III.
Las tropas del capitán D. Pedro González de Herrera caminaron muchos días, y acamparon á la orilla de un caudaloso río y enfrente de las posiciones que ocupaban los negros.
Esto acontecía el 21 de febrero de 1609.
Los dos campos enemigos podían observarse, y los dos pequeños ejércitos se preparaban para el combate, que indudablemente debía de darse al día siguiente.
Los soldados de González contaban en su abono con el número, la disciplina y la buena calidad de su armamento.
Los de Yanga confiaban en lo fuerte de sus posiciones y en la justicia de su causa.
Llegó la noche: poco á poco los contornos de los árboles y de las montañas se fueron como desvaneciendo en el obscuro fondo del espacio, y luego no fué todo aquello mas que una niebla densa y misteriosa, en medio de la cual no se distinguía otra cosa que la lejana luz de algunas hogueras que parecían estrellas, ó la vacilante claridad de algunas estrellas que brillaban como las hogueras. Cielo y tierra se confundían con sus sombras y con sus luces.
Entonces se pudo notar que en ambos campamentos se movían las tropas y se disponían los combatientes.
Yanga y Francisco de la Matosa arreglaban la defensa.
D. Pedro González de Herrera preparaba el asalto.
Los primeros albores de la mañana darían sin duda la señal de acometida, y Dios daría la victoria.
Así pasó toda la noche, y durante toda ella no hubo sin duda uno solo de aquellos corazones (que ahora hace ya más de dos siglos y medio que dejaron de latir para siempre), que no estuviera conmovido con el peligro del día siguiente.
Brilló por fin la aurora, y las columnas de los asaltantes se pusieron en marcha, en medio de un silencio sombrío.
Don Pedro González iba á la cabeza de todos, procurando animar á sus soldados con su ejemplo; pero delante de él caminaba alegre y juguetón un perrillo de uno de los soldados.
Aquel animal no conocía que todos aquellos hombres, y entre los cuales iba su amo, caminaban al combate y á la muerte, y por eso jugueteaba entre la maleza, ya adelantándose, ya volviendo ligero á encontrar á la columna que seguía avanzando sin descansar.
Don Pedro le miraba casi sin pensar en él; pero de repente observó que el animal, que se había adelantado mucho, se detenía como espantado y ladraba dando muestras de cólera.
—¡Una emboscada!—gritó D. Pedro comprendiendo lo que aquello significaba.
—¡Una emboscada!—repitieron los que le seguían, y la columna se detuvo repentinamente.
El capitán desnudó su espada, afirmóse el sombrero, y con robusta voz gritó, volviéndose á su tropa:
—¡Santiago y cierra España! ¡á ellos!
—¡A ellos! repitió la columna, y todos comenzaron á trepar velozmente por aquellos riscos, en dirección de la emboscada descubierta por el perrillo.
Los negros conocieron que la emboscada no surtiría ya efecto, y salieron á cortar el paso.
Trabóse entonces el combate, los mosqueteros comenzaron á disparar sus armas sobre los negros, ganando siempre terreno, y los negros, haciendo fuego á su vez sobre los asaltantes, con las pocas armas de fuego que tenían, procuraban hacerlos huír ó acabarles rodando en gran cantidad peñascos que para este objeto tenían ya preparados.
Pero nada contenía el brío de los asaltantes, que trepaban y trepaban ganando siempre terreno y lanzando á sus enemigos una verdadera lluvia de balas, de piedras y de flechas.
Muchas horas duró el combate, y la suerte favorecía á los soldados de D. Pedro González, que al caer ya la tarde se apoderaron de las posiciones de los negros, no sin dejar el camino que habían recorrido, sembrado de cadáveres y de heridos.
Yanga y los demás que le acompañaban, viendo que no era posible resistir más, huyeron para los bosques, no dejando en poder de sus enemigos más que algunos cadáveres.
Aquello era un triunfo, pero un triunfo tan efímero como costoso. Los negros que habían huído volverían á hacerse fuertes en otro lugar, y sería necesaria una nueva batalla, que no daría más resultado que el que ésta había dado: conquistar á fuerza de sangre una posición que había necesidad de abandonar á poco tiempo, y con el temor de volverla á encontrar defendida al día siguiente; y aquella era una campaña tan penosa como estéril en sus resultados: los negros habían perdido alguna gente, pero en compensación lo mismo había sucedido á sus perseguidores: la proporción era perfecta.
Todo esto lo comprendió D. Pedro González de Herrera, y quiso aprovechar los momentos de la victoria y dar otro sesgo á la campaña.
Ofreció el indulto á Yanga y á los suyos: fijáronse en los árboles por todas partes cédulas con este ofrecimiento, colocáronse en todas las alturas banderas blancas, y al fin Yanga escribió al Virrey.
Proponía una especie de convenio, en el que había mucho de debilidad.
Protestaban no haber tenido intención de faltar á Dios ni al rey, de quien eran leales vasallos; se comprometían á entregar en lo sucesivo todos los esclavos fugitivos á sus dueños, mediante una remuneración, y pedían un pueblo en que vivir con sus hijos y mujeres, y en el cual recibirían al cura y al justicia que se les nombrase.
El Virrey accedió á todo y les concedió terrenos para formar el pueblo, que se llamó de San Lorenzo.