DESCANSO XIV.
C
Como los esclavos y compañeros iban dormitando, tuvimos lugar y espacio mi amo y yo para tratar esta materia y otras, con que se venció el sueño. Habiendo reposado un tanto, dentro de dos horas descubrimos las islas Baleares, Mallorca y Menorca, Ibiza, y otras islas pequeñas; pero no nos acercamos á Mallorca, por el cuidado con que aquella isla vive, hasta ser de noche: y aunque aguardamos á esto, fué menester apresurarnos, porque si bien se parecieron presto, habia bien que trabajar para llegar á ellas. Acercámonos á Mallorca por mejor, y para él fué peor, porque al despuntar de un risco estaba en él una centinela que dió aviso á las galeras de Génova, que andaban por coger á mi amo, y aunque se acercaba la noche, comenzaron á batir los remos con grande furia hácia nosotros. Mi amo viéndose perdido pasóse á la otra galeota, llevando consigo la más granada gente que traia en ambas, y dióme á mí cargo de mirar por la que me dejaba con poca gente; confiándose que hablando yo español podria responder á propósito, y tener algun remedio la galeota. De suerte, que me dejó por estorbo para que hiciesen la presa en mí, y se pudiese librar. Sucedióle como él lo habia pensado, porque como hombre astuto y muy práctico en toda la costa, no se hizo á la mar, sino á la isla, que como era casi de noche, de caleta en caleta se fué escondiendo, y en obscureciendo se hizo á la mar y se escapó. La galeota en que yo habia quedado, como no llevaba gente que bogase, sino muy poca, y la más ruin, fuése quedando tanto, que las galeras pudieron tirar una pieza para que nos rindiéramos. Parámonos, y en llegando cerca yo, muy alentadamente, y en bien claro español, dije: Rendidos somos. Pues á vos buscamos, dijeron las galeras, llamándome por mil nombres infames, que realmente como la galeota era aquella en que siempre andaba mi amo, y hablé tan claro español, me tuvieron por el renegado. Echaron al remo todos los turcos, canalla que hallaron conmigo, y á mí pensando que habian dado con lo que buscaban, me maniataron para llevarme á Génova y hacer en mí un gran castigo. Decíame el capitan de la capitana: Quante volte habete scampato la vita, can renegato, adeso non scamparate, se non impiccato? Señor, dije, mire V. S. que yo no soy el renegado que V. S. piensa, sino un pobre español esclavo suyo. Por la defensa cargaron sobre mí tantos palos que me obligaron á decir: Dicen que Génova es monte sin leña; pero harta ha habido para mí ahora. Riéronse dos músicos españoles que traia el general en su galera de mi respuesta, y más de la paciencia con que lo llevé: uno de los cuales conocia yo muy bien, y entre ellos, por lo que les declaró uno de los músicos, tambien hubo alguna risa. Yo me arrimé á un rincon maniatado, y dando gracias á Dios que tantas veces me veia ejercitado en trabajos y miserias; que las desdichas nos traen á la memoria las misericordias de Dios, y no los pecados por que las merecemos; que si quisiésemos advertir cuánto mayores son que los trabajos que Dios nos envia, nos consolaríamos, y no nos quejaríamos de los instrumentos que Dios toma para castigarnos, que son sus invenciones tan secretas y tan grandes que nos ponen en cuidado de considerar por donde nos vino el daño, y no por donde lo teníamos merecido, y es tan piadoso en el castigo, que no quiere infamarnos por lo que merecemos, sino darnos en que merecer por lo que sufrimos, y llevar en paciencia lo que no habemos pecado, que su misericordia á todo esto se estiende, que nos ejercita en lo que no pecamos para descuento de lo que merecemos en lo que pecamos, y luego echamos la culpa á aquellos por cuya mano viene el justo castigo de Dios, que con lo que no habemos hecho nos castigó lo que habemos hecho, por estimar en tanto nuestra honra que no quiere muchas veces castigarnos por los mismos filos que nos matan interiormente, porque no nos desconsolemos, ni lo tengamos por ejecutor cruel. Acuérdome yo ahora de las desventuras que desde niño me han seguido, y no me acuerdo de los delitos de mi juventud. Viéneme á la memoria cuanto bien he hecho á algunos hombres en esta vida, y que por estos mismos han venido muchos males, porque Dios toma semejantes instrumentos para confusion y castigo de pecados cometidos con ignorancia ó con malicia. Yo estoy ahora en fama de renegado, y maniatado, agraviado injustamente por un astuto y endiablado hombre, precito y descomulgado; y si quiero volver los ojos atrás veo que merezco estos y otros mayores castigos de la mano de Dios. Á esto llegó un bellaco de un cómitre, y dándome con un rebenque, me dijo: ¿Qué habla el perro entre dientes? Callé porque no segundase. El señor Marcelo Doria, que era general, movido á misericordia, dijo, que hasta averiguar quién era no me tratasen mal. Yo como ví la puerta abierta á la piedad, dije: Suplico á vuestra excelencia, pues la defensa natural es concedida á todos, se me conceda á mí, que yo sé que en sabiendo vuestra excelencia lo que soy, no solamente no padeceré en manos de un tan gran príncipe, pero espero en Dios que me tiene de honrar más que merezco. Yo daré en Génova, y aun en esta galera, testigos que me conocieron en la córte del rey Católico en el tiempo que este renegado andaba haciendo mal en todas estas costas, y será uno de ellos el señor Julio Espínola, el embajador. Hízome desatar, y habló conmigo, preguntándome todo lo que deseaba saber del renegado: yo le dije la astucia con que se habia escapado, con que satisfice algo de mi persona, y puso mucha culpa á los que no siguieron la empresa. Tornéme á mi rinconcillo, aunque no maniatado, y púseme en cluquillas, las dos manos en el rostro, y los codos en las rodillas, porque no me conociese el músico, pensando en mil cosas. Yendo navegando hácia Génova, viendo que ya se habria dado noticia en Argel que las galeras de Génova corrian la costa, pasamos el golfo de Leon con una poca de borrasca, y habiéndolo atravesado de punta á punta, mandó el general á los músicos que cantasen, y tomando sus guitarras, lo primero que cantaron fué unas octavas mias que se glosaban:
El bien dudoso, el mal seguro y cierto.
Comenzó el tiple, que se llamaba Francisco de la Peña, á hacer excelentísimos pasages de garganta, que como la sonata era grave habia lugar para hacerlos, y yo á dar un suspiro á cada cláusula que hacian. Cantaron todas las octavas, y al último pié que dijeron:
El bien dudoso, el mal seguro y cierto,
ya no pude contenerme, y con un movimiento natural inconsideradamente, dije: Todavía me dura esa desdicha. Como fué en alta voz, miró el Peña, que por venir yo tan disfrazado de cara y de vestido, y por ser él corto de vista, no me habia conocido antes, y en viéndome, sin poder hablar palabra, humedecidos los ojos, me abrazó, y fué al general, diciendo: ¿Á quién piensa V. E. que traemos aquí? ¿Á quién? preguntó el general. Al autor, dijo Peña, de esta letra y sonata, y de cuanto le habemos cantado á V. E. ¿Qué decís? Llamadle acá. Lleguéme con harta vergüenza, pero con ánimo alentado, y preguntóme el general: ¿Cómo os llamais? Márcos de Obregon, respondí yo: el Peña, hombre que siempre profesó verdad y virtud, llegó al general y le dijo: Fulano es su propio nombre, que por venir tan mal parado debe de disfrazarlo. Espantóse el general de ver un hombre de quien tenia tanta noticia en tan humilde traje, y rodeado de tantos trabajos y tan injustamente maniatado. Preguntóme la causa de ello, y yo con mucha paciencia y humildad le conté todo lo sucedido, porque el galeon del Duque de Medina habia parado en el Final. Hízome mucha merced, particularmente trastejándome de vestidos. Y en llegando á Génova visité á Julio Espínola el embajador, cuya amistad yo habia profesado en la córte de España, que certificado Marcelo Doria de esta verdad, ambos me hicieron merced de acomodarme de dinero y cabalgadura para Milan; pero primero quise ver aquella república tan rica de dineros y antigüedad, de nobles y antiquísimas casas, descendientes de emperadores y grandes señores, y de la mayor nobleza de Italia; como son Dorias, Espínolas, Adornos, de cuya notabilísima familia hay un ramo en Jerez de la Frontera, emparentado con grandes caballeros españoles, y señalado con el hábito de Calatrava y las demás órdenes: como don Agustin Adorno, caballero tan virtuoso como principal. Y como mi intento no era parar allí, dispúseme para proseguir mi viaje á Milan, para donde habia salido de España.