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Moctezuma fué recogido por dos soldados del terrado del cuartel y conducido á su habitación, donde permaneció sin conocimiento algunas horas. Cuando volvió en sí, su desesperación y despecho no conocieron límites. Las afrentas que había recibido de los españoles eran poca cosa cuando pensaba en la que le había hecho su pueblo, desconociéndole como su Señor y volviendo contra él sus armas. Arrancóse de la cabeza una venda que le habían puesto, y buscó una arma con que acabar con sus días; pero los nobles que le acompañaban trataron de calmar los dolores físicos y morales que le atormentaban, y á poco cayó en un abatimiento sombrío; sus ojos erraban sobre las paredes del aposento y sobre las tristes fisonomías de los que le acompañaban; cerró después sus labios, que se habian abierto para pedir únicamente la muerte á los dioses, y no volvió á proferir una palabra, rechazando resueltamente los alimentos que le presentaban y las insinuaciones que le hacía el padre Olmedo para que recibiese el bautismo.
En cuanto pasó el primer impulso del furor del pueblo azteca y vió llevar en brazos, muerto al parecer, al Rey, su rabia cambió en pavor. Los oficiales que habian tirado sobre él arrojaron las armas, otros se prosternaron contra la tierra, y la multitud, silenciosa y sobrecogida, se fué dispersando lentamente por las calles.
Cortés se dirigió á Olid. «La muerte de Moctezuma, le dijo, ha llenado de miedo á estos bárbaros. Es necesario aprovecharnos de los instantes y salir de la ciudad. Reunid inmediatamente un consejo de guerra.»
Olid convocó á todos los oficiales, y mientras quedaban unos á la guarda de la fortaleza, otros entraron en el salón que habitaba Cortés.
El consejo fué tumultuoso, como el que tiene una tripulación en una nave que va á naufragar. Se discutió con calor si la retirada sería de día ó de noche; todos voceaban y disputaban hasta el grado de poner la mano en el puño de las espadas. Cortés tuvo que imponer silencio y que dirigir una mirada fiera á los más insolentes oficiales.
En un momento de silencio el soldado Botello, llamado el astrólogo, levantó la voz:—Señor capitán, dijo, os anuncio que os vereis reducido al último extremo de miseria; pero después tendreis grandes honores y fortuna. En cuanto al ejército español, digo que es necesario que salga cuanto antes de esta ciudad maldita, pero precisamente deberá ser de noche.
La disputa cesó desde el momento que se oyó la opinión del astrólogo, y aquella gente fiera, pero supersticiosa, obedeció la voluntad del simple soldado.
—Saldremos esta noche precisamente, dijo Cortés. Haced, pues, vuestros preparativos, y armaos de la resolución que siempre habeis tenido para acabar los más apurados lances. Tomad todo el oro y joyas que querais; pero cuidado, que podreis ser víctimas del mismo peso del oro que cargueis.
Apenas los oficiales y soldados oyeron esta orden, cuando corrieron al tesoro; y encontrando el oro amontonado en el suelo, comenzaron á llenar sus alforjas y maletas con cuanto pudo caber en ellas.