DESCANSO VIII.
M
Miré con grande admiracion la grandeza de aquella república, que siendo tan rica y de tanta estimacion, que se persuaden á que tienen más razon de desvanecerse que todas las naciones del mundo, no lo parecen en el trato de sus personas, porque andan tan desautorizados, que quien no los conociere, no los estimará en lo que son. Y para la vanidad suya pasó un cuento gracioso entre un noble veneciano y un portugués, gente idólatra de sí propia, que no estima en nada el resto del mundo; y fué, que yendo yo á pasar por una puentecilla pequeña, que llaman del Bragadin, me detuve, porque venia un magnífico detrás de mí; túvele respeto, porque ellos quieren que se le tengan; y de la otra parte de la puente venia un portugués, de razonable talle, mirando hácia el horizonte, con unos guantes de nutria en las manos, y unas botas arrugadas en las piernas, muy tieso; de suerte, que llegando al medio de la puentecilla el magnífico entendió que el portugués le hiciera la cortesía que era de razon por estar en su tierra, y el portugués queria lo mismo estando en el agua. Sucedió, que llegando al medio de la puente ambos con mucha magestad chocaron; y por no caer en el agua, el portugués apretó, y el magnífico no osó ladear; cayeron los dos, el magnífico de espaldas, que era delgado de piernas, y el portugués de pechos, que por poco no dieron ambos en la mar. Levantóse el portugués de presto, limpióse el polvo con los guantes de nutria, y el magnífico las calzas de lacre, limpiándose las espaldas; y despues de limpios paráronse á mirar el uno al otro, y habiéndose estado un rato suspenso, dijo el magnífico al portugués: ¿É vu sabi che mi sono veneciano, gentil huomo patricio? Y el portugués al mismo tono respondió, ó preguntó: ¿É vos sabedes que eu saon portugues fidalgo evorense? El veneciano con mucho desprecio le dijo: Ande el bordel, beco cornuto. Y el portugués, dando con el pié, le respondió: Tiraivos la, patife. Fué cada uno su camino, volviendo el rostro atrás; el magnífico, señalando con el dedo al portugués, diciendo con mucha risa: No va il, pazzon. Y el portugués al mismo modo, decia: Ollay, ó parvo. De suerte, que yo no pude averiguar cuál fué más fantástico y loco de los dos, aunque está la presuncion por el portugués, por haberse atrevido en tierra agena, y donde tan poco amados son los españoles; que alabando á los venecianos su ciudad dicen, que no hay en ella calor ni frio, lodo ni polvo, moscas, ni aun mosquitos, pulgas ni piojos, ni aun españoles. Son tan estadistas, que para lo que aman y han menester, no hay encarecimiento en el mundo de que no usen: y para lo que aborrecen no hay palabras tan obscenas de que no se aprovechen.
Llegó un noble de aquellos á comprar un poco de pescado, y con grandes caricias y amores le preguntó el pescador, sin conocerlo, cómo estaba su mujer é hijos; y á él le dijo que era muy hombre de bien; pero en no queriendo darle el pescado al precio que él queria, le dijo que era un cornudo, y su mujer una putana, y sus hijos unos bardajes. Ví otras cosas allí muy de notar, en razon á la superioridad que les parece que pueden tener por su antigüedad y gobierno. Fuíme á mi posada á la hora de comer y apenas hube llegado cuando, habiendo comenzado la comida, me dijeron que me buscaba una señora principal en una silla, diciendo: ¿Dónde está aquí un soldado español? Ví que no habia otro sino yo, levantéme, y fuí á ver lo que me mandaba; ví salir una mujer de la silla, de muy gentil talle y muy hermosa, y no menos bien aderezada, que con muy grandes caricias, palabras dulces y regaladas, me dió la bien venida, de que yo quedé dudoso y confuso, entendiendo que realmente me hablaba por otro, y así le dije: Señora, no me hallo digno de tan grande y autorizada visita como esta; suplícoos que advirtais bien si soy á quien buscais. Ella respondió con alegre semblante, echándome los brazos al cuello: Señor soldado, bien sé á quién busco, y á quién he hallado. Yo soy la señora Camila, hermana del señor Aurelio, de cuyas manos recibí anoche una carta, en que me manda que os hospede y regale, no como segunda persona, sino como á la suya misma, todo el tiempo que gustáredes estar en Venecia. Yo respondí: Bien creo que de un tan excelente caballero me ha de venir todo el bien del mundo, y comenzando por tan gallarda y discreta señora, habrá de suceder todo bien. Ea, pues, dijo ella, seguidme, que aunque toda esta mañana no he podido dar con vuestra posada dejé mandado en la mia que os tuviesen aderezada la comida, como para tal persona. Y rehusándolo yo, por tener ya hecho el gasto, dijo: que habia de hacer por fuerza el mandamiento de su hermano: y así pagando lo que debia en la hostería me llevó consigo, no dudando yo en lo que decia; pero fuí imaginando si acaso seria traza de su hermano, para ejecutar en Venecia lo que no habia hecho en su casería. Mas ella me llevó con tanta blandura y amor á su casa, que se me quitó cualquiera imaginacion y sospecha. Entramos en una sala muy bien aderezada, donde hallé puesta la mesa con muchos y muy escogidos mantenimientos, en que me entregué tan de buena gana como lo habia menester; porque fuera de ser muy á gusto la comida, la partia y repartia la señora Camila con aquellas argentadas manos, no cesando de encarecer la voluntad y fuerza con que el señor Aurelio, su hermano, se lo habia mandado. Despues de haber comido sacó una carta firmada de Aurelio, en que decia estas palabras: «Con cuidado me dejó un soldado español, huésped mio, cuyas acciones descubrian ser hombre principal; no le regalé como quisiera, si bien vuestra hermana y mi esposa le envió al camino una bolsilla de ámbar con cien escudos, y de su persona una cruz de oro, rubíes y esmeraldas, que no pudo más por ahora: buscadle, dándole el hospedaje y regalos que á mi propia persona, sin dejarle gastar cosa alguna en todo el tiempo que estuviere en Venecia; y si hubiere de volver acá, dadle lo necesario para el camino.» Yo, con las señas de la carta, acabé de enterarme en creer que era verdad cuanto la señora Camila me decia, y los regalos recibidos y los que habia de recibir eran por cuenta de aquel gran caballero Aurelio. Díjome luego que trujese mi ropa ó maleta á su casa; porque en todo el tiempo que estuviese en Venecia ni habia de comer ni dormir fuera de ella, ni gastar sino á su costa. Halléme obligadísimo, y díjele, que yo no habia traido maleta, ni otra prenda, sino á mi persona gentil; y ella mandó á una criada que me trujese un cofrecillo pequeño para dármele. Trújolo, que era labrado con toda la curiosidad del mundo: dióme la llave de él, y dijo que echase allí mis papeles y los guardase, porque en Venecia habia mucho peligro de ladrones: holguéme de ver el cofrecillo, y encerré dentro de él mis papeles y dineros, y la joya, que ella se holgó mucho de ver, y le dió mil besos por haber sido de su cuñado, á quien ella dijo que queria infinito. Eché la llave al cofrecito, y roguéle que lo guardase. Ella dijo, que mejor estaria en mi poder, por si queria sacar dineros, aunque no los habia menester mientras estuviese en Venecia. Yo le respondí, que para haberlos menester ó no, mejor estaban en su poder que en el mio. Y al fin porfiando, aunque ella lo escusó, le hice que me le guardase. Á la noche me tuvo muy gentil cena, autorizándola con su gallarda presencia, que realmente era muy hermosa. Pasé aquella noche muy contento, por haber comido á costa de una tan gentil dama.