III
En 1810, como todo el mundo sabe, Hidalgo proclamó la Independencia en Dolores. En 1811 ya encontramos que Guerrero había seguido la inspiración patriótica, figuraba como capitán, y servía á las órdenes inmediatas de D. Hermenegildo Galeana.
El hombre caminaba por una senda derecha, y con rapidez. En Febrero de 1812, Guerrero ya mandaba fuerzas no despreciables, ya se ponía frente á frente con los jefes españoles, ya alcanzaba en Izúcar una victoria sobre las tropas regulares que mandaba el brigadier Llano; ya, en fin, sin saber quizá entonces ni escribir en el papel, había, sin embargo, escrito su nombre en el libro misterioso de la posteridad. Esto es lo que se llama genio. Mientras menos son los elementos primitivos, mientras más inculta es la educación, mientras más obscura es la personalidad, más mérito y más gloria refleja en el que abre las puertas de la sociedad, y grita á los tiranos con la justicia en el corazón y con la espada en la mano: Aquí estoy.
En 1814, Guerrero había hecho una laboriosa campaña en el Sur de Puebla, había militado á las órdenes del gran Morelos, había pasado muchas aventuras y peligros, y era ya por fin uno de los jefes de la Independencia; pero se hallaba en una singular situación.—Los azares de la guerra y la envidia de sus enemigos, le habían dejado reducido á un soldado asistente, á un fusil sin llave y á dos escopetas. Con estas terribles fuerzas emprendió una tercera campaña. ¡Es singular! Todos esos hombres, es fuerza que tengan algo del Hidalgo de la Mancha en el cerebro. Un sabio, en vez de lo que hizo Guerrero, entierra las escopetas, despide al soldado y se encierra en su casa.
Sin embargo, salió á los pocos días de su situación, de una manera inesperada.
Se presentó por el rumbo una fuerza española al mando de Don José de la Peña, de cosa de 700 á 800 hombres. En cuanto lo supo, imaginó que la Providencia le deparaba un armamento y un material de guerra, tal cual se lo había figurado.
En lo más silencioso y negro de la noche, recorrió el pueblo de Papalotla, despertó á los indígenas, los armó con palos; esas armas son fáciles de encontrar; y un puñado de hombres medio desnudos atravesó en silencio las humildes chozas del pueblecillo hasta la orilla del río. Allí, Guerrero dió el ejemplo, y todos se arrojaron al agua, y aquel cardumen de extraños peces dió en la orilla opuesta sin haber hecho el menor ruido. El campamento del enemigo estaba á poca distancia. Guerrero cae sobre él, y los soldados de España son despertados á garrotazos, quedando algunos muertos, otros atarantados, y los más, presas del pánico, pues no acertaban ni á concebir, como tan de repente tenían á los enemigos encima. Cuando amaneció el día, Guerrero, como lo había pensado, era dueño de 400 fusiles y de un abundante material de guerra.