[NOVELAS DE LA COSTA AZUL]
[Puesta de sol]
[La familia del doctor Pedraza]
[El sol de los muertos]
[El comediante Fonseca]
[El viejo del Paseo de los Ingleses]
[EN LA COSTA AZUL]
[Capítulo: I,] [II, ] [III, ] [IV, ] [V, ] [VI, ] [VII, ]
[BIOGRAFÍA]

NOVELAS DE LA COSTA AZUL

Novelas de la Costa Azul (1924) resulta un excelente fresco sobre la vejez, trazado con brío y exactitud por un Blasco Ibáñez ya maduro, en la cumbre de su fama, dueño de la lengua y la técnica, que sabe dibujar desde el agnosticismo la amargura del transcurso del tiempo sin desaliento ni acritud. Un libro brillante que sorprenderá al lector por su calidad y su calidez humana.

©1924, Blasco Ibáñez Vicente
©1924, Prometeo

AL LECTOR

TITULO este libro NOVELAS DE LA COSTA AZUL porque la mayoría de las historias novelescas y los relatos descriptivos que lo componen tienen por escenario la famosa y asoleada ribera mediterránea, conocida con dicho nombre.

Dos de las novelas desarrollan su curso más lejos, en la América del Sur, pero me he atrevido a darles entrada en el presente volumen pensando que su nacimiento justifica en parte tal intrusión, ya que en la Costa Azul fueron concebidas y escritas.

Puesta de sol

LA DUQUESA de Pontecorvo dejó su automóvil a la entrada de Roquebrune. Luego, apoyándose en el brazo de un lacayo, empezó a subir las callejuelas de este pueblo de los Alpes Marítimos, estrechas, tortuosas y en pendiente, con pavimentos de losas azules e irregulares, incrustadas unas en otras. A trechos, estas callejuelas se convertían en túneles, al atravesar el piso inferior de una casa blanca que obstruía el paso, lo mismo que en las poblaciones musulmanas.

Todas las tardes de cielo despejado, la vieja señora subía desde la ribera del Mediterráneo para contemplar la puesta de sol sentada en el jardín de la iglesia. Era un lugar descubierto por ella algunas semanas antes, y del que hablaba con entusiasmo a sus amigas.

Una vanidad igual a la de los exploradores de tierras misteriosas la hacía soportar alegremente el cansancio que representaba para sus ochenta años remontar las cuestas de estas calles de villorrio medioeval, por las que nunca había pasado un carro, y que no se prestaban a otro medio de locomoción que el asno o la mula.

Tenía la duquesa la flácida obesidad de una vejez que se resiste a la momificación, y sólo le era posible andar apoyándose en una caña de Indias con puño de oro, recuerdo de su difunto esposo el duque de Pontecorvo, mariscal de Napoleón III y héroe de la guerra de Italia contra los austríacos. A pesar de la hinchazón de sus piernas, se movía con cierta vivacidad juvenil, que delataba las impaciencias de un carácter inquieto y nervioso.

Su rostro guardaba los lejanos reflejos de una belleza majestuosa: una belleza «estilo María Antonieta», como decían los aduladores de su ancianidad; pero la nariz que había sido aguileña caía ahora sobre la boca con una pesadez grotesca, y sus ojos azules estaban empañados por el lagrimeo de la decrepitud. Por debajo de su capota asomaban los rizos de una cabellera blanca, excesivamente abultada para ser natural.

En su persona, vestida de negro con aristocrática modestia, lo que atraía inmediatamente la atención, lo que la hacía ser reconocida por todos, era su collar, un famoso collar que sólo podía ser el de la duquesa de Pontecorvo: millón y medio en perlas, según cálculo de los entendidos.

Tenía la forma ancha de los llamados «collares de perro», y al mismo tiempo que deslumbraba como joya, servía de corsé al cuello, sosteniendo y disimulando las blanduras de su piel. Por abajo intentaba ocultar un manojo de tendones rígidos. Sobre su filo superior se desbordaban los colgantes bullones de las mejillas, cuyo antiguo tono de rosa era en el presente un morado lívido.

Entró en la iglesia, desierta a estas horas, y el lacayo, abandonando su brazo, quedó en respetuosa inmovilidad junto a una puertecilla lateral. Esta abertura proyectaba sobre las baldosas del templo un rectángulo de sombras azules, perforadas por redondas manchas de sol, iguales a monedas de oro.

El doméstico sólo llegaba hasta allí, pues la duquesa quería permanecer sola en sus dominios recién descubiertos. Y saliendo de la iglesia por la puertecilla del jardín, siguió un estrecho sendero bordeado de plantas, golpeando con su bastón el pavimento de ladrillos rojos, desnivelados por el tiempo y las lluvias.

Amaba el pequeño huerto clerical por la seducción que ejercen sobre nuestra vida los contrastes rudos; porque era todo lo contrario del majestuoso y ordenado jardín que rodeaba su vivienda, abajo, junto a la azul llanura del Mediterráneo.

En esta terraza de la montaña adosada a la pequeña iglesia, todo crecía en libertad: los rosales confundían sus ramas y sus flores, enmarañándose hasta formar un matorral espinoso y perfumado; los árboles, faltos de espacio, se apoyaban unos en otros, retorciendo sus troncos; las flores silvestres disputaban el suelo a las cultivadas, con una audacia agresiva de parásitas llegadas a capricho de los vientos; la vida animal—hormigas, avispas y escarabajos multicolores—zumbaba o se arrastraba en filas ondulantes a través de la reducida selva.

La duquesa iba paladeando de antemano en su imaginación el panorama inmenso que la esperaba algunos pasos más allá, detrás de las parras en desorden que hacían inclinar su cabeza y de los árboles frutales que avanzaban sus ramas como si pretendiesen cerrarla el paso. Iba a ver el mar desde aquel balcón natural, a una altura de varios centenares de metros; un Mediterráneo más inmenso que el que contemplaba desde su «villa» al borde de la costa. Admiraría, además, el ondulado contorno de los Alpes al sumir en el abismo azul sus últimas estribaciones, formando golfos, penínsulas y promontorios.

A lo lejos, las montañas de la ciudad de Niza, invisible desde allí, recortaban sus cumbres de bloques negros sobre el cielo enrojecido por el sol poniente; más cerca y en la orilla del mar, se alzaba el peñasco de Mónaco, con la vieja ciudad sobre su lomo; después, la meseta de Monte-Carlo, cubierta de palacios y jardines; y a los pies de ella, obligándola a bajar los ojos, la península de Cap Martin, con la «villa», entre copudos pinos, edificada por el difunto mariscal, duque de Pontecorvo. En la misma península cubierta de árboles, que era como un jardín avanzado sobre el mar, estaba la «villa» de su amiga y protectora Eugenia, antigua emperatriz de los franceses, y otras viviendas de príncipes y monarcas destronados. También podía ver el enorme palacio del americano John Baldwin, poderoso rey de la industria y de la minería, que muchos consideraban el hombre más rico de la tierra.

Siguió avanzando la vieja señora por entre ramas que se cerraban a sus espaldas. Iba a llegar a un pequeño cenador cubierto de enredaderas, desde el cual se abarcaba el portentoso conjunto de la Costa Azul que ella había evocado ya en su imaginación. Permanecería allí una hora, contemplando la lenta y dulce muerte de la tarde. Nadie vendría a turbar su melancólico aislamiento en este tranquilo jardín de cura, frente al ocaso, que despierta los más suaves recuerdos del pasado y evoca lo que fue y no volverá a ser, como una melodía dulce y moribunda, como un perfume casi desvanecido.

Experimentaba el egoísta deleite de un monarca melómano que hiciese cantar una ópera en un teatro cerrado, sin otro espectador que él mismo, perdido en el fondo de un palco. ¡Para ella toda la suave agonía de la muerte del sol, y el luto purpúreo del cielo y de las aguas, en uno de los lugares más hermosos de la tierra!...

Cuando iba a entrar en el cenador, respiró un perfume de tabaco confundido con el de las flores. Detrás de las enredaderas sonó una tos. Un hombre había invadido sus dominios y estaba contemplando el inmenso paisaje, como si le perteneciese. Además, lo enviaba las bocanadas de humo de su cigarro.

Hizo la duquesa un gesto de contrariedad, y hasta sintió deseos de protestar, como si fuese víctima de un despojo. Pero inmediatamente sonrió, con una amabilidad algo exagerada, al reconocer al intruso.

—¡Oh, mister Baldwin!... ¡Qué agradable sorpresa!...