V.
No puede saberse con segundad si la Audiencia descubrió realmente alguna conspiración, ó quiso con un ejemplar ruidoso calmar los ánimos y acobardar á los negros por si pensaban en rebelarse; lo cierto es que apenas pasó la Pascua, México presenció una de las más horrorosas ejecuciones de que haya memoria.
Veintinueve negros y cuatro negras fueron ejecutados en el mismo día y hora en la plaza mayor de la ciudad.
El gentío era inmenso; plaza y calles, balcones y azoteas, todo estaba lleno, en todas partes había espectadores, desde todas partes se contemplaba aquella espantosa matanza.
La escena era capaz de hacer estremecer de horror al mismo Nerón.
Aquellos hombres, y sobre todo aquellas mujeres que caminaban al patíbulo, casi moribundos, cubiertos de harapos, á encontrar la muerte después de una vida de esclavitud y sufrimiento; los confesores que á grito herido encomendaban aquellas almas á la misericordia de Dios, una multitud inmensa que se agitaba como un mar borrascoso, y sobre todas aquellas cabezas treinta y tres horcas, de donde pendían media hora después treinta y tres cadáveres.
La ejecución había terminado, pero la gente no se retiraba, y era que aún había un segundo acto más repugnante.
Los verdugos comenzaron á bajar los cadáveres, y con una hacha á cortarles las cabezas, que se fijaban en escarpias.
Se estaban castigando cadáveres y derramando la descompuesta sangre de los muertos.
Aquella escena era asquerosa.
Las treinta y tres cabezas se fijaron en escarpias en la plaza mayor de la ciudad, ornato digno de la grandeza de la Audiencia gobernadora.
Mucho tiempo estuvieron allí aquellos trofeos de civilización, hasta que la Audiencia tuvo parte de que no era ya posible sufrir la fetidez, y las mandó quitar y que se enterraran.
Así se sofocó aquella soñada conspiración, en el año de 1612.
EL TUMULTO DE 1624
Pasó al Virreinato del Perú el Marqués de Guadalcázar, y le sucedió en el Gobierno de México D. Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, Marqués de Gelves y Conde de Priego, el cual llegó el 12 de septiembre de 1621.
El país estaba infestado de bandidos, de manera que no se podía salir ni á los caminos, ni andar en las ciudades pasadas ciertas horas de la noche, sin ser atacado, robado y no pocas veces asesinado. Los frailes de las diversas órdenes religiosas, poseedores de grandes bienes y habiendo perdido las virtudes cristianas de que dieron ejemplo años antes los doce apóstoles de las Indias y sus sucesores, se entregaban á ruidosas cuestiones y á complicadas intrigas para obtener los puestos elevados en los conventos, la justicia no estaba de lo mejor administrada, y según las pocas narraciones de esos tiempos hay lugar para creer que el favoritismo y la venalidad, más bien que las leyes, decidían de los muchos y largos pleitos que en esa misma época se originaban entre españoles, criollos é indígenas. El Marqués de Gelves, enterado de la mala situación de la Colonia á los pocos meses de llegado, quiso violentamente corregir todos estos males y comenzó á ahorcar á los ladrones, á poner á raya á los Provinciales de los conventos, á destituir á los empleados infieles, á intervenir, poniéndose del lado de los pobres, en las inícuas sentencias de los jueces, y aun á refrenar el poder inmenso que el clero había adquirido mezclándose en los negocios civiles y decidiendo sobre las reyertas y cuestiones de las familias.
Al papel siempre peligroso de reformador, el Marqués de Gelves añadió mucho de su carácter impetuoso y bravo y de su voluntad indomable; de manera que por medio del despotismo y de la arbitrariedad quería corregir los vicios que la arbitrariedad y el despotismo habían entronizado, y esto produjo un choque terrible con la autoridad eclesiástica representada en el Arzobispo Don Juan Pérez de la Serna que había venido desde el año de 1613, y que se había hecho de grande prestigio no sólo entre los eclesiásticos, sino también entre el pueblo.
El Prelado, hombre también testarudo y aun poco escrupuloso, para elegir los medios de menguar la autoridad del Virrey y dominarle, no dejaba escapar la oportunidad de arrebatarle la popularidad que había adquirido con las reformas que hemos indicado. Pronto se presentó la ocasión.
El Marqués de Gelves que no tenía sin duda una idea fija sobre las obras del desagüe, no sólo mandó suspenderlas, sino que para dar una prueba de su inutilidad mandó romper el dique que contenía las aguas del río de Acalhuacán (Cuautitlán.) La estación lluviosa fué benigna y pasó sin novedad y con gran contento del Virrey, pero repentinamente en el mes de diciembre creció la laguna de Texcoco, se desbordó sobre la ciudad y la anegó completamente.
A esta calamidad siguió la de la carestía y aun escasez de maiz que llegó á valer cuarenta reales, siendo su precio común en esos tiempos el de doce reales. Esto indispuso los ánimos, y la exaltación llegó á su colmo cuando se supo que un caballero rico llamado Mejía, amigo íntimo del Virrey, había monopolizado todo el maiz y el trigo y le vendía á precios exorbitantes sin que nadie pudiese competir con él. Malas lenguas dijeron que el Marqués tenía compañía con Mejía y ambos se habían embolsado grandes ganancias, obtenidas á costa del hambre y de la miseria del pueblo. Todo esto lo explotaba perfectamente el clero, mal avenido con el carácter tremendo del Virrey, y no era necesario mas que un pequeño incidente para que estallase abierta y descaradamente la guerra entre las dos autoridades.
No tardó esto en suceder. Un personaje importante en esa época, Don Melchor Pérez de Varaez, se hallaba procesado, y usando de los recursos que entonces como ahora se usaban, recusó á su juez. El Virrey le nombró otro, y Varaez entonces se escapó del convento de Santo Domingo, donde estaba retraído. Sus jueces, ofendidos, decretaron el embargo de sus bienes y papeles, le aprehendieron y le encerraron en una estrecha celda, tapando las puertas con cal y canto y poniéndole además una guardia de doce arcabuceros.
Varaez se dió trazas de elevar un memorial al Arzobispo, reclamando la intervención eclesiástica, y como el prelado no deseaba sino el momento de ponerse frente á frente con el Virrey, otorgó la protección al preso, y de pronto excomulgó á los arcabuceros que le custodiaban. El Virrey ocurrió al delegado del Papa en Puebla, y éste mandó al Arzobispo que levantase la excomunión. Este no obedeció, y el Virrey recabó duras providencias en contra del prelado. Tal fué el principio y origen del terrible tumulto de 1624.
El Virrey lo que quería era que sin resistencia dominase la autoridad civil, y estaba resuelto á emplear la fuerza y la violencia para conseguirlo. El Arzobispo quería que la autoridad eclesiástica dominase sin contradicción, y por su parte estaba resuelto á esgrimir todas las armas de la Iglesia.
Un día, después de muchos incidentes relativos al negocio de Varaez, y que sería largo el referir, el Virrey mandó llamará un clérigo, el cual, con consentimiento del Arzobispo, vino el día siguiente acompañado de su secretario.
Luego que los vió el Virrey, montado en cólera preguntó:
—¿Quiénes sois vosotros, y qué queréis?
—Soy el secretario de Su Ilustrísima, y esta otra persona es el eclesiástico que Su Señoría ha mandado venir.
—Salid de aquí al momento, que si he llamado al clérigo, para nada necesito al secretario, y no gusto de tener espías en mi palacio: salid antes que...... y vos, clérigo, aguardad.
El secretario salió más que de prisa y fué á referir al Arzobispo lo que había pasado. Eran las primeras horas de la mañana. El clérigo se sentó en la antesala á esperar que le llamase el Virrey. Cerca de las ocho de la noche el Virrey asomó la cabeza por una puerta. ¿Está todavía ese clérigo que mandé llamar esta mañana?—dijo á un ugier que hacía la guardia.
El clérigo se levantó, rojo como una cereza, pero con apariencias de resignación se acercó al Virrey, el que le hizo señal, y ambos entraron en el gabinete secreto.
—¿Me responderéis como un cristiano y como un hombre honrado á todo lo que os pregunte?—le dijo el Virrey con voz áspera.
El clérigo, lleno de miedo, hizo un signo de asentimiento con la cabeza, y entonces el Virrey le hizo multitud de preguntas difíciles y capciosas, á las que contestó el eclesiástico de la mejor manera que pudo.
—¿Estáis dispuesto á que todo esto se ponga por escrito bajo de vuestra firma?—le dijo el Virrey.
El clérigo tuvo que revestirse de energía y le contestó que por miramiento y respeto había satisfecho todas las interpelaciones, pero que nada firmaría sin licencia de su prelado.
—Por última vez ¿no firmáis?—preguntó colérico el de Gelves.
El clérigo, con voz medio trémula pero perceptible, dijo:
—No, no, señor; nada firmaré.
—¡Armenteros!—gritó el Virrey.
Don Diego de Armenteros, revestido de su cota de malla y con todas sus armas, se presentó por la puerta del costado.
—Tomad un caballo, y con buena escolta y á buen recaudo mandad en el acto á este clérigo insolente al castillo de San Juan de Ulúa, y allí que le encierren en una bartolina hasta que yo mande otra cosa.
El capitán Armenteros con una garra como de león cogió al clérigo del brazo y le sacó del gabinete.
—Otro tanto he de hacer con el Arzobispo, si se descuida, dijo entre dientes el Marqués, mirando alejarse al clérigo y al oficial.
Al día siguiente el Arzobispo, por medio de un notario, mandó reclamar á su clérigo, manifestando al Virrey que había incurrido en las censuras de la bula de la Cena.
—Decidle al Arzobispo que mande por su clérigo á San Juan de Ulúa, y que si quiere ahorrarse pasos se entienda con mi capitán Armenteros.
El Arzobispo, lleno de cólera, trató con muchos prelados la manera de aniquilar al Virrey con las armas espirituales, y el Virrey por su parte reunió á varios letrados para consultar es si podía ser excomulgado. Los Oidores respondieron que no habían meditado el caso, y el Virrey los echó de la sala: otros letrados opinaron, que siendo el Virrey la imagen del Rey, no podía ser excomulgado.
Pasaron algunos días. El 8 de diciembre de 1624, solemnidad de la Purísima, hubo gran festividad en la catedral. El Santísimo estaba descubierto, la misa era cantada y un grueso religioso comenzaba el sermón, cuando el escribano Tobar, saltando sobre la multitud de devotos que había en la iglesia, subió al altar mayor á notificar un auto del Virrey al Arzobispo. Este resistió, los fieles se alborotaron, el padre predicador no pudo continuar, y la misa acabó á toda prisa. Figúrese el lector el escándalo que habría en los tiempos de que vamos hablando.
El Virrey, observando que en nada cedía el Arzobispo, acudió al juez legado de Puebla, y éste comisionó á un clérigo, sacristán de monjas, atrevido y resuelto, que vino á México, y empezó á ejecutar todas las órdenes del Virrey, comenzando por entrar al Arzobispado, echar á todos los familiares y clérigos y embargar los bienes y muebles que encontró.
El Arzobispo mandó tocar entredicho, y el son pausado y grave de las campanas llenaba de terror á los habitantes de la ciudad, anunciándoles la discordia entre el Príncipe de la Iglesia y el representante de S. M. el Rey de España.
Las campanas no detuvieron ni un momento al padre sacristán, y antes bien dió á sus providencias un carácter más enérgico. El Arzobispo, mirando sus muebles en manos extrañas, sus habitaciones cerradas y selladas, y casi echado de su palacio, se hizo conducir en una silla de manos ante la Audiencia, y allí significó á los Oidores que no se movería hasta obtener justicia.
Los Oidores dejaron sólo en el salón al Arzobispo y se dirigieron á contar el caso al Virrey, volviendo al cabo de tres ó cuatro horas un escribano llamado Osorio, con este recado:
—«El Sr. Virrey me manda decir á Su Ilustrísima que se vuelva inmediatamente al Palacio Arzobispal, desde donde podrá pedir justicia; y si esto no hace, le notifique que incurre en una multa de cuatro mil ducados, y saldrá además desterrado del reino.»
El Arzobispo contestó al escribano que no reconocía superioridad en el Virrey, y que no había de obedecer ni sujetarse á tan atroz tiranía, y que no volvería á su palacio por no sufrir los ultrajes del sacristán poblano.
El Virrey esperaba impaciente la respuesta, y luego que hubo escuchado la que le trasmitió el mismo escribano Osorio, gritó con voz de trueno:
—¡¡Armenteros!!
Don Diego Armenteros se presentó por la puerta del costado armado hasta los dientes.
—En esta vez, vos mismo con una partida de arcabuceros os apoderaréis, de grado ó por fuerza, del Arzobispo Don Juan Pérez de la Serna, y lo llevaréis á San Juan de Ulúa á que haga compañía al clérigo insolente.
—¿Le llevaré á pie, á caballo ó en coche?—preguntó Armenteros.
—A pie, como se pueda, en una mula, de cualquiera manera, con tal que demos una muestra terrible en este país desorganizado, del respeto que se debe á la autoridad; pero no...... no deseo que vaya á morirse...... Disponed mi coche de camino y partid en el acto.
Armenteros, en momentos, mandó disponer el coche y la escolta de arcabuceros, y acompañado del Lic. Terrones, alcalde del crímen, del alguacil mayor Martín de Zavala y del teniente Perea, se dirigió á la sala de la Audiencia, donde el Arzobispo, sentado en su silla de manos, esperaba todavía que le hicieran justicia los Oidores.
—Es desagradable, le dijo Terrones, tener que ejecutar providencias tan duras; pero Su Ilustrísima deberá salir en este momento para San Juan de Ulúa, escoltado por el valiente capitán Armenteros.
—Espero que se me concederán dos ó tres días para...... pues...... porque......
El Arzobispo se ahogaba de la cólera.
—Ni una hora, contestó Terrones.
—Al menos me será permitido mandar por mi desayuno, pues el estómago y...... mis males, murmuró el Arzobispo.
—Ni un minuto, interrumpió Armenteros. El coche está ya listo y los caballos de la escolta impacientes.
—Ni un segundo, añadió el teniente Perea, y tomando bruscamente por el brazo al prelado, le hizo bajar las escaleras, y cinco minutos después un coche á escape, envuelto en una nube de polvo y seguido de doce feroces y corpulentos arcabuceros, atravesaba las calles de la ciudad y conducía á su destierro al más temible y poderoso señor de Tenoxtitlán.
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* *
Los partidarios y amigos del Arzobispo tuvieron modo de enviarle recados y cartas, manifestándole que lo que importaba era ganar tiempo y demorarse mucho en el camino; lo cual fácilmente logró con pretexto de sus enfermedades y tratando con la mayor dulzura á Armenteros, que era un soldado brusco, pero en el fondo buen hombre.
La Audiencia entretanto, atemorizada, anuló el auto del Virrey, el cual en el momento que lo supo mandó prender y poner incomunicados en el calabozo á los Oidores, á los relatores y á los demás dependientes del tribunal, y envió un correo con instrucciones á Armenteros para que envolviese al Arzobispo en un colchón ó en un petate, supuesto que estaba enfermo, y en una mula, como si fuese un fardo le sacase violentamente de los límites del arzobispado.
En San Juan Teotihuacán se recibieron todas estas noticias la noche del 14 de enero, y las que comunicaron sus partidarios á Don Juan Pérez de la Serna eran más pormenorizadas é importantes; de manera que se resolvió á dar á su vez un golpe terrible y á jugar el todo por el todo. En la misma noche proveyó y despachó á México dos edictos. Uno de ellos excomulgaba al Virrey, y el segundo intimaba la cesación á divinis.
En la mañana temprano y mientras Armenteros se ocupaba en organizar la marcha y procurarse caballos y tiros de remuda para que su viaje fuese tan acelerado como el Virrey se lo había ordenado, el Arzobispo logró escabullirse y entrar á la iglesia de San Francisco. Allí revistió los atavíos pontificales, colocó al Divinísimo Sacramento en una custodia de oro y pedrería, que tomó en sus manos, y se puso en actitud resuelta en el altar mayor.
Armenteros buscó á su prisionero para acompañarle á que subiera al coche; pero en vez de encontrarle, le informaron que estaba en la iglesia decidido á desobedecer la autoridad del Virrey.
El capitán, que era de genio atrabiliario y de fuertes ímpetus, desnudó la espada, y echando un terrible juramento se metió como un furioso al templo, resuelto á atravesar de parte á parte al prelado, y en efecto llegó hasta las gradas del altar mayor; pero la actitud imponente del Arzobispo, su semblante sereno, aunque resuelto, y el temor y el respeto que le inspiraba el Sacramento encerrado en el resplandeciente relicario de oro, hicieron tal impresión en su ánimo, que bajó lentamente la espada que tenía dirigida al pecho de su prisionero, y cayó de rodillas suplicándole que encerrase la Hostia Sagrada en su tabernáculo, que de buen grado le siguiese, y que no comprometiese sus deberes de soldado, que tenía forzosamente que cumplir.
El Arzobispo se mantuvo firme en la idea de no dejarse arrancar sino por la fuerza del altar, y alguno de los documentos antiguos dice que permaneció cincuenta horas con la custodia en las manos. Como la gente del pueblo, y especialmente los indígenas, comenzaron á dar muestras de disgusto tomando decididamente el partido del Arzobispo, el capitán no se halló bastante fuerte con sus pocos arcabuceros para hacer frente á un motín popular, despachó un correo á México y prometió al prelado que con tal que sosegase á la gente, él mismo se interesaría para que el Virrey le mandase volver á la capital en vez de continuar rumbo á Veracruz.
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El 15 de febrero de 1624 fué uno de los más notables y terribles de que hay memoria en los anales de la colonia. El provisor Don José Portillo, muy de mañana comenzó á cumplir punto por punto el edicto del Arzobispo.
Los muchos fieles y buenos cristianos que había entonces extrañaron el toque de alba; pero creyeron que el sueño les había vencido ó el diablo les había hecho algo sordos. Dirigiéronse á misa y encontraron una iglesia cerrada, y otra y otra, recorriendo así la ciudad llena de templos, todos mudos y clausurados, como si ese mismo día hubiese acabado la religión de Jesucristo. Los sacristanes apenas asomaban la cabeza por el cuadrante y decían á los conocidos palabras alarmantes y misteriosas; algunos clérigos y frailes con algo que llevaban oculto bajo de los hábitos atravesaban rápidamente las calles, las campanas continuaban guardando un obstinado silencio. La alarma de los cristianos crecía por momentos, y pronto se propagó la noticia de que el Virrey estaba excomulgado y fijada la tablilla con el anatema terrible, en la puerta misma de la catedral.
La gente se agolpó á leer la excomunión, y las mujeres pedían con gritos y lamentos que se abrieran las puertas del templo. En estos momentos el escribano Osorio que tanta parte había tomado en los acontecimientos, atravesaba la plaza mayor en su coche, seguido de algunos negros esclavos, y á ese mismo tiempo pasaban unos muchachos que venían del mercado con unas grandes canastas de verdura en la cabeza, y habiéndole reconocido le gritaron ¡muera el hereje! ¡muera el excomulgado! grito que fué repetido por la multitud que ya llenaba la plaza, y que sabía ya lo que pasaba. Los esclavos de Osorio quisieron dispersar á los muchachos, y éstos pusieron en el suelo las canastas y comenzaron á tirar rábanos, zapotes y manzanas á la cara de los negros. Las demás gentes tomaron parte, la guardia del palacio salió con el sargento mayor á la cabeza, y entonces los amotinados, que ya eran muchos, acudieron al costado de la catedral, que estaba en obra, y apoderándose de gruesas piedras y guijarros hacían una descarga tan cerrada sobre el coche de Osorio y sobre los soldados, que éstos tuvieron que retirarse más que de prisa, refugiándose en el palacio y cerrando las puertas.
El Virrey, furioso de cólera, revistió su armadura, empuñó su espada y quiso salir á castigar á los insolentes, pero le contuvo el almirante Cevallos que estaba á su lado y era hombre de prudencia y de juicio.
—Bueno, no saldré en este momento, pero ¡voto á Dios! que he de castigar á todos estos malvados y rebeldes, y he de poner más horcas que árboles hay en la montaña.
Esto diciendo salió á la azotea con un clarín que comenzó á dar toques que llamaban entonces rebato. La alarma se difundió por toda la parte de la ciudad que había permanecido quieta y que ignoraba los últimos acontecimientos, y pronto se vió la plaza y las avenidas principales llenas de gente que secundaba los gritos de «Muera el hereje, abajo el luterano, viva la fe de Jesucristo y viva la Iglesia.» Al toque siniestro del clarín, que quizá no había sonado de esa manera desde los días de la conquista, acudieron al Palacio las autoridades, los empleados y una gran parte de la nobleza mexicana, y todos suplicaron al Marqués, especialmente el Oidor Cisneros, que se hincó de rodillas, que levantase el destierro al Arzobispo y lo trajese á México, con lo cual todo quedaría sosegado. El Virrey accedió, aunque con visible repugnancia, y el inquisidor mayor salió de Palacio con un papel que contenía el perdón para todos los amotinados, y la orden de volver á su palacio al temible Don Juan Pérez de la Serna, á quien hemos dejado en la iglesia de Teotihuacán, escudado con la resplandeciente y sagrada custodia.
Con esto habría terminado el motín, pero ni los sublevados se fiaban del Virrey ni éste de ellos, así que permanecieron no sólo en una actitud hostil, sino haciendo cada fuerza sus preparativos para volver á la lucha.
El pueblo continuaba agitado, vociferando y jurando en la plaza y en las calles, exigiendo que la audiencia reasumiera el gobierno, que las iglesias se abrieran y que se diese libertad á los presos de la cárcel pública; el Virrey, que á nada de esto podía acceder, mandó traer algunos quintales de pólvora de un depósito que estaba á media legua de la ciudad, sacó un suficiente número de arcabuces de la armería de Palacio, armó á los criados y dependientes que pudo reunir, y á la cabeza de esta tropa subió á la azotea, y desde allí intimó sumisión y obediencia á los conjurados. Estos, en vez de obedecer, contestaron su amonestación con silbidos y mueras, y comenzaron á tirar pedradas á los balcones. El Virrey, enfurecido, mandó hacer fuego á la tropa y más de cien personas cayeron muertas ó heridas en la plaza mayor.
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El Marqués del Valle y el Marqués de Villa Mayor habían hecho grandes esfuerzos por apaciguar la sedición, y como un medio de conseguirlo ofrecieron que irían á encontrar al Arzobispo, á darle parte de que estaba en libertad y á suplicarle que influyese en calmar las pasiones, ya bastante irritadas. Provistos estos dos personajes de excelentes caballos y de resueltos criados, atravesaron sin obstáculo la multitud reunida en las calles, y á galope tendido se dirigieron rumbo á San Juan Teotihuacán. En el camino encontraron ya al prelado de regreso, habiendo recibido la orden por conducto del alcalde Terrones, pero ya no era el intrépido Armenteros y los arcabuceros los que tenían preso al Arzobispo, sino el Arzobispo quien los traía no sólo presos sino anonadados de susto y de vergüenza. Armenteros se mordía los labios y casi se arrepentía de no haber sacado por el pescuezo al orgulloso pastor de la Iglesia.
Los pueblos todos del camino desde México hasta S. Juan se habían levantado, como se dice vulgarmente, y en tropel corrían á arrojarse á las plantas del Arzobispo implorando su bendición y besando sus manos y el extremo de las ropas, como si fuese un santo mártir. A cada momento era necesario que la comitiva se detuviese y que Don Juan Pérez de la Serna persuadiese al pueblo que Armenteros era su amigo y que los arcabuceros no tenían ya más objeto sino tributarle los honores debidos á su clase. De otra suerte habrían todos perecido hechos mil pedazos.
Luego que se supo en la ciudad la proximidad del Arzobispo, un concurso inmenso compuesto de las señoras y caballeros principales y de multitud de personas, salió con hachones á esperarlo á la Villa de Guadalupe, donde llegó á las once de la noche. A cosa de las doce llegó á la Capital, y todas las ventanas y balcones estaban abiertos é iluminados, las campanas se soltaron con un repique general á vuelo, cohetes y bombas estallaban en los aires, y el populacho entusiasmado y tal vez embriagado, gritaba vivas á la religión, y los clérigos y todos se estrujaban y se lastimaban con tal de llegar lo más cerca posible del Arzobispo para recibir su bendición.
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Mientras que los marqueses, después de haber hecho esfuerzos por apagar el fuego que comenzaba en las puertas del Palacio, corrían en busca de Don Juan Pérez de la Serna, y éste lenta y pacíficamente regresaba de la manera que hemos explicado en el párrafo precedente, el tumulto se desarrolló en la ciudad de una manera terrible. El clamor de los heridos que cayeron víctimas de las balas disparadas por el Virrey, y la vista de los cadáveres inanimados y sangrientos, despertó en el pueblo un furor hasta entonces desconocido, y los clérigos desarrollaron en ese momento oportuno toda la vasta trama de la conspiración, que no cabe duda habían tejido desde pocos meses después de la llegada del Marqués de Gelves.
En menos de dos horas, el populacho, que no tenía más armas que las piedras de la obra de la catedral, reapareció imponente en la plaza, provisto de arcabuces y trabucos, y comenzó una acción entre el Marqués subido con sus hombres en la azotea del Palacio y el pueblo aglomerado en la plaza, atronando los aires con una vocería infernal, de la que formaban el tiple los infinitos muchachos que tomaron parte en esta refriega.
El gran recurso del Marqués era el clarín, con cuyos toques de guerra esperaba el auxilio de algunos piquetes de caballería; pero se secó la garganta del trompetero antes que ninguna fuerza se acercase á dar auxilio al Palacio, que estaba ya completamente sitiado.
El Virrey recurrió entonces al expediente supremo, que fué enarbolar la bandera real, y contra la cual nadie se atrevería, y en efecto, en cuanto vieron ondear en el balcón principal el glorioso y temible estandarte de Castilla, cesaron las pedradas y el fuego de los arcabuces.
—Bien, muy bien, ¡voto á Dios!—exclamó el Marqués luego que vió la actitud respetuosa del pueblo;—no se atreverán á atacar la bandera del Rey, y entretanto tendremos la caballería que debe estar cerca, ó llegará Armenteros, que con sola su lanza dispersaría á toda esta canalla.
Ya hemos visto que Armenteros venía realmente en el camino como prisionero del Arzobispo.
La inacción y el respeto del pueblo no se escapó á un clérigo que dirigía desde los portales el movimiento de las masas que atacaban el Palacio, y creyó que todo lo avanzado se perdería.
En un momento, y seguido de varios conjurados de una más alta categoría, entró á la catedral y sacaron á poco una grande escalera que aplicaron al balcón principal. El clérigo tomó en la mano un pequeño Crucifijo, y gritando vivas á la religión, comenzó con admiración de todos á subir los escalones.
El Marqués, que en el acto adivinó el intento, gritó con voz terrible:
—¡Fuego! ¡fuego al clérigo, que se atreve á asaltar el Palacio del Rey!
El clérigo no se intimidó y continuó subiendo.
Los arcabuceros del Marqués apuntaron al clérigo.
El clérigo siguió subiendo, agarrándose con una mano de los escalones y con la otra presentando cada vez que podía el Crucifijo.
—¡Fuego, soldados!—gritó de nuevo el Virrey.
Los soldados no se atrevieron á tirar, y el clérigo subió hasta el balcón y arrancó la bandera de Castilla y descendió con ella cayendo en brazos de la multitud.
El tumulto llegó en ese momento á su apogeo. Grandes partidas de conjurados desembocaron por las calles principales, acaudilladas por frailes ó clérigos, que en una mano tenían un arcabuz ó una espada y en la otra un Crucifijo, y alentaban á la multitud al asalto. Gruesas piedras iban á estrellar con estrépito las vidrieras y puertas de los balcones, y con fuertes vigas tomadas de la obra de la catedral, trataban de romper las puertas del Palacio. Los frailes, con una voz de estentor, alentaban á los combatientes y gritaban: ¡muera el Luterano! ¡muera el hereje, y viva la religión de Jesucristo!
Los únicos frailes que en nada se mezclaron fueron los de la Merced. Ni suspendieron las ceremonias el día que se fijó la excomunión, ni quisieron acaudillar ninguna de las numerosas partidas de revoltosos; cerraron en el momento del tumulto las puertas del convento, y aguardaron, provistos de algunas armas y con una despensa bien surtida, el resultado de esta ruidosa cuestión.
Las puertas de Palacio no cedían á los golpes de las vigas y piedras, y entonces una voz gritó: «fuego al Palacio,» y todas las voces repitieron este eco siniestro, y las campanas de las iglesias, hasta entonces mudas, comenzaron á tocar á rebato. El más horrible frenesí se apoderó de la multitud, y mil hachas de brea encendidas y chispeantes fueron aplicadas á las puertas, que pocos momentos después crujieron, comenzaron á arrojar columnas de humo y lanzaron por fin una llama rojiza que fué saludada con júbilo por la multitud.
El marqués de Gelves, lejos de acobardarse ni dar muestras de debilidad, echaba rayos por sus ojos.
—¡Miserables cobardes, que no habéis arrojado á balazos á ese infame clérigo! Aquí hemos de morir quemados todos antes de sucumbir, y el primero que dé muestras de ceder, le traspasaré con mi espada.
Los soldados, aterrorizados con el aspecto decidido y terrible de Gelves, comenzaron á hacer fuego sobre toda la multitud, que asaltaba el Palacio sin respetar ni á los frailes ni al Crucifijo con que incitaban al exterminio y á la matanza.
El incendio, animado con un viento que comenzó á soplar, progresaba; las puertas abrían ya una boca de fuego y de humo, las campanas no cesaban en sus toques fúnebres, y la plebe rabiosa se echó dando gritos y alaridos por las calles, asaltando, prendiendo fuego y saqueando las casas de los que eran ó suponían enemigos del Arzobispo.
El Marqués, firme y cada vez más resuelto, defendía palmo á palmo el terreno, pues los asaltantes habían penetrado en los patios y rompían y forzaban puertas para llegar adonde estaba el hereje y arrojarle á las llamas.
El clérigo Salazar, que era seguramente el director de toda la conjuración, con un arcabuz hacia fuego, y se le encontraba por todas partes guiando á los incendiarios. El fuego llegaba á la prisión, y los criminales iban á perecer quemados. Salazar, que conocía una puerta que comunicaba con el Palacio, corrió á ella, exhortó á los criminales para que se libraran, y éstos con la desesperación que da el peligro, hicieron pedazos la puerta, salieron á los patios de Palacio y se dispersaron por todas las habitaciones, rompiendo muebles, robando alhajas y destrozando cuanto encontraban.
El Marqués de Gelves, ya sin soldados porque muchos se habían fugado, sin parque construido, con un depósito de pólvora cercano y sobre el cual volaban las chispas, lleno de humo y de polvo, y con el tronco de su espada en la mano, desafiaba impávido al incendio, á los criminales y al Arzobispo, y no había medio de arrancarle del puesto del peligro. Probablemente el almirante Cevallos, que le acompañó en esta funesta jornada, le arrancó de aquel sitio donde no había ni triunfo que esperar, ni gloria que recoger, y ambos, embozados, salieron por la puerta excusada, y sin que, como buenos castellanos, les diese un latido más su corazón, atravesaron aquella furiosa y frenética multitud y se dirigieron al convento de San Francisco, donde el Virrey permaneció retraído hasta que salió para España.
DON JUAN MANUEL
............Pues oid:
Cierta noche apareció
Muerto de herida cruel,
Don Fernando Pimentel
En la calle.—¿Quién le hirió?
Rodriguez Galvan.—El Privado del Virrey.
Hay en México una calle formada de los más altos y suntuosos edificios, y donde hace años vive gente comerciante, acaudalada y principal. Colocada en lo más poblado, en lo más céntrico de la gran ciudad, es una calle que podríamos llamar aristocrática. Sin embargo, de día tiene un aspecto triste y de noche lúgubre. Los grandes zaguanes de maderas antiguas y labradas parecen las entradas de unos castillos: en lo alto de las paredes de los edificios se proyectan las sombras y los alternados reflejos de los faroles de una manera singular, y parece que de las cornisas churriguerescas de los balcones se desprenden algunos fantasmas que tan pronto se incrustan y se esconden en los zaguanes, y tan pronto toman formas colosales y se suben á las cornisas de las azoteas y allí se asoman y ríen y muestran unos semblantes deformes y fantásticos á los que pasan.
Así se presentó á mi imaginación una noche oscura, ventosa y fría, la calle de Don Juan Manuel, una noche que se moría un amigo querido y que tuve que correr en busca de un virtuoso clérigo para que le echara la última bendición que el hombre cristiano apetece el día que parte para siempre de la vida.
Esa noche soplaban por intervalos unas ráfagas del viento helado de los volcanes, caían repentinamente algunas gruesas gotas de lluvia, que el aire arrebataba y azotaba contra las vidrieras oscuras de los balcones, no había más que un perro negro, flaco y macilento que roía los restos de un hueso arrojado por algún sirviente; las luces de aceite más bien daban sombras que luz, y la llama rojiza y pequeña temblaba siniestra en la alcuza negruzca de lata. El sereno dormía en la esquina arrebujado en su capotón azul, y el eco de mis pisadas en las losas de la acera se repercutía en toda la extensión de esa lúgubre á la vez que majestuosa calle, y turbaba el silencio que también se interrumpía de vez en cuando con el graznido de alguna ave nocturna. Llegué en casa del sacerdote, que era un hombre blanco con la venerable auréola de las canas............
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En el año de 1636 en que colocamos nuestra narración, la calle de Don Juan Manuel no se hallaba como ahora la encontrarán los viajeros. México estaba ya como quien dice trazado y formado; pero las calles, con pocas excepciones, no estaban completas. Había grandes y buenos edificios junto de otros de un solo piso y de una pobre y defectuosa construcción; otras casas tenían una grande y alta cerca que cubría las huertas ó jardines, y en otras, como en la de Celada, que es hoy San Bernardo, y la de que hablamos, había muchos solares intercalados entre las casas y con una cerca de espinos secos, de adobes ó madera. El propietario de los solares y casas de ese rumbo era un caballero llamado Don Juan Manuel.
Era un personaje por todos capítulos rodeado de misterios y de sombras que no dejaban nunca verle en toda la verdadera realidad. Entraba de noche al palacio del Virrey, embozado hasta los ojos en una larga capa negra, y permanecía varias horas conversando. Nadie le veía salir, y algunos que por curiosidad le observaban al entrar, decían que antes de tocar la puerta excusada de palacio, Don Juan Manuel se desembozaba, se persignaba tres veces, sacaba un estoque con puñon de plata, le reconocía, examinaba la punta y le volvía á meter en la vaina. Los que alguna vez vieron esto, temían que el Virrey amaneciese algún día asesinado en su cama.
Don Juan Manuel era hombre muy caritativo. Se contaba que una vez había ido á verle una viuda pobre que tenía dos niñas doncellas, muy jóvenes y bellas. Don Juan Manuel regaló cinco mil pesos á cada muchacha, y jamás quiso ni conocerlas.
Don Juan Manuel era celoso, y se decía que su esposa era una dama principal y de una rara hermosura; pero nadie la había visto, pues permanecía encerrada en su casa, y salía únicamente á misa á las cinco de la mañana cubierta con un mantón de lana negro. Nadie visitaba la casa, y sólo el confesor entraba de vez en cuando á tomar chocolate después de la misa.
Don Juan Manuel era valiente. Una noche le acometieron seis bandidos con puñales. El sacó la tizona, se colocó de espaldas contra un zaguán y no dejó acercarse á ninguno de ellos hasta que por la esquina asomó una ronda que observó después los rastros de sangre, pues los cinco agresores habían sido heridos por el bravo caballero.
Don Juan Manuel era hombre no sólo virtuoso sino hasta santo, porque confesaba y comulgaba cada ocho días, se daba disciplina todas las noches en la Iglesia más cercana, socorría á muchos pobres, asistía á las festividades de la Vírgen, y costeaba velas de cera y lámparas que ardían día y noche en los templos.
Todo esto decían de Don Juan Manuel, pero en verdad era un hombre misterioso, y se podía asegurar que todos le conocían y ninguno le conocía realmente, porque si se preguntaba por sus señas, unos lo describían de alta estatura, muy derecho y arrogante, de fisonomía pálida y casi cetrina, con espesa barba negra y ojos centellantes pequeños y hundidos; otros, por el contrario, aseguraban que era de estatura regular, de semblante apacible y caritativo, de ojos expresivos y llenos de dulzura, y con solo un corto bigote. Tampoco estaban todos conformes en cuanto á su traje, añadiendo los mejor informados que vestía siempre de negro, mientras otros le conocían riquísimos ferreruelos; pero los más convenían en que de noche se le encontraba por las calles más sombrías, entrando y saliendo en casas de mala apariencia, y envuelto en una luenga capa.
Estas eran lo que se llaman las hablillas del vulgo, que partiendo de un fondo de verdad, poetisa ó trastorna las cosas y las figuras, dándoles el carácter raro, misterioso é indefinido que tanto halaga la imaginación humana, y de esto tienen orígen la mayor parte de las leyendas y tradiciones de todos los pueblos.
Pasó y pasó el tiempo, y cada año se añadía alguna particularidad, algún nuevo rasgo al carácter de Don Juan Manuel. Repentinamente el caballero se dió enteramente á la devoción, y de la devoción pasó á una melancolía tan negra y tan profunda, que nada podía consolarle. Sus mejillas se hundieron, alderredor de sus ojos apareció un círculo morado, y el color de su semblante blanco y limpio, tornóse en un amarillo opaco y lustroso, que revelaba desde luego que estaba devorado no sólo por una enfermedad moral, sino por terribles padecimientos físicos.
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Por algún tiempo Don Juan Manuel se encerró en su casa, y no se volvió á hablar de él. Después, en secreto, y con mil reservas, decían las viejas y las beatas: Don Juan Manuel ha hecho pacto con el diablo, y se santiguaban y ponían la cruz al enemigo malo. La verdad era tal vez que Don Juan Manuel tenía celos de su mujer, de quien estaba locamente enamorado, y sin poder descubrir ni averiguar de una manera cierta quién era el que le robaba su honra, estaba á punto de volverse loco de rabia y desesperación.
Una noche se encontró el cadáver de un hombre asesinado; pero como había en esa época una falta absoluta de vigilancia y de policía, no había alumbrado en la ciudad, y los bandidos abundaban, se atribuyó á ellos esta desgracia; sin embargo, llamó la atención el que se encontrase en los bolsillos del vestido de la víctima bastante cantidad de monedas.
A los ocho días, otro cadáver tirado en las cercanías de la que hoy se llama calle de Don Juan Manuel; al día siguiente otro, y después periódicamente otros y otros más. La ciudad se llenó de terror porque algunos de los muertos pertenecían á familias conocidas y honradas de la ciudad.
Inmediatamente el vulgo inquirió quién era el autor de estos crímenes. Don Juan Manuel, seducido enteramente por el diablo y habiéndole entregado su alma con tal de que le señalase al amante de su esposa, salía todas las noches de su casa embozado hasta los ojos y con un agudo puñal desnudo en la mano. En el momento que en las cercanías de la casa encontraba á alguno, los celos le cegaban y suponía que era ese alguno de los muchos que trataban de ofender á su honra, y le preguntaba:—¿qué horas son?—Las once, contestaba inocentemente el transeunte.—Dichoso tú que sabes la hora en que mueres, respondía Don Juan Manuel, y al mismo tiempo le clavaba el puñal en el corazón ó en la garganta, y dejándole ya muerto y nadando en su sangre, regresaba á su casa, se oía el estruendo pavoroso de la pesada puerta que se cerraba, y todo quedaba después en las tinieblas y en el silencio. Las horas más críticas eran desde las once hasta las doce de la noche, y nadie, ni aun para pedir los Santos Oleos, se aventuraba en las calles desde las ocho en adelante, á no ser acompañados de dos ó tres alguaciles. Sin embargo, había muchos que porque no creían en tan vulgares consejas ó por absoluta necesidad, transitaban por los dominios de Don Juan Manuel, y era seguro que esa noche, sabiendo exactamente la hora, morían víctimas del sanguinario furor que el demonio había inspirado á este extraño caballero.
El hecho era que los asesinatos se cometían con frecuencia, que los cadáveres se encontraban al día siguiente con todas sus ropas y prendas, y que aunque en secreto y con reservas se señalaba á Don Juan Manuel como al autor de estos crímenes; pero en lo visible no había sino pruebas en contrario. Don Juan Manuel, aunque triste y sombrío como hemos dicho, concurría á la misa, daba sus limosnas y visitaba como de costumbre á su amigo el Virrey. Quién había de atreverse á acusar á un hombre acaudalado y respetable, ni qué pruebas podían presentarse; así, todo el mundo callaba y cumplía con encerrarse en su casa desde que se escuchaba el toque de ánimas.
Había en la calle de Don Juan Manuel (probablemente donde hoy se encuentra la magnífica finca del Sr. Dozal) una casa de pobre apariencia y que era propiedad de una beata que tendría sus cincuenta años. Alguna de las faltas de que es víctima la juventud cuando es demasiado confiada en el otro sexo, hizo que la Madre Mariana, que así la llamaban, tomara el hábito de beata y además hiciese la promesa de rezar un número de credos á la Preciosa Sangre, igual al día de cada mes, de modo que nunca se acostaba antes de la media noche, y el día 25, por ejemplo, empleaba más de media hora en rezar los veinticinco credos que le tocaban. En la calle oscura, sin empedrado, muda y completamente sola desde las ocho de la noche, no se veía más que una luz, como la de una sola y lejana estrella en un cielo nebuloso. Era la luz que salía por un estrecho postigo de la casa de la beata Mariana que encendía una lamparita delante de una imágen de Jesucristo atado en la columna, y no cerraba el postigo sino después de haber acabado de rezar sus credos.
Las más noches oía cerrarse con estruendo una puerta, y este ruido casi á una misma hora le hizo ponerse en observación hasta que se cercioró que era la puerta de la casa que habitaba Don Juan Manuel. Otra noche, hacia el fin de un mes en que tenía que rezar muchos credos y había permanecido de rodillas delante de la imagen, escuchó un quejido. Apagó en el acto su lámpara, de puntillas se dirigió al postigo y asomó la cabeza con precaución. Un hombre corrió, y otro detrás de él le alcanzó casi en la misma puerta de la casa de Mariana y le dió cuatro ó cinco puñaladas. El hombre gimió dolorosamente y cayó á poca distancia. El asesino se alejó de allí, y á poco, en vez del estruendo de costumbre, la beata oyó que se abría suavemente una puerta y que un hombre embozado entraba en ella. Era la casa de Don Juan Manuel, y no podía ser otro sino el mismo Don Juan Manuel.
Mariana se acostó llena de terror, y al día siguiente, ya que habían levantado el cadáver, fué á referir al confesor lo que había pasado y le dió parte también de las vehementes sospechas que tenía. El confesor obtuvo una audiencia del Virrey y le contó el suceso, pero el Virrey se rió, dijo al padre que todas eran consejas del vulgo y que no había que hablar ni que hacer caso de todo ello. Mariana había, sin embargo, referido algo á las beatas, y desde este suceso el terror se aumentó y las apariciones fueron ya más terribles.
Se refería que de los muchos escombros y andamios de la obra de la catedral salía todos los viernes á las doce de la noche una procesión de monges con unos largos sayales y unos capuchones negros que les cubrían la cara. Que las caras de esos monges eran unas calaveras á medio descarnar, pues eran nada menos que todas las víctimas de Don Juan Manuel que se levantaban de sus sepulcros. Esos cadáveres revestidos del hábito de los frailes, se dirigían en procesión por el cementerio de Catedral con unos gruesos cirios en la mano y cantando con una voz que parece salía del sepulcro, el oficio de difuntos. Llevaban cargado un ataud vacío, llegaban á la calle de Don Juan Manuel y volvían con el ataud, ya con un hombre atado de pies y manos. En el atrio de la catedral había una horca, elevaban en ella del pescuezo al hombre, apagaban los cirios y cantaban el Miserere. Cada semana se repetía esto, y los que por casualidad habían visto esta terrible procesión, regresaban á su casa con fiebre y morían á pocos días.
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Así oí referir el cuento de Don Juan Manuel, en la edad de las ilusiones y del mundo ideal de fantasmas, de espectros y de apariciones. Al calor del fogón de la cocina oímos cosas siempre maravillosas y nuevas, y nos dormimos en el seno maternal, o soñando en los príncipes generosos y las magas lindas y benéficas, ó estremeciéndonos con los espectros y las sombras de los avaros y de los malvados que brotan del sepulcro para ejemplo y enseñanza de los mortales.
El hecho cierto fué que Don Juan Manuel amaneció repentinamente ahorcado, y que el pueblo tenía razón, porque en el fondo había una historia terrible y verdadera.
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Pasaron muchos años antes de que se supiera lo que había de verdad en todo lo que no parecía más que un cuento, hasta que Don José Gómez de la Cortina, literato distinguido y además curioso indagador de todas nuestras antiguas crónicas, publicó un escrito con el título de la Calle de Don Juan Manuel, en cuya primera parte refiere la leyenda popular tal como se la contó su barbero, y que difiere en algunos puntos de la que acaba de leerse. En cuanto á la parte exactamente histórica, no habiendo encontrado ningún otro dato ni documento nuevo, copio la que escribió el finado conde de la Cortina. Dice así:
«Por los años de 1623 á 1630 vivía en México un caballero español muy principal, natural de Burgos, llamado D. Juan Manuel de Solórzano, que había venido á esta América con la comitiva que trajo consigo el virrey D. Diego Fernández de Córdova, marqués de Guadalcázar, y ya disfrutaba de grandes bienes de fortuna y consideración, cuando tomó posesión del virreinato de Nueva-España D. Lope Díaz de Armendáriz, marqués de Cadereyta. La privanza que logró D. Juan Manuel con este personaje fué tanta que se le hicieron cargos de ella al virrey en la corte de España, y no contribuyó poco á la ruidosa desgracia con que fueron recompensados sus servicios. Hacia 1636 contrajo matrimonio D. Juan Manuel con D.ª Mariana Laguna, hija única de un rico minero de Zacatecas, cuya dote aumentó considerablemente las riquezas de su esposo, y ambos consortes pasaron á habitar una casa contigua al palacio del virrey. Esta proximidad de habitaciones parece que estrechó mucho más las relaciones amistosas que existían entre el marqués y D. Juan Manuel, llegando á tal grado que pasaban juntos la mayor parte del día, aunque no sin graves murmuraciones del público que no estaba acostumbrado á ver á los virreyes visitar las casas de los particulares. Aumentóse el desafecto hacia el virrey, cuando se supo que daba á D. Juan Manuel la administración general de todos los ramos de real hacienda, y por consiguiente la intervención de las flotas que venían de la Península; y como en estos ramos siempre había tenido gran parte la Audiencia, pronto empezaron las quejas y representaciones al rey, pintando al marqués con los colores más odiosos, y amenazando con una revolución más violenta que la que pocos años antes había angustiado á la Nueva-España, en tiempo del marqués de Gelves. Los resortes que el virrey puso en movimiento debieron de ser muy poderosos, puesto que inutilizaron los efectos de las cuantiosas sumas de dinero que envió á Madrid la Audiencia, y consiguieron que Felipe IV aprobase la conducta del virrey y confirmase á D. Juan Manuel en el goce de sus nuevas concesiones. Por este tiempo llegó á México la noticia de las victorias obtenidas en Francia por el ejército español á las órdenes del príncipe de Saboya, que penetró hasta la ciudad de Pontoise y puso en la mayor consternacion á la capital de aquel reino. En el mismo buque que trajo estas nuevas, plausibles entonces para los habitantes de México, llegó á Veracruz una señora española llamada D.ª Ana Porcel de Velasco, viuda de un oficial superior de marina, de muy ilustre nacimiento y de singular hermosura, á quien un encadenamiento de desgracias había puesto en la necesidad de venir á implorar el amparo del virrey, que en tiempos más felices para ella la había distinguido en la corte, y aun le había dedicado algunos obsequios amorosos. Luego que el marqués supo la llegada de esa señora, manifestó á D. Juan Manuel el placer que tendría en alojarla en México de un modo correspondiente á su clase y al punto D. Juan, deseando corresponder á esta confianza, ofreció sus servicios al Virrey, y no sólamente le cedió la casa que entonces habitaba, sino que costeó con espléndida profusión todos los gastos que hizo Dª. Ana en su viaje desde Veracruz hasta la capital. Ignóranse los acontecimientos que mediaron desde esta época hasta que se supieron en México las noticias del levantamiento de Cataluña; pero según se ve, sirvió este suceso de pretexto á las autoridades de México para ejercer terribles venganzas. La Audiencia, que desde la revolución del marqués de Gelves había permanecido contraria á los Virreyes, no fué la que menos se aprovechó de esta circunstancia, y á fuerza de buscar la ocasión de humillar al Virrey y de perjudicar á Don Juan Manuel, debió de hallarla, puesto que á fines del año 1640 permanecía este preso en la cárcel pública, en virtud de mandamiento del alcalde del crimen D. Francisco Vélez de Pereira. D. Juan Manuel sufría tranquilamente su prisión, esperando un cambio de fortuna, cuando supo que el mismo alcalde visitaba á su esposa con más frecuencia de la que exigía la urbanidad ó el deseo de ser útil. Hallábase igualmente preso en la cárcel, y por el mismo motivo un caballero muy rico llamado D. Prudencio de Armendia, que había sido traído á México desde Orizaba, en donde poseía inmensos bienes, y en donde el rigor de que había usado al desempeñar varios cargos públicos le había proporcionado la enemistad y el odio de todos los que aspiraban á vivir sin freno y á costa de las turbulencias públicas. Este sugeto que era corresponsal de D. Juan Manuel, y de quien se había valido este último para arreglar el viaje de D.ª Ana Porcel de Velasco, halló el modo de facilitar á su amigo el medio de salir de la cárcel y de poder examinar por sí mismo la conducta de su mujer. D. Juan Manuel salió varias noches, y en una de ellas dió muerte al alcalde D. Francisco Vélez de Pereira, casi en los brazos de la adúltera esposa. Fácilmente pueden inferirse las consecuencias que debió tener este acontecimiento. El Virrey dobló sus esfuerzos por salvar á D. Juan Manuel; la Audiencia por su parte no se atrevía á manifestar al público los pormenores del delito, y ya empezaba á creerse que Don Juan Manuel saldría victorioso, cuando repentinamente amaneció su cadáver suspendido en la horca pública, un día del mes de Octubre de 1641; suceso digno de la sombría y misteriosa política de aquellos tiempos...... La calle en que acaeció la muerte del alcalde es la misma que hoy se llama de D. Juan Manuel, tanto por vivir éste en ella, como por haber construído la mayor parte de las casas que la formaban; así es que entonces tenía el nombre de calle Nueva, y era una de las extremidades de la ciudad, pues concluía el caserío de aquel lado poco más allá del hospital de Jesús.
—¡Qué reflexiones me inspira todo lo que acaba Ud. de referirme!—dijo mi amigo lanzando un suspiro de aquellos que acostumbraba.
—Pues aun hay más, le contesté. Creo que la conducta de la mujer de D. Juan Manuel era en cierto modo disculpable, porque, á lo que parece, su debilidad fué el precio que puso el alcalde á la libertad de D. Juan......
—Lo creo así, y vea Ud. la razón por que no se atrevieron los oidores á quitarle la vida públicamente...... Y luego era preciso inventar lo del diablo, y lo de la horca, y hacérselo tragar al pobre pueblo...... ¡Ah, qué tiempos!!!
—Yo le aseguro á Ud. que desde hoy no vuelvo á entrar en mi casa sin acordarme de D. Juan Manuel, y dar mil gracias á mi barbero.
—Pues yo desde hoy miraré esa calle con toda la veneración que se debe á un monumento que nos recuerda los progresos de la ilustración del siglo en que hemos nacido.