La familia del doctor Pedraza

N O V E L A
POR
Vicente Blasco Ibáñez
Ilustraciones de VARELA DE SEIJAS
NÚMERO EXTRAORDINARIO
MADRID
Sucesores de Rivadeneyra (S. A.)
Paseo de San Vicente, 20
1922

OBRAS DE
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ

Novelas a CINCO pesetas

Arroz y tartana.—Flor de Mayo.—La Barraca.—Entre naranjos.—Sónnica la cortesana.—Cañas y barro.—La Catedral.—El Intruso.—La Bodega.—La Horda. La maja desnuda.—Sangre y arena.—Los muertos mandan.—Luna Benamor.—Los argonautas (dos tomos).—Los cuatro jinetes del Apocalipsis.—Mare nostrum.—Los enemigos de la mujer.—El préstamo de la difunta.—El paraíso de las mujeres.—La tierra de todos.

Cuentos a CINCO pesetas

La Condenada.—Cuentos valencianos.

Viajes a CINCO pesetas

Oriente.—En el país del arte. (Tres meses en Italia.)

Artículos a CUATRO pesetas

El militarismo mejicano.

Estas obras, encuadernadas en tela, una peseta de aumento el volumen.—De venta en todas las librerías y bibliotecas de las estaciones de ferrocarril.

PARA LOS PEDIDOS
Editorial PROMETEO.—Valencia

A manera de prólogo

Hablando con Blasco Ibáñez.

La mejor obra de Blasco Ibáñez, aun siendo por tantos conceptos admirable cuanto ha salido de la pluma, del insigne valenciano, será su autobiografía, cuando el maestro se decida a plasmar impresiones, anécdotas y aventuras de su vida interesantísima...

—Es que mi vida no ha terminado aún—me decía un día—¡Quién sabe si ahora comienza!...

—No, Maestro. Usted ha llegado, pero de la manera completa que todos los verdaderos artistas deben alcanzar, saboreando las caricias de la Gloria Universal, y al propio tiempo gustando de las comodidades y magnificencias que proporciona el dinero... Y aunque en su vida futura puedan existir hechos y apoteosis superiores a los de hoy—si es que esto es posible—, ¿acaso no podría usted volcar en un tomo las impresiones y acciones de su vida hasta ahora? ¿Por qué, entonces, no comenzar ya la hermosa tarea, que será, no lo dude usted, superior a La barraca, con ser esta novela una obra-cumbre?

—Si llevo vida de millonario—decíame en la intimidad otro día—, no soy digno de envidia. Trabajo doce o catorce horas diarias para atender a los compromisos adquiridos con revistas y editores de Europa y América... Además, la gente ve el resultado final de una vida de continua producción, pero ignora lo que he tenido que sufrir y trabajar para obtener eso. Baste decir que jamás fuí tertuliano de ningún café, ni perdí el tiempo figurando en grupitos literarios, infecundos y murmuradores. Tal vez el haberme dedicado a la política revolucionaria desde los diez y siete años me libró de esa vida de pereza y crítica negativa que ha atrofiado las facultades de tantos jóvenes en nuestro país.

—Realmente no parece usted un español. ¡Tiene usted alma de norteamericano!

—Eso me han dicho muchas veces, hasta cuando me vieron de cerca en Estados Unidos. Muchos yankees esperaban asombrarme con la prodigiosa actividad de su país, y finalmente los periódicos de allá acabaron por reconocer que en punto a voluntad enérgica y a potencia productora yo podía figurar entre los más fuertes de sus compatriotas.

El gran novelista español tiene en su vida un éxito material que pocas veces se ha visto.

Un día, estando en su regia posesión de la Costa Azul—y perdone el maestro tan poco republicano adjetivo—, le visitó el presidente de una de las más grandes casas cinematográficas de Nueva York. Venía a comprarle sus derechos de autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis para hacer con esta novela—famosísima en el mundo entero-y de la cual se han vendido en Estados Unidos cerca de dos millones de ejemplares—un film de gran espectáculo. Y le entregó por dicha autorización 200.000 dólares, o sea más de un millón de pesetas. ¡Eso es recibir una visita grata!... Pero hay que recordar que la citada novela la vendió en 1916 en 300 dólares a la traductora inglesa, y que ésta se ha enriquecido con ella, así como los editores, sin que Blasco Ibáñez recibiese un céntimo más. Justo es que la Providencia, en forma de Empresa cinematográfica, le haya proporcionado esa magnífica compensación.

—¿Usted sigue siendo republicano?

—Lo seré mientras viva. Yo no soy un político; no lo he sido nunca. Soy un romántico de la República. A veces pienso como digno final de mi existencia morir lo mismo que aquel viejo desconocido que muere en Los Miserables sobre una barricada, sin que nadie sepa su nombre, sirviendo de bandera a la juventud revolucionaria. No quiero volver a la actividad política para ser un político..., un diputado. Hay veinte mil españoles, por lo menos, que pueden ser diputados, tan bien o mejor que yo lo fuí durante muchos años. Españoles que puedan escribir novelas y las hagan leer a los públicos de toda la tierra, son indudablemente algunos menos. Yo creo servir a mi país haciendo lo que hago ahora: novelas. Y si algún día renacen en España los movimientos para implantar la República, entonces yo, aunque tenga ochenta años...

El brillo de los ojos del famoso novelista parece terminar esta profesión de fe, verdaderamente de “romántico”, eternamente joven. Luego queda pensativo y añade:

—Dicen que disminuye el número de los republicanos en España. Esto no significa nada. En veinticuatro horas una nación entera puede pasar de monárquica a republicana. Además, no me impresiona que aumenten las deserciones y se abran claros en las filas. Yo repito el verso del inmenso Hugo en una situación semejante, cuando Napoleón III parecía victorioso para siempre, y cada vez eran menos los republicanos en Francia: “Si sólo queda uno, ése seré yo.”

La literatura de nuestro país hoy...

Hay muchos novelistas jóvenes a los que leo con verdadero deleite. Todo el que trabaja y expresa sinceramente su manera de ver la vida, tiene en mí un admirador. Lo único que les falta a algunos de ellos es asomarse al mundo, vivir en otros ambientes, respirar otros aires, renovarse...

La charla de Blasco Ibáñez está a su altura como escritor. Me gusta casi tanto cuando habla como cuando escribe. A veces es mordaz, irónico, y en dos palabras tajantes va al resumen de la cuestión.

¿No ha hablado usted nunca con el Rey?

El novelista me mira. ¿Quiere sondar con su mirada de estilete la intención de mi pregunta? Ha debido ver en mis ojos lealtad, cuando tranquilamente, pausadamente, me responde:

No; no he hablado nunca con el Rey. ¿Qué motivos hay para ello?... Si escribiese novelas, tal vez me interesaría verle. No digo que no acabe haciéndolas, pues según dicen ha nacido con variadísimos talentos para todo; pero hasta el presente sólo ha hecho discursos... Viviendo en el extranjero, como yo vivo, bien podría ocurrir alguna vez que me encontrase con él en sus viajes, y hablásemos. Fuera de España no hay política; todos somos españoles.

Blasco Ibáñez añade:

Yo soy amigo particular de otro rey de España, que no está sentado en el trono, pero cuyos derechos a la Corona sostienen aún muchos españoles. Algunas tardes veo a Don Jaime de Borbón y echamos un párrafo con la alegría de dos compatriotas que se encuentran en tierra extranjera.

Don Jaime ha comprado una propiedad agrícola en los alrededores de Niza; Blasco Ibáñez tiene su poética “Fontana Rosa” en Menton; entre estas dos ciudades cercanas de la Costa Azul viene a ser Montecarlo un lugar intermedio, y es en el Casino de Montecarlo donde se encuentran con frecuencia el pretendiente al trono de España y el novelista, como dos vecinos.

El tiene sus creencias y yo las mías. Somos dos españoles que amamos a España, cada uno a su modo, y nunca reñimos. Además, Don Jaime posee la más sólida y positiva de las ilustraciones; la que no se adquiere en los libros, sino viajando. ¡Ojalá todos sus partidarios y los más de los españoles hubiesen hecho lo mismo!... El ha corrido una gran parte de la tierra; yo no he viajado menos que él, y eso hace que nos entendamos perfectamente, con la tolerancia y el mutuo respeto de dos hombres que se libertaron de esas estrecheces de criterio y miserias mentales que sufren los que no han salido nunca de “la sombra de su campanario”. Además, lo repito: somos dos buenos españoles, y hay que vivir fuera de España para saber lo que representa esto como fuerza atractiva.

—Y si España peligrase, maestro, ¿abandonaría usted su dorada y altísima Torre del Arte para acudir?

Los ojos del maestro llamean de patriótica exaltación.

—¡Claro que sí!... ¿Acaso hay quien crea que porque no resido habitualmente en España no la quiero y venero tanto como el que más? ¿No presto yo mejor servicio a mi Patria estando fuera de ella que si viviese aquí como uno de tantos españoles?...

*

En la terraza del Casino de Madrid, a los postres, hablamos de España, de Europa, del mundo...

—Sí, indudablemente España progresa—dice el eminente novelista—, pero el progreso que se ve es “material”; un progreso de ladrillos puestos unos sobre otros y de nuevas calles en las ciudades. Pero progreso moral, espiritual, intelectual... ¡lo dudo un poco! La vida sigue siendo aquí dura, agresiva y áspera. Aún no hemos aprendido “la dulzura de vivir”. Yo YA no podría residir aquí continuamente, como en otro tiempo. Al que viene de fuera, le parece que todo en este ambiente le molesta y le pincha... Para las mujeres no hay respeto, sino procacidad, grosería... Los hombres, ante una mujer hermosa parecen lobos hambrientos... Es triste, pero es cierto...

—Sí—interrumpo—, aun los que todavía no hemos vivido, ni viajado, ni aprendido, ni visto lo que usted, comprendemos con dolor y con tristeza que España, en estos aspectos de que hablamos, es una aldea, una pobre aldea sin botica, pero con cura... Una aldea en la que, naturalmente, todo llama la atención: la mujer hermosa, los brillantes, las pieles, las pantorrillas, los hombres altos, los hombres flacos, los hombres gordos... ¡hasta las mujeres feas despiertan estupor! Y luego, todo se toma por la tremenda, por lo trágico, en cobardes huídas del ingenio... Tiene usted las corridas de toros...

—No me hable usted de las corridas de toros—interrumpe ahora el maestro—¿Para qué hablar de tan cobarde espectáculo? El caballo, amigo fiel del hombre, que le ayuda en todo, encuentra como premio a su vida abnegada la plaza de toros, donde se le somete a los más infames martirios... No hablemos, no hablemos de las corridas de toros...

Pasamos a conversar de otra cosa que interesa particularmente al novelista: el viaje que va a hacer alrededor del mundo.

En noviembre del año próximo 1923, Blasco Ibáñez irá a Nueva York para embarcarse en un gran yacht que dará la vuelta a la tierra. Es un viaje organizado para millonarios norteamericanos, a juzgar por lo que cuesta. Un centenar de pasajeros hará esto, circunnavegación en un transatlántico de 20.000 toneladas, convertido en yacht. Después de visitar muchas islas de Oceanía, el Japón, Corea, China, Java, la India, Ceilán, Egipto, etc., el novelista bajará a tierra en Montecarlo, único puerto de Europa en que tocará el yacht, y se irá tranquilamente a su villa “Fontana Rosa” en el tranvía de Menton (veinte minutos), o en uno de sus dos automóviles, mientras el buque continúa navegando hacia Nueva York con los demás pasajeros.

Esto se llama vivir en nuestro planeta como si fuese casa propia.

*

Referir cuanto hemos oído al maestro durante su última estancia en España, sería labor prolija.

Vicente Blasco Ibáñez es el más alto y más sólido prestigio literario de la España de nuestros días, y uno de los primeros novelistas del mundo, como lo han declarado famosos críticos de Europa y América. La Novela de Hoy experimenta verdadera satisfacción al decir a sus lectores: el maestro, el glorioso autor de La barraca, de Entre naranjos, de Mare Nostrum, de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de tantas obras famosas, leídas y saboreadas por millones y millones de almas, traducidas a todos los idiomas, el maestro Blasco Ibáñez, el insigne valenciano, el célebre español aclamado por los más diversos públicos, colaborará asiduamente en nuestras páginas.

¡Salud, maestro! Hasta su próxima novela, y hasta la visita que le prometí en la Costa Azul, le abraza su devoto