III

Amaneció el día 17, y se notificó á Iturbide que dentro de pocas horas debía morir.

Su muerte estaba decretada por Garza, que se fundaba para dar esta determinación en la ley que proscribía á Iturbide para siempre de la República.

Notificóse al preso la sentencia, y la escuchó sin inmutarse; pidió que viniera, para auxiliarle en el último trance, su capellán que había quedado en el buque, y envió á Garza un manifiesto que había escrito para la nación.

La serenidad de Iturbide y la lectura del manifiesto conmovieron sin duda al general, porque mandó suspender la ejecución y se puso en marcha para Padilla, en donde estaba reunido el congreso del Estado, llevando consigo al prisionero y tratándole con tantas consideraciones como si él fuera mandando en jefe.

Llegaron por fin á Padilla, y el congreso determinó que sin excusa ni pretexto fuese pasado por las armas. En vano Garza, que asistió á la sesión, procuró probar, convertido entonces en defensor de Iturbide, que el decreto de proscripción no alcanzaba á tanto, que Iturbide daba pruebas de sus intenciones pacíficas, trayendo consigo á su esposa y á sus pequeños hijos. El congreso se mantuvo inflexible, y Garza fué encargado de ejecutar la sentencia dentro de un breve término.

Volvió entonces á notificarse á Iturbide que podía contar con tres horas para arreglar sus negocios, después de los cuales debía morir.

Iturbide se preparó á morir como cristiano y se confesó con el presidente del congreso que era un eclesiástico, y que había salvado su voto cuando se trató de la muerte del prisionero.

Las seis de la tarde del día 19 fué la hora señalada para ejecutar la sentencia.—Iturbide salió de la prisión sereno y firme, y deteniéndose al encontrarse en el campo exclamó:

—Daré al mundo la última vista.

Después pidió agua, que apenas tocó con los labios, y se vendó él mismo los ojos.

Se trató entonces de atarle los brazos; resistióse al principio, pero después se resignó con humildad.

Detúvose allí, caminó cosa de setenta ú ochenta pasos y llegó al lugar del suplicio, repartió el dinero que llevaba en los bolsillos entre los soldados, y entregó su reloj, un rosario y una carta para su familia al eclesiástico que le acompañaba.

En seguida, con firme acento habló á la tropa, rezó en voz alta algunas oraciones y besó fervorosamente un crucifijo.

En ese momento el jefe hizo la señal de fuego y se escuchó el ruido de la descarga.

Cuando se disipó el humo de la pólvora, D. Agustín de Iturbide no era ya más que un cadáver cubierto de sangre.