VI

Moctezuma procuraba aparecer tranquilo y afable ante sus súbditos, pero no pensaba sino en los medios de que quedasen contentos los españoles, y de que saliesen prontamente de la ciudad.

El salón en que estaba era espacioso, tapizado con mantas finas de algodón, bordadas de colores variados y con dibujos exquisitos. El suelo estaba cubierto de finas esteras de palma. En el fondo el monarca estaba reclinado entre cojines, y á su derredor había algunos nobles y una muchacha como de 16 años, de ojos y cabellos negros, de tez morena, y sonreía alegremente dejando ver entre sus labios rojos dos blancas y parejas hileras de dientes.

Los españoles se presentaron en ese momento.

Las pisadas recias de los capitanes que hacían resonar sus espuelas en el pavimento, el aire feroz é imponente que tenían, y el verlos seguidos de algunos soldados, inspiró temor á Moctezuma; se puso algo pálido, pero dominó su emoción y saludó á Cortés y á sus capitanes con la sonrisa en los labios. «Voy á ensayar el último arbitrio,» pensó entre sí; y dirigiéndose á Cortés, le dijo:

—«Malinche, tenía gran deseo de que tú y tus capitanes me visitaran, y pensaba en ello, porque tenía preparadas algunas joyas y preciosidades de mi reino para ofrecértelas.»

Los ministros y magnates que estaban cerca, presentaron á Cortés en unas bandejas pintadas de colores, muchas figuras de oro, como sapos, serpientes y conejos, primorosamente labradas, y además, esmeraldas, conchas, mosaicos de pluma de colibrí y otras maravillas del arte indígena.

Cortés, preocupado, apenas miró los objetos é inclinó la cabeza maquinalmente.

Moctezuma, que observaba la fisonomía del capitán español, cada vez estaba más alarmado.

Olid, Sandoval y Alonso de Avila examinaron con más atención los presentes; los demás guardaban silencio, y al disimulo requerían el puño de sus espadas.

El monarca dominó su orgullo.

—«Malinche, dijo, tengo para tí reservada una joya de más valor que el oro de todo mi reino. La joya que te voy á dar es mi corazón,» y al decir esto se levantó, tomó por la mano á la linda muchacha y la presentó á Cortés. «Es mi hija, Malinche, una hija que los dioses han hecho hermosa, y que te doy para que sea tu mujer y tengas en ella una prenda de mi fe y de mi cariño.»

Los ojos de Cortés se clavaron en la muchacha. Su mirada expresaba la ternura que le inspiraron las palabras del Rey, pero reflexionó un momento y cambió de resolución.

—«Señor y Rey, dijo el capitán inclinándose respetuosamente, mi religión me permite tener una sola mujer y no muchas, y ya soy casado en Cuba. Os doy gracias y os devuelvo á vuestra hermosa hija.»

Moctezuma quedó triste y corrido; la niña se cubrió de rubor al verse rechazada, y Cortés, después de un momento, hizo un esfuerzo y cambió bruscamente de tono.

—«He venido, señor, le dijo con semblante torvo, á deciros que mis soldados han sido asesinados en la costa, y mi capitán Escalante herido de muerte, y todo por la traición de Cuauhpopoca, que es vuestro súbdito, y así he resuelto que entretanto viene este traidor y se le impone el castigo que merece, os llevaré á mis cuarteles, donde permanecereis bajo mi guarda.»

Moctezuma se puso pálido; pero á poco, acordándose que era Rey, encendido de cólera se levantó y exclamó con energía:

—«¿Desde cuándo se ha oído que un príncipe como yo, abandone su palacio para rendirse prisionero en manos de extranjeros?»

Cortés se dominó y trató con suavidad de persuadir al monarca de que no iba en calidad de prisionero, y que sería tratado respetuosamente; pero Velázquez de León, impaciente de tanta tardanza, dijo:

«¿Para qué perdemos tiempo en discusiones con este bárbaro? Hemos avanzado mucho para retroceder ya. Dejadnos prenderle, y si se resiste le traspasaremos el pecho con nuestros aceros.» Todos entonces pusieron mano á la espada ó al pomo del puñal[6].

Cortés los contuvo.

Moctezuma bajó los ojos, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.

«Vamos,» dijo á Marina que le había explicado, aunque suavemente, las amenazas de los españoles.

Al día siguiente el monarca mexicano era prisionero de Cortés.