II

Después de los veinte años, cuando, muerta su madre, se fue a vivir al Barrio Latino, conoció Montalbo al mismo tiempo las angustias de una juventud mísera que no acierta el modo de conseguir juntos el pan y el renombre, y las primeras satisfacciones del amor.

En realidad, más que el amor, lo que saboreó en dicho tiempo fue el orgullo de su vanidad masculina.

Aún no había llegado la época en que los hombres resolvieron suprimir sus adornos capilares, abominando de la barba y la cabellera, como algo anacrónico y poco limpio. Todavía la influencia sajona no había puesto de moda el bigote cortado a raíz o el rostro completamente afeitado. Todos los que aspiraban a la gloria de las letras o las artes, para distinguirse de los burgueses, dejaban crecer los adornos naturales de su cabeza, imitando con exuberancia los penachos y melenas que en el reino animal distinguen al macho, soberbio, ambicioso y batallador, de las otras bestias, obscuras y humildes.

Montalbo, mal vestido y mediocremente alimentado, conseguía muchas veces que las mujeres elegantes, al cruzarse con él en la calle, volvieran los ojos con repentino interés:

—¡Qué cabeza de artista!...

De sus remotísimos ascendientes los árabes andaluces, abuelos del conquistador que se embarcó para el Nuevo Mundo, tenía la barba suave, negra y rizosa, la nariz de curva enérgica y unos ojos cuyas pupilas parecían acariciar con la finura del terciopelo. Su rostro, de morena palidez, estaba como encuadrado por dos crenchas intensamente negras, que descendían hasta más abajo de sus orejas.

Las muchachas del Barrio Latino, estudiantas rusas, modelos de pintor o simples aspirantes a la conquista de numerosas joyas y un hotel lujoso al otro lado del río, lo admiraban por su «belleza exótica», como ellas decían. Una que en fuerza de visitar «estudios» ostentaba cierta erudición artística le había apodado Velázquez, por encontrarle cierto parecido con los caballeros españoles retratados por el maestro. Sus amigos, que conocían la historia de sus ascendientes y el lugar de su nacimiento, le llamaban «Montalbo el Conquistador».

Fue en esta época cuando conoció a Duprat y a su hija Matilde. Este escultor, ya entrado en años, y predispuesto siempre a atribuir su falta de éxito a maquinaciones y envidias de artistas célebres que empezaron a trabajar al mismo tiempo que él, buscaba la compañía de la juventud. Los principiantes le respetaban, llamándole «maestro», por sus años más que por sus obras. Además escuchaban con delectación su verbosidad demoledora, sus interminables declamaciones de hombre agriado por la mediocridad.

Al final de un callejón de Montrouge tenía su pobre estudio: antigua cuadra en el fondo de un jardín abandonado. Allá iban a juntarse por las tardes, procedentes del Barrio Latino o de Montparnasse, muchos jóvenes buscadores de gloria y de riqueza por los diversos caminos de la literatura, la música o las artes plásticas.

El odio a los antecesores que habían paladeado ya la miel del éxito, el afán innovador del entusiasmo, el menosprecio a los «viejos», que muchas veces no era más que una manifestación torcida de la envidia, los unía a todos con fraternal amistad. Además, el escultor, en las tardes de invierno, ponía al rojo blanco la estufa de su estudio, y este fuego parecía atraerlos, cansados de sufrir en sus míseros cuartos de hotel o en sus buhardillas los agudos mordiscos del frío.

Otro atractivo del estudio de Duprat era la presencia de su hija. Los amigos del escultor no se forjaban ilusiones vanidosas al pensar en esta muchacha de aspecto modesto, concisa en palabras, y que mostraba en todos sus actos la voluntad tranquila y firme de una excelente dueña de casa. Muchos se preguntaban cómo había podido nacer esta criatura de un padre tan desordenado como Duprat. Nadie había conocido a la madre, y los más suponían a Matilde fruto de las relaciones del bohemio con alguna mujer del pueblo hacendosa y vulgar, que desapareció luego de su existencia, dejándole este recuerdo viviente.

Era inútil todo intento de enamorarla. Los que venían por primera vez al estudio adoptaban en vano actitudes de artista genial seguro de su gloria futura o se mostraban como graciosos aturdidos, hábiles para hacer reír a una mujer con sus palabras. No tardaban en convencerse de que perdían su tiempo. Matilde vivía entre ellos como si estuviera de paso y perteneciese a otro mundo. Hasta le era imposible ocultar cierto menosprecio por las ideas y costumbres de estos jóvenes y de su padre. Ella amaba el orden, la provisión, la limpieza, el hogar tranquilo, donde todo se desarrolla metódicamente.

Tenía una hermosura «apagada y gris», según decían los visitantes del estudio, que era como un reflejo de su alma discreta y humilde; una hermosura que no se dejaba ver en el primer momento, revelándose al observador poco a poco, en el transcurso de los días. Los amigos del padre se preguntaban con aire de duda si Matilde era hermosa. Al fin le reconocían cierta belleza, pero añadiendo:

—No es para un artista; ha nacido para casarse con un burgués.

Procuraba la joven mantenerse oculta en las habitaciones inmediatas al estudio. Después de pasar su adolescencia con unos parientes de su madre, había tenido que acostumbrarse a las conversaciones algo libres del escultor y sus camaradas. Las palabras inconvenientes parecían resbalar sobre ella sin ser comprendidas. Su grave modestia pasaba sorda e impasible por este ambiente de bohemios violentos y desordenados. A pesar de tal inmunidad, procuraba alejarse de él siempre que podía. Únicamente en las tardes que el escultor obsequiaba a sus amigos con vino o cerveza, deseoso de hacerles ver que ganaba dinero no obstante la envidia de sus compañeros célebres, Matilde aparecía en el estudio para servir a los invitados, tomando el aire de una buena dueña de casa.

Montalbo se dio cuenta de la animadversión con que le distinguía esta joven sobre todos sus compañeros. Evitaba hablarle, parecía no oír sus cumplimientos o los acogía con visible despego. Abominaba de él, sin duda, por aquella belleza exótica que tanto admiraban las muchachas licenciosas del Barrio Latino, y por ciertas historietas oídas a su padre y a los amigos de éste comentando las buenas fortunas amorosas del «Conquistador». El joven poeta era una concreción brillante y antipática de todos los desórdenes y jactancias que ella menospreciaba silenciosamente en los visitantes del estudio.

Esta reprobación sorda de la joven hizo que Montalbo se fijase más en ella, con la insistencia de una vanidad lastimada. Sin que ninguno de los dos supiera cómo ocurrió el hecho, un anochecer se miraron frente a frente. Sus ojos parecieron sufrir una mutua atracción, sosteniendo largo rato sus miradas. Los dos creían verse por primera vez.

Él, que la había tenido siempre por una mujer insignificante, apta cuando más para ser la esposa de un pobre empleado, columbró a través de su rostro tranquilo una belleza no sospechada hasta aquel momento, más fresca y atrayente que las de todas las mujeres que llevaba conocidas. Matilde, a su vez, creyó registrar con sus ojos los escondrijos del alma del poeta, y se dijo que el bello Velázquez era un excelente muchacho, mejor que todos sus camaradas, dando por no oídas las historias que le atribuían.

Tampoco podía decir Montalbo al recordar su pasado quién fue el primero de los dos que reveló con palabras este amor repentino. Tal vez fueron ambos a un tiempo; tal vez no fue ninguno, pues adivinando la mutua atracción de sus voluntades, se consideraron ligados por el amor antes de decírselo.

Empezaron a verse fuera del estudio, huyendo de aquel ambiente de gritos, maledicencias y fugaces entusiasmos, que olía a tabaco, a fiebre y a pobreza. Ella, valiéndose de la libertad en que la dejaba su padre, buscó a Montalbo para pasear juntos por el Bosque de Bolonia o algún jardín del otro lado del Sena, lejos de la orilla izquierda, donde podían tropezarse con gentes conocidas.

Este amor sano y grave, que desde los primeros instantes les hizo hablar de su próximo matrimonio—como si no pudiera tomar otra forma que la reposada y legal—, dio a Montalbo una voluntad nueva, infundiéndole mayores fuerzas para el trabajo. Siguiendo las indicaciones de Matilde, encontró de más fácil tránsito los caminos en cuya entrada se detenía antes, descorazonado por los obstáculos que adivinaba en ellos.

La hija del escultor pareció influir en su destino, dándole una buena suerte, modesta, limitada, pero incesante. Fue en este período cuando revistas famosas publicaron sus versos y sus primeros cuentos, y empezó a ver retribuido su trabajo con pequeñas cantidades. El buen sentido de ella le hizo abandonar las publicaciones de cenáculo y las revistas de corta tirada, leídas únicamente por sus propios colaboradores y de las cuales no había que esperar dinero.

Precisamente, cuando Montalbo empezaba a considerarse ya en el camino de la riqueza porque su novia guardaba unos cuantos centenares de francos ganados por él, que habían de servir para la instalación del futuro matrimonio, ocurrió un suceso que para el poeta casi equivalió a una catástrofe de tragedia.

De todos los artistas célebres y ricos, a los que Duprat llamaba con desprecio «los consagrados», el único que éste dejaba aparte, excluyéndolo de sus odios y tributándole una admiración relativa, era el famoso compositor Fontana. Este músico había continuado siendo amigo suyo desde los tiempos de pobreza juvenil. La música nada tiene que ver con la escultura, y Fontana, maestro glorioso, pero que sólo entendía de su arte, trataba a Duprat de igual a igual, accediendo a considerarlo como un genio mal comprendido, ya que esta concesión no podía disminuir su propia gloria.

El escultor, por su parte, correspondía a tal deferencia manifestando su admiración por la obra de Fontana: una admiración razonadora y con numerosas objeciones, pues era incapaz de venerar a nadie ciegamente, a excepción de sí mismo. Los primeros músicos eran para él los alemanes y los eslavos, unos porque habían muerto, otros porque vivían muy lejos; pero después de ellos, en el mundo sólo existía Fontana.

Cuando, de tarde en tarde, aparecía el famoso maestro en el estudio del escultor, todos los contertulios de éste se mostraban más agresivos en sus juicios y más ásperos en sus palabras. Era necesario que este hombre célebre que «había llegado» se enterase bien de su independencia y no creyese en una posible adulación. Hasta el dueño de la casa acogía al ilustre visitante con una excesiva familiaridad, haciéndole sentir el privilegio que representaba para un artista célebre y de carácter oficial ser recibido en esta reunión de genios independientes e ignorados.

Algunas horas después, los mismos jóvenes decían a sus compañeros de café: «¡Hoy he estado con Fontana, el más grande de los músicos después de Wagner!...». Y seguían inventando hiperbólicos elogios en honor de aquel hombre que había estrechado su mano distraídamente, cruzando con todos ellos unas cuantas palabras.

El escultor, por su parte, dividía el tiempo con arreglo a las visitas de su célebre amigo, y al recordar un suceso doméstico o exterior, decía reflexionando: «Eso fue dos días después de la última tarde que vino Fontana».

Por la indiscreción de un amigo de Duprat, al que comunicaba éste sus apuros pecuniarios y sus asuntos familiares, supo Montalbo lo que ocurría. El maestro Fontana estaba enamorado de Matilde y parecía deseoso de casarse con ella.

Quedó el poeta asombrado por tal noticia, como si representase algo inverosímil. Fontana tenía cerca de sesenta años; era más viejo que el escultor. En su vida abundaban los episodios amorosos.

De joven, como pianista célebre, había conocido la gloria en forma de aplausos y también de sonrisas femeniles y ojeadas prometedoras. Había abusado, según los comentaristas de su brillante carrera, de ese poder de sugestión que tienen sobre las mujeres los oradores, los cantantes y los músicos; influencia misteriosa que las hace estremecerse, oprimiendo su garganta muchas veces con un nudo histórico. Luego, sus óperas graciosas y melancólicas, célebres en el mundo entero, y que siempre tenían por tema el amor, hicieron que toda extranjera de paso en París considerase indispensable llevarse un retrato de Fontana con dedicatoria.

Pero el compositor parecía cansado de sus amores novelescos, más interesantes, tal vez, vistos por los extraños, que lo habían sido en la realidad. Matilde, con su belleza tranquila y reposada de dueña de casa, le hacía pensar en las vulgares delicias del matrimonio. Era el repentino entusiasmo por el huerto de la casa natal que siente el viajero cuando vuelve de dar la vuelta a la tierra, harto de frutos raros y lejanos. El célebre maestro quería casarse, como se habían casado sus progenitores, sintiendo una ternura algo senil al ver a esta joven que le recordaba las virtudes hacendosas de su madre.

Duprat hablaba con entusiasmo a su confidente.

—Es una verdadera suerte... fíjate bien. Un hombre célebre, mucho dinero, y cuando muera (porque forzosamente debe morir antes que mi hija), heredará Matilde todos sus derechos de autor, y hay que pensar que sus óperas se cantan en el mundo entero.

No parecía sentir el padre duda alguna sobre la próxima realización de este matrimonio. Montalbo tampoco dudaba. Se vio débil, sin defensa, despreciable, al compararse con aquel hombre célebre.

Pensó por un instante que un pequeño poeta, aunque sea casi desconocido, tiene perfecto derecho a matar a un músico famoso, si le estorba; pero inmediatamente se extinguió su agresividad. ¿Qué podía hacer él, si Matilde sería indudablemente la primera en aceptar este matrimonio inesperado? ¿Cómo resistirse a las seducciones de la riqueza y de la gloria?...

También ejercía la gloria su influencia deslumbradora sobre él. Se acordó de muchas tardes de domingo en que había asistido a conciertos famosos, siendo una gota viviente del mar humano que oleaba de entusiasmo, agolpándose en la barandilla circular del teatro. Innumerables veces había aplaudido y aclamado las obras de este hombre. Hasta recordaba una disputa, que casi acabó a golpes, sostenida contra varios que intentaron silbar una obra audaz, de la llamada «última manera», del maestro.

En su niñez, la primera ópera oída por él fue una de Fontana. Su madre, sentada al piano, cantaba muchas veces, a media voz, una romanza amorosa, que le hacía pensar, sin duda, en la lejana tierra de América, donde había sido feliz por breves años. Y esta romanza, que hacía brillar con el cristal de las lágrimas los ojos maternales, también era de él. ¿Cómo lanzarse a luchar con este hijo de la gloria?...

Cuando habló con Matilde en un banco del jardín del Luxemburgo, su voz fue trémula y desmayada: una voz de niño sin amparo que va a llorar.

—Sé que Fontana quiere casarse contigo. Tu padre celebra esto como un honor, y tú, indudablemente, lo aceptarás. Él tiene lo que yo no tengo: la gloria... ¡Es tan célebre!

Matilde le miró con una expresión de asombro y de lástima; una de esas miradas que las mujeres en trato continuo con los hombres de talento guardan para acoger las tonterías que dicen en determinadas ocasiones. Luego sonrió.

—¡Pero si Fontana es tan viejo!... Bien podría ser mi padre... Tal vez más que mi padre.

Se detuvo unos segundos, y añadió con energía:

—Ámame mucho y no te preocupes del maestro. Tú eres quien tiene lo que él ya no puede tener.

Le zumbaron a Montalbo los oídos a causa de su emoción. En el primer instante se sintió orgulloso del triunfo de su juventud. Luego miró con cierta lástima a Matilde.

Muy buena, muy dulce... y muy hembra. Deseaba que fuese su esposa, pero al mismo tiempo la juzgó vulgar y poco inteligente. ¡Hablar así del gran Fontana!...

Al fin, mujer. Sólo los hombres pueden apreciar lo que es la gloria.