IV

A las diez de la noche quedaba ya poca gente en casa de los novios.

Desde el anochecer que comenzaron a salir del establo los carritos y las caballerías enjaezadas. La mayoría de los convidados emprendían el regreso a sus pueblos, cantando a grito pelado y deseando a los novios una noche feliz.

Los de Benimuslín se retiraban también, y en las oscuras calles veíase a más de una mujer tirando trabajosamente del vacilante marido, que era incapaz de excesos en los días normales, pero que en una fiesta se ponía alegre como cualquier hombre.

La vieja tartana del notario saltaba sobre los baches del camino, dormitando don Julián con las gafas en la punta de la nariz y dejando que guiase su escribiente, a pesar de que este se sentía tan trastornado como su principal.

Ya no quedaban en la casa más que los padres de Marieta y algunos parientes.

El tío Sènto mostraba impaciencia. Cada mochuelo a su olivo. Después de un día tan agitado, ya era hora de dormir. Y bajo las enormes cejas brillábanle los ojuelos con expresión ansiosa.

—¡Adiós, filla mehua! —gritaba la madre de Marieta—. ¡Adiós!...

Y lloraba abrazándose a su hija, como si la viera en peligro de muerte.

Pero el padre, el viejo carretero, que llevaba media bodega en la panza, protestaba con lengua torpe y socarrona indignación: ¡Redéu! No parecía sino que a la chica la habían sentenciado y la llevaran al carafalet. Vamos, hombre, que era cosa de caerse de risa. ¿Tan mal le había ido a la madre cuando se casó?

Y empujaba a su vieja para desasirla de Marieta, que también derramaba lágrimas; y entre suspiros y gimoteos fueron hasta la puerta, que cerró el tío Sènto, pasando después los cerrojos y la cadena.

Ya estaban solos. Arriba, en el granero, dormía la tía Pascuala; en la cuadra se acostaban los criados; pero en el piso bajo, en la parte principal de la casa, solo estaban ellos entre los desordenados restos del banquete y a la luz vacilante de un velón monumental.

Por fin ya la tenía: allí estaba sentada en una poltrona de esparto, encogiéndose como si quisiera achicarse hasta desaparecer.

El tío Sènto estaba intranquilo, y en la vehemencia de su pasión senil no sabía qué decir. ¡Recordóns! no le había ocurrido lo mismo cuando se casó con Tomasa. Lo que hace la edad.

Por algo tenía que empezar, y rogó a Marieta que entrase al estudi. ¡Pero bonita era la chica! ¡Criatura más terca y arisca no la había visto el tío Sènto!

No; ella no se meneaba, no entraba en el estudi aunque la matasen; quería pasar la noche en aquel sillón.

Y cuando el novio intentaba acercarse, replegábase medrosica como un caracol, faltándole poco para hacerse un ovillo sobre el asiento de cuerda.

El tío Sènto se cansó de tanto rogar. Bueno; ya que ese era su capricho, que pasase buena noche.

Y agarrando rudamente el velón se metió en el estudi.

Marieta tenía un horror instintivo a la oscuridad. Aquella casa grande y desconocida, la causaba miedo; creyó ver en la sombra la cara ancha y pecosa de la siñá Tomasa, y trémula, con paso precipitado, creyendo que alguien la tiraba de la falda, se metió en el estudi siguiendo a su marido.

Ahora se fijaba en aquella habitación, la mejor de la casa, con su sillería de Vitoria, las paredes cubiertas de cromos religiosos con apagadas lamparillas al frente y sus colosales armarios de pino para la ropa.

Sobre la ventruda cómoda, con agarraderas de bronce, elevábase una enorme urna llena de santos y de flores ajadas; rodeábanla candelabros de cristal con velas amarillas, torcidas por el viento y moteadas por las moscas; cerca de la cama la pililla de agua bendita, con la palma del domingo de Ramos, y junto a ellas, colgando de un clavo, la escopeta del tío Sènto; un mosquetón con dos cañones como trabucos, cargados siempre de perdigón gordo por lo que pudiera ocurrir.

Y como suprema muestra de magnificencia, como complemento del mueblaje, aquella cama famosa de la siñá Tomasa, complicada fábrica de madera tallada y pintada, ostentando en la cabecera media corte celestial, y con un monte de colchones, cuya cima cubría el rojo damasco.

El marido sonreía satisfecho de su triunfo.

¿No veía ella cómo por fin entraba? Debía obedecerle siempre y no ser tonta. Él solo deseaba su bien, por lo mismo que la quería mucho.

El viejo, a pesar de su rudeza, decía esto con expresión dulzona, como si aún tuviera en su boca algún confite de la comida, y extendiendo las manos con audacia.

Estigas quiet —decía Marieta con voz sofocada por el miedo—. No s’acòste.

Y mudaba de sitio, huyendo de su marido. Iba de una parte a otra mirando con ansiedad las paredes, como si esperara ver en ellas un agujero, algo por donde poder escapar.

Si no sintiera tanto miedo en la oscuridad, pronto hubiera abierto la puerta del estudi, huyendo de aquella lucha insostenible.

El tío Sènto la concedía una tregua e iba desnudándose con resignada calma.

—¡Pero qué tonta eres! —decía con entonación filosófica.

Y repetía la frase un sinnúmero de veces, mientras se quitaba las alpargatas y los pantalones de pana, desliándose la negra faja para que el vientre recobrase su hinchada elasticidad.

Oyose a lo lejos el reloj de la iglesia dando las once.

Era ya hora de acabar aquella situación ridícula; ¿se acostaba Marieta, sí o no?

Y el tío Sènto hizo con tal imperio la pregunta, que la novia levantose como un autómata, volvió su rostro a la pared y comenzó a desnudarse con lentitud.

Quitose el pañuelo del cuello, y después, tras largas vacilaciones, el corpiño fue a caer sobre una silla.

Quedó al descubierto el ceñido corsé de deslumbrante blancura, con arabescos rojos; y más arriba la morena espalda de tonos calientes, como el ámbar, cubierta de una suave película de melocotón sazonado y rematada por la cerviz de adorable redondez, erizada de rizados pelillos.

Aproximábase el tío Sènto cautelosamente, moviéndose al compás de sus pasos el blanducho y enorme abdomen. No debía ser tonta: él la ayudaría a desnudarse.

E intentaba meterse entre ella y la pared para verla de frente y apartar aquellos brazos cruzados con fuerza sobre el exuberante y firme pecho, oprimido por las ballenas del corsé.

¡No vullc! ¡no vullc! —gritaba con angustia la muchacha—. ¡Apartes d’ahí!... ¡Fuxca!

Con fuerza inesperada empujó aquella audaz panza que la cerraba el paso, y siempre ocultando su pecho, fue a refugiarse entre la cama y la pared.

El tío Sènto se amoscaba. Aquello ya pasaba de broma, y él no se sentía capaz de contemplaciones. Fue a seguir a Marieta en su escondrijo, pero apenas se movió, ¡redéu! parecía que el pueblo se venía abajo, que la casa era asaltada por todos los demonios del infierno, o que había llegado el juicio final.

¡Vaya un estrépito! Eran latas de petróleo golpeadas a garrotazo limpio; cabezones agitando sus innumerables cascabeles, enormes matracas y grandes cencerros sonando todos a un tiempo, y al poco rato disparáronse cohetes que silbaban y estallaban junto a la reja del estudi. Por las rendijillas de las maderas penetraba un resplandor rojizo de incendio.

Adivinaba él lo que era aquello y a quién lo debía. Si la pena fuera un sòu, si no hubiese presidio para los hombres, ya arreglaría él a aquella pillería.

Y juraba y pateaba, despojado ya de su fiebre amorosa, sin acordarse de Marieta, que asustada al principio por el infernal estrépito, lloraba ahora, creyendo que sus lágrimas podían arreglarlo todo.

Ya se lo habían dicho sus amigas. Se casaba con un viudo y tendría cencerrada.

¡Pero qué cencerrada, señores! Era en toda regla, con coplas alusivas que la gente celebraba con carcajadas y relinchos, y cuando cesaba momentáneamente el estrépito de latas y cencerros, sonaba la dulzaina con sus gangueos burlones, y una voz acatarrada que conocía Marieta (¡vaya si la conocía!) hablaba de la vejez del novio, de lo carasera que había sido la novia y del peligro en que estaba el tío Sènto de ir al día siguiente al cementerio si quería cumplir su obligación.

—¡Morrals! ¡Indeséns! —rugía el novio, e iba loco por el estudi manoteando como si quisiera exterminar en el aire aquellas coplas que venían de fuera.

Pero una malsana curiosidad le dominaba. Quería ver quiénes eran los guapos que se atrevían con él, y de un bufido apagó el velón, abriendo después un ventanillo de la reja.

La calle entera estaba ocupada por el gentío. Algunos haces de cáñamo seco ardían con rojiza llama, y su resplandor de incendio abarcaba el corro principal de la cencerrada, dejando en la oscuridad el resto de la muchedumbre.

Allí estaban los autores. El Desgarrat al frente y toda la parentela de la siñá Tomasa. Pero lo que más indignaba al tío Sènto era que estuviese allí Dimòni acompañando con su dulzaina las indecentes coplas, cuando el muy ladrón había recibido dos horas antes dos duros como dos soles por su trabajo en la boda. ¡Y cómo se reía aquel hereje cada vez que su amigo el Desgarrat cantaba una desvergüenza!

Había para hacer un disparate.

Lo que más alteraba al tío Sènto, aunque él lo callase, era ver que aquel insulto a su persona lo presenciaba medio pueblo, los mismos que antes le temían o le buscaban humildes e imploraban su favor. Su estrella se eclipsaba. Todos le perdían el respeto después de su calaverada casándose con una chica.

Despertábase su soberbia de hombre rudo acostumbrado a imponer su voluntad, y temblaba de pies a cabeza ante los feroces insultos.

Conformábase con el ruido: que golpeasen cuanto quisieran, pero que no cantase aquel perdido, pues sus coplas le aglomeraban la sangre a los ojos.

Pero el Desgarrat era infatigable, la gente acogía las coplas con aullidos de entusiasmo, y el viejo, ya trastornado, se hacía atrás como si en la oscuridad del estudi fuese a buscar algo.

Aún permaneció en el ventanillo viendo cómo la multitud abría paso a algunos amigos del Desgarrat que conducían en hombros un objeto largo y negro.

—¡Gori, gori, gori! —aullaba la multitud, parodiando el canto de los entierros.

Y el novio vio pasar en la punta de un palo, a guisa de un guión, unos cuernos, enormes, leñosos y retorcidos, y después un ataúd, en cuyo fondo descansaba un monigote con dos grandes marañas de pelo en lugar de las cejas.

¡Cristo, aquello era para él! Ya se atrevían a lanzarle en el rostro aquel apodo de Sellut que nadie había osado proferir en su presencia.

Rugió apartándose del ventanillo, buscó a lo largo de la pared, a tientas en la oscuridad, algo apoyó en su rostro contraído por la rabia y sonaron dos truenos que hicieron parar en seco la ruidosa cencerrada. Había tirado a ciegas, pero tal era su deseo de matar, que hasta estaba seguro de haber acertado.

Se apagaron las rojas antorchas, oyose el rumor de la gente que huía apresurada y algunas gritaban desde la calle:

—¡Pillo... asesino! El Sellut es. Asómat, granuja.

Pero el tío Sènto nada oía. Estaba plantado en medio del estudi como asombrado de lo que había hecho, con la caliente escopeta quemándole las manos.

Marieta, poseída de pasmo, gimoteaba en el suelo. Su estertor ansioso era lo único que oía él, y dirigiendo su furia a lo que más cerca tenía, murmuraba con ferocidad:

¡Calla... cordóns!... ¡Calla o te mate a tú!...

El tío Sènto no salió de su estupor hasta que golpearon rudamente la puerta de la calle.

—¡Abran a la Guardia Civil!

Debían estar levantados los criados desde mucho antes, pues la puerta se abrió, acercándose al estudi el ruido de culatas y zapatos claveteados.

Cuando el tío Sènto salió a la calle entre los dos guardias, vio el cadáver del Desgarrat hecho una criba. No se había perdido un perdigón.

Los compañeros del muerto amenazáronle de lejos con sus navajas; hasta Dimòni, tambaleando por el vino y la emoción, le apuntaba fieramente con su dulzaina, pero él nada veía, y se alejó cabizbajo, murmurando con amargura:

—¡Bonica nit de novios!

La apuesta del esparrelló


La oí una tarde de invierno, tumbado en la arena, junto a una barca vieja, sintiendo en los pies los últimos estremecimientos de la inmensa sábana de agua que espumeaba colérica bajo un cielo frío, ceniciento y entoldado.

Nazaret, con su extenso rosario de blancas casuchas, estaba a nuestras espaldas, y a mi lado un viejo pescador, momia acartonada, que parecía bailar dentro de su traje de bayeta amarilla, hinchado de aire. Echábase la gorrilla de seda sobre una oreja y chupaba su pipa con la gravedad de un moro, en cuclillas, trazando con la mano, como un manojo de sarmientos, complicados arabescos en la arena.

Había llovido fuerte allá por las montañas de Teruel; el río arrojaba en el mar su agua arcillosa y fría, y todo el golfo teñíase de un amarillo rabioso, que a lo lejos debilitábase hasta tomar tonos de rosa. La estrecha faja verde que recortaba el límite del horizonte delataba que era un mar lo que parecía inundación de tisana.

Y mientras mirábamos la rojiza extensión, en cuyo límite se marcaba como ligera nubecilla el cabo de San Antonio, la arremangada gente de Nazaret tiraba de los bolichones o se arrojaba en el agua sucia.

El viejo adivinaba el éxito de la pesca. Aquel era un buen día. Iban a caer los esparrellóns como moscas.

Y eso que el esparrelló era el bicho más ladino y malicioso que se paseaba por el golfo.

¿Que no lo sabía yo? Pues atención, que para comprender cómo las gastaba el tal animalito, iba a contarme un cuento, que indudablemente sería un sucedido, pues de no ser así, no se lo habría contado a él su padre.

Y el buen viejo, siempre en cuclillas, sin soltar la pipa comenzó a contarme el sucedido con su seriedad de lobo de playa, en un valenciano pintoresco, cuyas palabras silbaban al pasar por entre las despobladas encías.

***

También aquel día había crecido el río, y cerca de la orilla resbalaba el bolichó traidoramente por entre las turbias olas, arrastrando hacia la arena seca a los incautos peces, atraídos por la frescura del agua dulce y sucia.

El esparrelló del cuento, panzudo, pequeñito y vivaracho, un pilluelo que correteaba por los escondrijos y rincones del golfo con grave disgusto de su familia, acababa de ver caer a todos los suyos entre las mallas de una red. Se salvó él por ligereza, y como era un perdis y los sentimientos de familia no están muy arraigados en su especie, solo se le ocurrió huir mar adentro, moviendo graciosamente la colita, como si quisiera decir:

—Sálveme yo y perezca la familia: mejor es el agua turbia que el aceite de la sartén.

Pero cerca de la entrada del puerto oyó un poderoso ronquido que conmovía las aguas, como si el suelo del mar se estuviera desgarrando.

El esparrelló dejose caer en línea recta, y en una hondonada abierta por las dragas en el fango, vio tumbado como un canónigo a un reig corpulento, que lo menos pesaba cuatro arrobas; un animalote insolente y matón que cobraba el barato en todo el golfo y apenas movía una agalla hacía temblar a todo el escamado enjambre.

¡Vaya un modo de dormir! Cansado de las aguas verdes y tranquilas cargadas de calor y de luz, le placía la frescura y la semioscuridad del barro líquido que arrastraba el río, y roncaba como si estuviera en una alcoba con las cortinas corridas.

El esparrelló quiso pasar un buen rato con el terrible personaje, pero sus malas intenciones no iban más allá del deseo de divertirse a costa ajena, y se limitó a pasar y repasar por las jadeantes narices del coloso, haciéndole cosquillas con las finas púas de su cola.

Pero bueno era el reig para inquietarse por tales caricias. A fuerza de sufrir cosquillas cesó de roncar y se incorporó un poco moviendo su poderosa cola, pero tumbose sobre el otro costado, y siguió bramando con la tranquilidad del que, seguro de su fuerza, no teme peligros.

—¡Animal! —le gritaba el pececillo junto a una agalla—; ¡animal, despiértate!

—¿Eh? —exclamaba el reig entre dos ronquidos con su bronca voz de borracho.

—Que te despiertes. Hay por ahí un belén de mil demonios. La gente de Nazaret ha roto hostilidades, y a miles se lleva prisioneros a los nuestros.

—Allá vosotros. Eso va con la morralla y no con personas de mi clase.

—Es que para ti también hay. Por arriba va la barca del Toto explorando, y si ha oído tus ronquidos, ahora mismo tienes aquí el bolichó de cuerdas, y mañana estás en la Pescadería hecho cincuenta cuartos.

—¡Cincuenta demonios! —roncó con furia el reig, y dando un furioso coletazo abandonó la cama de barro, poniéndose en facha de escapar, mientras al ladino esparrelló le temblaban todas las escamas con las convulsiones de una risita aguda e insolente.

El reig se amoscó al ver que tomaban a broma su prudencia, y avanzando el cuerpo hacia el diminuto bicho, quiso reconocerle en la semioscuridad.

—¿Eres tú, granuja? Tú acabarás mal; y si no fuera porque me tacharían de ingrato, lo que no corresponde a una persona de mi edad y mi peso, ahora mismo te tragaba. ¿Crees tú, mocoso, que me dan miedo todos esos pelambres que vienen a buscarnos en el fondo de las aguas? Soy demasiado guapo para dejarme coger. Pregúntale a ese Toto de quien hablas cuántas veces de una morrá le he roto el bolinchón de cuerdas. Si repito muchas veces la fiesta le arruino. Pero tengo conciencia; antes que hacer daño a un padre de familia prefiero huir a tiempo, y me va tan ricamente con este sistema, que mientras los de mi familia han ido a morir faltos de respiración en la playa, yo escapo siempre, y aquí me han de caer las escamas de puro viejo.

—Lo mismo soy yo —dijo con petulancia el pececillo—; los míos se han dejado arrastrar, pero a mí no me falta ligereza, y aquí estoy. Es gran cosa el ser pequeño.

—Quita allá, bicho ruin. Lo que vale es ser grande como yo, con más fuerza que un caballo y capaz de llevarse por delante de un empujón todas las redes de esos pelagatos.

Y para demostrar su fuerza, en menos de un segundo dio dos o tres coletazos con la aviesa intención de pillar desprevenido al esparrelló, y con tanto empuje, que si lo alcanza lo revienta.

Pero el granuja se echó a un lado oportunamente, amoscado por tan villanas caricias.

—Fuerte sí que lo eres; convenido. Si no salto me partes, y eso no está bien entre personas decentes, que deben ser agradecidas. Pero en cambio soy más ligero: corro más que tú. Mira como tu cola no me alcanza.

—¿Tú correr más?... ¡Jo! ¡jo! ¡jo!

Tan graciosa era la afirmación del petulante pececillo, que el reig se revolcaba con convulsiones de risa, y sus carcajadas, sonoras como ronquidos, hacían hervir el agua.

—Calla, condenado, que el Toto debe andar por arriba.

La advertencia devolvió al reig su seriedad, pero le cargaba que aquel bicho insignificante sacara a colación a cada momento el nombre del pescador, y quiso vengarse.

—¿Que tú corres más? —dijo con su expresión de jaque testarudo—; eso pronto se verá. Hagamos una apuesta: a ver quién llega antes al cabo de San Antonio. Apostaremos... ¡vaya! ya está. Si yo llego antes te dejarás comer en castigo a tu fanfarronería, y si quedo rezagado te protegeré siempre y seré tu siervo. ¿Conviene, chiquitín?

¡Pobre esparrelló! Le temblaban todas las escamas al verse metido en porfía con tan peligroso bruto, pero entre ser devorado al momento o de allí a unas horas, optó por lo último.

—Conforme, grandullón —contestó con risita forzada—; cuando quieras empezaremos.

—Vamos a las aguas verdes, que esto está turbio.

Y lentamente, moviendo con indolencia la cola, como dos buenos amigos que salen a tomar el fresco, el reig y el esparrelló llegaron al sitio donde se aclaraban las aguas con un dulce tono de esmeralda líquida.

El gigante dio unos cuantos coletazos alegres, roncó, haciendo hervir el agua con sonoras burbujas, y se puso en facha para correr.

—Mira, chiquitín: sé que te quedarás atrás, pero no pienses en huir, porque te buscaría por todo el golfo. Aunque grandote, no soy tan bruto como crees.

—Menos palabras, y al avío.

—¿Vaya, chiquillo?

—Cuando quieras.

—Pues ¡va!

¡Caballeros y qué modo de correr! Aquel reig era una tempestad. Al primer coletazo salió como un rayo, envuelto en espuma, moviendo un estrépito de todos los demonios. Tan ciego iba, que casi se estrelló los morros contra la popa de una fragata inglesa cargada de guano que había naufragado veinte años antes y estaba hundida en la arena como una carroña carcomida por los miles de pececillos que se albergaban en su vientre.

Pasó adelante sin sentir el encontronazo, jadeante, enfurecido, moviendo a un tiempo cola, aletas y agallas, de un modo vertiginoso, con un ruido y un hervor que conmovía todo el golfo.

¿Y el esparrelló? ¡Pobrecito! quiso seguir a su corpulento enemigo, pero el hervor de la espuma le cegaba, la violenta ondulación producida por cada coletazo del reig le hacía perder camino, y a los pocos minutos se sentía rendido por una carrera tan loca.

Pero el animalito panzudo era un costal de malicias. Esforzándose, llegó hasta la cabeza del reig, y fijándose en las grandes agallas que se abrían y cerraban con movimiento automático, hizo una graciosa evolución y se coló por una de ellas.

No se estaba mal allí. Viajar gratis, a doble velocidad y acostadito en aquel nido forrado de suave escarlata, era una dicha.

—¡Je! ¡je! ¡je! —reía socarronamente el pececillo sacando la cabeza por la ventana de su guarida.

Y el reig daba un salto, murmurando:

—Ese bicho ruin me da alcance. Oigo su risita burlona. Corramos, corramos.

Y cada carcajada del esparrelló era como un espuelazo para el pescadote.

¡Qué loca carrera! Aquella cola poderosa batía los profundos algares, y en el verdoso espacio flotaban arremolinados los pardos hierbajos, mientras que las larvas, las indefinibles mucosidades que vivían misteriosamente en el seno de los estercoleros submarinos, salían escapadas huyendo del brutal azote.

Después de los algares, las colinas sumergidas, aquellos peñascales en cuyas cuevas jugueteaban los peces recién nacidos, transparentes y diáfanos como sombras.

¡Qué espantosa revolución llevaba el reig a estos tranquilos lugares!

Le conocían bien por sus brutales majaderías, por sus caprichos de matón que alarmaban a todo el golfo, y las plantas submarinas que tapizaban los peñascos agitaban sus puntiagudas y verdes cabelleras, como si quisieran gritar con angustia:

—¡Atención, que llega ese loco!

Las almejas, gente tranquila que huye del ruido, al ver aproximarse el torbellino de espuma y furiosos coletazos, replegábanse medrosicas, cerrando herméticamente las dos hojas de su negra vivienda; los erizos apelotonábanse, formaban el cuadro, presentando por todos lados sus haces de agudas bayonetas; los calamares sentían tal miedo, que se envolvían en su diarrea de tinta; los gatos de mar sacaban por entre las piedras sus chatas cabezas y vientres atigrados con trémula inquietud; las lapas agarrábanse a la roca con más fuerza que nunca; los langostinos ocultaban su transparencia de nácar bajo el brillante fanal de alguna caracola hueca; los salmonetes huían en bandadas, esparciéndose como el brillante chisporroteo de una hoguera aventada, y en aquel mundo verdoso e inquieto, el paso veloz del enfurecido animalote producía entre los torbellinos de la espuma un hervor de carmín y plata, de escamas que despedían al huir fantásticos reflejos y colas que se agitaban con la ansiedad del pánico.

Una rozadura del reig bastó para arrancarle dos patas a una langosta, y la pobrecita, apoyada en un salmonete que se prestaba a ser su procurador, emprendió la marcha hacia las Columbretes, para pedir justicia y venganza a algún tiburón de los que rondan aquellas islas.

Dos alegres delfines que estaban acabando de merendarse un atún putrefacto, levantaban sus morros de cerdo y se burlaban de su amigote gritando:

—¡A ese, a ese, que está loco!

Y decían verdad; si no estaba loco, poco le faltaba; aquella maldita risa del esparrelló la tenía siempre en los oídos, y el pobre animal corría y corría espoleado por la vergüenza de ser vencido.

Por fortuna, en el verdoso y confuso horizonte comenzaron a marcarse las masas negras de las estribaciones submarinas del cabo, con sus profundas cuevas, donde las señoras del golfo en estado interesante iban a depositar sobre el tapiz de hierba fina sus innumerables huevos.

El jadeante reig, que no podía ya con su alma, llegó junto a las rocas y dijo con angustioso ronquido:

—Ya llegué.

Pero la vocecilla cargante contestó con timbre de falsete:

—Yo primero.

El muy granuja acababa de saltar desde el interior de la agalla, y se pavoneaba ante el hocico del cansado reig, como si hubiera llegado mucho antes.

El sencillo animalote no sabía qué hacer. Sintió tentaciones de darle un trompis al insolente bicho que lo convirtiese en papilla, pero encorvándose se llevó varias veces la cola entre los ojos y se rascó con expresión reflexiva.

—Bueno —roncó por fin—. En esto debe haber trampa, pero la palabra es palabra. Mocoso, manda lo que quieras; seré tu criado.

***

Y el viejo pescador, terminado su cuento, sonreía y guiñaba los ojos maliciosamente.

Aquello era de los tiempos en que los pescados hablaban, pero tenía intríngulis.

¿Que no lo adivinaba? Pues era sencillo: que en este mundo puede más el listo y el astuto que el fuerte que todo lo fía al corazón y a la acometividad. Que vale ser más esparrelló pequeño y malicioso, que reig enorme y sencillote. Que acometiendo de frente y arrollándolo todo solo se consigue ser vehículo del listo que se esconde en la agalla para salir a tiempo.

Y el vejete me miraba con tal expresión de malicia y lástima, que me ruboricé, murmurando para adentro:

—Este tío me conoce.