DESCANSO II.

L

Llamábase el Doctor Sagredo, hombre mozo, de muy gentil disposicion, algo locuaz, y aun loco, más colérico y fácil de enojarse que gozque de panadero, presuntuoso y estimador de su persona, y (para que no se echasen á perder dos casas, sino una) casado con una mujer de su misma condicion, moza, y muy hermosa, alta de cuerpo, cogida de cintura, delgada y no flaca, derecha de espaldas, el movimiento con mucho donaire, ojos negros y grandes, pestaña larga, cabello castaño, que tiraba un poco á rubio, briosa, y no muy poco soberbia, vana y presuntuosa.

Llevóme á su casa el buen Doctor, y lo primero que encontré fué una mula muy flaca en una caballeriza, tan ajustada con ella, que si tuviera alas no pudiera caber dentro. Subimos una escalerilla, y representóseme luego la sala donde estaba la señora Doña Mergelina de Aybar, que así se llamaba, á quien yo miré de muy buena gana, que aunque viejo incapaz de semejantes apetitos, por razon y por edad, la miré como á hermosa, que á todos ojos es la hermosura agradable. Dijo el Doctor: Veis aquí á quien habeis de servir, que es mi mujer. Yo le dije: Por cierto bien merece tan gentil dama á tal galan. Ella respondió, como mujer hermosa ignorante, ó por mejor decir, preguntó: ¿Quién os mete á vos en eso? Señora, dije yo, advierta vuesa merced que cuando la llamé gentil no quise decir que no era cristiana, sino que tenia muy gentil talle y cuerpo. Que bien os entendí, dijo ella, sino que no quiero que nadie se me atreva á decirme requiebros. Es la honra del mundo, dijo el Doctor, servidla con gusto y cuidado, que yo os lo pagaré muy bien. Miré la casa muy de espacio, aunque se podia ver muy de presto, porque no ví en toda ella sino es un espejo muy grande en un poyo muy pequeño de una ventana, y unas redomillas que lo acompañaban, con un cofrecillo pequeñuelo: y mirando á un rincon, ví á un montante, con ciertas espadas de esgrima, dagas, y espadas blancas, una rodela, y broquel. Díjome el Doctor: ¿Qué os parece de mi recámara? Miradla bien, que en Alcalá era temida aquella espada. No miraba, dije yo, sino á donde estaban los libros, que soy aficionado á ellos. Estos son, dijo, mis Galenos y mis Avicenas, que por la negra y la blanca nadie me igualó en Alcalá; y que no se meneó contra mí hombre de noche que no fuese lastimado de mis manos. Luego vuesa merced, dije yo, más aprendió á matar que á sanar. Yo aprendí, respondió él, lo que los demás médicos; y por haber poco que vine de mis estudios no me he reparado de libros, que bien parece en los profesores de las facultades tener cada uno los de la suya. Pero dejemos eso, y llevad á vuestra ama á Misa, que es ya tarde. Púsose su manto mi señora Doña Mergelina, y llevéla, ó acompañéla hasta S. Andrés, que vivian en la Morería vieja, y en el camino (como es costumbre) muchos de los que la topaban le decian alguna cosa de su buen talle y rostro: á lo cual ella respondia tan aceleradamente que todos iban disgustados de sus respuestas. Yo le decia: Mire, señora, que ya que no responda bien, á lo menos tiene obligacion de callar como mujer principal, que en el silencio no puede haber que notar.

No soy yo mujer, decia ella, á quien nadie ha de perder el respeto. Si alguno le decia que era muy hermosa, ella le decia: Y él hermoso majadero. Díjole un dia un mozalvillo, no de mal talle: Así se me tornen las pulgas en la cama; al cual muy de propósito respondió: Debe dormir en alguna zahurda de lechon. Era tan descortés y sacudida, que todos lo iban de sus respuestas, y ella lo quedaba de mis reprehensiones. Á cierto clérigo de San Andrés, pequeño de cuerpo y grande de ánimo, conocido mio, que yendo muy pulido con una sobrepelliz muy blanca, porque le dijo que no se saliese de casa á hacer el oficio de la muerte, le replicó: Tambien habla el escarabajo hinchado, que con aquel sacudimiento tenia mucho donaire y gusto en cualquiera materia. Yo, entre muchas veces que la reprendí su vanidad, me arrojé una á decirle todo lo que me pareció, que aunque ella estaba confiada en su buen parecer, quise ver si podia enmendarla con el mio, y le dije: Vuesa merced usa de su hermosura lo peor del mundo; porque pudiendo ser querida y loada de cuantos andan en él, quiere ser aborrecida de todos: quien dice hermosura, dice apacibilidad, dulzura, suavidad de condicion y trato, y mezclándola con soberbia y desapacibilidad, se viene á convertir en ódio lo que habia de ser amor: que don tan excelente como la hermosura, concedido por merced de Dios, es razon que tenga alguna correspondencia con el ánimo, que si no parece lo uno á lo otro, arguye mal entendimiento, ó poco agradecimiento á la merced que Dios hace á quien lo da. Hermosura con mala condicion, es una fuente clarísima que tiene por guarda una víbora, y es sobrescrito y carta de recomendacion, que en abriéndola tiene un demonio dentro. ¿Hay en el mundo quien quiera ser aborrecido? ¿Hay quien quiera ser estimado en poco? No por cierto. Pues quien tiene consigo porque le amen y estimen, ¿por qué quiere que le aborrezcan y menosprecien? ¿Es por fuerza que la hermosura ha de estar acompañada con vanidad, desdorada con ignorancia, y conservada con locura? ¿Por qué cuando se mira vuesa merced al espejo no procura que lo interior se parezca al exterior? Pues adviértole que suele el tiempo, y aun Dios, castigar de manera las vanidades, que los montes se allanan, y las torres vienen al suelo. ¿Cuántas hermosuras se han visto y ven cada dia en esta máquina ó ejemplo del mundo rendidas á mil desdichas y calamidades, por faltarles el gobierno y cordura? Que aunque la hermosura, el tiempo que dura, es querida y estimada, en marchitándose no le queda otra prenda sino las que grangeó, y el crédito y amistades que á fuerza de buen término conquistó, cuando estaba en su fuerza y vigor. Y es el mundo de tan baja condicion, que á nadie acaricia por lo que tuvo, sino por lo que tiene. ¿Qué hermosura se ha visto que no se estrague con el tiempo? ¿Qué vanidad que no venga á dar en mil bajíos? ¿Qué estimacion propia que no padezca mil azares? Cierto, que fuera bien que como hay para las mujeres maestros de danzar y bailar, los hubiese tambien de desengaño, y que como se enseña el movimiento del cuerpo, se enseñase la constancia del ánimo. Yo digo, y aun aconsejo á vuesa merced, lo que como hombre de experiencia me parece que es razon, y lleva camino. Mire no la castigue su presuncion y demasiada estimacion de su persona. Estas y otras muchas cosas le dije, y decia cada dia; pero ella se estuvo siempre en sus trece, y quien no admite consejo para escarmentar en cabeza ajena, serále forzoso escarmentar en la suya, por seguir las inclinaciones propias, como sucedió á la señora Doña Mergelina, teniendo las suyas por ley, y al tiempo por verdugo de ellas, desta manera.

Venia casi todas las noches á visitarme un mocito barbero, conocido mio, que tenia bonita voz y garganta: traia consigo una guitarra con que sentado al umbral de la puerta, cantaba algunas tonadillas, á que yo llevaba un mal contrabajo; pero bien concertada (que no hay dos voces que si entonan y cantan verdad, no parezcan bien), de manera, que con el concierto y la voz del mozo, que era razonable, juntábamos la vecindad á oir nuestra armonía. El mozuelo tañia siempre la guitarra, no tanto para mostrar que lo sabia, como por rascarse con el movimiento las muñecas de las manos, que tenia llenas de una sarna perruna. Mi ama se ponia siempre á escuchar la música en el corredorcillo, y el Doctor, como venia cansado de hacer sus visitas (aunque tenia pocas), no reparaba en la música, ni en el cuidado con que su mujer se ponia á oirla. Como el mozuelo era contínuo todas las noches en venir á cantar, si alguna faltaba, mi ama lo echaba de menos, y preguntaba por él, con alguna demostracion de gustar de su voz. Vino á parecerle tan bien el cantar, que cuando el mozuelo subia un punto de voz, ella bajaba otro de gravedad, hasta llegar á los umbrales de la puerta para oirle más cerca las consonancias; que la música instrumental de sala, tanto más tiene de dulzura y suavidad, cuanto menos de vocería y ruido, que como el juez que es el oido, está muy cerca, percibe mejor y más atentamente las especies que envia al alma, formadas con el plauso de la media voz. El mozuelo dejó de venir cinco ó seis noches, por no sé qué remedio que tomaba para curarse, y en las cosas que son muy ordinarias, en faltando, hacen mucha falta: y así mi ama cada noche preguntaba por él. Yo le respondí, más por cortesía que por falta que le hiciese: Señora, este mozuelo es oficial de un barbero, y como sirve no puede siempre estar desocupado: fuera de que ahora se está curando un poquillo de sarna que tiene. ¿Qué haceis, dijo ella, de aniquilarle y disminuirle, mozuelo barbero? sarna, pues á fé que no falta quien con todas esas que vos le poneis, le quiera bien. Bien puede ser, dije yo, que el pobrecillo es humilde y fácil para lo que le quieren mandar; y cierto que muchas veces le guardo yo de mi racion un bocadillo que cene, porque no todas veces ha cenado. En verdad, dijo ella, que á tan buena obra os ayude yo: y de allí adelante siempre le tenia guardado un regalillo todas las noches que venia: una de las cuales entró quejándose, porque de una ventana le habian arrojado no sé qué desapacible á las narices: á las quejas suyas salió mi ama al corredor; y bajó al patio, estándose limpiando el mozuelo, y con grande piedad le ayudó á limpiar, y sahumó con una pastilla, echando mil maldiciones á quien tal le habia parado.

Fuése el mozuelo con su trabajo, sintiéndolo la señora Doña Mergelina, tan llena de cólera como de piedad, y con harta más demostracion de lo que yo quisiera, loando la paciencia del mozuelo, y agravando la culpa de quien le habia salpicado con tanto estremo, que me obligó á preguntarle por qué lo sentia tanto, siendo sucedido inadvertidamente y sin malicia. Á que me respondió: ¿No quereis que sienta ofensa hecha á un corderillo como este? ¿Á una paloma sin hiel, á un mocito tan humilde y apacible, que aun quejarse no sabe de una cosa tan mal hecha? Cierto que quisiera ser hombre en este punto para vengarle, y luego mujer para regalarle y acariciarle. Señora, le dije yo, ¿qué novedad es esta? ¿Qué mudanza de rigor en blandura? ¿De cuándo acá piadosa? ¿De cuándo acá sensible? ¿De cuándo acá blanda y amorosa? Desde que vos, respondió ella, vinisteis á mi casa, que trujisteis este veneno envuelto en una guitarra, desde que me reprehendisteis mis desdenes, desde que viendo mi bronca y áspera condicion, quise ver si podia quedar en un medio lícito y honesto, y he venido de un estremo á otro: de áspera y desdeñosa, á mansa y amorosa: de desamorada y tibia, á tierna de corazon: de sacudida y soberbia, á humilde y apacible: de altiva y desvanecida, á rendida y sujeta. ¡Oh pobre de mí, dije yo, que ahora me quedaba por llevar una carga tan pesada como esta! ¿Qué culpa puedo yo tener en sus accidentes de vuesa merced, ó qué parte en sus inclinaciones? ¿Hay quien sea superior en voluntades agenas? ¿Hay quien pueda ser profeta en las cosas que han de suceder á los gustos y apetitos? Pero pues por mí comenzó la culpa, por mí se atajará el daño, porque no venga á ser mayor con hacer que él no vuelva más á esta casa, ó irme yo á otra: que si con la ocasion creció lo que yo no pude pensar, con atajarla tornarán las cosas á su principio. No lo digo, dijo ella, por tanto, padre de mi alma, que la culpa yo la tengo, si hay culpa en los actos de voluntad: no os enojeis por mis inadvertencias, que estoy en tiempo de hacer y decir muchas: antes os admirad de las pocas que verédes y oyéredes en mí; ni hagais lo que habeis dicho, si quereis mi vida, como quereis mi honra: porque estoy en tiempo, que con poca más contradicion, haré algun borron que tizne mi reputacion, y la deje más negra que mi ventura; no estoy para que me desampareis, ni para admitir reprehension, sino para pedir socorro y ayuda. Bien me decíades vos que mi presuncion y vanidad habian de caer de su trono; cuanto me podeis repetir y traer á la memoria, yo lo doy por dicho, y lo confieso; favorecedme, y no me desampareis en esta ocasion; y no me mateis con decir que os ireis desta casa. Y con esto y otras cosas que dijo, lloró tan tiernamente, cubriendo el rostro con un lienzo, que por poco fuera menester quien nos consolára á entrambos; y si fué grande la reprehension que le dí por soberbia, mayor fué el consuelo que le dí por afligida: mas animándome en lo que era más razon, acudiendo á mi obligacion, á su consuelo y honra de su casa, le dije, con la mayor demostracion que pude: ¿Es posible que en tan estraordinaria condicion ha podido caber tanta mudanza, y que por ojos tan llenos de hermosura y desdenes hayan salido tan piadosas lágrimas, y que por mejillas tan recatadas haya corrido un licor tan precioso, que siendo bastante á enternecer las entrañas de Dios, se haya derramado y echado á mal por un miserable hombre? ¿Y ya que se habia de precipitar y arrojarse, y desdecir de sí propia, no hiciera eleccion de una persona de muchas partes y merecimientos? Ya que se rinda quien no podia ser rendida, ¿habia de ser una sabandija tan desventurada? Que se rinda la hermosura á la fealdad, la limpieza á la inmundicia y asquerosidad, no sé qué me diga de tal eleccion, y tan abominable gusto. ¡Oh cuán engañados, dijo ella, están los hombres en pensar que las mujeres se enamoran por eleccion, ni por gentileza de cuerpo, ó hermosura de rostro, ni por más ó menos partes, grandeza de linage, soberbia de estado, abundancia de riqueza! (trato de lo que verdaderamente es amor); pues para que se desengañen, sepan, que en las mujeres el amor es una voluntad continuada, que de la vista crece, y con la comunicacion se cria y conserva, sin hacer eleccion de este ni de aquel, y la que no se guardáre de esto, caerá sin duda: de esta continuacion ha nacido mi llama, y con ella se ha criado, hasta ser tan grande, que me tiene ciegos los ojos para ver otra cosa, y las orejas cerradas para admitir reprehension, y la voluntad incapaz de recibir otro sello. Y cuanto más lo deshaceis y aniquilais, tanto más se enciende la voluntad y el deseo. ¿Por ventura los barberos son de diferente metal que los demás hombres, para que aniquileis un oficio que tanta merced hace á los hombres en tornarlos de viejos á mozos? ¿Llamaisle sarnoso por unas rascadurillas que tiene en las muñecas, que parecen hojas de clavel? ¿No echais de ver aquella honestidad de rostro? ¿La humildad de sus ojos? ¿La gracia con que mueve aquella voz y garganta? No me le deshagais, ni reprehendais mi gusto, que no está para contradecirlo ni rechazarlo. ¡Ojalá, dije yo, fuera pelota, que yo la echara y rechazara! Pero pues ha llegado á tan estrecho paso, haré con vuesa merced lo que con mis amigos, que es, en la eleccion aconsejarles lo mejor que sé, y en la determinacion ayudarles lo mejor que puedo. Díjele esto por no desconsolarla, hasta que poco á poco fuese perdiendo el cariño, que pudiera traer la ofensa de Dios y de su marido, y con esto me aparté aquella noche de ella, espantándome de ver cuán poderosa es la comunicacion, y considerando cuán mal hacen los hombres que donde tienen prendas que les duela, consienten visitas ordinarias, ó comunicaciones que duren: y cuánto peor hacen los padres que dan á sus hijas maestros de danzar, ó tañer, cantar ó bailar; si han de faltar un punto de su presencia, y aun es menos daño que no lo sepan: que si han de ser casadas, bástales dar gusto á sus maridos, criar sus hijos y gobernar su casa: y si han de ser monjas, apréndanlo en el monasterio; que la razon de estar algunas disgustadas, quizás es por haber ya tenido fuera comunicaciones de devociones, que por honestas que sean, son de hombres y mujeres, sujetos al comun órden de naturaleza.