DESCANSO IV.

M

Mi enemigo tomó para vengarse de mí por instrumento una mujer hermosa, que al fin todas tienen fuerza natural para mover corazones, tan bien como criaturas con aficion y lágrimas; pero como nacieron para llorar, saben enternecer. Maldiga Dios sus determinaciones, que tan resueltas son para ejecutar cuanto se les pone en la testa, que por el mismo caso que no lo pueden con fuerza, lo hacen con astucia y embeleco. Tienen tan grande fuerza en decir lo que quieren, y nosotros tanta flaqueza en creerlas, que parece que para eso solo nacimos. Muchas he visto de muy justificada vida, pero aun en estas he hallado desigualdades de condiciones: y conocido algunas muy honradas de sus personas, que lo son por solo decir mal de las que tienen alguna flaqueza. Y en resolucion, pocas hay que se escapen de algun azar. Libréme del daño que pudiera suceder, ó en que ya me ví, pero no de las manos de un alguacil que se habia llegado al ruido, y como me vió ir corriendo, asióme; mas yo con mucha presteza le dije: ¿Qué hace vuesa merced? ¿quiere que muramos ambos á las manos de ese demonio que está en esta casa? Huya y póngase en salvo, que viene matando á cuantos encuentra. Él me soltó y dió á correr, porque como habia oido decir el demonio del pozo, como yo se lo afirmé, se confirmó en ello. Yo no paré hasta llegar á tomar descanso á la sombra de dos amigos, Hércules y César, que están en dos altísimas columnas, á la entrada del alameda que hizo aquel gran caballero D. Francisco Zapata, Conde de Barajas, que tantas deshizo en Sevilla. Pero no acabaron aquí las de aquella noche, que estando descansando, sentí á las espaldas de la calle de la Garbancera, en un malvar muy alto que allí se hace, un ruido muy grande, moviéndose las malvas sin ver quién las movia, que por ser de noche y estar solo en el lugar muy sujeto á melancolía, me causó alguna: mas llegándome cerca con la espada desenvainada, no ví cosa sino el movimiento de las malvas, y algun ruido entre unas piedras que habia en el malvar, hasta que salieron fuera luchando una culebra y un gato: la culebra procurando ceñir al gato por el cuerpo, y el gato puesto sobre los piés, é hiriendo á la culebra con las uñas por entre las conchuelas, que duró algun espacio: pero la culebra no pudiendo resistir las uñas del gato, se tornó á sus malvas, y el gato como diestro, dando un salto le cogió la delantera, y con el mismo movimiento, mascándole la cabeza, retiróse antes que la culebra le diese con todo el cuerpo; y lo hiciera si no se retirára, porque con el golpe dió en unas piedras con la parte del lomo, á donde tiene la fuerza, de que no pudo más moverse, y llegando el gato la acabó de matar. Dióme que considerar la destreza del gato, viendo cuán cierta tiene la herida más que los demás animales, por donde yo fuí aficionado desde allí á los gatos, habiendo sido siempre enemigo de ellos, porque aunque no tienen tanto conocimiento ni amor como los perros, son de gran seguridad contra las sabandijas que se aparecen en las casas. Yo me fuí á reposar aquella noche, admirado y corrido del doblez que tan pesadamente usó conmigo aquella mi enamorada, que lo sea del diablo: y no del que salió del pozo; que la apacibilidad que promete el rostro de una mujer hermosa sea capaz de tan pesado engaño, y que con tanta facilidad se rinde á un mal consejo, es cosa que aun no acabo de creerla. Que se apiade un hombre á unas lágrimas de una mujer, es mucha nobleza; pero que ella las finja por mal fin, parece abominacion. Rendirse á la hermosura es cosa natural; pero rendirse la hermosura al engaño es contra razon, y aun contra naturaleza. Y un ánimo como el del hombre, que hace cara á un ejército entero, se rinda á una mujer, que huye de un raton, es cosa que espanta. Dios me libre de sus revueltas, y me guarde de sus dobleces, que aun sin gusto suelen tenerlos, por dar á entender que son queridas y desdeñosas; que las aman y que no las estiman; que las regalan, y que ellas hacen burla de quien las sirve.