llaman empíricas no causales. Y nos hemos preguntado por su fundamento. Hemos visto que siempre lo es la afirmación de la causa; pero, que no pudiendo determinarse, se la supone. Pero, esa suposición no es arbitraria. Requiere la constatación de la regularidad, que hemos visto que se funda en la eliminación del azar. La realización de su condición teórica da a las leyes empíricas el mismo valor que tienen las causales, en los límites dentro de los que se afirman.
De la excursión que hemos hecho por la teoría de la generalización inductiva, que es el fundamento de casi toda la ciencia de lo real, lejos de amenguar nuestro sentimiento escéptico, éste ha tenido que fortificarse; pero, no por eso nuestro escepticismo nos ha hecho negar la ciencia, al contrario, sólo él la puede salvar. Fríamente analizada con criterio dogmático hubiéramos tenido que negarla cien veces.
ULISES EN EL INFIERNO DANTESCO[24]
Por NICOLAS BESIO MORENO
Profesor en la Universidad de La Plata
Punta del Este, marzo 5 de 1919.
Querido amigo:
He leído con vivo placer su interesante estudio sobre el fraude, y sobre la moral de Ulises, aparecido en su Revista de Filosofía de este mes de Marzo. Toda la enseñanza que de él brota, sería de alta utilidad para los gobernantes y políticos de nuestro tiempo.
Pero, quiero referirme a las citas dantescas, que usted hace en el trabajo, justificadas por cierto, ya que el primer poeta de todos los tiempos, ha destinado a los falsarios y traidores, como usted lo dice, numerosos cantos de su Infierno. Fraude, hijo de la soberbia, primero y más grave de los pecados de la fe de Dante. A él también se refiere en los cantos X, XI y XII del purgatorio.
“En vano—dice usted—releyendo esa parte del poema dantesco, buscamos entre los fraudulentos al divino Ulises, arquetipo clásico de todos los simuladores. Y sorprende la ausencia pues el viaje...”
El párrafo me resulta inexplicable, conocidas sus aficiones dantescas y por las mismas citas, justísimas, que lo preceden.
El prudente rey de Itaca aparece entre los fraudulentos peores, pues el canto XXVI del Infierno, está dedicado a los grandes compañeros Ulises y Diomedes, allí reducidos no sólo por sus fraudes, sino por haberlos hecho cometer a otros; en el mismo canto se narra el último viaje y la muerte de Ulises.
Hacia poco más de la mitad del canto XVI del Infierno, el altísimo sabio y su duque comienzan a acercarse al reino espantoso de los fraudulentos de toda especie, al que los transporta el monstruoso vigilante de la entrada. El bello episodio de la cuerda que ceñía el talle del poeta, inicia el descenso al pavoroso círculo octavo, de los verdaderos fraudulentos, pero ya, poco antes, en los últimos fosos del círculo séptimo, se aperciben los usureros, perseguidos por la implacable lluvia de fuego.
El canto XVIII, describe las dos primeras fosas del círculo octavo, donde los seductores de mujeres, por cuenta ajena (rufianes) y por cuenta propia, marchan en sentidos contrarios, perseguidos por multitud de diablos, y donde los aduladores—también mísera especie de indignos—están sumergidos en repugnante estiércol, como fuera repugnante el vicio que en vida padecieron. Allí se ven el maldito hermano de Ghisolabella, el seductor de Isífile y Medea, la desdichada Taide.
En la tercer fosa del círculo octavo (canto XIX) pone Dante a los numerosos simoníacos de sus tiempos, que están cabeza abajo, con los pies ardiendo y aun las piernas; allí están el pérfido papa Nicolás III, Clemente V y todos los demás desdeñados por el poeta.
En la cuarta fosa (canto XX), los adivinos tienen la cabeza dada vuelta y caminan retrocediendo. Allí aparecen el gigante Anfiarco, prudentísimo varón, a quien Esquilo en sus “siete sobre Tebas” pone frente a la puerta Homoloidea, donde adivina su propia desdicha; Tiresias, el adivino de la misma ciudad de Cadmo; Aronta, que vaticinó el triunfo de César; la hija de Tiresias, que asentó donde debía fundarse la ciudad patria de Virgilio; Euripilo y muchos más.
La quinta fosa, de cola hirviente, encierra a los intrigantes (canto XXI y XXII) y la sexta a los hipócritas (canto XXIII), donde Caifás, que aconsejara la crucifixión, marcha oprimido por una dorada capa de plomo.
Y siguen los tipos de falsarios. A los ladrones se llega en la fosa séptima (canto XXIV) donde están mordidos por serpientes y quedan reducidos a cenizas, de las que renacen a su forma primitiva pasando por la de serpientes. Entre las multitudes se divisa al que hubo de apoderarse del trono de San Jacobo; en el canto XXV Caco y cinco ladrones florentinos sufren el castigo de su bajo delito en la tierra.
Y así llegamos al famoso canto XXVI, donde hemos de encontrar a Ulises y Diómedes entre los consejeros fraudulentos de que se ocupa también el canto XXVII.
Usted vé cómo, hasta ahora, son todos fraudulentos.
Usan unos del fraude para seducir mujeres y entregarlas a otros o gozarlas ellos mismos; otros usan todo género de fraudes para poder aplaudir y adular a los poderosos; luego los fraudulentos en simonía, que venden las ventajas de su encumbrada posición; los adivinos también, hijos del fraude, porque la adivinación, siendo imposible para los mortales, tenía que llevarlos a la mentira frecuente; nadie usa más del fraude que los intrigantes, pues de él se valen para vaciar su envidia o su ambición, que es soberbia; de los hipócritas no hay que explicar si son fraudulentos, pues ocultan invariablemente sus propósitos para parecer lo que no son; usan del fraude los ladrones, después; y los consejeros fraudulentos, más delictuosos que todos, pues se empeñan en hacer cometer su delito a los demás, aparecen representados por los dos grandes héroes troyanos Ulises Laertíada y Diómedes Tideida, unidos en la expiación como fueran unidos en el delito.
Es en este asombroso canto XXVI, donde Dante tiene la maravillosa intuición de la llama parlante, que la física habría de realizar muchos años después. Los condenados están enteramente envueltos en una llama que termina en punta, siendo mayor la de Ulises, el ingenioso, de linaje divino, que la de Diómedes, por ser aquél el director de las intrigas comunes y el autor único de muchas intrigas propias, y por ser, como usted dice, el que instigara a otros honestos a cometer delito de fraude; Diómedes, más heroico, más grande en la guerra, invicto siempre, vencedor de los propios dioses en los combates troyanos, merecía más consideración que el que arrancara a Aquiles de los brazos de Deidamia, para llevarlo ante los muros de Ilión.
No; Dante no podía olvidarse de ningún héroe ni personaje considerable de la guerra de Troya, porque la fundación de Roma—que era para el sumo poeta la máxima grandeza de la tierra—fué debida a linaje troyano y a la caída de la ciudad de Príamo.
Así Electra, madre del fundador de Troya, está en el Limbo, con Héctor y Eneas, padre de Silvio; entre los lujuriosos, Elena y Aquiles y Paris; Diómedes y Ulises ya citados; ni deja de recordarse de Príamo y Hécuba, Agamenon (I. XXX, 15; I. XXX. 16; Par. v. 69), Orestes su hijo (Purg. XIII, 32) y otros atridas más.
Pero Dante tenía un interés fundamental en ocuparse del esposo de la honesta Penélope, pues debía apartarse de la tradición homérica que no daba al fin del Laertíada un carácter tan trabajado y difícil, como el que él debía asignarle. Ulises estaba destinado, antes de morir, a salvar los límites del Mediterráneo y fundar Lisboa en la costa atlántica, para caer después sepultado en el anchuroso mar.
A la invocación gentilísima del mantuano, la más alta de las llamas que formaban el grupo de los héroes comienza ya a agitarse murmurando—como la que el viento al mover fatiga—así la punta aquí y allá llevando—cual si fuera una lengua la que hablase—lanzó sus voces fuera y dijo: “Cuando—... y habla de tal modo el ingenioso Ulises durante 52 versos del mayor poema.
Pero aquí no terminan los fraudulentos y, como aquéllos, está aquí Bonifacio VIII; después vienen los cismáticos: Mahoma, Rev. de Medicina y otros; falsarios de toda calidad, como los falsificadores de metales; de personas, como la incestuosa Mirra y la triste Hécuba; de monedas; de palabra, como la mujer de Putifar y Simón de Troya, que logró abrir la brecha de sus muros.
En el círculo noveno (canto XXXI) se castigan otras formas de soberbia; entre ellas la de los gigantes que quisieron escalar el cielo. Finalmente viene la mayor forma del fraude: la traición, para la que se destina el mayor castigo ideado por Dante. Los traidores de sus parientes, primero; luego los traidores a la patria; después los traidores de sus comensales; los traidores de sus benefactores; y, finalmente, los traidores a la divinidad y a la majestad: Judas y Bruto el asesino de César, y Lucifer mismo.
Discúlpeme, mi amigo, que ésta haya salido tan larga y cuente con su amigo affmo.
N. Besio Moreno.
Señor doctor José Ingenieros.
DEMOCRACIA INDIVIDUALISTA[25]
Por el Dr. CESAR REYES
Ex magistrado en La Rioja