II.
Los elogios de este libro han sido siempre idénticos; pues cuantos antes y despues, y dentro y fuera de España, se han ocupado de él, le han reconocido una misma importancia en nuestra bella literatura del siglo de oro bajo el cetro de los Austrias. Los primeros en encomiarlo fueron los contemporáneos del autor, aunque el Márcos de Obregon fué de las pocas producciones literarias que se dieron á luz en el siglo XVII sin precedencias de versos laudatorios, como entonces estaba al uso, sin duda para que los prosélitos de ultratumba que áun dos años despues de su muerte conservara Cervantes, el cual se habia mofado en las entradas del Quijote de aquella obsequiosa costumbre de la amistad ó de la admiracion, viesen que la obra de Espinel bastábase á sí misma para su propio crédito. No obstante, al censurarla de oficio, si el abad de San Bernardo, observando que tenia doctrina moral y pintaba con deleite, auguraba seria libro de mucho provecho y gusto, y el vicario y doctor D. Diego Gutierre de Cetina se extasiaba con su mucha moralidad y entretenimiento, Fray Hortensio Félix Paravicino, que tambien la graduó por órden del Consejo, no titubeó en declarar explicitamente que «de los libros de este género, que parece de entretenimiento comun, el Márcos de Obregon, es el que con más razon debe ser impreso, por tener el provecho tan cerca del deleite, que sin perjudicar enseña y sin divertir entretiene.» En cuanto al estilo, la invencion, el gusto de las cosas y la moralidad que deduce de ellas, el reverendo fraile trinitario calzado, natural de Madrid, aunque hijo del milanés D. Mucio, tesorero general de aquel Estado, entendia argüir bien la pluma que los habia escrito «tan justamente celebrada en todas las naciones.» Por último el padre maestro Paravicino concluia diciendo: «Á mí, á lo menos, de los libros de este argumento me parece la mejor cosa que nuestra lengua tendrá.»[8]
Bien que en el Índice expurgatorio de 1667 se mandase tachar y se tachara, en efecto, un breve pasaje perteneciente á la Relacion tercera, Descanso quince, del Márcos de Obregon[9], la opinion sobre las excelencias de la obra de Vicente Espinel perseveró conforme durante todo el siglo XVII. En ella insistió, entre otros, el canónigo magistral de la santa Iglesia de Barcelona D. Luis Pujol, cuando el obispo de aquella diócesis, D. Luis Sanz, le dió comision de examinarla de nuevo para las reimpresiones de Margarit y de Cormellas. Á Pujol pareció este libro «lleno de mucha gravedad de sentencias, con apacibles cuentos para un honesto y provechoso entretenimiento.» La escrupulosa estrechez de miras de la comision eclesiástica encargada del Índice expurgatorio nos es hoy bien conocida, y á ningun autor ha dañado á la larga el peso de sus censuras. Á Miguel de Cervantes se le mandó borrar del capítulo XXXVI de la segunda parte del Quijote, la sencilla proposicion de que «las obras de caridad que se hacen flojamente, no tienen mérito, ni valen nada.» En el Índice de 1667 aparecen prohibidas las ediciones del Lazarillo de Tórmes, anteriores á 1573, la Letanía Moral de Andrés de Claramonte, la Cárcel de amor de Diego de San Pedro, todas las obras de Fernan Perez de la Oliva, la traduccion castellana de los Triunfos de Petrarca, toda la edicion de la Historia Pontificial de Gonzalo de Illescas, hecha en 1573, el libro de la Veneracion de Miser Gaspar Gil Polo, las novelas de Bocaccio, el tratado manuscrito del P. Juan de Mariana titulado De regimine societatis, el Ramillete de flores divinas de Fray Pedro de Padilla y otras obras semejantes; á más del inmenso catálogo de las que se acordó cercenar. Por último en el ejemplar de las Rimas de Espinel, que, habiendo pertenecido al erudito Bölh de Faber, poseyó la Biblioteca Nacional de Madrid, donde fué por mí examinado hácia 1865, y que ha desaparecido despues, se encontraba al fól. 105 una nota manuscrita, letra de últimos del siglo XVI, en que á la cabeza de la epístola al marqués de Peñafiel, se leia: «Vedado por la Inquisicion y descomunion á quien lo leyere.» Y sin embargo, examinada aquella poesía, nada se encuentra en ella, como no se encuentra nada en el pasaje del Obregon que fué tachado, que repugne á la religion, y á las costumbres, ni que veje la fama del poeta.
El editor anónimo del Márcos de Obregon, en 1804, se propuso un doble objeto con la reproduccion que llevó á cabo, procurando á la vez refrigerar en nuestro público la aficion y el gusto hácia las obras de lo que podemos llamar en la literatura española nuestra antigüedad clásica. Nuestra literatura venia estando plagada, desde hacia un siglo, de traducciones francesas. Volver por los fueros del idioma patrio, tan humillado y maltrecho despues de tanto tiempo en que la esterilidad y el vasallaje literario nacional habian reducido nuestra capacidad á la mera tarea de importar al castellano todos los productos, buenos ó malos, de otra literatura exótica, aunque á la sazon tan en boga, y detener el torrente de las ideas ahora frívolas, ahora depravadas, ó cuando menos peligrosas, que por este medio se nos ingerian, pervirtiendo así los sentimientos puros y las costumbres sanas, como la imaginacion por la inercia aletargada y el habla por los extranjerismos corrompida, eran los dos dignos móviles de aquella publicacion. «Reune este libro en mi entender,—el editor á este respecto decia,—las circunstancias del precepto de Horacio, que es mezclar dulzura con utilidad, y ademas de contener graves sentencias de la mejor doctrina, expresadas con gracia y elegancia y con aquella pureza de lenguaje y castidad de conceptos, que él mismo recomienda, es un dechado de la vida humana para todas las situaciones en que podamos hallarnos con ejemplos curiosos de sus propios sucesos y de sus contemporáneos.»
La crítica sobre la obra de Espinel, aunque sin salir nunca del terreno de la retórica y de la moral, no ha dejado de tener sus progresos, como lo testifican las consideraciones hechas sobre el Márcos de Obregon por el Sr. Rosell en la edicion de Rivadeneyra y áun por el Sr. Cuesta Ckerner en la de 1868. Rosell compara el plan del Obregon con el del Lazarillo de Tórmes y el del Guzman de Alfarache, y encuentra su accion más completa que la del primero y más nutrida y rápida que la del segundo. Sin embargo para este analista el mayor mérito está en que, corriendo la narracion de la fábula inventada por Espinel sobre los sucesos de su propia vida, hasta el punto de que los más la confunden con una auto-biografía, pudiera hacer abundar en ella los brillantes recursos de la imaginacion y del ingenio, y lograra revestir con los insinuantes atractivos de la poesía la materialidad prosáica de una existencia real. Por otra parte Rosell conviene con todos los críticos en que «el Escudero Márcos de Obregon es una obra magistralmente escrita, llena de sábias máximas y advertencias morales, que aunque muy repetidas, gracias á su oportunidad y á la manera ingeniosa con que están amenizadas, se reciben y escuchan con agrado. El lenguaje, añade el académico analista, es puro y sencillo, y en las escenas que se describen no se advierte, como en otros escritores, el empeño de apurar ciertas situaciones peligrosas: lo cual, unido á un plan hábilmente dispuesto, y á una accion animada, que camina sin entorpecimiento, justifica los elogios que en todos tiempos se han hecho de esta composicion.»
La opinion de los comentaristas de Espinel, sobre el mérito del Márcos de Obregon, casi es menos importante que la de los que estudiándole en horizonte más amplio, en el del desenvolvimiento histórico de la literatura nacional, y relacionando con éste al autor y su obra, han tenido que darles dentro del vasto cuadro el verdadero término y relieve que á uno y á otra corresponde. Puede á la cabeza de estos ponerse el discreto Gil y Zárate, el cual colocando la obra de Vicente Espinel entre las novelas picarescas y de costumbres, no encontró otra de este género que se le adelantase en mérito, sino el Lazarillo de Tórmes, siendo muy superior á esta misma y á todas las demás, en que el Obregon ofrece menos truhanadas de las que constituyen la especialidad característica de este linaje de libros; en que abunda en buena moral, y en que á veces el autor introduce á su público en una sociedad más escogida que la que presta su escenario al mismo Lazarillo, al Guzman de Alfarache, al Gran Tacaño y las demás producciones de esta índole. Gil y Zárate halla ademas amenizada la narracion del Márcos de Obregon con cuentos y novelitas agradables, siendo su estilo puro, natural, fácil y correcto, sin resábios de afectacion ni mal gusto, por lo que aprecia á Espinel por uno de nuestros primeros prosistas[10]. El norte-americano Ticknor dedicó tambien al autor y á la obra noticia bastante individual, tanto por el mérito de uno y otra, cuanto por la grande atencion que confiesa llamó á los contemporáneos de Espinel la aparicion de su escrito. La síntesis de su juicio puede, sin embargo, condensarse en los siguientes conceptos:—«Contiene el Obregon, dice, bastantes reflexiones morales, cansadas y fastidiosas, aunque bien escritas, lo cual hace que la narracion de los engaños, maldades y picardías del héroe resalte más; pero aunque inferior al Guzman de Alfarache y al Lazarillo en diccion y estilo, les aventaja en accion y movimiento; los sucesos marchan con mayor rapidez y terminan de un modo más regular y acertado[11].» En otra historia literaria de España, su autor, Eugenio Baret, profesor de literaturas extranjeras en la facultad de letras de Clermont-Ferrand, considera las Relaciones de la vida y aventuras del escudero Márcos de Obregon como obra superior á las de Hurtado de Mendoza, Aleman y Velez de Guevara en el género picaresco, pues halla en las de Espinel más plan, más arte, mayor decencia y mayor gusto literario que en las de sus competidores[12]. Por último los escritores alemanes, que habian seguido las impresiones de Bouterweck[13], habiendo modificado sus juicios despues de los trabajos de Tieck, de Malsburg y otros, han rectificado algunos de los errores en que hasta llegó á incurrir en su Lexicon el sábio y concienzudo Ebert, y haciendo justicia al mérito del autor español, han proclamado el Márcos de Obregon por una de las más bellas producciones de la literatura española, aunque se hayan señalado algunos de sus lunares. Entran en este número la forma desigual con que, en sentir de Tieck, la obra está escrita; la conclusion que no corresponde á las esperanzas que el principio suscita, y finalmente el prurito que el autor muestra en convertir cada episodio de su novela en artículo de moral, á fin de evitar que el público crea que el escritor no se cuida sino de divertir á las gentes.