III

Hubo un largo silencio. El célebre Baldwin lo cortó para expresar en alta voz todo lo que había pensado mientras escuchaba a la duquesa.

También en su existencia era rudo el contraste entre el pasado y el presente, pero no sentía desesperación al darse cuenta de su inercia actual, después de una vida tan activa, que los más grandes negociantes de la tierra habían acabado por admirarle como el tipo perfecto del hombre de acción.

Su existencia ya no tenía un motivo justificante para continuar su desarrollo. A John Baldwin no le quedaba papel en la vida. ¿Qué más podía intentar después de lo que llevaba hecho?... Y sin embargo, seguía viviendo, porque la razón de la existencia humana se encuentra más allá de los cálculos y las conveniencias de los hombres.

—Usted, duquesa, no puedo darse cuenta exacta de lo que son mis negocios y hasta dónde han llegado. Como todo el mundo, sabe usted que soy muy rico; pero la palabra «rico» no puede abarcar toda la enormidad de mi riqueza. Para que yo me arruine es necesario un cataclismo que suprima la mayor parte de la humanidad civilizada. Tengo que limitar el rendimiento de mis minas y de mis fábricas, porque no quiero ser más rico. Dejo improductivos capitales enormes y desprecio negocios seguros, porque tengo de sobra el dinero y huyo de él.

»Todo lo he sido, y lo que no fui en el pasado puedo serlo mañana mismo si lo deseo. Pero ninguna de las cosas que tientan a los hombres puede atraerme ahora que soy viejo y mi inteligencia conoce la inutilidad de las vanidades humanas. No tengo hijos, y mi principal ocupación es pensar en qué podré invertir mi riqueza para que sirva de algo después de mi muerte.

»He fundado museos, bibliotecas y universidades. Doy mi dinero para establecimientos de caridad, aunque mi razón no me permite creer en la eficacia de la caridad. Pero esto no importa; como en algo he de invertir mi riqueza, la esparzo sin reparar en los pretextos que invocan los que me la piden. Estoy cansado de comprar cuadros y de fomentar la publicación de libros. También me fatiga el subvencionar descubrimientos científicos o inventos mecánicos. ¡Grandes cosas cuando se tiene el entusiasmo de la juventud y se cree en el porvenir! Pero ahora soy incapaz ya de entusiasmo, y en cuanto al porvenir...

Quedó silencioso largo rato el multimillonario, y al fin dijo con una voz triste y rencorosa:

—Sí; me interesa el porvenir, como me interesaban en mi juventud los negocios difíciles y misteriosos. Muchas veces, cuando veo en medio de la calle a un muchacho desarrapado que vende periódicos, o encuentro en un camino de la montaña a un pastorcito que me pide limosna, siento una cólera envidiosa contra ellos; pienso en sus pocos años, que son una garantía de que vivirán cuando yo no viva.

«¡Ah, canallas—me digo—, vosotros veréis lo que no veré yo!». Y esto me basta para apreciar la inutilidad de mi riqueza y la ridiculez de esa admiración que a todos inspira. El famoso John Baldwin, con sus dos mil millones de dólares, no puede ver lo que verá el pilluelo que se pone a cuatro patas por recoger la colilla del cigarro que arrojó en la acera.

»Recuerdo a veces la fecha del año en que vivo, y me complazco en añadirle veinte años. ¿Qué son veinte años para cualquiera de los jóvenes que nos rodean y están a nuestro servicio? La certeza de vivir veinte años la arriesgan tranquilamente por un placer, por una audacia alegre; y yo, John Baldwin, que me he visto buscado por los soberanos más grandes del mundo; yo, el rey del dinero, que algunas veces he influido en la guerra y en la paz de las naciones, aunque regalase todas mis riquezas, aunque reuniese a todos los sabios existentes, no conseguiría esos veinte años.

Volvió a restablecerse entre los dos viejos el melancólico silencio.

—Todo lo he sido, todo lo he tenido—continuó—, y por eso mismo la vida no ofrece ya para mí ningún encanto vigoroso... Sin embargo, quiero vivir, y me irrita la certidumbre de que no podré prolongar mi existencia a pesar de mis riquezas.

»Es la falta de ocupación la que me hace pensar en estas cosas, viendo la realidad tal como es. Antes luchaba, sufría contrariedades, derribaba obstáculos. Los poetas y otros soñadores tienen ante los ojos el velo de las ilusiones, que les hace ver las cosas de un modo distinto a como son realmente. Yo, ambicioso lo mismo que todos los conquistadores, sentí en otros tiempos el ansia de poder, y esto me distraía y me entusiasmaba. Ahora, como no tengo nada que desear, el encanto ha desaparecido, y veo la triste armazón de nuestra existencia como uno que viese el esqueleto a través del cuerpo de todos los que le rodean.

»Hace años esperaba con ansiedad las noticias, porque representaban el triunfo de mi orgullo o mi ruina completa. He perdido cuatro veces mi fortuna, volviendo a rehacerla, cada vez más grande. Ahora no experimento la más leve emoción cuando llega un cablegrama urgente. Sé que no hay noticia que pueda cambiar mi obra... Después de ganar una fortuna hay que sostener un segundo combate, mucho más difícil y empeñado, para defenderla. Yo estoy más allá de estas preocupaciones: mi victoria resulta definitiva. Es tan grande y tan poderoso lo que conquisté, que ello solo se defiende y puedo abandonarlo al destino. ¿Qué me queda que hacer en la vida?...

La duquesa, acostumbrada a las conversaciones de salón, iba a hablarle de las obras caritativas que los ricos deben sostener; pero se contuvo al recordar lo que el poderoso americano había dicho momentos antes. Baldwin no creía en la caridad, aunque la practicaba con aire distraído, dando su dinero a todos los que lo imploraban. Consideró además inoportuno interrumpir con vulgares consejos aquella especie de confesión desesperada que hacía el millonario, influenciado por el ambiente melancólico del atardecer.

—Nada espero—continuó—, nada deseo, y, sin embargo, no quiero morir. La muerte me indigna como algo absurdo. ¿Quién podrá explicar esto? Todo en nuestra vida resulta complicado, todo misterioso; la sencillez es una ilusión. Únicamente son sencillas las cosas que tenemos junto a la mano, las que podemos abarcar con nuestros ojos de miope; todo lo que está más allá es complicado, por lo mismo que existe fuera de nuestro alcance. ¡Qué cosa triste es la muerte!...

»Pasamos la vida repitiendo verdades sobre ella que datan de miles y miles de años; pero estas palabras acaban por ser comunes y las proferimos maquinalmente, de labios afuera, sin que despierten en nuestro interior ninguna imagen. Sólo cuando nos aproximamos a la muerte, en nuestra ancianidad, podemos verla tal como es y darnos cuenta de la miseria de nuestro destino.

»Mentira el consuelo de la igualdad ante la muerte. Eso podrá ser cierto para la mayoría, compuesta de desdichados que pasaron una existencia de miserias. Representa para ellos la venganza final de la nulidad y de la envidia. Pero el hecho de que los vencidos mueran, ¿cómo puede consolarme a mí, que he triunfado y puedo seguir triunfando?...

»Mentira también el comparar la muerte al sueño que necesitamos para la restauración de nuestras fuerzas. El que se duerme sabe que despertará mañana, y el que muere no despierta, ni sabe con seguridad si hay algo después de su muerte. Las religiones, grandes consoladoras de la ignorancia humana, nos afirman que despertaremos; pero ¿cómo probar esto de un modo palpable a los que no tienen la ceguera de la fe?...

»Mentira igualmente el comparar nuestra vejez con el invierno. A continuación de sus días fríos y tristes, se presentan con regularidad el renacimiento de la primavera y el esplendor del verano. Pero ¿qué es lo que hay después de nuestro invierno? Todo hipótesis... Lo único que ven nuestros ojos es que el organismo se deshace y desaparece, dejando un pálido recuerdo y un nombre que sólo dura unos cuantos años... Y después, la nada.

Calló el anciano para volver su vista hacia el sol, que empezaba a hundirse detrás de las estribaciones de los Alpes. Al morir, esparcía por el horizonte nubes de polvo sonrosado, extendiendo al mismo tiempo una faja de oro sobre el mar de color violeta. Algunas cumbres de peñascos parecían arder, como si transparentasen un incendio interior.

El millonario señaló el sol con su bastón.

—Su muerte también es mentira. Sabe que despertará mañana y seguirá resucitando así miles y miles de siglos. Por eso muere tan esplendorosamente, rodeado de un aparato teatral, lo mismo que los grandes actores que fingen sobre la escena las ansias de la muerte en el último episodio de la obra, y piensan al mismo tiempo en la cena que encontrarán media hora después... Lo terrible es saber que nuestra muerte no tiene remedio, ni puede repetirse. Morimos una vez nada más, y para mayor tormento nos vamos de la vida al mismo tiempo que otros llegan a ella y nos codean violentamente con la embriaguez de su juventud.

»Muchas veces, al ver los árboles seculares de las selvas, he envidiado su muerte lenta y resignada. No hay en torno de ellos una juventud insolente que excite su envidia. Todos los árboles parecen igualmente viejos y ven venir la muerte al mismo tiempo. Los seres humanos somos menos felices; todo está desarreglado en la existencia, y los viejos morimos rodeados de jóvenes, para que nuestra suerte nos parezca más cruel.

La duquesa continuaba asintiendo mudamente, por el respeto que le inspiraba el personaje; pero empezó a sentirse molesta ante la tenacidad con que hablaba de la muerte. ¿No podían ocuparse de cosas más amenas, murmurando un poco de sus amigos residentes en la Costa Azul, y de ciertos amores entre gente joven que eran motivo de comentarios a la hora del té?... Le parecía de mal augurio hablar tanto de la muerte. Cuando se es viejo no hay que acordarse de ella. Sabe venir sola y no debe nombrársela, pues puede creer que la llamamos...

Pero mister Baldwin, acostumbrado a hablar autoritariamente en las grandes juntas de los capitalistas que dirigen el mundo, no era capaz de soportar objeciones, y la duquesa juzgó prudente permanecer en silencio. El americano siguió hablando, pero en voz baja y con la vista en el suelo, a impulsos de una necesidad de quejarse contra el destino.

—Nuestra vida es igual a un negocio disparatado; parece la obra de un loco o de una potencia maléfica que se divierte martirizándonos. Tal vez es una simple combinación del azar, y así se explica su absurdo funcionamiento. De jóvenes trabajamos por abrirnos paso; nos seduce la conquista de la riqueza o de la gloria, y para realizar nuestras ilusiones consumimos la frescura de los primeros años y volvemos la espalda a los mejores placeres. Sólo triunfamos al ser viejos, y cuando poseemos, al fin, la riqueza y la gloria, nos preguntamos de qué pueden servirnos...

Por una necesidad de arreglarlo todo lógicamente, el antiguo hombre de acción expuso en voz baja, como si se hablase a sí mismo, las correcciones que necesitaba el actual orden de la vida.

Los insectos eran más felices que el hombre. Baldwin lo había visto en los libros. Para estos animales, la decrepitud y la fealdad de la vejez eran al principio de su existencia, cuando ofrecían el aspecto de larvas repugnantes trabajando y ahorrando para el último período de su vida. En cambio, al final llegaba para ellos la juventud, convirtiéndose en mariposas vestidas de sedas multicolores, que revoloteaban sobre los jardines para alimentarse con néctares florales, y cuando morían era en medio de una embriaguez primaveral, en pleno éxtasis de amor.

Él debía haber sido anciano como en el presente cuando trabajaba y se batía con el destino para conseguir la riqueza y el poder. Y ahora que había triunfado, debería presentar el mismo aspecto que cuando sólo tenía veinticinco años y vagaba por la parte baja de la ciudad de Nueva York, a la caza del dólar, desesperadamente pobre, pero con la frescura de la juventud y el vigor intacto de un hombre de pelea. Así habría podido gozar verdaderamente de su triunfo.

—¡Pensar, duquesa—continuó—, que pasé años enteros sin ver la luz del día, metido en oficinas lóbregas o en talleres llenos de humo, a las mismas horas que lucía el sol y había jardines en el mundo y existía la primavera para los demás!... Ahora lo tengo todo; poseo los medios para suplir en ciertos casos a la Naturaleza; podría hacer surgir un paraíso sobre cualquiera de esas cumbres peladas que vemos desde aquí; podría conseguir que mujeres iguales a las que me hacían temblar de emoción en mi juventud se interesasen actualmente por mi decrépita persona. ¡El poder del dinero es tan grande para los que no lo poseen y lo necesitan!...

»Pero ya no siento deseos: hace mucho tiempo que empecé a morir. ¡Ay, el engaño de nuestra existencia!... La muerte nos toma de la mano casi en plena juventud y nos acompaña el resto de la vida, retardando su golpe decisivo. Empezamos a morir a los treinta años, precisamente cuando sentimos las pasiones con más intensidad que en la adolescencia. El primer diente que se cae, los primeros cabellos que se marchan, anuncian que empezó ya la evolución de nuestra muerte. Pero somos ciegos y sordos. Poseemos la esperanza, compañera que sólo nos abandona en el momento de la agonía, y hasta muchas veces morimos convencidos de que no podemos morir.

»Cada uno se considera inmortal. Sabe que morirá; pero jamás cree que esto puede ocurrir en el día presente; su muerte sólo es posible mañana, y el tal mañana lo prolonga en el infinito. Nos parece natural que los demás mueran, pero cada uno se subleva cuando le llega su hora, y se imagina que esta desgracia debe corresponder a otro. Yo mismo, que digo esto, no quiero morir, y hago planes diariamente basados en lo futuro, como si contase con una vida infinita. Somos sordos para la muerte, y sin embargo, hablamos de ella a todas horas.

»Los jóvenes del presente, si nos escuchasen, no nos entenderían. Necesitan ser viejos para conocer con toda su verdad la miseria de nuestra existencia. Pero cuando les llegue a ellos su vez, tampoco les entenderán los jóvenes de entonces. Y así irán rodando como olas generaciones y generaciones de esta humanidad que basa en la muerte sus creencias religiosas y continúa viviendo sin querer convencerse de que existe la muerte mientras goza de salud.

La condesa le interrumpió para hablarle del influjo benéfico de la ilusión, sin el cual sería imposible la vida, y el poderoso luchador hizo un gesto de asentimiento.

—Esa dulce mentira—dijo—es necesaria para que continuemos nuestra existencia. Todos avanzamos empujados por una ilusión; hasta los hombres que parecen más refractarios a la vida sentimental. ¡Si yo le dijese, duquesa, que a lo largo de mi historia existe una de esas ilusiones, un deseo que me ha devuelto la energía en los momentos difíciles, dándome fuerzas para seguir adelante!...

Y el millonario, como si contase la historia de otro hombre, describió cómo era él cuando tenía treinta años.