I
Era la tarde del 15 de Julio de 1824.
Frente á la barra de Santander (Estado de Tamaulipas), se balanceaba pesadamente el bergantín «Spring,» anclado allí desde la víspera.
La tarde estaba serena, apenas una ligera brisa pasaba susurrando entre la arboladura del buque, las olas se alejaban mansas hasta reventar á lo lejos en la playa, y los tumbos sordos de la mar llegaban casi perdiéndose hasta la embarcación.
Las gaviotas describían en el aire caprichosos círculos, anunciando con sus gritos destemplados la llegada de la noche, y se miraban de cuando en cuando bandadas de aves marinas que volaban hacia la tierra, buscando las rocas para refugiarse.
Melancólica es la hora del crepúsculo en el mar cuando el sol se oculta del lado de la tierra; tristísimo es contemplar esa hora desde un buque anclado.
Sobre la cubierta del bergantín había un hombre que tenía fija la mirada en la playa.
Mucho tiempo hacía que permanecía inmóvil en la misma postura. Esperaba y meditaba.
Y esperaba con paciencia, porque no se contraía uno sólo de los músculos de su fisonomía, y meditaba profundamente, porque nada parecía distraerle.
La noche comenzó á tender su manto y aquel hombre no se movía.
Por fin, los contornos de la tierra desaparecieron entre la obscuridad, las estrellas brillaron en el negro fondo de los cielos, y asomaron sobre las inquietas olas esos relámpagos de luz fosfórica, que son como las fugitivas constelaciones de esa inmensidad que se llama el Océano.
El hombre del bergantín no veía pero escuchaba, y repentinamente se irguió.
Era que en medio del silencio de la noche había apercibido el acompasado golpeo de unos remos.
Aquel rumor era á cada momento más y más distinto; sin duda alguna se acercaba al bergantín una lancha.
—¿Jorge, eres tú?—dijo el hombre del bergantín á uno de los remeros cuando la pequeña embarcación llegó.
—Sí, señor—contestó una voz desde la lancha.
—¿Y Beneski?
—Espera aquí—contestó otra voz.
El hombre saltó resueltamente á la escala, y con una firmeza que hubiera envidiado un marinero, descendió por ella y llegó á bordo de la lancha.
—¡A tierra!—exclamó sentándose en el banco de popa.
Los bogas no contestaron, sonó el golpe de los remos en la agua, y la lancha, obedeciendo á un vigoroso y repentino impulso, se deslizó sobre las aguas, ligera como una ave que hiende los aires.