DESCANSO II.
Á
Á la mañana vino el carcelero muy contento, diciendo que descubria que se iba el hierro convirtiendo en un color rubio, como de oro, que la codicia lo iba llevando á la perdicion. Ahí conocereis, dije yo, que os voy tratando verdad; díle dineros para que me trajese ciertas cosas, ó ciertos simples corrosivos y venenosos, que no los digo porque mi intento no es enseñar á hacer mal, y con otras cosas que les junté hice unos polvos que muchas veces rociaba con agua fuerte, y enjugándose, tornaba á rociarlos, quedando con un color rubio muy apacible. Hechos los polvos, y confeccionados como yo los habia menester, á dos bellacones que estaban sentenciados á galeras les dije: Las galeras están en Génova, que es acercarse vuestro martirio; si os atreveis á ponerme en una noche en tierra del Rey, yo os sacaré de aquí con mucho silencio, y sin ruido de dentro ni de fuera. Ellos respondieron con grande determinacion: Y aun á los hombros sacaremos á V. S. y antes que amanezca estará entre soldados españoles. Pues estad, les dije, mañana en la noche atentos, y en viéndome con las llaves en la mano acudid á vuestro remedio y el mio. Alegráronse los pobres, y con grandes ansias deseaban ya que llegase la hora. Por la mañana dije al carcelero que trajese unos crisoles, y cuantos callos de herradura pudiese hallar, que todos los habia de convertir en oro, y que á la noche cuando toda la cárcel estuviese en silencio encendiese lumbre de carbon, sin que hubiese ningun testigo que nos pudiese denunciar. Él lo tuvo tan en cuidado que no dejó herrador, ni muladar que no anduviese, y en llegando la noche me mostró tantos callos de herradura, que vendidos á libras podian aprovecharle mucho; encerró su gente, y los demás presos, y los dos que me habian de ayudar se hicieron dormidos: encendió su brasero, y puesto en silencio todo, saqué mis polvos y mostréselos, y pareciéronle del mismo oro. Pues mirad, le dije, qué cordial olor tienen, y echéselos en la mano, él los llegó á oler, y yo con mucha presteza le dí una palmada en la parte baja de la mano, y saltaron en los ojos, cayendo él de la otra parte sin sentido, ni sin poder hablar; cogíle las llaves, y los bellacones que vieron el caso acudieron luego; abríles las puertas quedándose el pobre hombre sin sentido, y sin que nadie nos viese salimos de la cárcel y del pueblo, y á la mañana habiendo pasado arboledas, sierras y barrancos dificultosos, me hallé en Alejandría de la Palla entre soldados españoles, que metian la guarda á don Rodrigo de Toledo, gobernador de ella. Á los buenos galeotes les pareció que les habia venido del cielo la libertad, y fuéronse á buscar su vida. Yo me holgué en el alma de haber salido bien con mi intento, que aunque fué á costa del pobre carcelero, por la libertad todo se puede hacer. Yo fuí esta vez como el demonio, que tienta á los hombres por la parte que más flaca siente en ellos: que él por la codicia, y yo por la libertad nos concertamos muy bien, que es tan superior la codicia en los pechos adonde se halla, que son muchos, que los rinde á cualquier flaqueza. Los bienes que por merecimientos, ruegos y comodidades no se alcanzan, en acometiéndoles por la codicia se rinden al gusto de ambas partes: los males que por violencia y estratagemas no se pueden hacer, en mostrando la codicia su amarillo rostro se ablanda la dureza de los pechos de hierro. ¡Qué de fortalezas se han rendido, qué de lealtades se han quebrantado, qué de clausuras se han rompido, qué de castidades se han corrompido, acometidas por la codicia! Todos los vicios que á los hombres traen arrastrados dejan alguna consideracion para lo venidero, sino la lujuria y la codicia, que cogen y ciegan todas las potencias del discurso; más fácil es de enfrenar la furia de un loco por castigo, que reducir á razon la sed de un codicioso por consejo. Son los codiciosos como la esponja, que aunque chupa toda el agua de que es capaz, ni está harta, ni se aprovecha de ella, y son tan furiosos en sus actos como la culebra hambrienta, que á todo acomete aunque sea un sapo que la hinche de ponzoña; que ni miran si es lícito ó contra razon, que como sea engordar á todo acometen, y creo es así, que tienen el castigo por sombra de su desatinada hambre. Como este miserable de carcelero, que por donde pensó ver su casa llena de oro quedó sin ojos para verlo. Dios mire por los codiciosos, y los reduzca á la medicina que conserva la vida y aquieta la conciencia.
... me hallé en Alejandría de la Palla entre soldados españoles.
DESCANSO
III.
P
Partíme para Milan, temiendo por el gran deseo que llevaba de llegar, alguna desgracia, que los desdichados han de vivir siempre con cuidado de lo que puede y suele suceder. Hay un rio que pasa por la ciudad de Alejandría, que se llama Eltanar, donde ví unas aceñas movedizas de madera, que deben de tener en el fundamento algunas ruedas para moverse, que no reparé en preguntarlo porque no hacia á mi propósito, y habiendo esperado el barco para pasar el Pó, rio caudalosísimo, despues de haberse sorbido el Eltanar en tramos en él con unas pobres peregrinas, y al medio del rio sucedió, que por la corriente de Eltanar venia una aceña ó molino de aquellos, que le debia de haber faltado el fundamento, y encontróse de manera con nuestro barco que dió con él patas arriba.
El caballo, como son atrevidas estas bestias para cortar el agua, se arrojó á ella, yo me así luego de la cola, y las peregrinas de mí, y el Venturino de la postrera de ellas, y cayendo y levantando, y á veces topando con los piés en la arena, llegamos á la orilla, donde el caballo nos roció por la puerta falsa que debia de venir acebadado; pero no por eso me desasí hasta verme ya pisar las orillas. Hallamos allí que habian pasado en otro barco algunas gentes de diversas naciones, franceses, alemanes, italianos y españoles, y para entendernos hablamos todos en latin; pero era la pronunciacion tan diversa la una de la otra, que hablando en muy gentil lenguage latino no nos entendíamos los unos á los otros, que me dió mucho que pensar que aun en una misma lengua, y que corre por toda Europa, dure el castigo de la torre de Babilonia. Llegamos á Pavía, insigne universidad; regalóme el castellano, que era entonces, aunque como mi deseo me llevaba á Milan, no paré hasta verme en aquella maravillosa poblacion donde tan grandes santos ha habido, y continúan siempre los prelados de aquel excelentísimo templo. El que entonces lo gobernaba era el santísimo cardenal Cárlos Borromeo, que ahora dicen San Cárlos, que fué su vida de manera que á pocos años de su muerte le canonizaron. Llegué á tiempo que se celebraron las exequias de la santísima reina doña Ana de Austria, y habiendo buscado á quién cometer la traza, historias y versos de la vida ejemplar de tan gran señora, pudiendo cometerles á muy grandes ingenios, tuvo por bien el magistrado de Milan de cometerlas al autor de este libro, no por mejor, sino por más deseoso de servir á su rey, y de aprender en cosas tan graves y de tan graves ingenios, y ofreciéndoles, y dando noticia de Aníbal de Tolentino, excelentísimo sugeto, que lo hiciera mejor que otro en toda la Europa: al fin por más cercano le mandaron al autor que la hiciese. Oíle un sermon en estas exequias al bienaventurado San Cárlos, que fué como su vida. Hallé á mis amigos muy contentos, y admirados de la brevedad con que habia conseguido libertad, y deseos de saber cómo habia sucedido, me forzaban á que lo contase, y refiriese una y muchas veces; que realmente los trabajos contados en la prosperidad, ó habiendo salido de ellos tienen su gusto particular, que las desventuras todo lo que tienen de males presentes tienen de bienes pasados; son los trabajos como las servas ó nísperos, que cuando están en su fuerza son ásperos al gusto, pero despues de pasada su sazon, lo que tenian de ásperos tienen de suaves podridos; son como el que se va anegando en un rio, que va siempre sacando la cabeza y haciendo todas las diligencias posibles para escaparse, pero despues de salido bebe de aquella misma agua que le quiso ahogar. Espina el erizo de la avellana, pero despues se halla gusto en rumiándola. Holgué grandemente de ver la grandeza, fertilidad y abundancia de Milan, que en esto creo que pocas ciudades se le igualan en la Europa, aunque la mucha humedad que tiene, ó por aquellos cuatro rios hechos á mano, por donde le entra tanta abundancia de provision, ó por ser el sitio naturalmente húmedo, yo me hallé siempre con grandísimos dolores de cabeza, que aunque yo nací sujeto á ellos, en esta república los sentí mayores. Que siempre me han perseguido tres cosas: ignorancia, envidia y corrimientos; pero los de aquí me duraron hasta volver á España. Pasé en Milan tres años, como hombre que está en la cama, contando las vigas del techo trescientas veces, sin hacer cosa que importase, lo uno por estar siempre indispuesto, lo otro por lo poco que entre soldados se ejercitan los actos de ingenio. Dióme gana de ver á Turin, y por mis pecados fué por el mes de diciembre, tiempo en que no hay caminos, sino rios en lugar de ellos, que como hacia buen tiempo cuando salí, engañéme, pensando que fuera todo de aquella manera; y en llegando á Bufalores, comenzó á desgajarse el cielo, no con lluvia, sino con acequias de agua tan contínua que se perdió el tiento á los caminos.
Llegué á Turin, y por haber esperimentado los arroyos á la venida, estúveme dos meses allí, en compañía de otro español; pero fueron tan grandes las nieblas que se topaban los hombres por la calle sin verse, nacidas de la vecindad, segun dicen allí, del Pó, que pasa por junto á la ciudad: fuera de que por medio de ella van muchos arroyos de agua. Mas veo que en España Guadalquivir pasa por Sevilla, más caudaloso que el Pó y algunas veces tan crecido, que baña á la mayor parte de la ciudad, y todo el campo de Tablada está hecho un mar navegable, y no he visto tales nieblas. Y Granada tiene dos rios que la bañan, y muchos más arroyos por las calles, y no parece esta escuridad ó niebla: pero dejando esto posamos el otro español y yo en una hostería, donde me ví en el mayor peligro, y en la mejor ocasion de ser dichosísimo que he tenido ni tendré en mi vida. Que estando comiendo mucha gente, esperando mi compañero y yo que acabasen para sentarnos, un viejo de hasta cincuenta años de edad, de propósito dió en tratar de la religion nueva, de la religion reformada, repitiendo esto muchas veces: y aunque era natural de Ginebra, hablaba en buen italiano, que por ver españoles le pareció alzar la voz más de lo que habia menester. Y tras de un brindis y otro decian heregías muy dignas de gente llena de vino. Mi compañero decíame que callase, y ellos brindando por la salud de sus fautores, tornaban una vez y otra á decir de la religion nueva y de la religion reformada, de suerte que me obligaron á preguntar qué religion era aquella, y quién la habia reformado. Respondiéronme que era la religion de Jesucristo, y que la habia reformado Martin Lutero y Juan Calvino. Antes de oir más palabras les dije: Buena andaria la religion reformada por dos tan grandes hereges. Alborotóse la hostería, y cargaron tantas cuchilladas sobre mí y sobre el otro español, que si no cogemos una escalera nos hacen pedazos. La huéspeda atajó el negocio con decirles que mirasen lo que hacian, que estábamos depositados allí por el Duque. Sosegóse el alboroto, porque hasta entonces aun no habian negado la obediencia al Duque de Saboya, aunque la tenian negada á la Iglesia romana. En sosegándose el rumor me dijo aquel viejo: ¿Por qué llamais hereges á dos varones tan santos y que tanta gente llevaron tras su opinion? Respondí yo: ¿Por qué llamais vosotros santos y reformadores de la religion de Jesucristo á dos hombres que en todo y por todo, en vida y costumbres fueron contra la doctrina de Jesucristo y de sus Evangelios, que fueron hombres libres, viciosos, deslenguados, embusteros, engañadores, alborotadores de las repúblicas, enemigos de la general quietud? Quiso tornarse á alborotar el viejo, y como le habian puesto por delante el temor y respeto del Duque, cesó con decir: Muchos son los llamados y pocos los escogidos, y esos somos nosotros. Respondíle yo: Mejor dijérades, muchos son los escogidos y pocos los llamados, porque no vienen á manos del Papa. ¡Estraño caso! que hay gentes tan fuera del órden natural, que por sola libertad y poltronería se desvien de la misma verdad que interiormente saben y conocen. Y que tengan hombres poderosos que favorezcan sus errores, de suerte que unos y otros siguen su mal intento. Los poderosos con decir que siguen doctrina de hombres sabios, y los otros con decir que tienen arrimo en príncipes poderosos, como si fuese disculpa para la ejecucion de tantos vicios y abominaciones como cometen á sombra de la libertad con que sus maestros les hacen vivir, en cuyas arrastradas opiniones hay cosas tan ridículas que se echa de ver que adrede quieren errar.