DESCANSO XIX.
L
Luego que, por mi desgracia, salí de aquella reina del mundo, Madrid, ó madre universal, en el primer pueblo á donde llegué ví tocar cajas que hacian gente por mandado de Felipe II, para ir á descubrir el estrecho de Magallanes; y como yo nací más inclinado á las armas que á los libros, dí con ellos á un lado; y con el ánimo alterado, arrimándome á un capitan amigo mio, eché mi caudal en armas y en vestidos de soldado, que no le parecieron mal á doña Mergelina, que con ver que ella gustaba de ello me incliné más á seguir aquel modo de vida, llevándola en mi compañía, por quererlo ella, y por desearlo yo, que muchos hombres casados fueron á la misma jornada, porque la intencion de Su Majestad era poblar aquel estrecho de vasallos suyos, y pluguiera á Dios me lo estorbara, que yo tenia mi voluntad tan subordinada á la suya, que sin su beneplácito no me arrojara tan inconsideradamente á profesion tan llena de miserias y necesidades. Embarcámonos en Sanlúcar, que voy abreviando, y llegando al golfo de las Yeguas fué tan desatada y terrible la tormenta que nos sobrevino, que por poco no quedára tabla en que salvarnos; pero por la prudencia de Diego Flores de Valdés, general de la flota, volviendo las espaldas á la tormenta, tornamos á invernar á Cádiz primera vez, de donde salimos, y con grandes incomodidades llegamos á la costa del Brasil, invernando segunda vez en San Sebastian, á la boca del rio Ganero, muy ancho y estendido puerto. Estuvimos allí algun espacio, admirándonos de ver aquellos indios desnudos, y tanta abundancia de ellos, que bastára para poblar otro mundo. Solian desaparecerse algunos de ellos, sin saber qué se hacian, y un valeroso mancebo, mestizo portugués é indio, determinóse de buscar el fin de tantas personas como faltaban, y embrazando una rodela de punta de diamante, y una muy gentil espada, se fué por la orilla del ancho mar: vió de lejos un mónstruo marino que estaba esperando algun indio para cogerle, y que llegando cerca, puesto en piés el mónstruo, porque antes estaba de rodillas, era tan grande, que el portugués no le llegaba al medio cuerpo, y cuando el mónstruo le vió cerca, cerró con él pensando llevarle adentro, como hacia con los demás. Pero el valeroso mozo, poniendo la rodela adelante, y jugando la espada, defendióse lo mejor que pudo, aunque las conchas de la bestia marina eran tan duras que no le pudo herir por alguna parte. Los golpes que el mónstruo le daba eran tan pesados que no los osaba esperar, hasta que dió en ponerle delante la punta del diamante, apuntando á las coyunturas de los brazos, por donde el mónstruo recibió tanto daño que se iba desangrando: y habiendo durado esta pesca grande rato, al fin cayeron ambos muertos. Fueron á buscar al animoso mozo, y hallaron uno caido á una parte, y otro á otra. El capitan Juan Gutierrez de Sama y yo vimos el cuerpo del espantable mónstruo, y otros muchos españoles, con grande admiracion. El mar por allí tiene muchos bajíos y muchas islas; en una de ellas vimos una serpiente de las que por acá nos pintan para espantarnos, que tenia el hocico á manera de galgo, largo, y con muchos dientes agudísimos; alas grandes de carne, como las de los murciélagos, el cuerpo y pecho grandes, la cola como una viga pequeña enroscada, dos piés, ó manos con uñas, el aspecto terrible. Encaramos cuatro escopetas hácia ella, porque estaba en una fuente que por el remanente íbamos á buscar para beber. Yo fuí de parecer que cuando la matásemos ella mataria á alguno de nosotros, y así la dejamos, porque ella en viéndonos se entró por la espesura del monte, dejando un rastro muy ancho como de una viga. Mas como no me importaba, ni importa para mi discurso, no digo muchas monstruosidades que vimos. Seguimos desde allí el camino ó viaje del estrecho, por el mes de enero y febrero, cuando allá comienza el verano, con muchos vientos contrarios, oponiéndonos á recias corrientes, que ó por cerros altísimos, y canales que hay debajo del agua, ó por vientos furiosos que la mueven, nos hacian tantas contradicciones, que muchas naos padecieron tormentas, y algunas naufragio, sin poderse socorrer unas á otras. Entre las que padecieron naufragio fué la que llevaba mi esposa y á mí, que aunque soltaron pieza, ó no nos oyeron, ó no pudieron socorrernos, sino fué una que iba á vista de la nuestra, que compadecidos los marineros, contra su costumbre, de nosotros, acudieron á tan buen tiempo que pudo salvarse la ropa y las personas antes que del todo se hundiese. Los soldados y marineros, despues de haberse anegado nuestro navío, y pasado al otro, acudieron á regalar á la mal malograda de mi esposa, que aunque era tan varonil, el temor de la tragada muerte la tenia turbada, y así fué parecer de todos que no siguiésemos la armada hasta ver que la gente hubiese respirado del trabajo pasado. Descubrióse una isla despoblada, adonde con algun trabajo pudimos arribar. Reparámonos del cansancio y trabajo, hicimos agua, que la hallamos muy buena, y algunas frutillas con que nos refrescamos, y dentro de quince dias nos hicimos á la vela siguiendo la flota, que no pudimos alcanzar. Llegamos á vista del estrecho, despues de haber andado perdidos mucho tiempo. Descubriéronse grandes y altas sierras, con muchos árboles frutales, y infinita caza, segun supimos de pobladores que dejó allí la armada, aunque ni saltamos en tierra, ni nuestra cabeza lo consintió por volver á seguir la flota.