V

Estamos en la mañana del 23 de Junio de 1861: las nubes se arrastran entre los pinares del Monte de las Cruces, y una lluvia menuda cae en el silencio misterioso de aquellos bosques.

Todo está desierto; por intervalos se escuchan los golpes del viento que agita las pesadas copas de los árboles y arrastra á gran distancia el grito de los pastores.

Ni un viajero cruza por aquellas soledades, reciente teatro de una catástrofe.

El huracán de la revolución tiene yermos aquellos campos.

Se ignora la altura del sol, porque las montañas están alumbradas por luz de crepúsculo.

Repentinamente aquel silencio se turba; grupos de guerrilleros comienzan á aparecer en todas direcciones, posesionándose de las montañas y desfiladeros, indicando el movimiento de una sorpresa.

Unos batallones se sitúan en la hondonada de un pequeño valle, en actitud de espera.

Pasan dos horas de espectativa, cuando se dejan ver las primeras avanzadas de una tropa regularizada; se oyen los primeros disparos, y comienza á empeñarse un combate parcial; los soldados de Valle se extienden por las laderas, desalojando á los reaccionarios, y con el grueso de sus tropas hace un empuje sobre las del llano, que resisten á pie firme algunos minutos y comienzan después á desordenarse.

Los guerrilleros de la montaña pierden terreno y se replegan á su campo.

Valle debía obrar en combinación con las fuerzas del general Arteaga que se le reunirían en aquel campo; pero alentado con el éxito de su primer movimiento, cree alcanzar, sin auxilio, una fácil victoria, y se lanza con arrojo sobre el enemigo que huye en desórden.

Una coincidencia fatal viene á arrebatarle su conquista.

Márquez llega al campo enemigo accidentalmente, con fuerzas superiores á las de Valle, le sorprende en ese desórden que trae consigo la victoria, y alcanza á derrotarle completamente.

Valle hace esfuerzos inauditos de valor; sus oficiales le quieren arrancar del campo; pero él prefiere la muerte, á presentarse prófugo y derrotado en una ciudad que le aguardaba victorioso.

El joven general cae prisionero después de disparar el último tiro de su pistola.

El tigre de Tacubaya, la hiena insaciable de sangre, tiene una víctima más entre sus garras y no la dejará escapar.

Está en su poder el soldado á cuyo frente había retrocedido tantas veces, el que le había humillado en los campos de batalla...... su sentencia era irremisible! Valle comprendió desde luego la suerte que se le reservaba, y escuchó con serenidad su sentencia de muerte.

Márquez quizo humillar en su horrible venganza al joven general, mandando que se le fusilase por la espalda como á traidor.

Entre aquella turba de miserables asesinos, no hubo una voz amiga que se alzara en favor del soldado que había perdonado cien veces la vida de los prisioneros, y evitado en la capital que la cólera del pueblo consumase una represalia en personajes de valía entre los reaccionarios.

El vaticinio popular se cumplía: «Caerá en poder de sus enemigos, y no le perdonarán.»

Cerraba la noche de aquel día aciago, cuando Valle fué conducido al lugar de la ejecución.

De pie, reclinó su frente sobre la tosca corteza de un árbol, se apoyó en sus brazos y esperó resuelto el golpe de la muerte.

Oyóse una descarga cuyos ecos repercutieron en el fondo de las montañas, y al disiparse el humo de la descarga, se vió en el suelo al general Valle tendido en un lago de su propia sangre, agitándose en las últimas convulsiones.

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El rencor de los hombres tiene por límite la muerte; pero hay seres que en mal hora han venido al mundo para deshonra de la humanidad. Aquel cadáver, mutilado por el plomo, provocaba aún las iras de su asesino; no le bastaba la sangre, no; aquello era poco á la venganza; le faltaba la ostentación del crimen, el alarde de la impiedad!

Aquel cadáver fué colgado á un árbol que han desgajado ya los huracanes, como el pregón, no del delito de Valle, sino de la infamia de sus verdugos.

Desde aquel leño ensangrentado pedía el cadáver justicia á Dios, cuya sombra se alza terrible delante de los malvados, como la amenaza del cielo en sus horas de inexorable justicia!