II

Un cambio enorme se ha realizado durante los últimos cincuenta años en el interior de las familias acomodadas; algo tan importante como una de esas revoluciones que trastornan la organización política de un país o la forma de la propiedad.

Pero como esto sólo ocurre entre las gentes de dinero, que son las menos, la tal revolución ha pasado algo inadvertida hasta el presente y sólo se dan cuenta de ella los que sufren sus efectos.

Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego. Una llamada «artista», o una profesional, con sus dientecitos incansables, había ido royendo la fortuna del pobre señor. Mientras tanto, la esposa vivía obscuramente en su casa, haciendo economías para remediar las locuras del marido, y las hijas, bajo la dirección materna, llevaban una existencia de sobriedad monjil.

Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas, los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso privilegio de las «artistas», de las mundanas, de todas las criaturas brillantes, peligrosas y efímeras mantenidas al margen de la alta sociedad. La mujer decente, la madre de familia, debía ser económica, modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras el marido gastaba fuera de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres «malas», para las criaturas versátiles y locas, sin otra preocupación que danzar en torno a la llama que acaba por quemarlas.

La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para discurrir con ellas sobre el amor y los prodigios de las artes y el lujo, mientras la mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la limpieza de sus pequeños y ordenaba el trabajo de los esclavos.

Pero un día la mujer moderna se dio cuenta de la inferioridad que significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que procedía el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y despilfarrador con las hembras encontradas en la calle o en el teatro.

—Si nuestros maridos o nuestros padres—dijeron muchas—desean arruinarse por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos vestiremos y devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se aprende con facilidad. Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los refinamientos de un lujo disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que cuesta. Si han de tirar una fortuna por vanidad, a lo menos que su locura sea aprovechada por las de la casa. Acicalémonos como las profesionales y tengamos sus mismas exigencias...

Total, que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten iguales audacias en público, y uno no puede distinguir, como antes, la señora de la que no lo es. El único indicio para no equivocarse es tener por señora a la que menos parece serlo. Las mujeres decentes muestran en la actualidad el atrevimiento del neófito que acaba de entrar en una religión nueva, la audacia del esclavo recién libertado.

Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a Europa desde América en los últimos cincuenta años, como los «Palaces», como la afición exagerada al baile, como los jazz-band y tantas cosas contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia americana para esto, pues en todas las épocas existieron en Europa esposas que arruinaron a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó en su período histórico una excepción, y de ningún modo algo general y corriente, como en nuestros tiempos.

El hecho es que ahora, cuando se pregunta: «¿Cómo se empobreció Fulano de Tal?», se escucha con frecuencia la misma respuesta: «Al pobrecito lo arruinaron su mujer y sus hijas».

Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener el lujo de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de ciertas mujeres célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes era deslumbrador, pero consistía principalmente en alhajas, es decir, en algo duradero y que representaba un capital guardado en reserva. Un hombre, al hacer entonces regalos ostentosos a su mujer, iba depositando en realidad dinero para el porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo terrible es el lujo de ahora: lujo de trapos, de blondas, pieles y plumas, cosas todas que duran un par de meses, o cuando más un par de años, que se ajan con facilidad y sólo pueden admirarse unos días, pues carecen de la seducción sólida, inconmovible, eterna, de las piedras preciosas.

Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estuvo a sus pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres de moda, necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una consagración. La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo llevaba unas horas nada más, y lo regalaba luego a su doncella. ¡Trescientos sesenta y cinco vestidos al año!...

Pero el valor de cada uno de ellos equivalía, según testimonio de los indiscretos de aquella época, a unos tres francos cincuenta céntimos. Eran túnicas blancas de lino o de batista, sobre las cuales colocaba la divina Recamier una faja de seda celeste, y su belleza rubia no necesitaba más para tenderse en un diván, rematado por cuellos de cisne, a escuchar los lamentos ossiánicos de un arpa o los versos recitados por su amigo Chateaubriand.

Ahora, una mujer tenida por elegante se considera deshonrada si lleva vestidos de menos de mil francos. Lo corriente es que valgan dos mil. Y lo mismo ocurre con el sombrero, los zapatos, etc. Además, la pobre Recamier haría reír a nuestras amigas si intentase deslumbrarlas cambiando cada día de vestido. Un vestido por día: ¡qué suciedad!, ¡qué atraso!... Una mujer chic cambia ahora ritualmente de vestido tres veces al día, cuando menos, y debe preferir la muerte antes de conocer la deshonra de que sus compañeras la sorprendan dos días seguidos llevando las mismas ropas.

Aquellas cortesanas y comediantas, lujosas como la reina de Saba y devoradoras de millones, que todos hemos conocido en el teatro y en los libros al describir la vida de París de hace medio siglo, son ya personajes fantásticos de comedia y de novela. Sólo existen en la imaginación de las gentes crédulas. Vayan ustedes a las joyerías de la plaza Vendôme, a los modistos de la rue de la Paix y demás proveedores del lujo femenino; pregúntenles por las «artistas» de costumbres ligeras y por las mundanas célebres, que deben ser sus mejores clientes, y verán cómo tuercen el gesto:

—Eso era en otros tiempos, señor. Ahora las gentes de tal clase no nos convienen; sólo saben hacer deudas. Ya no hay grandes duques rusos que las protejan. Únicamente quedan agentes bolcheviques, que vienen de allá llevando varios millones para la propaganda roja y los gastan con bailarinas viejas que admiraron en su juventud de bohemios hambrientos. Pero son tan pocos, que esto no significa nada. Háblenos usted de señoras decentes; de mamás y de niñas. Ésa es la verdadera clientela de nuestra época. Los millonarios de América y de Europa ya no gastan el dinero más que en las mujeres de su casa. El despilfarro y la locura marchan ahora del brazo con la moral.

Y los tales comerciantes, si fuesen capaces de hablar con esta franqueza, dirían la verdad. Hay ahora niña casadera que antes de los veinte años presenta a su papá cuentas de modisto y de otros proveedores más enormes que las que pagó su abuelo ocultamente cuando se dedicaba a proteger bailarinas o a dar a conocer al mundo el talento de alguna comediante joven y de buen rostro.

La familia del doctor Pedraza era de esta clase. La eterna preocupación del prócer argentino consistía en ser rico, enormemente rico, para que su familia, compuesta toda de mujeres, no experimentase ninguna privación en sus deseos de lujo.

Cada vez que el doctor encontraba en los relatos de fiestas aristocráticas publicados por los diarios a «la distinguidísima señora de Pedraza y sus lindas e interesantes hijas», sentía la misma emoción de vanidad satisfecha, el mismo legítimo orgullo del artista que ve elogiadas sus obras.

Para él, su mujer era la primera dama de Buenos Aires y sus hijas estaban destinadas a casarse con los jóvenes más ricos del país. Y esta admiración por su cónyuge se convertía en obediencia absoluta a todas sus indicaciones, como si la considerase incapaz de equivocarse en los asuntos concernientes a la familia. Él, para los negocios, para ganar dinero; y su esposa, para la vida de alta sociedad, para gastar con «distinción».

No resultaba extraordinario que después de veinte años de matrimonio siguiese tan enamorado de su esposa. Doña Zoila (allá no son raros nombres como éste) era una hermosa mujer: la patricia argentina, madre de numerosa familia, que mantiene intactas la belleza y la gracia de la primera juventud y muestra todavía un gran atractivo femenil rodeada de sus nietas. Esta matrona, de ojos negros y arrogante estatura, guardaba todas las magnificencias físicas de una raza sana y fuerte, que adopta por moda los enervamientos del lujo, pero no ha sido vencida aún por ellos.

Doña Zoila era la primera invitada a toda fiesta. Su opinión equivalía a una ley; ella indicaba lo que era distinguido y lo que debía ser considerado como «guarango». Se estremecía de orgullo al declarar que todas sus ropas procedían de París y que los grandes modistos de allá se preocupaban del adorno de su persona, salvando el obstáculo de tres mil leguas oceánicas. Cuando llegaban las comisionistas de la rue de la Paix a Buenos Aires, apenas habían empezado a desenfardar en el hotel sus modelos para la estación próxima, a la primera que avisaban era a «Madame Pedraza». Contaban con ella como gran compradora, y además sus gustos y sus recomendaciones eran seguidos por mucha gente.

Después de su reputación de mujer elegante, lo que más apreciaba ella al conversar en los salones con algún extranjero era poder decir:

—Y tal como usted me ve, soy madre de seis señoritas.

Una maternidad tan corta representaba para ella una humillación, y se apresuraba a añadir:

—Dieciocho hijos tiene una hermana mía, y los más de ellos son varones.

Esto resulta natural en un país poco poblado, que sólo cuenta un habitante por kilómetro. Mientras los dueños de estancia fomentan la cría de sus reses, en las ciudades las esposas se afanan por aumentar el número de ciudadanos.

Además, amigos míos, aquellas mujeres, que llevan en sus entrañas el porvenir de su país, son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud de un pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos de la moda, a lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre para ser extremadamente delgadas. «Hay que conservar la línea». Pero a pesar de su demacración elegante y su agostamiento distinguido, no pueden ocultar la solidez del andamiaje interno, el noble vigor de sus antecesores los centauros de la Pampa. Parecen, por lo flacas, que acaban de salir de una ciudad sitiada o de un trasatlántico con averías en alta mar que obligaron a los pasajeros a someterse a media ración. Pero que la moda les da permiso para comer, y renacerán esplendorosas, como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo.

Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las peticiones de doña Zoila, y eso que la señora no reconocía límites ni escrúpulos en sus gastos para sostener, como ella decía, «el prestigio de la familia». Habitaban una casa nueva, grande y elegante en las cercanías del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno de los mejores palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y a otros palcos en diversos teatros. En Buenos Aires no abundan las fiestas de sociedad, y el llamado «gran mundo» se ve y se habla durante los entreactos en las representaciones tenidas por elegantes. Su servidumbre era numerosa. Poseían tres automóviles: uno, el de «negocios», para el señor, y otros dos, que empleaban la señora y las niñas para visitas o excursiones.

Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su «escritorio» todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las que llegaban de París y Londres los días de vapor-correo. Y Pedraza, sin hacer objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de cheques, y las entregaba, dando por terminado el asunto.

Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el doctor creía, más aún que su mujer, en el linaje aristocrático de ésta.

—Soy de los Pérez Zurrialde—declaraba doña Zoila con orgullo en determinados momentos.

Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de ensalzar su elegancia y su buen gusto, acababan diciendo: «Es una Pérez Zurrialde».

Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder explicar el por qué de tal creencia. En América se ve esto muchas veces. Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres, héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos, emparentándose solamente con sus allegados.

Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de un siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella. ¿Quién va a escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el bisabuelo?... Hace cien años, en todas las colonias españolas de América, el mayor signo de distinción y bienestar era tener tienda abierta, un establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias linajudas de todas las ciudades históricas de aquellas repúblicas tuvieron por fundadores a tenderos españoles o criollos, que representaban la riqueza y la aristocracia de entonces. La agricultura y la ganadería no valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos los que vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto: «Soy una Pérez Zurrialde». Y su marido, simple Pedraza, que había alcanzado de niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de Castilla, participaba también de esta admiración por el noble linaje de su esposa, por la historia de aquella familia, que databa casi de siglo y medio, lo que equivale en América a perderse en la noche de los tiempos.

Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente reconocida, y que le había dado seis veces la reproducción de su propia persona, merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.

Con doña Zoila «no había miedo a novelas», como decía el doctor, y un marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias elegantes no iba más allá de las invenciones del modisto, de la sombrerera y demás artistas encargados del embellecimiento de la mujer. Para ella no existía otro amor que el conyugal. Los demás caprichos e invenciones eran buenos para las «locas de París» y no para ella, una señora, casada y madre.

Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y lo que no lo es; pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al tiempo.

—Pero usted—le dijo un europeo—gasta una fortuna en vestidos todos los años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo digan.

La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras. Eso sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los hombres.

—Entonces—siguió preguntando el curioso—, ¿para qué viste usted con tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...

Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como apiadada de su ignorancia:

—Para dar envidia a mis amigas y que rabien.

III

Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de empréstito iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando hablé por primera vez con el doctor Pedraza.

Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco Hipotecario Nacional. En las Bolsas de Europa las consideran como un papel de esos que llaman «de todo reposo»; un valor para que el padre de familia invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa herencia. Estas cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente tímida que los empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones de las empresas industriales, que siempre tienen algo de aventurado. Cada título representa un pedazo de tierra hipotecada, algo sólido, tangible, que no puede desaparecer ni volatilizarse en una guerra o una catástrofe. Y como los directores del tal Banco desean mantener incólume el prestigio reposado y seguro de su institución, de aquí que procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y minuciosidad en sus operaciones como si aún vivieran en la época colonial.

Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas nuevas y venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de América vagas ideas, necesitaban largos informes y repetidas exploraciones de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible una depreciación de la hipoteca.

El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Lo abrió la puerta del despacho presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para que no me doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no obstante mi larga espera.

—Es el doctor Pedraza... un señor muy rico que ha sido diputado nacional.

Volví a verlo otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario, le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo optimistas que siguen al almuerzo y son en Buenos Aires las de visita a las oficinas.

El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres, operación importante para el Banco, por tratarse de un préstamo de muchos centenares de miles de pesos.

Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel país.

Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.

Seducido por el silencio con que yo le escuchaba, iba enumerando Pedraza las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor, exagerando un poco, me describía los pastos de sus praderas, pasándose una mano por el pecho para hacerme ver hasta dónde llegaba su altura. Yo, escuchándole, contemplaba imaginativamente el galope circular de las tropas de yeguas por el vasto campo cerrado con alambradas; el lento rumiar de los bueyes, mejorados por una continua selección, casi sin cuernos, con el lomo plano lo mismo que una mesa, y carnosos, como si en su interior hubiera quedado suprimido el andamiaje del esqueleto.

—Ha habido año que he vendido diez mil novillos, ¿sabe, compañero?...

Otras tardes sentía la nostálgica necesidad de hacerme ver el Buenos Aires de su infancia. Casas bajas de monótona arquitectura colonial; aceras de ladrillo que parecían escaleras por sus numerosos altibajos; calles profundas como barrancos, polvorientas unas veces y otras tan llenas de agua estancada que había que vadearlas lo mismo que riachuelos. Muy pocos transitaban a pie por la ciudad.

—Yo iba a caballo a la escuela, y los otros muchachos «bien» llegaban del mismo modo. Mientras duraba la lección había fuera de la casa unas cuantas docenas de caballitos «petizos», que entretenían su impaciencia escarbando el suelo con las patas. Cuando yo salía de la escuela, mi «petizo» había abierto un hoyo así de grande... Los mendigos también iban montados, pidiendo limosna de puerta en puerta. Los cocheros públicos encontraban que era más barato no dar de comer a sus animales, y cuando éstos se les morían de hambre, enganchar otros nuevos. No tenían más que salir a las afueras de la ciudad para comprarlos por lo que querían ofrecer. Y ahora vendo yo caballos en mi estancia tan caros como en Europa... Además, ¡lo que ha cambiado nuestro Buenos Aires! Es cosa de asombrarse, compañero, viendo esas avenidas y esas casas que parecen de Nueva York... A veces creo que lo de mi niñez fue algo soñado.

Pero el doctor cortaba su entusiasmo patriótico para protegerme con una de sus miradas bondadosas.

—Y usted, galleguito, ¿qué piensa hacer con su plata cuando esos señores le acepten la operación?...

Modestamente iba yo explicando mis planes de colonizador. Con el producto de la hipoteca terminaría la roturación de mis terrenos; compraría tractores mecánicos y otras maquinarias agrícolas de las que fabrican en los Estados Unidos; crearía un sistema de riego, y las ganancias del nuevo cultivo me permitirían pagar los intereses de la deuda y suprimirla finalmente, vendiendo la tierra en pequeñas parcelas. Pero me avergonzaba de la modestia de mis planes al recordar la importancia del hombre que me estaba escuchando.

—Usted, doctor, sí que hará cosas enormes en su estancia con esa fortuna que le va a prestar el Banco. ¡Habrá que ver eso!...

Y el doctor acogía mis palabras moviendo la cabeza con pensativa gravedad. Luego hablaba. Los tiempos empezaban a ser malos; la compra y venta de terrenos se iba paralizando; ya no era un negocio la especulación. Sería conveniente volver al cultivo de las estancias, como lo habían hecho los padres y los abuelos, pero agrandándolas, modernizándolas...

Dejé de verle. La operación sobre su estancia estaba casi terminada, y de un momento a otro le iban a entregar las cédulas hipotecarias, o sea el dinero. Para él los informes de los técnicos se hacían breves, y los obstáculos rituales se derrumbaban ante su paso. Por algo era el doctor Pedraza y su esposa una Pérez Zurrialde. Además, doña Zoila, la noble criolla, resultaba parienta, más o menos próxima, de la mayor parte de los directores del Banco.

Como si la protección que me había dispensado el doctor—expresada únicamente hasta entonces con palabras amables y ojeadas majestuosas—empezase a ejercer sobre mí una influencia real, algunas semanas después los poderosos personajes del Banco se apiadaron de mi insignificancia, concediéndome la hipoteca sobre mis tierras.

Esto representó un descanso en mi angustiosa empresa, un alto durante el cual podría resollar algunos meses con la tranquilidad que proporciona la abundancia de dinero. Ya no tendría que mendigar pequeños préstamos en los Bancos particulares. Pagué deudas, emprendí los trabajos que tenía proyectados, encargué maquinaria a los Estados Unidos, y como la nueva orientación de mi empresa exigía una espera, durante la cual permanecería inactivo, me acometió el deseo de hacer un viaje corto a Europa.

Bien había ganado este descanso en dos años de áspera lucha. Además me quedaba disponible algún dinero, varios miles de pesos, que podía gastar en el regalo de mi propia persona, o inmediatamente sentí lo que llaman en Buenos Aires «la enfermedad de París». ¿Por qué yo, que pretendía llegar en lo futuro a millonario (estilo América del Sur), no me podía dar por algunas semanas una representación adelantada de lo que es en Europa la vida de un personaje de tal clase?...

Precisamente hacía un mes que en Buenos Aires los periódicos y las gentes hablaban todos los días del Cap Bojador, trasatlántico alemán que había hecho su primer viaje desde Hamburgo o iba a emprender su travesía de regreso. Esto fue antes de la última guerra europea, y el tal Cap Bojador, que no sobrepasaba en importancia a la mayor parte de los trasatlánticos que van a los Estados Unidos, era considerado como una maravilla por su gran tonelaje entre los buques que remontan el río de la Plata.

Las gentes hablaban de sus salones lujosos, de su piscina de natación, de las previsoras innovaciones establecidas en sus camarotes para atender a las más pequeñas necesidades higiénicas, del invernáculo que esparcía su jardín de flores tropicales sobre la última cubierta. Una muchedumbre interminable bajaba como en procesión al muelle para visitar esta maravilla flotante.

¡Pobre Cap Bojador! La organización germánica lo había previsto todo en él. Hasta guardaba en lo más secreto de sus bodegas unos cuantos cañones desmontados para convertirse rápidamente en corsario si estallaba una guerra. Y cuando la noticia de la guerra le sorprendió, años después, estando anclado en Buenos Aires, montó su artillería y salió al mar, para ser cañoneado y echado a pique por los cruceros ingleses cerca de las costas de África.

Familias que semanas antes no pensaban ni remotamente en un viaje a Europa sentían de pronto la necesidad de pasar el Atlántico. Fue de moda ser pasajero del Cap Bojador en su primera travesía. Representaba una gran distinción. Sólo los millonarios podían permitirse, según el vulgo, este gusto inaudito.

Preparaba yo modestamente mi viaje en otro buque, cuando me avisaron que en el famoso trasatlántico había un pequeño camarote libre. Alguien había desistido de su excursión a última hora. ¿Por qué no había de darme el gusto de figurar, aunque fuese en último término, entre los opulentos pasajeros del Cap Bojador, cuando precisamente iba yo a Europa para hacer el aprendizaje de cómo viaja y vive un futuro millonario?...

La salida del buque fue precedida de una confusión clamorosa y triunfal. Todos los alemanes de Buenos Aires se habían aglomerado en el muelle para celebrar este acontecimiento glorioso. Músicas, banderas, ¡hochs!, incesantes al kaiser, cánticos del Über Alles. Además, gran afluencia de familias criollas, que acudían para admirar y envidiar a los que se marchaban; haces de flores, enormes como gavillas de trigo; cajas de bombones de chocolate que parecían maletas; besos; miles de pañuelos tremolados como banderas...

Pasé modestamente a través de esa confusión. Nadie me conocía y yo no conocía a nadie. Cuando el buque se despegó del muelle tuve un encuentro en una de las calles de esta ciudad flotante que se iba deslizando sin el menor movimiento, como si resbalase sobre el fondo del río de la Plata. El doctor Pedraza iba a Europa con toda su familia.

Doña Zoila y las seis hijas se movían atareadas y confusas, no sabiendo qué hacer de las gavillas de flores y las cajas de dulces apiladas sobre varios sillones de la cubierta: regalos de las numerosas amistades que habían acudido a despedirlas. Todas ellas llevaban unos vestidos de violenta novedad, «modelos únicos», encargados, sin duda, por cable a París apenas la familia decidió el viaje.

El doctor iba trajeado como yo me imaginaba entonces que vestían el presidente de la Cámara de los Lores o el primer ministro inglés al salir de excursión. ¡Las ilusiones de aquel tiempo, en que no habíamos visto aún los retratos de Lloyd George!...

Me distinguió el rico argentino una vez más con sus palabras amables, rebuscadas, majestuosas, y también con sus ojos protectores. En el curso del viaje se dignó muchas veces tratarme como si fuese amigo suyo, y hasta hizo mi presentación a doña Zoila y las niñas, las cuales me acogieron con una indiferencia cortés.

Era la familia más importante de a bordo por el número de sus individuos y por su lujosa instalación.

Pedraza y su esposa habitaban un amplio dormitorio, con salón propio y otras dependencias. Las seis niñas se habían resignado a ocupar tres amplios camarotes de los más caros, cada uno con dos camas. Además, formaban parte de esta expedición un par de doncellas españolas al servicio de las señoritas; una parienta pobre de doña Zoila, que no se dignaba prestar otro trabajo que el de servir de acompañanta a las niñas en ausencia de su madre; el ayuda de cámara italiano del doctor, y una vieja criada mestiza que había tenido en sus brazos a la señora de Pedraza, y seguía a la familia a todas partes, como un recuerdo histórico de la noble casa de los Pérez Zurrialde. En total, doce personas, ocupando todo un lado de cierto corredor del buque donde estaban las mejores habitaciones.

La señora y señoritas de Pedraza viajaban «a la ligera», según declaración de la mamá, pues se proponían renovar enteramente su vestuario cuando llegasen a París. Esto no impedía que al lado de las puertas de sus camarotes estuviesen amontonados y obstruyendo el paso numerosos cofres y maletas: una pequeña parte destacada del grueso del equipaje oculto en las bodegas. El viaje de Buenos Aires a Boulogne iba a durar aproximadamente veinte días. Una persona decente debe cambiar de vestido tres veces cada veinticuatro horas, y ellas no podían resignarse a que las demás pasajeras dijesen que en los veinte días se habían puesto dos veces las mismas ropas. Total: sesenta vestidos por cada una de ellas, ¡y eran siete!...

Las dos hijas mayores habían dejado sus novios en Buenos Aires, y todas las mañanas escribían una carta, guardándola para echarlas después juntas en los puertos donde hacía escala el buque. Sus hermanas menores bailaban en el gran salón o en la cubierta, cuando los camareros del vapor se convertían en músicos, unas veces de instrumentos de cuerda, otras de metal. Además hacían continuos ejercicios gimnásticos para cultivar su delgadez, riñendo batallas tenaces y heroicas con el apetito juvenil excitado por el aire del mar. Sus comidas consistían casi siempre en una taza de té, y alguna de ellas hasta suprimía este líquido, con la ambición de llegar a ser más esquelética que sus hermanas.

En cambio, el doctor Pedraza gozaba con regodeo de la abundante mesa de a bordo, así como de la consideración y el respeto que le acompañaba en sus paseos por el buque.

—Es un doctor de Buenos Aires—decían algunos europeos de regreso a su tierra, al mostrarse a este personaje—, un estanciero riquísimo, una persona «bien». ¡La plata que debe tener!...

Al verme Pedraza, poco después de haber zarpado el trasatlántico, me saludó dándome en la espalda una de sus palmadas de buen príncipe.

—¡Usted aquí, españolito!... ¿Va usted a dar un paseo por Europa?... Hace bien; no todo ha de ser trabajo... Hay que gastar la platita.

¡Simpático y bondadoso personaje! Recordó nuestras conversaciones durante las primeras horas de la tarde, sentados en la antesala del Banco Hipotecario.

Luego, una idea absurda, inverosímil, pasó por mi pensamiento. Se me ocurrió que el dinero facilitado por el Banco Hipotecario iba a servir en su mayor parte para este viaje suntuoso.

Tal vez el doctor Pedraza había hipotecado su estancia para dar gusto a su familia, deseosa de realizar un paseo triunfal por el viejo mundo: un viaje que excitase la envidia y la admiración de las amigas que dejaban a sus espaldas.