DESCANSO XI.

C

Con estas solitarias consideraciones llegué al camino, donde viéndome el arriero, con más blandas palabras que solia, paró la recua, y con cortesía y afabilidad me dijo que subiese, doliéndose mucho de la mala noche que habíamos padecido. Y aun si bien lo supiérades, dije yo, y preguntando á la mujer que venia con él, qué novedad era aquella, respondió lo referido. Los demás, con el marido de la buena mujer, hallámonos ya hartos de dormir y comer: yo, aunque me preguntaron cómo me habia quedado atrás, no respondí más de que habia errado el camino. Del cuento sucedido no les dije palabra; lo uno por pensar que pudiera haber sido ilusion del enemigo del género humano, lo otro porque las cosas tan estraordinarias hacen diferentes efectos en los que las oyen, y el más cierto es reirse y dar matraca á quien las cuenta. Las cosas en que puede ponerse duda no se han de decir sino á los muy particulares amigos, ó los discretos, que las reciben como ellas son. No todos tienen capacidad para oir cosas graves. Verdades que pueden escandalizar y alborotar los pechos, cuando no es necesario, no se han de decir. Yo reventaba por hablar; pero consideraba que me ponia á peligro de no ser creido. Más vale callar que dar ocasion de incredulidad ó murmuracion. La admiracion da ocasion al silencio, y de esta vez quise ver si podia enseñarme á callar. Fuimos nuestro camino sin suceder cosa notable, yo callando, y los demás preguntándome la causa: yo respondia no más de que era condicion natural mia: pero en todo el camino no se apartó de mi imaginacion la mujer, el árbol, la fruta, y la cama llena de gusanos, hasta que llegamos á Salamanca, donde la grandeza de aquella Universidad hizo que me olvidase de todo lo pasado. Alegróse mi alma de ver que los ojos gozasen lo que tenian los oidos y los deseos llenos de la soberbia fama de aquellas academias que han puesto silencio á cuantas ha habido en el mundo. Ví aquellas cuatro columnas sobre quien estriba el gobierno universal de toda la Europa, las bases que defienden la verdad católica. Ví al Padre Mancio, cuyo nombre estaba y está esparcido en todo lo descubierto, y otros excelentísimos sugetos, con cuya doctrina se conservan las facultades en su fuerza y vigor. Ví al Abad Salinas, el ciego, el más docto varon en música especulativa que ha conocido la antigüedad, no solamente en el género diatónico y cromático, sino tambien en el armónico, de quien tan poca noticia se tiene hoy, á quien despues sucedió en el mismo lugar Bernardo Clavijo, doctísimo en entender y obrar, hoy organista de Felipe Tercero. En comenzando á beber del agua de Tórmes, frigidísima, y á comer de aquel regalado pan, me cuajé de sarna, como les sucede á todos los buenos comedores, de manera que estudiando una noche la leccion de súmulas me comencé á rascar los muslos al sabor de unos carboncillos que tenia encendidos en un tiesto de cántaro, y cuando volví en mí los hallé tan desollados, que con el agua que destilaban me quedé hecho un alquitara, y por quince dias me negaron la obediencia y respeto; daño en que ordinariamente caen los principiantes en Salamanca, porque como el pan es blanco, candeal y bien sazonado, y el agua delgada y fria, sin consideracion comen y beben, hasta cargarse unos de la perruna, y otros de la gruesa, y así es menester que los que comienzan nuevos en Salamanca, lo uno por la frialdad y sutileza del agua, y lo otro porque los estudiantes van hechos al regalo de sus casas, y de sus padres y tierras, y con la poca edad se recibe más fácilmente el daño; fuera de que entrando con éste cuidado, la templanza es la que conserva la salud y aviva el ingenio.

Los repletos de comida y bebida están incapaces de acudir á cosas de entendimiento y prudencia, y realmente la templanza da mas gusto á los mantenimientos del que estos en sí tienen, y con ella se templa la lujuria en los mozos; pero yo me hube tan destempladamente con el pan y agua de Salamanca, que por la Natividad de nuestro Redentor me dieron unas grandísimas calenturas; llamé al doctor Medina, Catedrático de Prima, doctísimo de aquella Universidad, y lo primero que hizo fué mandar que me quitasen el agua. Yo le dije que mirase que era colérico, y muy encendido de sangre, y él me respondió, como si dijera una gran hazaña suya: Ya saben que el doctor Medina quita el agua á los enfermos. Creció la calentura, y no el remedio: comenzó á darme unos cordiales, que no aprovecharon cosa, porque la salud de los coléricos con calenturas solo consiste en darles agua fria á sus tiempos, y sangrías moderadas, y consistiendo la salud mia en no negarme el agua, no me la dejaron en todo el aposento. Diéronme unos baños con veinte suciedades, y dejáronse allí una artesilla en que me los habian dado: yo me ví tan impaciente, y tan acosado de la sed, que me levanté como pude á buscar agua, y como no la hallé, pegué con la artesilla del agua, que estaba fria como un hielo, y á dos golpes que bebí, la dejé en el asiento, y la panza como vela latina con el viento en popa; pero duró poco, porque dentro de un ochavo de hora comenzó el estómago á basquear, y arrojó tanta cantidad de bocanadas, que de vacía la barriga, la doblaba como alforja un lado sobre otro. Vino á la mañana el Doctor, y vió la artesilla más llena que la dejó, porque en ella misma descargó el nublado. Preguntóme cómo me hallaba, respondile que muerto de hambre. Miró el pulso, y hallóle sin calentura: admiróse de ver la mudanza, y dijo: ¡Oh milagroso baño! No se ha inventado tal medicina en el mundo: no le he dado á hombre que no le haga notable provecho. Habránle tomado, dije, como yo. Este baño, dijo el Doctor, alienta y refresca, confortando las partes interiores. ¿Y cómo se le da vuesa merced, dije yo, á los demás? Tibio, respondió él, y bañando todo el cuerpo por de fuera. Pues désele, dije yo, frio, y bebido, que así lo tomé yo, y les aprovechará mucho más, y contéle el caso; dijo: rectum ab errore, repitiéndolo cuatro ó cinco veces, y haciéndose cruces se fué, y me dejó sano. Hay médicos tan crueles, que á un pobre enfermo colérico fogoso le dejan que se le abrase el hígado, y se le sequen los huesos; pareciéndoles que negándole el agua acabarán más presto con la enfermedad y el enfermo. Aquel refran que dicen: al que es de vida, el agua le es medicina, se ha de entender de esta manera, que aquel debida es participio: de manera, que al que es debida el agua, y al que se le debe el agua, á este le es medicina, que no al otro. Y siendo así, ¿á quién se le debe más que á un colérico con calenturas? Y esa otra significacion ordinaria la tengo por burla y modo de hablar de gracia. En Ronda conocí un tejero, que habia cuarenta y cuatro años que no probaba gota de agua, que decia por donaire que él no habia de beber licor donde se ensuciaban las ranas. Vino una vez con tanta sed y cansancio, que para quitarla bebió un jarro de agua fria, que dentro de veinte y cuatro horas le puso como el barro con quien trataba. Á este no se le debia el agua. Lo uno por no estar acostumbrado á ella, lo otro porque su estómago no era de hombre colérico, y al que es debida el agua le es medicina.